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Full text of "Los exploradores españoles del siglo XVI; vindicación de la acción colonizadora española en America;"

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LOS EXPLORADORES ESPAxÑOLES 
: DEL SIGLO XVI EN AMERICA : 




CHARLES F. LUMMIS 



Los 

Exploradores espolióles 

del Siglo X91 



VINDICACIÓN DE LA ACCIÓN COLÓ- 
NIZADORA ESPAÑOLA EN AMÉRICA 

obeá escrita en inglés por 

CHARLES F. LUMMIS 

VERSIÓN CASTELLANA CON DATOS 
BldGElFICOS DEL AUTOR POR 

ARTURO CUYAS 
OUIIITA EDICIÓN 




CASA EDITORIAL ARALUCE 

Cortes, núm. 392 : : Barcelona 

1922 



SS PROPIEDAD DEL EDITOR. 

QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUK MARCA 
LA LEY. 

RESERVADOS LOS DERECHOS DE TRADUC- 
CIÓN Y REPRODUCCIÓN. 

Copyright, i 9 i 6. by R. de S. N. Araluc* 






Q). Siiafi U Gfrldfi 

Je cu^a amar a Cdjuiña, acriáo-fatíü' áirasU 
jii íar^ redí¿£mc¿a en fo-d CdtaJa-d ^rdJo-f, 
4íonjtri¿eSa epl^iejüe ^ aenerodlJüJ^ íaraue- 
za ccn ¿fue id c(yittii^íJo- jl ía ¿¿idemínadm 
Je o-Srad ¿á cu^tlura en amá-o-d jmlded, día 
{>¿ro- c?'^etíoú- aue J Je jtraairar eí aJefanto 
jf ena&ecer ef na/nSre Je nuedtra ¿Patria. Je- 
Jícati fa perdiá-n ^ jiuMcadm Je edta aSra 
i:o-nt¿> jíiMca tedUmanía Je araUtuJ, du^í 
íeaéd anü^d íf- aJmiraJaried, 



Nota biográfica acerca del autor 



Antes de empezar la lectura de un libro, 
procura saber algo tocante a la persona- 
lidad del autor. 

DAVID PRTD» 



Este libro es una gallarda reivindicación de Es- 
paña y de sus métodos de colonización en el Nuevo 
Mundo. Avalora y encarece esta reivindicación el ser 
obra espontánea, desinteresada, y por ende imparcial, 
de un ilustrado escritor norteamericano, y fruto de sus 
estudios, investigaciones y concienzudos juicios. Bas- 
ta leer el Prefacio de su libro, para poder apreciar el 
móvil que le impulsó a escribirlo y la sinceridad y en- 
tusiasmo que puso en su labor. 

Es natural que los hechos y proezas de los explo- 
radores españoles despertasen el interés y la admira- 
ción de un hombre como Mr. Lummis, cuya vida ha 
sido una continua serie de pasmosos esfuerzos, tra- 
bajos y penalidades, que le han obligado a luchar con 
obstáculos al parecer insuperables, y que sólo por el 
vigor de su naturaleza y por la indómita fuerza de su 
voluntad ha sabido vencer y dominar. 

Una biografía detallada de este hombre extraordi- 
nario parecería más bien una leyenda o una novela, 
que la historia real y verdadera de una viviente per- 
sonalidad. Algunos tendrán por increíble la realiza- 
ción de todo cuanto ha emprendido y llevado a cabo 



022 



Mr. Lummis en 56 años de vida. Pero ahí están sus 
obras v sus éxitos v la fortuna que ha sabido labrarse 
a fuerza de trabajo y perseverancia, que lo evidencian 
y lo acreditan. 

Nació Mr. Charles Fletcher Lummis en Lynn, po- 
blación fabril del Estado de Massachusetts, el día pri- 
mero de marzo de 1859. Estudió y se graduó a los 22 
años, en la Universidad de Harv^ard, cercana a Bos- 
ton, y publicó entonces un librito de poesías, impreso 
sobre corteza de álamo raspada por sus manos hasta 
dejarla como hojas de papel fino. 

Al año siguiente trasladóse a Ohío, donde publicó 
The Scioto Gazette, y movido por su espíritu aventu- 
rero, emprendió en septiembre de 1883 una marcha a 
pie desde Ohío hasta California, llegado a Los An- 
geles después de recorrer 5,642 kilómetros en 147 días. 

Fué admitido como redactor del Daily Times de Los 
Angeles al día siguiente de su llegada, y más tarde lo- 
gró ser uno de los propietarios del periódico. 

Pero el trabajo intenso y excesivo que sostuvo du- 
rante cuatro años fué causa de un ataque de hemiple- 
jía que le paralizó todo el lado izquierdo y le privó del 
habla. Entonces se trasladó a Nuevo Méjico con la 
firme voluntad de reponerse, y allí estuvo cuatro años 
entre los indígenas, los cuales aprovechó para estu- 
diar sus costumbres y tradiciones y sus cantos popu- 
lares y para aprender dos de sus idiomas. 

En un libro interesantísimo, titulado My friend 
Will, en que «el amigo Will)), representa su voluntad, 
describe Mr. Lummis los novelescos incidentes rela- 
cionados con el proceso de su curación, que fué com- 
pleta, recobrando el habla así como el movimiento y 
la agilidad de sus miembros por efecto de una vida 
ruda y montaraz y de la tenacidad de su propósito. Pos- 



teriormente ha sufrido y podido vencer otros dos ata- 
queSj'^que en una persona de otro temple hubieran te- 
nido fatal desenlace. Hace algunos años quedó ciego ; 
pero ha vuelto a recobrar la vista después de mucho 
tiempo. 

No obstante estos padecimientos físicos y el dolor 
moral que le causó la pérdida de su quinto hijo, Ama- 
do, la labor de Mr. Lummis en los campos de la li- 
teratura, de la exploración y de la investigación, ha 
sido intensa y fecunda. 

Asociadb con Mr. A. F. Bandelier, el cual ha apli- 
cado métodos científicos al estudio de la historia, em- 
prendieron los dos juntos una expedición etnológica e 
histórica, recorriendo Tejas, Colorado, Utah, Arizo- 
na y California en los Estados Unidos, y después Mé- 
jico, la América Central, Perú y Bolivia, visitando 
los parajes donde se desarrollaron los principales he- 
chos dé los exploradores y colonizadores españoles. 

«He recorrido — dice él mismo en una carta — unos 
dos millones de millas de Hispano-América, no como 
turista, sino como un hijo del país ; con cartas oficia- 
les de recomendación para diversos Gobiernos y po- 
niéndome en relaciones con ellos ; pero familiarizán- 
dome al propio tiempo con gente de todas las clases 
sociales ; puesto que un país se compone de todas ellas, 
desde los mendigos y los peones hasta los hombres de 
ciencias y los gobernantes. Y he tenido la suerte de 
conocer y tratar a todas esas clases.» 

Lo cual es garantía del profundo conocimiento que 
ha adquirido Mr. Lummis respecto del asunto de que 
trata este libro. 

De regreso a Los Angeles en 1894, funda y dirige 
dos periódicos, y construye su casa de piedra con sus 
propias manos, ayudado de algunos indios. 



10 

Desde entonces, ha recibido títulos de varias Uni- 
versidades ; ha sido fundador y presidente de socie- 
dades para educar a los indios, para conservar los mo- 
numentos históricos de California ; fundador y secre- 
tario de la Sociedad de Arqueología del Sudoeste ; 
miembro vitalicio del Instituto Arqueológico de Amé- 
rica, y miembro activo y honorario de muchas otras 
sociedades. 

En el año 1907 fundó en Los Angeles el Southwest 
Museum, al cual ha hecho donación de su copiosa bi- 
blioteca particular, la más rica en libros referentes a 
la América española, y de su colección de objetos ar- 
queológicos hispano-americanos, que se valúa en más 
de cien mil dólares. 

Además de muchos artículos para la Enciclopedia 
Británica, la Americana, y diversas revistas y perió- 
dicos, ha publicado 15 obras, entre ellas : ((Villagran*s 
New México» «Benavides Memorial of 1630» y uno 
referente a la República de Méjico bajo el gobierno del 
general Porfirio Díaz. 

Por último este notable americanista, explorador, 
arqueólogo, historiador, novelista, periodista y fun- 
dador de Sociedades y museos, ha tenido tiempo para 
investigar las costumbres de los indios ; ha traducido 
sus canciones al inglés ; las ha puesto en notación de 
música, y desde hace 15 años se ocupa en compilar 
para un Diccionario Enciclopédico, cuantos datos bio- 
gráficos, geográficos, históricos, etnológicos y arqueo- 
lógicos acerca de América se hallan en libros y docu- 
mentos publicados desde el descubrimiento del Nue- 
vo Mundo hasta 1850. Será una obra monumental, 
cuya publicación se propone costear y dirigir, con ayu- 
da de varios competentes redactores. 

Mucho deberá América a ese infatigable y filan- 



II 

trópico historiógrafo ; pero no menos le debe España 
por la noble defensa y la justa y entusiástica loa que 
ha hecho de los héroes españoles que descubrieron y 
exploraron aquel mundo. Reconociendo esta deuda, el 
Gobierno español ha tenido a bien manifestar su alto 
aprecio de la labor de Mr. Lummis, agraciándole con 
la encomienda de Isabel la Católica. 

A. C. 



Los conceptos que en. este libro se exponen han 
entrado ya a ocupar su sitio en la literatura histórica ; 
pero forman una base enteramente nueva para una 
obra de carácter popular. Por ser nueva, tal vez aque- 
llos que no han seguido del todo la marcha reciente 
de la investigación científica, pongan en duda su exac- 
titud. Puedo afirmar que las apreciaciones y los aser- 
tos que se hacen en este libro son rigurosamente exac- 
tos y que yo estoy dispuesto a defenderlos desde el 
punto de vista de la ciencia histórica. 

Y digo esto no tan sólo por razón del aprecio per- 
sonal en que tengo al autor, sino muy especialmente 
en vista del mérito de su obra y del valor que tiene 
para los jóvenes de la presente y de futuras genera- 
ciones. 

Ad. F. Bandelier. 



PREFACIO 

Porque creo que todo joven sajón-americano ama 
la justicia y admira el heroísmo tanto como yo, me he 
decidido a escribir este libro. La razón de que no 
hayamos hecho justicia a los exploradores españoles 
es, sencillamente, porque hemos sido mal informados. 
Su historia no tiene paralelo ; pero nuestros libros de 
texto no han reconocido esa verdad, si bien ahora ya 
no se atreven sl disputarla. Gracias a la nueva escuela 
de historia americana vamos ya aprendiendo esa ver- 
dad, que se gozará en conocer todo americano de sen- 
timientos varoniles. En este país de hombres libres y 
valientes, el prejuicio de la raza, la más supina de to- 
das las ignorancias humanas, debe desaparecer. De- 
bemos respetar la virilidad más que el nacionalismo, y 
admirarla por lo que vale dondequiera que la halle- 
mos : y la hallaremos en todas partes. Los hechos que 
levantan a la humanidad no provienen de una sola 
raza. Podemos haber nacido dondequiera — esto es un 
mero accidente — ; mas para llegar a ser héroes, debe- 
mos crecer por medios que no son accidentes ni pro- 
vincialismos, sino por la propia naturaleza y para glo- 
ria de la humanidad. 

Amamos la valentía, y la exploración de las Amé- 
ricas por los españoles fué la más grande, la más lar- 
ga y la más maravillosa serie de valientes proezas que 
registra la historia. En mis mocedades no le era po- 
sible a un muchacho anglosajón aprender esa verdad ; 
aun hoy es sumamente difícil, dado que sea posible. 



ri4 

Convencido de que es inútil la tarea de buscar en uno 
o en todos los libros de texto ingleses, una pintura 
exacta de los héroes españoles del Nuevo Mundo, me 
hice el propósito de que ningún otro joven americano 
amante del heroísmo y de la justicia, tuviese necesi- 
dad de andar a tientas en la obscuridad como a mí me 
ha sucedido ; pero no habrá de agradecerme a mí, tan- 
to como al amigo de ambos, A. F. Bandelier, maestro 
de la nueva escuela (i), los siguientes atisbos de los 
hechos más interesantes de la historia. Sin la luz que 
este aventajado discípulo del gran Humboldt ha de- 
rramado con su erudición sobre los primeros tiempos 
de América, no hubiera sido posible escribir este li- 
bro, ni hubiese podido escribirlo yo, sin su personal 
y generosa ayuda, 

C. F. L. 



(1) Mr. A. F. Bandelier, el más erudito y mejor documentado de los his- 
toriadores de la América española, falleció en Serilla durante el verano de 
19 14, y su Tiuda ha continuado alJí, bajo los auspicios de la Fundación Car* 
ncgie ia labor de investigación en que se ocupaba su esposo. (N, del T). 



LOS 

EXPLORADORES ESPAÑOLES 

DEL SIGLO XVI 

I 

LA NACIÓN EXPLORADORA 

f^ S ya un hecho reconocido por la historia que los 
piratas escandinavos habían descubierto y hecho 
algunas expediciones a la América del Norte mucho 
antes que pusiera su planta en ella Cristóbal Colón. 
El historiador que hoy considere aquel descubrimiento 
de los escandinavos como un mito, o como algo incier- 
to, demuestra no haber leído nunca las Sagas. Vinie- 
ron aquellos hombres del Norte, y hasta acamparon 
en el Nuevo Mundo antes del año looo ; pero no hicie- 
ron, más que acampar ; no construyeron pueblos, y 
realmente nada añadieron a los conocimientos del mun- 
do ; nada hicieron para merecer el título de explorado- 
res. El honor de dar América al mundo pertenece a 
España ; no solamente el honor del descubrimiento, 
sino el de una exploración que duró varios siglos y 
que ninguna otra nación ha igualado en región alguna. 
Es una historia que fascina, y, sin embargo, nuestros 
historiadores no le han hecho hasta ahora sino escasa 
justicia. La historia fundada sobre principios verdade- 
ros era una ciencia desconocida hasta hace cosa de un 
siglo ; y la opinión pública fué ofuscada durante mu- 
cho tiempo por los estrechos juicios y falsas deduccio- 
nes de historiadores que sólo estudian en los libros. 
Algunos de estos hombres han sido no tan sólo escri- 
tores íntegros, sino también amenos ; pero su misma 
popularidad ha servido para difundir más sus errores. 
Su época ha pasado, y principia a brillar una nueva 



l6 LOS EXPLORADORES ESPAísOLES 

luz. Ningún hombre estudioso se atreve ya a citar a 
Prescott o a Irving- o a ningún otro de sus secuaces, 
como autoridades de la historia ; hoy sólo se les consi- 
dera como brillantes noveladores y nada más. Es me- 
nester que alguien haga tan populares las verdades de 
la historia de América como lo han sido las fábulas, 
V tal vez pase mucho tiempo antes de que salga un 
Prescott sin equivocaciones ; entre tanto, yo quisiera 
ayudar a los jóvenes americanos a penetrarse de las 
verdades en que se basarán de aquí en adelante las 
historias. Este libro no es una historia ; es sencillamen- 
te un hito que marca el verdadero punto de vista, la 
idea amplia, y tomándolo como punto de partida, los 
que tengan interés en ello podrán con más seguridad 
llevar adelante la investigación de los detalles, mientras 
que aquellos que no puedan proseguir sus estudios, po- 
seerán siquiera un conocimiento general del capítulo 
más romántico y más repleto de valientes proezas que 
contiene la historia de América. 

No se nos ha enseñado a apreciar lo asombroso que 
ha sido el que una nación mereciese una parte tan 
grande del honor de descubrir América ; y, sin em- 
bargo, cuando lo estudiamos a fondo, es en extremo 
sorprendente. Había un Viejo Mundo grande y civi- 
lizado : de repente se halló un Nuevo Mundo, el más 
importante y pasmoso descubrimiento que registran los 
anales de la Humanidad. Era lógico suponer que la 
magnitud de ese acontecimiento conmovería por igual 
la inteligencia de todas las naciones civilizadas, y que 
todas ellas se lanzarían cbn el mismo empeño a sacar 
provecho de lo mucho que entrañaba ese descubri- 
miento en beneficio del género humano. Pero en rea- 
lidad no fué así. Hablando en general, el espíritu de 
empresa de toda Europa se concentró en una nación, 
que no era por cierto la más rica o la más fuerte. 

A una nación le cupo en realidad la gloria de des- 
cubrir y explorar la América, de cambiar las nociones 
geográficas del mundo y de acaparar los conocimien- 
tos y los negocios por espacio de siglo y medio. Y 
esa nación fué España. 

Un genovés, es cierto, fué el descubridor de Améri- 



DEL SIGLO XVI [ly| 

ca ; pero vino tn calidad de español ; vino de España 
por obra de la fe y del dinero de españoles ; en buques 
>españoles y con marineros españoles, y de las tierras 
descubiertas tomó posesión en nombre de España. 

Imaginad qué reino tendrían entonces Fernando e 
Isabel, además de su pequeño jardín de Europa : me- 
dio mundo desconocido, en el cual viven hoy una vein- 
tena de naciones civilizadas, y en cuya inmensa super- 
ficie, la más nueva y la más grande de las naciones no 
es sino un pedazo. ¡ Qué vértigo se hubiera apoderado 
de Colón si hubiese podido entrever la inconcebible 
planta cuyas semillas, por nadie adivinadas, tenía en 
sus manos aquella hermosa mañana de octubre de 
,1492 ! 

También fué España la que envió un florentino de 
tiacimiento, a quien un impresor alemán hizo padrino 
de medio mundo, que no tenemos seguridad que él 
conociese ; pero que estamos seguros de que no debiera 
llevar su nombre. Llamar América a este continente 
«n honor de Amérigo Vespucci fué una injusticia, hija 
de la ignorancia, que ahora nos parece ridicula ; pero 
de todos modos, también fué España la que envió el 
varón cuyo nombre lleva el Nuevo Mundo. 

Poco más hizo Colón que descubrir la América, lo 
cual es ciertamente bastante gloria para un hombre. 
Pero en la valerosa nación que hizo posible el descu- 
brimiento, no faltaron héroes que llevasen a cabo la 
labor que con él se iniciaba. Ocurrió ese hecho un si- 
glo antes de que los anglosajones pareciesen despertar 
y darse cuenta de que realmente existia un nuevo mun- 
do ; durante ese siglo la flor de España realizó mara- 
villosos hechos. Ella fué la única nación de Europa que 
no dormía. Sus exploradores, vestidos de malla, re- 
corrieron Méjico y Perú, se apoderaron de sus incal- 
culables riquezas e hicieron de aquellos reinos partes 
integrantes de España. Cortés había conquistado y 
estaba colonizando un país salvaje doce veces más ex- 
tenso que Inglaterra, muchos años antes que la prime- 
ra expedición de gente inglesa hubiese siquiera visto 
la costa donde iba a fundar colonias en el Nuevo Mun- 
do, y Pizarro realizó aún más importantes obras. Ponce 



,l8 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

de León había tomado posesión en nombre de España 
de lo que es ahora uno de los Estados de nuestra Repú- 
blica, una generación antes de que los sajones pisasen 
aquella comarca. Aquel primer viandante por la Amé- 
rica del Norte, Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, había 
hecho a pie un recorrido incomparable a través del con- 
tinente, desde la Florida al Golfo de California, me- 
dio siglo antes de que nuestros antepasados sentasen 
la planta en nuestro país. Jamestown, la primera po- 
blación inglesa en la América del Norte, no se fundó 
hasta 1607, y ya por entonces estaban los españoles per- 
manentemente establecidos en la Florida y Nuevo Mé- 
jico, y eran dueños absolutos de un vasto territorio más 
al Sur. Habían ya descubierto, conquistado y casi 
colonizado la parte interior de América, desde el nord- 
este de Kansas hasta Buenos Aires, y desde el Atlán- 
tico al Pacífico. La mitad de los Estados Unidos, todo 
Méjico, Yucatán, la América Central, Venezuela, Ecua- 
dor, Bolivia, Paraguay, Perú, Chile, Nueva Granada 
y además un extenso territorio, pertenecía a España 
cuando Inglaterra adquirió unas cuantas hectáreas en 
la costa de América más próxima. No hay palabras con 
qué expresar la enorme preponderancia de España so- 
bre todas las demás naciones en la exploración del 
Nuevo Mundo. Españoles fueron los primeros que vie- 
ron y sondearon el mayor de los golfos ; españoles 
los que descubrieron los dos ríos más caudalosos ; es- 
pañoles los que por vez primera vieron el océano Pa- 
cífico ; españoles los primeros que supieron que había 
dos continentes en América ; españoles los primeros 
que dieron la vuelta al mundo. Eran españoles los que 
se abrieron camino hasta las interiores lejanas recondi- 
teces de nuestro propio país y de las tierras que más 
al Sur se hallaban, y los que fundaron sus ciudades 
miles de millas tierra adentro, mucho antes que el pri- 
mer anglosajón desembarcase en nuestro suelo.- Aquel 
temprano anhelo español de explorar era verdadera- 
mente sobrehumano. J Pensar que un pobre teniente 
español con veinte soldados atravesó un inefable de- 
sierto y contempló la más grande maravilla natural de 
América o del mundo — el gran Cañón del Colorado — 



DEL SIGLO XVI I9 

nada menos que tres centurias antes de que lo vieJsen 
ojos norteamericanos ! Y lo mismo sucedía desde el 
Colorado hasta el Cabo de Hornos. El heroico, intré- 
pido y temerario Balboa realizó aquella terrible cami- 
nata a través del Istmo, y descubrió el océano Pacífi- 
co y construyó en sus playas los primeros buques que 
se hicieron en América, y surcó con ellos aquel mar 
desconocido, y ¡ había muerto más de medio siglo an- 
tes de que Drake y Hawkins pusieran en él los ojos ! 
La falta de recursos de Inglaterra, la desmorali- 
zación que siguió a las guerras de las Rosas, así como 
las disensiones religiosas, fueron las causas principa- 
les de su apatía de entonces. Cuando sus hijos llegaron 
por fin al borde occidental del Nuevo Mundo, dejaron 
de sí buena memoria ; pero nunca tuvieron que afron- 
tar tantas y tan inconcebibles penalidades y tan con- 
tinuos peligros como los españoles. La comarca que 
conquistaron era bastante salvaje, es cierto ; pero era 
fértil, tenía extensos bosques, mucha agua y mucha 
caza ; mientras que la que dominaron los españoles era 
el desierto más terrible que jamás hombre alguno, ni 
antes ni después, ha logrado conquistar, y estaba po- 
blado por una hueste de tribus salvajes, las cuales no 
podían compararse con los pequeños guerreros del 
«rey Felipe» (*), como no cabe comparación entre una 
zorra y una pantera. Los apaches y los araucanos no 
hubieran sido tal vez peores que los otros indios si se 
hubiesen trasladado a Massachusetts ; pero en su ás- 
pero país eran los salvajes más furibundos con que 
habían tropezado los europeos. Si en la regón oriental 
duró un siglo la guerra con los indios, tres siglos y me- 
dio pelearon en el sudoeste los españoles. En una co- 
lonia española (Bolivia) perecieron a manos de los na- 
turales, en una carnicería, tantos como habitantes te- 
nía la ciudad de Nueva York cuando empezó la gue- 
rra de la independencia. Si los indios de levante hu- 
biesen dado muerte a veintidós mil colonos en una 



(•) Apodo que se daba a un cacique de los Pieles rojas de Pokaooket, 
cuyo nombre indio era Pometacom, el cual en 1 676 y al frente de rarias tribus, 
hizo una guerra feroz y sanguinaria contra las colonias inglesas de Massa- 
chusetts, Plymouih y Connecticut, destruyendo 13 aldeas, inccodiando 600 
«dificios y matando a 6üo colonos. (Nota del traductor.) 



20 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

horrible matanza, como hicieron con los españoles los 
indios de Sorata, hasta muy entrado el siglo xix no 
hubieran podido las diezmadas colonias de Norteamé- 
rica desatar los lazos que las unían a la madre patria 
y constituirse en nación independiente. 

Cuando sepa el lector que el mejor libro de texto 
inglés ni siquiera menciona el nombre del primer na- 
vegante que dio la vuelta al mundo (que fué un espa- 
ñol), ni del explorador que descubrió el Brasil (otro 
español), ni del que descubrió California (español tam- 
bién), ni los españoles que descubrieron y formaron 
colonias en lo que es ahora los Estados Unidos, y que 
se encuentran en dicho libro omisiones tan palmarias, 
y cien narraciones históricas tan falsas como inexcusa- 
bles son las omisiones, comprenderá que ha llegado 
ya el tiempo de que hagamos más justicia de la que hi- 
cieron nuestros padres a un asunto que debiera ser del 
mayor interés para todos los verd'aderos americanos. 

No solamente fueron los españoles los primeros con^ 
quistadores del Nuevo Mundo y sus primeros coloni- 
zadores, sino también sus primeros civilizadores. Ellos 
construyeron las primeras ciudades, abrieron las pri- 
meras iglesias, escuelas y universidades ; montaron 
las primeras imprentas y publicaron los primeros li- 
bros ; escribieron los primeros diccionarios, historias 
y geografías, y trajeron los primeros misioneros ; y 
antes de que en, Nueva Inglaterra hubiese un verda- 
dero periódico, ya ellos habían hecho un ensayo en 
¡Méjico ¡ y en el siglo xvii ! 

Una de las cosas más asombrosas de los explorado- 
res españoles — casi tan notable como la misma explo- 
ración — es el espíritu humanitario y progresivo que 
desde el principio hasta el fin caracterizó sus institu- 
ciones. Algunas historias que han perdurado, pintan 
a esa heroica nación como cruel para los indios ; pero 
la verdad es que la conducta de España en este parti- 
cular debiera avergonzarnos. La legislacién española 
referente a los indios de todas partes era incompara- 
blemente más extensa, más comprensiva, más sistemá- 
tica, y más humanitaria que la de la Gran Bretaña, 
la de las colonias y la de los Estados Unidos todas 



DEL SIGLO XVI ^1, 

juntas. Aquellos primeros maestros enseñaron la len- 
gua española y la religión cristiana a mil indígenas 
por cada uno de los que nosotros aleccionamos en idio- 
ma y religión. Ha habido en América escuelas españo- 
las para indios desde el año 1524. Allá por 1575 — casi 
un siglo antes de que hubiese una imprenta en la Amé- 
rica inglesa — se habían impreso en la ciudad de Méji- 
co muchos libros en doce diferentes dialectos indios, 
siendo así que en nuestra historia sólo podemos presen- 
tar la Biblia india de John Eliot ; y tres universidades 
españolas tenían casi un siglo de existencia cuando se 
fundó la de Harvard. Sorprende por el número la pro- 
porción de hombres educados en colegios que había 
entre los exploradores; la inteligencia , y el heroísmo 
corrían parejas en los comienzos de colonización del 
Nuevo Mundo. 



22 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



II 

GEOGRAFÍA EMBROLLADA 

I A menor de las dificultades que se presentaban si 
los descubridores del Nuevo Mundo era el tre- 
mendo viaje que había que hacer entonces para llegar 
a él. Si las tres mil millas de mar desconocido hubiese 
sido el principal obstáculo, hubiéralo vencido la ci- 
vilización algunos siglos antes. Fueron la ignorancia 
humana, más honda que el Atlántico, y el fanatismo, 
más tempestuoso que sus olas, los que cerraron por tan- 
to tiempo el horizonte del occidente de Europa. A no 
feer por estas causas, el mismo Colón hubiera descu- 
bierto la América diez años antes ; es más, América no 
hubiera tenido que esperar tantos siglos a que Colón 
la descubriese. Es realmente curioso que la mitad más 
rica del planeta jugase al escondite durante tanto tiem- 
po con la civilización ; y que la hallasen, al fin, por una 
mera casualidad, los que buscaban otra cosa muy dis- 
tinta. Si hubiese esperado América a ser descubierta 
por alguien que fuese en busca de un nuevo continen- 
te, quizá estuviese aguardando todavía'. 

A pesar de que, mucho antes que Colón, varios na- 
vegantes vagabundos de media docena de distintas 
razas habían ya llegado al Nuevo Mundo, lo cierto es 
que no dejaron huellas en América, ni aportaron pro- 
vecho alguno a la civilización ; y Europa, aun hallán- 
dose al borde del más grande de los descubrimientos 
y de los más importantes sucesos de la historia, ni si- 
quiera lo soñó. El mismo Colón no tenía la menor idea 
de la existencia de América. ¿ Sabe el lector lo que iba 
a buscar al occidente ? Asia. ♦* 

Las investigaciones hechas de algunos años a esta 



DEL SIGLO XVI ¡23 

parte, han modificado grandemente nuestro juicio acer- 
ca de Colón. La tendencia de la generación pasada, 
era convertirlo en un semidiós, en una figura histórica 
sin tacha, en un ser perfecto, todo nobleza. Esto es ab- 
surdo ; porque Colón no era más que un hombre, y 
todos los hombres, por grandes que sean, no llegan 
nunca a la perfección. La generación actual tiende 
a lo contrario, esto es, a quitarle toda cualidad heroica 
y hacer de él un pirata impune y un despreciable ins- 
trumento de la suerte'; a tal extremo, que muy pronto 
no va a quedar nada de Colón. Esto es igualmente in- 
justo y poco científico. En su terreno era Colón, un 
grande hombre, a pesar de sus defectos, y distaba mu- 
cho de ser un ente despreciable. Para comprenderle, 
debemos antes tener un conocimiento general de la 
■época en que vivía. Para apreciar hasta qué punto fué 
inventor de la gran idea, debemos principiar por inves- 
tigar cuáles eran entonces las ideas que predominaban 
en el mundo, y cuánto contribuyeron, a ayudarle o a 
■estorbarle. 

En aquella edad remota, la geografía era una cosa 
curiosísima : entonces un mapa-mundi era algo- que 
muy pocos de nosotros podríamos ahora descifrar ; 
porque todos los sabios del orbe sabían de la topografía 
del mundo menos de lo que sabe hoy un colegial de 
ocho años. Se había convenido finalmente en que el 
mundo no era plano, sino esférico ; por más que aun 
•ese conocimiento fundamental era reciente ; pero nin- 
gún ser viviente sabía de qué estaba compuesta la mi- 
tad del globo. Hacia el occidente de Europa se exten- 
día el «Mar de las Tinieblas», y más allá de una peque- 
ña zona, nadie sabía lo que era o lo que contenía. No 
se conocía aún la desviación de la aguja. Todo era en 
gran parte suposiciones y tanteos. Las inseguras em- 
barcaciones de entonces, no osaban aventurarse sin ver 
tierra, porque no tenían nada seguro que las guiase 
para volver ; y causa risa saber que una de las razones 
por que no se atrevían a arriesgarse mar afuera, era el 
temor de llegar inadvertidamente más allá del límite 
del Océano, y de que el buque y la tripulación cayesen 
-en el vacío ! Aun cuando sabían que el mundo era es- 



24 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

férico, todavía no se soñaba en la ley de gravitación ; 
y se suponía que, si uno avanzaba demasiado lejos^ 
por la superficie de la esfera, corría el peligro de lan- 
zarse al espacio. 

No obstante, era general la creencia de que había 
tierra en aquel mar desconocido. Esa idea fué crecien- 
do durante más de mil años, puesto que, en el siglo ii 
de la era cristana, empezó a creerse que había isla^ 
más allá de Europa. En tiempo de Colón, los cartó- 
grafos ponían generalmente en sus burdos mapas al- 
gunas islas, que colocaban al azar en el «Mar de las 
.Tinieblas». 

Más allá de ese enjambre de islas, se suponía que 
se hallaba la costa oriental de Asia, y eso a no muy 
grande distancia porque el verdadero tamaño del globo^ 
se calculaba que era una tercera parte menor del que 
tiene realmente. La geografía estaba entonces en man- 
tillas ; pero atraía la atención y motivaba el estudio 
de muchísimos hombres afanosos de saber, y que eran 
muy ilustrados para su época. Cada uno de ellos tra- 
zaba un mapa según las suposiciones que le inspira- 
ban sus estudios, y así resultaban los mapas muy dis- 
tintos unos de otros. 

En una cosa estaban todos conformes : en que ha* 
hia tierra hacia occidente. Algunos decían que una^ 
pocas islas ; otros que millares de islas ; pero todos 
convenían en que había tierra. Así, Colón no inven- 
tó la idea ; ésta era general antes de que él naciera. 
I.a cuestión no estriba en saber si había un Nuevo 
Mundo : sino en determinar si era posible o practi- 
cable el llegar hasta él, sin caer en el abismo, o sin 
encontrar otros peligros más horrendos. La gente 
decía que No ; Colón dijo que Si ; y ese es su título 
de gloria. El no inventó la teoría, pero supo llevar- 
la a la práctica ; y aun lo que realizó materialmen- 
te, es menos notable que la fe que le sostuvo. No 
tuvo necesidad de enseñarle a Europa que había un 
nuevo - país ; pero sí le hizo creer que podía llegar 
hasta él ; y esa fe en sí mismo y su tenaz valor en 
hacer que otros tuviesen fe en él, fué el rasgo más 
grande de su carácter. Requirió menos valentía el ha« 



DEL SIGLO XVI 25. 

cer la prueba final, que convencer al público de que nO' 
era una temeridad el intentarla. 

Cristóbal Colón, como se le llamaba en su tiempo^ 
nació en Genova (Italia), y fueron sus padres Domeni- 
co Colombo, cardador de lana, y Susana Fontana- 
rossa. No se conoce con certeza el año de su nacimien- 
to, pero vio probablemente la luz en 1446. Nada sabe- 
mos de su infancia, y muy poco de su vida de joven, 
aunque es seguro que era activo, arrojado y muy estu- 
dioso. Dicen que su padre le envió por algún tiempo 
a la Universidad de Pavía ; pero sus estudios escolás- 
ticos no pudieron durar mucho tiempo. El mismo Co- 
lón nos dice que fué a navegar a los catorce años. 
En su calidad de marino, le fué fácil continuar los 
estudios que más le interesaban, como la geografía 
y otros análogos. Los detalles de sus primeros viajes 
son muy escasos ; pero parece cosa cierta que navegó 
y tocó en Inglaterra, Islandia, Guinea y Grecia, con 
lo cual se consideraba entonces haber viajado más 
que hoy dando la vuelta al mundo ; con este vasto co- 
nocimiento de hombres y de tierras, iba adquiriendo 
acerca de la navegación, la astronomía y la geografía,^ 
todo el saber que era posible en aquel tiempo. 

Es interesante la conjetura de cómo y cuándo con^ 
cibió Colón un proyecto de tan estupenda importancia. 
No debió ser sin duda, sino siendo ya un hombre ma- 
duro y de experiencia, no tan sólo como experto nave- 
gante, sino por su conocimiento de lo que habían he- 
cho otros marinos. Hacía más de un siglo que se ha- 
bían descubierto las islas de Madera y las Azores. El 
príncipe Enrique, el Navegante (gran patrocinador de 
jas primeras exploraciones), enviaba dotaciones por la 
costa occidental del África ; pues a la sazón ni siquiera 
se sabía lo que era la parte más baja de ese continente. 
Esas expediciones sirvieron de gran ayuda a Colón y 
contribuyeron a ensanchar los conocimientos del mun- 
do. También es casi seguro que, cuando estuvo en Is- 
landia, debió de oir algo acerca de los piratas escandi- 
navos que habían estado en América. Dondequiera 
que fuese, su mente perspicaz hallaba algún nueva- 
aliento, directo o indirecto, para la gran resolución^ 



:a6 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

•que casi inconscientemente se iba formando en su ce- 
rebro. 

Por el año de 1473 Colón anduvo errante hasta 
Portugal ; y allí hizo conocimientos que influyeron en 
su porvenir. Con el tiempo contrajo matrimonio con 
Felipa Moñiz, que fué la madre de su hijo y cronista 
Diego. Hay mucha incertidumbre respecto de su vida 
convugal, y no se sabe si fué modelo de esposos o todo 
lo contrario. Por sus propias cartas se viene en cono- 
cimiento de que tuvo otros hijos, además de Diego; 
pero no se poseen más noticias acerca de ellos. Parece 
ser que su esposa era hija de un capitán de barco a 
quien llamaban el ((Navegante», y cuyos servicios fue- 
ron premiados nombrándole primer gobernador de la 
recién descubierta isla de Porto Santo, cerca de las de 
[Madera. Como la cosa más natural del mundo, fué 
Colón a visitar a su intrépido suegro ; y tal vez fuese 
durante su estancia en Porto Santo cuando empezó a 
dar forma a su colosal pensamiento. 

Tratándose de un hombre como aquel ((genovés que 
buscaba un mundo», una resolución como esa, una vez 
formada, sería como flecha de púas : muy difícil de 
arrancar. Desde aquel día no tuvo descanso. La idea 
capital de su vida fué ir ((; hacia Occidente ! ¡ Hacia 
el Asia!», y empezó a trabajar para llevarla a cabo. 
Se asegura que, con intención patriótica, se apresuró 
a ir a su país natal para hacerle la primera oferta de 
sus servicios. Pero Genova no iba en busca de nuevos 
mundos, y rehusó el ofrecimiento. Entonces expuso 
sus planes a Juan II de Portugal. Al rey Juan le en- 
cantó la idea ; pero un consejo de sus hombres más 
sabios le aseguró que el plan era ridiculamente teme- 
rario. Pero después envió una expedición secreta, la 
•que, una vez perdida la tierra de vista, se descorazonó 
y regresó sin resultado. Cuando Colón tuvo conoci- 
m.iento de esta traición, se indignó de tal modo que 
salió inmediatamente para España e interesó allí a va- 
rios nobles, y por último a los mismos reyes, en sus 
audaces esperanzas. Pero después de tres años de pro- 
funda*deliberación, una junta de geógrafos y astró- 
«lomos decidió que su plan era absurdo e irrealizable ; 



DEL SIGLO XVI 27 

iio fera posible llegar hasta las islas. Descorazonado, 
Colón salió para Francia ; pero por suerte se detuvo 
en un monasterio de Andalucía, donde logró interesar 
al guardián, Juan Pérez de Marchena. Este monje ha- 
bía sido confesor de la reina, y, gracias a su urgen- 
te intercesión, los reyes al fin llamaron a Colón, el 
cual regresó a la Corte. Sus planes se habían agranda- 
do de tal modo en su cerebro, que estaba casi desequi- 
librado, y parecía olvidar que sus descubrimientos eran 
sólo una esperanza y no un hecho positivo. Tenía, 
Í5in duda alguna, valor y perseverancia ; pero en aque- 
lla ocasión hubiéramos querido verle un poco más 
modesto. Cuando el rey le preguntó en qué condi- 
ciones emprendería el viaje, contestóle : ((Que se me 
nombre almirante antes de partir ; que se me haga 
virrey de todas las tierras que descubra, y que se me 
dé una décima parte de todas las ganancias». ¡ Desme- 
didas pretensiones, a la verdad, las que tenía el pobre 
hijo de un cardador de Genova para con el excelso rey 
de España I 

Fernando rechazó en el acto esa atrevida exigen- 
cia ; y en enero de 1492, Colón se hallaba camino de 
Francia para probar allí fortuna, cuando le alcanzó 
un mensajero que le hizo regresar a la Corte. Muy 
grande es nuestra deuda para con la buena reina Isabel, 
pues gracias a su gran interés personal, tuvo Colón 
la oportunidad de descubrir el Nuevo Mundo. Cuando 
todos ios hombres de ciencia, fruncían el entrecejo, 
y los ricos negaban su apoyo, la inquebrantable fe de 
una mujer — ayudada por la Iglesia — salvó la Historia. 

En pro y en contra de esa gran reina mucho se ha 
escrito, igualmente falto de r^zón. Algunos han que- 
rido hacer de ella una santa inmaculada — tarea suma- 
mente difícil tratándose de un ser humano — , y otros 
la pintan como una mujer codiciosa, mercenaria y de 
ningún modo admirable. Ambos extremos son igual- 
mente ilógicos y falsos ; pero el último es el más in- 
justo. La verdad es que todos los caracteres tienen 
más de una fase, y lo mismo en la Historia que en la 
vida real, hay comparativamente pocas figuras que 
se puedan santificar o condenar en absoluto. Isabel 



2% LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

no era un ángel ; era una mujer, y tenía sus debilida- 
des como todas las mujeres. Pero era una mujer nota- 
ble, una gran mujer, que merece nuestro respeto al 
par que nuestra gratitud. Puede afrontar la compara- 
ción de su carácter con el de la ((Buena Reina Elisabet», 
y ha dejado un nombre mucho más grande en la His- 
toria. No fué la sórdida ambición ni la codicia lo que le 
hizo prestar oídos al descubridor de mundos. Fué la 
fe, la simpatía y la intuición de una mujer, que tantas 
veces ha cambiado el curso de la historia y dado pie 
a las proezas de tantos héroes, quienes hubieran muer- 
to desconocidos si hubiesen confiado en la más lenta, 
más fría y más interesada simpatía de los hombres. 

Isabel tuvo la iniciativa, y asumió la responsabi- 
lidad. Tenía un reino propio, y su real esposo Fernan- 
do no creyó prudente embarcar las fortunas de Aragón 
en tan descabellada empresa : bien podía ella sufra- 
gar los gastos con cargo al reino de Castilla. Parece 
que Fernando lo veía con indiferencia ; pero su reina 
rubia y de ojos azules, cuyo rostro gentil ocultaba un 
gran valor y determinación, la acogió con entusiasmo. 
Se le concedieron al genovés las condiciones que im- 
ponía, y el 17 de abril de 1492, firmaron Sus Majesta- 
des y Colón uno de los documentos más importantes 
en que se ha puesto la pluma. Si el lector pudiese ver 
ese precioso convenio, probablemente no adivinaría! 
de quién es el autógrafo que está al pie, porque el je- 
roglífico de la firma de Colón, pondría hoy en grande 
aprieto al interventor de una casa de banca. La subs- 
tancia de este famoso contrato era como sigue : 

I .* Que Colón y sus herederos tuviesen por siem- 
pre el cargo de almirante en todas las tierras que él, 
llegase a descubrir. 

2.° Que él sería virrey y gobernador general ert 
dichas tierras, con voz en el nombramieno de sus go-, 
bernadores subalternos. 

3.** Que reservase para sí una décima parte de todo 
el oro, la plata, las perlas y demás tesoros que adqui^ 
riese. 

4." Que él y su lugarteniente fuesen los únicoS^ 



JXL SIGLO xn 2g 

jueces, junto con el gran almirante óe Castilla» en los 
asuntos co m erc i ales d^ Nuevo Mondo. 

5.* Que tendría el |HÍirilegú> de cootriboir con una 
octava parte a ios gastos de cualquiera otia expedición 
que se enviase a las nuevas tierras, con deiedio a per- 
obir entonces una octava parte de los beneficios. 

Es lástima que la conducta de O^ón en España 
no estuviese libre de tma doblez que redundaba oi su 
descrédito. Entró al servicio de R*yaña el día 20 de 
ei^ro de 1486. £1 5 de majo de 1487, los rejes de Es- 
paña le dieron tres mil maravedises «por un servicio 
secreto hedió a Sus Majestades» ; j durante el mismo 
año recibió odio mil maravedises más. Y, no obstan- 
te, de^Miés de esto oíredó secretamente sos servicios 
al rev de Portegal, d cual en 1488 le escrÜHó a Colón 
una carta oCredéodc^ la libertad dd reinOy a cambio 
de las caqrforaríones que hiciese em fauar de Portugal, 
Pero esto no se flevó a c^x>. 

Es más íádl que d lector tesara notictas reelecto al 
viaje, aqud viaje, que duró unos cuantos mesES» pero 
cuya realizadón le costó al valeroso genovés cerca de 
20 años de desaliento j de oposicíte. Fueron esos años 
de incesante IiHJia para convertir al nmtHlo a su insoo- 
dable s^Menda, lo que mostró d carácter de Colóo 
más daramente qae todo lo que hizo después que d 
mundo crevó en d. 

Habióidose vencido por ñn ias dificultades de ob- 
texter d consentimknto j d permiso ofidai, no queda- 
ba otro obstáculo que d de oiganizar la npnfirión. 
Esto era im asunto serio; pocos estaban dspoesios a 
embarcarse en una em^esa tan loca como aqadb se 
reputaba. Finalmoite, a falta de vc^untarifs» hnbo qne 
llevar una trqmlarión por orden de la Conma; j can 
so nabb la cS^ta María» j siBdos carabdas^ la «Niña» 
T la «Pinta», tripuladas por hombies renuentes^ estuvo 
al fin listo para hacerse a la mar d descnbfidor de un 
mundo. 



30 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



III 

COLÓN EL DESCUBRIDOR 

^^ALió Colón del puerto de Paílos, el viernes 3 de agos- 
to de 1492, a las 8 de la mañana, con 120 españoles 
a su mando. Ya sabe el lector cómo él y su valiente 
camarada Pinzón alentaron el decaído espíritu de su 
marinería, y cómo en la mañana del 12 de octubre vis- 
lumbraron por fin la tierra. No era el continente de 
América — que Colón no llegó a ver hasta cerca de S 
años más tarde — , sino la isla de Watling. Fué ese 
viaje el más largo que había hecho hombre alguno 
hacia el occidente, e ilustraba de un modo muy carac- 
terístico la suma de conocimientos a que había llegado 
la humanidad. Cuando los viajeros observaron las des- 
viaciones de la aguja magnética, decidieron que lo que 
se desviaba no era la aguja, sino la estrella polar. Te- 
nía tai vez Colón tantos conocimientos como cualquier 
otro geógrafo de su época ; pero llegó a la conclusión 
de que la causa de ciertos fenómenos debía de ser el 
estar navegando sobre una corcova de la tierra. Esto 
se hizo más evidente en el viaje que realizó después 
al Orinoco, cuando halló una corcova todavía mayor 
y dedujo que el mundo debía tener la forma de una 
j>era. Es interesante notar que, a no ser por un cam- 
bio accidental de su derrota, los viajeros hubieran en- 
contrado la corriente del golfo que les hubiera llevado 
hacia el norte, en cuyo caso la parte que hoy ocupan 
los Estados Unidos hubiera sido el primet campo de 
la conquista de España. 

El primer hombre blanco que víó la tierra del Nue- 
vo Mundo," fué un simple marinero llamado Rodrigo 
de Triana, si bien el mismo Colón había divisado unaí 
luz la noche anterior. Aun cuando es probable — como 



DEL SIGLO XVI St 

verá el lector más adelante — que Cabot viese el conti- 
nente de América antes que Colón (en 1497), ^"^ Colón 
quien descubrió el Nuevo Mundo, tomó posesión de 
él como gobernador en nombre de España, y hasta 
fundó en él las primeras colonias europeas, constru- 
yendo y poblando con 43 hombres un pueblo que bau- 
tizó con el nombre de la Navidad, en la isla de Santo 
Domingo (o Española como él la llamaba), en diciem- 
bre de 1492. Además, si Colón no hubiese antes des- 
cubierto el Nuevo Mundo, Cabot nunca hubiera na- 
vegado. 

Los exploradores fueron de isla en isla, encontran- 
do en ellas muchas cosas notables. En Cuba, donde 
llegaron el 26 de octubre, descubrieron el tabaco, que 
no era conocido en los países civilizados, así como la 
desconocida batata. Estos dos productos, de cuyo va- 
lor no supo darse cuenta ninguno de los primeros ex- 
ploradores, debían ser factores más importantes en los 
mercados monetarios y en las comodidades del mundo, 
que todos los tesoros de mayor brillo. También la ha- 
maca y su nombre fueron conocidos por personas ci- 
vilizadas después de ese primer viaje. 

En marzo de 1493, después de un terrible viaje de 
regreso, Colón se halló de nuevo en España, comuni- 
cando la portentosa nueva a Fernando e Isabel, a quie- 
nes mostró sus trofeos de oro, algodón, pájaros de vis- 
toso plumaje, plantas y animales raros, v hombres más 
extraños todavía, puesto que llevó nueve indios, que 
fueron los primeros americanos que se trasladaron a 
Europa. Agradecido su país adoptivo, confirió a Colón 
toda clase de honores. Debió de ser un hermoso espec- 
táculo el que presentaba aquel alto, fornido, tostado 
y encanecido nuevo grande de España, montando a 
caballo junto al rey, y con explendor casi regio, ante 
la asombrada Corte. 

La grave y graciosa reina mostraba gran interés, 
por los descubrimientos realizados y mucho entusiasmo 
para disponer otros nuevos. El Nuevo Mundo era un 
potente atractivo, para su inteligencia y su corazón de 
mujer; y en cuanto a los aborígenes, llegó a enfras- 
carse en muy meditados planes para su bienandan- 



32 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

za. Después que Colón probó que se podía navegar de 
un lado a otro del mundo sin caer en el espacio «fuera 
del borde», se presentaron muchos imitadores (*). Había 
llevado a cabo la obra de un genio, halló el camino, y 
había terminado su gran misión. Si se hubiese deteni- 
do allí, hubiera dejado un nombre más excelso, pues 
en todo lo que hizo después no demostró tener apti- 
tudes. 

Organizóse a toda prisa una segunda expedición, 
y el 25 de septiembre de 1493 salió Colón de nuevo, 
llevando esta vez mil quinientos españoles en diez y 
siete buques, con animales y utensilios para colonizar 
su Nuevo Mundo. Y entonces, con estrictas órdenes de 
la Corona de cristianizar a los indios y de darles siem- 
pre buenos tratos. Colón llevó consigo los doce prime- 
ros misioneros que fueron a América. El asombroso 
cuidado maternal de España por las almas y los cuer- 
pos de los salvajes que por tanto tiempo disputaron 
su entrada en el Nuevo Mundo, empezó temprano y 
nunca disminuyó. Ninguna otra nación trazó ni llevó 
a cabo un ((régimen de las Indias» tan noble como el 
que ha mantenido España en sus posesiones occiden- 
tales por espacio de cuatro siglos. 

El segundo viaje se realizó luchando con mil y 
mil dificultades. Algunos de los buques eran inservi- 
bles y hacían agua, teniendo las tripulaciones que achi- 
carlos continuamente. 

Colón desembarcó por segunda vez en el Nuevo 
'Mundo el 3 de noviembre de 1493, en la isla de la Do- 
minica. Su colonia de La Navidad había sido destrui- 
da, y en diciembre fundó la ciudad de Isabela. En ene- 
ro de 1494 construyó allí la primera iglesia que se eri- 
gió en el Nuevo Mundo. Durante esa misma estancia 
construyó también el primer camino. 

Conforme antes hemos dicho, los primeros viajes 
a América no eran tan difíciles como el obtener los 
medios para realizarlos ; y los riesgos del mar no eran 
nada^comparados con los que existían después de lle- 
gar a tierra. Entonces fué cuando Colón experimentó 

(*) Como decía el mismo «hasta los sastres se volTíeron eiploraderes.» 



DEL SIGLO XVI 33 

ios disíTustos que obscurecieron el resto de su vida glo- 
riosa. Si grande fué su genio como explorador, coma 
colonizador fué un fracasado ; y aun cuando fundó las 
primeras cuatro ciudades del Nuevo Mundo, sólo sir- 
vieron para su mal. Sus colonos de Isabela no tarda- 
ron en amotinarse, y San Tomás, que fundó en Haití, 
no le dio mejor resultado. Las penalidades de sus con- 
tinuas exploraciones en las Antillas alteraron su sa- 
lud, y estuvo enfermo en Isabela cerca de medio afío^ 
A no ser por su audaz y diestro hermano Bartolomé, 
de quien tan poco se sabe, no se hubieran tenido tan- 
tas noticias de Colón. 

En 1495, la Corona, justamente disgustada por 
la ineptitud del primer virrey del Nuevo Mundo, en- 
yió a Juan Aguado con la comisión de inspeccionar lo 
que allí ocurría. Esto era más de lo que Colón podía 
tolerar, y dejando a Bartolomé como Adelantado (ran- 
go que ahora no tiene equivalente y que era el de un 
oficial que mandaba en jefe una expedición de descu- 
bridores). Colón se apresuró a regresar a España y a 
sincerarse con sus soberanos. Volviendo a América 
tan pronto como le fué posible, descubrió por fin el con- 
tinente de la América del Sur, el día primero de agos- 
to de 1498 ; pero creyó en un principio que era una 
isla, y le puso el nombre de Zeta. Sin embargo, muy 
pronto llegó a la desembocadura del Orinoco, cuya cau- 
dalosa corriente le hizo deducir que regaba un con- 
tinente. 

Sintiéndose enfermo, volvió a Isabela, y allí se 
encontró con que los colonos se habían rebelado con- 
tra Bartolomé. Colón aplacó a los amotinados, en- 
viándolos a España con unos cuantos esclavos, acta 
que no le honra v que sólo puede disculpar la época 
en que vivía. La buena reina Isabel se indignó de tal 
modo al saber esta barbaridad, que ordenó que se pu- 
siese en libertad a los pobres indios, y envió a Fran- 
cisco de Bobadilla, el cual aprehendió a Colón y a 
sus dos hermanos el año 1500 en la Española, y los 
embarcó, encadenados, para la Península. No tardó 
Colón en rehabilitarse con la Corona, y Bobadilla fué 
depuesto ; pero con eso terminó el virreinato de Co- 



34 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

lón en el Nuevo Mundo. En 1502 emprendió su cuarto 
viaje; descubrió la Martinica y otras islas, y en 1503 
fundó su cuarta colonia, a la que dio el nombre de 
Belén. Pero la desgracia se le venía encima. Des- 
pués de más de un año de penalidades y trastornos, re- 
gresó a España, y allí murió el 20 de mayo de 1506. 

En Valladolid se dio sepultura a los restos del des- 
cubridor de un mundo ; pero varias veces fueron tras- 
ladados a distintos lugares. Se dice que están ahora 
sepultados en una capilla de la catedral de la Habana, 
al lado de los de su hijo Diego ; pero no puede tenerse 
certeza de esto. Tampoco la hay para negar que tan 
preciosa reliquia se conservarse e inhumase en la isla 
de Santo Domingo, adonde realmente fueron condu- 
cidos desde España. De todos modos, se hallan en el 
Nuevo Mundo, descansando finalmente en paz en el 
seno de la América que descubrió. 

No era Colón ni un hombre perfecto ni un tunan- 
te ; aun cuando se le ha presentado bajo ambos aspec- 
tos. Era un hombre notable, y, teniendo en cuenta su 
época y su profesión, era un hombre bueno. A la fe 
del genio, reunía una maravillosa energía y tenacidad, 
y gracias a su testarudez pudo llevar a cabo una idea 
que ahora nos parece natural ísima, pero que entonces 
todo el mundo consideraba absurda. Mientras se limi- 
tó a la profesión a que se había dedicado y en la 
que probablemente ni tenía entonces quien le iguala- 
se, sus hechos fueron portentosos. Pero cuando, des- 
pués de medio siglo de navegante, de repente se con- 
virtió en virrey, vino a ser como el proverbial «mari- 
no en tierra» : se perdió por completo. En el desem- 
peño de su nuevo cargo, fué poco práctico, tozudo y 
hasta perjudicial a la colonización del Nuevo Mundo. 
Se ha dado en la flor de acusar a los reyes de España 
de baja ingratitud para con Colón ; pero esto es injus- 
to. La culpa la tuvo él con sus propios actos, que hi- 
cieron necesarias y justas las rigurosas medidas de la 
Corona. No era buen administrador, ni tenía elevados 
principios morales, sin los cuales ningún gobernante 
puede ganar prestigio. Sus fracasos no eran debidos 
a bellaquería, sino a ciertas debilidades y a su inepti- 



DEL SIGLO XVI 35 

tud en general para el desempeño de su nuevo cargo^ 
al cual, a sus años, le era difícil adaptarse. 

Hay muchos retratos de Colón, pero probablemen- 
te ninguno se le parece. En su tiempo era desconoci- 
da la fotografía, y no sabemos que ninguno de sus re- 
tratos se tomase del natural. Todos los que se cono- 
cen, con una sola excepción, se hicieron después de su 
muerte, y todos de memoria o ajustándose a descrip- 
ciones de su semblante. Se le representa alto e impo- 
nente, de aspecto severo, ojos grises, nariz aguileña, 
mejillas coloradas y pecosas y pelo cano, y gustaba 
de llevar el hábito gris de los misioneros franciscanos. 
Han quedado algunas de sus cartas originales, con su 
notable autógrafo, y un dibujo que se le atribuye. 



LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



IV 

HACIENDO GEOGRAFÍA 

^l lENTRAS Colón navegaba de un lado a otro del 
Océano, entre el Viejo y el Nuevo Mundo des- 
cubierto por él, y construía ciudades y daba nombre a 
futuras naciones, Inglaterra parecía casi dispuesta a 
meter baza. Europa entera sintióse pronto conmovida 
por las extrañas noticias procedentes de España. Mo- 
vióse entonces Inglaterra, valiéndose de un veneciano 
conocido por el nombre de Sebastián Cabot. El día 5 
de marzo de 1496 — cuatro años después del descubri- 
miento de Colón, — Enrique VII de Inglaterra expi- 
dió una patente a ((Juan Gabote, ciudadano de Vene- 
cia» y sus tres hijos, autorizándoles para navegar ha- 
cia occidente en un viaje de exploración. Juan y su 
hijo Sebastián salieron de Bristol en 1497, y al nacer 
el día 24 de junio del mismo año vieron el continente 
de América, — probablemente la costa de Nueva Esco- 
cia ; — pero nada más hicieron. Después de su regreso 
a Inglaterra, murió el viejo Cabot. En mayo de 1498 
emprendió Sebastián su segundo viaje, que probable- 
mente le llevó a la Bahía de Hudson y unos cuantos 
centenares de millas costa abajo. Hay pocas probabi- 
lidades en favor de la hipótesis de que llegase a ver 
parte alguna de lo que es hoy los Estados Unidos. 
Navegaba errante por los mares del Norte, de tal 
modo, que los 300 colonos que se llevó, perecieron de 
frío en el mes de julio. 

Inglaterra no trató muy bien a su primer expío- 



DEL SIGLO XVI 37 

rador, y en 15 12 entró Cabot al servicio, más grato, de 
España. En 1517 salió para las posesiones españolas 
de las Antillas, y en ese viaje le acompañó un ingles 
llamado Tomás Pert. En agosto de 1526 volvió a salir 
Cabot con otra expedición española, con rumbo al 1 a- 
cífico, ya descubierto por un héroe español ; pero se 
amotinaron sus oficiales y se vio obligado a abando- 
nar la empresa. Exploró el Río de la Plata en una 
extensión de mil millas, aproximadamente ; construyó 
un fuerte en una de las bocas del Paraná, y exploró 
parte de dicho río y del Paraguay, pues la America del 
Sur había sido posesión española durante casi una ge- 
neración. De allí regresó a España, y más tarde a In- 
glaterra, donde murió, por el año de 1557. 

Se han perdido todos los mapas imperfectos que 
hizo Cabot del Nuevo Mundo, a excepción de uno que 
se conserva en Francia ; y no ha quedado de ese nave- 
gante documento alguno. Cabot era un verdadero ex- 
plorador y debe incluírsele en la lista de los primeros 
de América ; pero como uno, cuyo trabajo fué infruc- 
tuoso y sin consecuencias, y que vio el Nuevo Mundo, 
pero no hizo en él nada práctico. Era hombre de gran 
valor y de tenaz perseverancia, y se le recordará siem- 
pre como descubridor de Terranova y del extremo su- 
perior del Continente norteamericano. 

Después de Cabot, Inglaterra durmió una siesta 
de más de medio siglo. Cuando se despabiló, se en- 
contró con que los despiertos hijos de España se ha- 
bían esparcido por la mitad del Nuevo Mundo, y que 
hasta Francia y Portugal la habían dejado rezagada. 
Cabot, que no era inglés, fué el primer explorador que 
envió Inglaterra ; y a éste siguieron Drake y Hawkins, 
y más tarde los capitanes Amadas y Barlow, con lap- 
sos de setenta y cinco y ochenta y siete años respecti- 
vamente, durante los cuales una gran parte de los dos 
continentes había sido descubierta, explorada y pobla- 
da por otras naciones, de las que decididamente iba 
España a la cabeza. Colón, el primer explorador que 
envió España, no era español ; pero con su primer des- 
cubrimiento se inició una corriente tan impetuosa y 
tan constante de exploradores nacidos en España, que 



38 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

en cien años hicieron más en América que todas las 
otras naciones de Europa juntas en los primeros tres- 
cientos años. Cabot vio, pero nada hizo ; y tres cuar- 
tos de siglo después Sir John Hawkins y Sir Francis 
Drake — de quienes hacen las viejas historias grandes 
elogios, pero que se enriquecieron vendiendo infelices 
africanos como esclavos y con sus piraterías contra 
buques y ciudades indefensas de las colonias de Es- 
paña, con las que Inglaterra se hallaba en paz, — vie- 
ron los Antillas y el Pacífico, cuando hacía más de 
medio siglo que eran posesiones españolas. Drake fué 
el primer inglés que pasó por el Estrecho de Magalla- 
nes, y lo hizo sesenta años después que aquel heroico 
portugués lo descubriera y bautizara con su sangre y 
su vida. Drake fué probablemente el primero que vio 
la tierra que hoy llamamos Oregón, único descubri- 
miento que hizo de alguna importancia. Tomó pose- 
sión de Oregón para Inglaterra, con el nombre de 
((Nueva Albión» ; pero la vieja Albión jamás fundó 
allí colonia alguna. 

Sir John Hawkins, pariente de Drake, fué como 
éste un marino distinguido ; pero no un verdadero 
descubridor ni explorador. Ninguno de los dos explo- 
ró o colonizó el Nuevo Mundo, y ninguno tampoco 
dejó en la historia de éste más honda impresión que si 
nunca hubieran nacido. Drake llevó a Inglaterra las 
primeras patatas ; pero no se soñó siquiera en la im- 
portancia de tal descubrimiento hasta mucho tiempo 
después, y eso por otros hombres. 

Los capitanes Amadas y Barlow, en 1584, vieron 
la costa en el Cabo Hatteras y la isla de Roanoke, y 
se alejaron de ella sin resultado permanente. Al si- 
guiente año, Sir Richard Grenville descubrió el Cabo 
Fear, y de ahí no pasó. Siguieron las famosas, pero 
pequeñas expediciones de Sir Walter Raleigh a Vir- 
ginia, al Orinoco y a Nueva Guinea, y los menos im- 
portantes viajes de John Davis al Noroeste, en 1585-87. 

No debemos tampoco olvidar Tos infructuosos via- 
jes del valiente Martín Frobisher a la Groenlandia, 
en 1576-81. No hubo más exploraciones de Inglaterra 
en América hasta el siglo xvii. En 1602, el capitán 



DEL SIGLO XVI 39 

Gosnold costeó casi todo el litoral del Atlántico, par- 
titularmente alrededor del Cabo Cod ; y hasta cinco 
años más tarde no empezó la ocupación d^l Nuevo 
Mundo por Inglaterra. La primera colonia inglesa que 
hizo gran papel en la historia — como no lo hizo Jame»- 
town — fué la de los Padres Peregrinos, en 1602 ; j 
esos no vinieron con el objeto de inaugurar un mundo 
nuevo, sino para huir de la intolerancia del viejo. En 
realidad, como ha hecho notar Mr. Winsor, los sajo- 
nes no tuvieron gran interés por América sino cuando 
empezaron a comprender que ofrecía oportunidades al 
co7nercio. 

Pero, si volvemos los ojos a España, ¡ cuánto no 
hizo en los cien años que pasaron después de Colón y 
antes del desembarco de los fugitivos ingleses en Plv- 
mouth Rock I En 1499 Vicente Yáñez de Pinzón, com- 
pañero de Colón, descubrió la costa del Brasil y re- 
clamó dicho país en nombre de España ; pero no dejó 
allí colonia alguna. Hizo sus descubrimientos cerca de 
las bocas del Amazonas y del Orinoco, y fué el pri- 
mer europeo que vio el mayor río del mundo. Al año 
siguiente, Pedro Alvarez Cabral, portugués, fué arro- 
jado a la costa del Brasil por una tormenta ; tomó po- 
sesión en nombre de Portugal y fundó allí una co- 
lonia. 

En cuanto a Américo Vespucio, el insignificante 
aventurero, cuya fama de tal modo eclipsa sus hechos, 
son en extremo dudosas sus pretensiones por lo que 
toca a América. Vespucio nació en Florencia, en 145 1, 
y era un hombre instruido, pues su padre ejercía de 
notario y tenía un tío dominico que le enseñó humani- 
dades. Fué dependiente de la gran casa de los Médicis, 
y hallándose a su servicio, lo enviaron a España en 
1490. Estando allí, entró al empleo del comerciante 
que equipó la segunda expedición de Colón, el cual 
era un florentino llamado Juanoto Berardi. Cuando 
éste murió, en 1405, dejó sin terminar una contrata 
para equipar doce buques para la Corona ; y se encar- 
gó a Vespucio que llevase a cabo la contrata. No hav 
razón alguna para creer que acompañase a Colón en su 
primero, ni en su segundo viaje. Según su propio reía- 



40 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

(O, salió de Cádiz el día lo de mayo de 1497, en una 
expedición española, y llegó al continente de América 
diez y ocho días antes de que lo viese Cabot. Es ri- 
dículo el supuesto de algunas enciclopedias de que Ves- 
pucio ((probablemente se remontó por el norte hasta 
el cabo Hatteras». Hay pruebas innegables de que 
nunca vio ni una pulgada del Nuevo Mundo al norte 
del Ecuador. Volviendo a España a fines de 1498, se 
embarcó de nuevo el 16 de mayo de 1499, en compa- 
ñía de Ojeda, con rumbo a Santo Domingo, y en ese 
viaje empleó unos diez y ocho meses. Salió de Lisboa 
en su tercer viaje, el 10 de mayo de 1501, con destino 
al Brasil. No es cierto, aun cuando lo digan las enci- 
clopedias, que descubriese y diese nombre a la bahía 
de Río Janeiro : ambos honores pertenecen a Cabral, 
verdadero descubridor y explorador del Brasil y hom- 
bre de mucha más importancia histórica que Vespu- 
€Ío. El cuarto viaje de este último le llevó a Lisboa, 
el 10 de junio de 1503, a Bahía, y de allí a Cabo Frío, 
donde construyó un pequeño fuerte. En 1504 regresó 
a Portugal, y al año siguiente a España, donde mu- 
rió en 1512. 

La historia de estos viajes no tiene más fundamen- 
to que el propio relato de Vespucio, el cual no merece 
entero crédito. Es probable que no se hiciese a la mar 
en todo el año 1497, y es del todo cierto que no tuvo 
la menor participación en los verdaderos descubrimien- 
tos del Nuevo Mundo. 

El nombre de «América» lo inventó y aplicó por 
primera vez en 1507 un mal informado impresor ale- 
mán, llamado Waldzeemüller, a cuyo poder llegaron 
los documentos de Vespucio. La historia está llena de 
injusticias ; pero nunca se ha cometido otra mayor 
que ese bautismo de América. Con igual razón hubie- 
ra podido llamársela Valdzeemüllera. El primer mapa 
del Nuevo Mundo lo hizo el español Juan de la Cosa, 
en 1500 (*), y ese mapa le parecería hoy muy raro a 
cualquier chico de la escuela. La primera geografía 



<•) De Santoña, Santander 



DEL SIGLO XVI 4 1 

de América, que data de 1517, se debe a Enciso, un 
español. 

Es grato pasar de un hombre harto ponderado y 
de hechos muy dudosos, a esos verdaderos pero casi 
desconocidos héroes portugueses que se llamaron Gas- 
par y Miguel Corte-Real. Gaspar salió de Lisboa ef 
año 1500, y descubrió y dio nombre a Labrador. En 
1 50 1 se embarcó de nuevo en Portugal para el mar 
Ártico, y no se le volvió a ver. Después de esperar un 
año, su hermano Miguel dirigió una expedición para 
rescatarlo ; pero también él pereció, con todos sus 
hombres, entre los témpanos del mar del Norte. Un 
tercer hermano quiso salir en busca de los perdidos 
exploradores ; pero se lo prohibió el rey, quien envió 
una expedición de dos buques para salvarlos : sin em- 
bargo, no se halló la menor huella de los valientes 
Corte-Reales ni de ninguno de sus hombres. 

Tales fueron las exploraciones de América hasta 
fines de la primera década del siglo xvi : una serie de 
viajes atrevidos y peligrosos (de los cuales sólo hemos 
mencionado los más notables de la gran invasión es- 
pañola), que dieron como resultante el establecimien- 
to de unas cuantas colonias efímeras pero importantes 
únicamente como un atisbo por las puertas del Nuevo 
Mundo. Las verdaderas penalidades y peligros, la ver- 
dadera exploración y conquista de las Américas, co- 
menzaron con la década de 1510 a 1520: principio 
de una centuria de exploraciones y conquistas tales 
como jamás vio el mundo antes, ni ha vuelto a ver des- 
pués. España lo hizo todo, salvo las heroicas pero 
comparativamente pequeñas hazañas de Portugal en 
la América del Sur, entre los sitios conquistados por 
España. El siglo xvi, en lo que afecta al Nuevo Mun- 
do, no tiene paralelo en la historia militar, y produjo, 
o mejor dicho, desarrolló hombres tales que en sus 
proezas sobrepujaron en alto grado a cuantos conquis- 
tadores vinieron después. Nuestra parte del hemisferio 
jamás ha dado a la historia unos capítulos de conquis- 
ta can sorprendentes como los que grabaron, en los 
formidables y selváticos desiertos del sur. Cortés, Pi- 



42 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

zarro, Valdivia y Quesada, los más grandes domina- 
dores de la América salvaje. 

Hubo por lo menos otros cien héroes españoles en 
aquella época, desconocidos de la fama y enterrados en 
la obscuridad hasta que la verdadera historia les dé su 
bien ganada gloria. No hay motivo para creer que 
esos héroes olvidados fuesen m.ás capaces de realizar 
grandes hazañas que nuestros Israel Putnams, Ethan 
Allens, Francis Marions y Daniel Boones ; pero hi- 
cieron cosas mucho más grandes, espoleados por una 
mayor necesidad y en el momento perentorio. He di- 
cho un centenar ; pero realmente la lista es demasiado- 
larga para ni siquiera catalogarla aquí ; y el ocupar- 
nos de sus más grandes cofrades, nos dará materia su- 
ficiente para llenar este libro. Ninguna otra nación ma- 
dre, dio jamás a luz cien Stanleys y cuatro Julios Cé- 
sares en un siglo ; pero eso es una parte de lo que 
hizo España para el Nuevo Mundo. Pizarro, Cortés, 
Valdivia y Quesada tienen derecho a ser llamados los 
Césares del Nuevo Mundo, y ninguna de las conquis- 
tas, en la historia de América, puede compararse con^ 
las que ellos llevaron a cabo. Es sumamente difícil de- 
cir cuál de los cuatro fué el más grande ; si bien para 
el historiador sólo hay una respuesta posible. La elec- 
ción está, por de contado, entre Cortés y Pizarro, y 
durante mucho tiempo se ha hecho con error. Cortés 
fué el primero en el orden cronológico, y sus hechos 
se realizaron más cerca de nuestro país. Era un hom- 
bre muy ilustrado en su época y, como César, tenía 
la ventaja de saber escribir su propfe biografía ; mien- 
tras que su primo lejano Pizarro, no sabía leer ni es- 
cribir y firmaba con una cruz ; notable contraste con 
la firma bien trazada y elegante, en aquella época, de 
Hernán Cortés. Pero Pizarro, que desde un principio 
tuvo la desventaja de su falta de instrucción ; que se 
vio obligado a luchar con penalidades y obstáculos in- 
finitamente mayores que Cortés, y supo conquistar un 
territorio tan grande como el de éste con una tercera 
parte de hombres, mucho más violentos y rebeldes, 
fué, sin duda alguna, el más grande de los españoles 
que fueron a América, y a la vez el más grande de los 



DEL SIGLO XVI 43; 

dominadores del Nuevo Mundo. Por esta razón, y 
porque ha sido tratado con tan supina injusticia, he es- 
cogido su maravillosa carrera, que se relatará más ade- 
lante, como ejemplo del supremo heroísmo de los pri- 
meros exploradores españoles. 

Pero, si bien Pizarro fué el más grande, los cua- 
tro citados son dignos de ser considerados como los 
Césares de América. 

Lo cierto es que aquel grande hombre, pequeño y" 
calvo, de la antigua Roma, que llena con sus hechos 
las páginas de la historia antigua, ninguna proeza 
llevó a cabo que superase las de cada uno de esos 
cuatro héroes españoles, los cuales, con unos pocos 
compatriotas harapientos en vez de las férreas legio- 
nes romanas, conquistaron cada uno un inconcebible 
desierto, tan salvaje como el que halló César, y cinco 
veces mayor. La opinión popular hizo durante mucho 
tiempo una gran injusticia a esos y otros de los con- 
quistadores españoles, empequeñeciendo sus hechos 
militares por causa de la gran superioridad de sus ar- 
mas sobre los indígenas, y acusándoles de crueles y^ 
despiadados en la exterminación de los aborígenes. 
La luz clara y fría de la verdadera historia nos los 
presenta de un modo muy distinto. En primer lugar, 
la ventaja de las armas apenas era otra cosa que una 
superioridad moral en inspirar el terror al principio^ 
entre los naturales, puesto que las tristemente toscas- 
e ineficaces armas de fuego de aquella época, apenas 
eran más peligrosas que los arcos y las flechas que se 
les oponían. Su eficacia no tenía mucho mayor alcan- 
ce que las flechas, y eran diez veces más lentas en sus 
disparos. En cuanto a las pesadas y generalmente di- 
lapidadas armaduras de los españoles y de sus caba- 
llos, no protegían del todo a unos ni a otros contra 
'las flechas de cabeza de ágata de los indígenas, y co- 
locaban al hombre y al bruto en desventaja para lu- 
char con sus ágiles enemigos en un lance extremo, 
además de ser una carga muy pesada con el calor de 
los trópicos. La «artillería» de aquellos tiempos era 
casi tan inútil como los ridículos arcabuces. En cuan- 
to a su comportamiento con los indígenas, hay que re- 



44 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

conocer que los que resistieron a los españoles fueron 
tratados con muchísima menos crueldad que los que 
se hallaron en el camino de otros colonizadores euro- 
peos. Los españoles no exterminaron ninguna nación 
aborígena — como exterminaron docenas de ellas nues- 
tros antepasados (*) — y, además, cada primera y ne- 
cesaria lección sangrienta iba seguida de una educa- 
ción y de cuidados humanitarios. Lo cierto es que la 
población india de las que fueron posesiones españo- 
las en América, es hoy mayor de lo que era en tiempo 
de la conquista, y este asombroso contraste de condi- 
ciones y la lección que encierra respecto del contraste 
de los métodos, es la mejor contestación a los que han 
pervertido la historia. 

Sin embargo, antes de hablar de los grandes con- 
quistadores, debemos bosquejar la vida aventurera y 
^1 fin trágico del descubridor del océano Pacífico, Vas- 
co Núñez de Balboa. 

En uno de los más hermosos poemas escritos en 
lengua inglesa, se lee : 

((Como el bravo Cortés, cuando con ojos» de águila 
Contemplaba al Pacífico, mientras sus hombres 
Mirábanse absortos en raras conjeturas, 
Silenciosos todos sobre un pico de Darién.» 

Pero Keats se equivocó. No fué Cortés el primero 
que vio el Pacífico, sino Balboa, y cinco años antes 
de que Cortés sentase la planta en el continente de 
América. 

\ Nació Balboa en la provincia de Extremadura, en 
1475. Embarcóse, con Bastidas, con rumbo al Nuevo 
•Mundo en 1501, y entonces vio Darién ; pero se esta- 
bleció en la isla Española. Nueve años después se tras- 
ladó con Enciso a Darién, y allí permaneció. La vida 
^n el Nuevo Mundo era entonces muy turbulenta, y 
los primeros años de la de Balboa fueron muy movi- 
dos ; pero tenemos que pasarlos por alto. Pronto hubo 



(•) Lo» iaglcsM. 



DEL SIGLO XVI 45 

disturbios en la colonia de Darién. Enciso fué depues- 
to y llevado a España como prisionero, y Balboa tomó 
el mando. A su llegada a España, Enciso echó toda 
la culpa a Balboa, y consiguió que el rey condenara 
a éste por el delito de alta traición. Al saber esto, de- 
terminó Balboa dar un golpe maestro cuya resonan- 
cia le granjease de nuevo el favor del rey. Había oído 
a los indígenas hablar de otro océano y del Perú — 
los que no habían visto todavía ojos europeos, — y se 
hizo el propósito de hallarlos. En septiembre de 15 13, 
se embarcó para Coyba con 190 hombres, y desde aquel 
punto, con sólo go que le siguieron, atravesó a pie el 
istmo hasta llegar al Pacífico, realizando uno de los 
viajes más horribles que puede imaginarse, por su 
longitud. Fué el 26 de septiembre de 15 13 el día en 
que, desde la cima de una sierra, los harapientos y 
ensangrentados héroes contemplaron la inmensidad 
'azul del mar del Sur, que no se llamó Pacífico hasta 
mucho tiempo después. Bajaron a la costa, y Balboa, 
vadeando el nuevo océano hasta la rodilla ; blandien- 
do en alto su espada con la mano derecha, y con la 
izquierda el invicto pendón de Castilla, tomó posesión 
solemne de aquel mar en nombre del rey de España. 

Los exploradores regresaron a Darién en 18 de 
enero de 15 14, y Balboa envió a España una relación 
de su gran descubrimiento. 

Pero Pedro Arias de Avila Había; ya salido ele lá! 
madre patria para substituirle. Al fin la nueva de la 
proeza de Balboa llegó a conocimiento del rey, el cual 
le perdonó y le nombró Adelantado ; y algún tiempo 
después casó el descubridor con la hija de Pedro Arias. 
Siempre con grandes planes. Balboa condujo el ma- 
terial necesario a través del istmo con muchísimo tra- 
bajo, y en las playas del azul Pacífico construyó dos 
bergantines, que fueron los primeros buques que se 
hicieron en las Américas. Con éstos tomó posesión 
de las islas de las Perlas, y después salió en busca 
del Perú ; pero tuvo que retroceder por la fuerza 
de las tormentas, que pusieron un fin desastroso sL 
su empresa. Su suegro, celoso del brillante porvenir 
de Balboa le llamó a Darién, engañándolo con un 



46 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

mensaje traicionero ; y le prendió y lo hizo ejecutar 
públicamente el año 15 17, acusándolo falsamente de 
alta traición. Tenía Balboa todo el temple de un gran 
explorador, y a no ser por la infame acción de Avila, 
es probable que hubiese alcanzado más altos hono- 
res. Su valor era pura audacia, y su energía incansa- 
ble ; pero fué imprudente y descuidado en su actitud 
con respecto a la Corona. 



DEL SIGLO XVI 47 



V 

CAPÍTULO DE LA CONQUISTA 

^^lENTRAS el descubridor del mayor de los océa- 
nos estaba aún tratando de averiguar sus leja- 
nos misterios, un guapo, atlético y gallardo joven es- 
pañol, que estaba destinado a hacer mucho más rui- 
do en la historia, empezaba a dar que hablar desde 
los umbrales de América, de cuyos reinos centrales de- 
bía ser más tarde el conquistador. 

Hernando Cortés pertenecía a una noble y empo- 
brecida familia española, y nació en Extremadura diez 
años después que Balboa. A la edad de 14 años lo 
enviaron a estudiar leyes a la ciudad de Salamanca ; 
pero el espíritu aventurero del hombre se manifestaba 
con fuerza en el endeble muchacho, y a los dos años 
salió de aquel centro y se fué a su hogar con la deter- 
minación de entregarse a una vida errabunda. No se 
hablaba de otra cosa que de Colón y de su Nuevo 
Mundo, y ¿ qué joven arriscado podía quedarse en- 
tonces en España para bucear en enmohecidos libros 
de leyes? Ciertamente no era de esos el impertérrito 
Hernando- 
Accidentes imprevistos impidiéronle acompañar 
dos expediciones para las cuales se había preparado ; 
pero al fin, en 1504, se hizo a la vela con rumbo a 
Santo Domingo, nueva colonia de España, en la que 
prestó tan buenos servicios, que el comandante Ovan- 
do le ascendió varias veces, alcanzando la fama de 
ser un soldado modelo. En 151 1 acompañó a Veláz- 
quez a Cuba, y fué nombrado alcalde de Santiago, 
donde ganó nuevo prestigio por su valor y firmeza en 
circunstancias muy críticas. Entre tanto, Francisco 



48 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

Hernández de Córdoba, descubridor de Yacután, hé- 
roe del que debemos limitarnos a hacer esta breve men- 
ción, había anunciado su importante descubrimiento. 
Un año después, Grijalba, teniente de Velázquez, ha- 
bía seguido el derrotero de Córdoba, remontándose 
más al norte, hasta que por fin descubrió Méjico. No 
hizo, sin embargo, esfuerzo alguno para conquistar o 
colonizar la nueva tierra, lo cual indignó tanto a Ve- 
lázquez, que degradó a Grijalba y confió la conquista 
a Cortés. 

El ambicioso joven se embarcó en Santiago de Cuba 
el 1 8 de noviembre de 1518, con menos de 700 hom- 
bres y 12 pequeños cañones de los llamados falconetes. 
Apenas se había alejado del puerto, Velázquez se arre- 
pintió de haberle dado tan buena ocasión de distin- 
guirse, y en seguida envió fuerza para arrestarlo y 
conducirlo a su presencia. Pero Cortés era el ídolo de 
su pequeño ejército y, seguro de su afecto, se resistió 
a los emisarios de Velázquez y se mantuvo firme en 
su empresa. Desembarcó en la costa de Méjico el 4 de 
marzo de 15 19, cerca de lo que es hoy la ciudad de 
Veracruz, que él fundó y fué la primera ciudad euro- 
pea en el continente de América al sur de Méjico. 

El desembarco de los españoles causó tanta sensa- 
ción como causaría hoy la llegada a Nueva York de 
un ejército procedente del planeta Marte. 

Los aterrorizados indígenas (*) no habían visto 
nunca un caballo (porque fueron los españoles los pri- 
meros que llevaron al Nuevo Mundo caballos, carne- 
ros y otros animales domésticos), y juzgaron que aque- 
llos extraños y pálidos recién venidos, que iban sen- 
tados en bestias de cuatro patas y llevaban camisas de 
hierro y palos que despedían truenos, sin duda debían 
de ser dioses. 

Allí se exaltó la imaginación de los aventureros 
con áureas leyendas de Montezuma, mito que no en- 
gañó a Cortés más paladinamente de lo que ha enga- 
ñado a algunos historiadores modernos, quienes pa- 
recen no saber distinguir entre lo que oyó Cortés y 



(•) El historiador indio Tezozomoc describe gráficamente el pasmo de los 
indígenas. 



DEL SIGLO XVI ^ 40 

ío que Halló en realidad. Le dijeron que ^lontezuma 
— cuyo nombre propiamente es Moctezuma, o bien 
Motecuzoma, que significa «Nuestro Airado Jefe», — 
era ((Emperador» de Méjico, y que treinta «Reyes», lla- 
mados caciques^ eran sus vasallos ; que poseía incal- 
culables riquezas y un poder absoluto, y que su mora- 
da resplandecía entre oro y piedras preciosas. Hasta 
algunos amenos historiadores han caído en el desati- 
no de aceptar como verdaderas estas imposibles leyen- 
das. Nunca ha habido en Méjico más que dos empe- 
radores : Agustín de Itürbide y el infortunado Ma- 
ximiliano ; ambos en el siglo xix. Moctezuma no fué 
emperador, ni siquiera rey de Méjico. La organización 
social y política de los antiguos mejicanos era exac- 
tamente igual a la de los in(dios llamados «Pueblo» de 
Nuevo Méjico en la época actual : una democracia mi- 
litar, con una poderosa y complicada organización re- 
ligiosa, que ejerce su «poder detrás del trono». Mocte- 
zuma era simplemente el Tlacatécutle, o sea el jefe 
guerrero de los Náhuatl (que así se llamaban los anti- 
guos mejicanos), y no era ni el supremo ni el único 
ejecutivo. De su ignominioso fin puede fácilmente de- 
ducirse cuan poca era su importancia (*). 

Cuando hubo fundado Veracruz, Cortés se hizo 
elegir gobernador y capitán general (que era el más 
alto grado militar) de aquel nuevo país ; y después de 
quemar sus naves, como el famoso general griego, 
para hacer imposible la retirada, empezó su marcha 
a través del imponente desierto que se extendía ante su 
vista. 

Entonces fué cuando Cortés empezó a dar mues- 
tras del genio militar que le colocó a mayor altura que 
los demás exploradores de América, excepción hecha 
de Pizarro. Con sólo un puñado de hombres, pues ha- 
bía dejado parte de sus fuerzas en Veracruz al mando 
de su teniente Escalante, en una tierra desconocida, 
poblada de enemigos poderosos e indómitos, de poco 
le hubiera servido el valor y la fuerza bruta. Pero, con 



(•) En éste como en otros juicios relatiyos a la conquista de M<5jico, y de 
Cortés, muy diferentes de los conocidos por nosotros dejamos al autor toda 
la responsabilidad del criterio. {Nota del Editor. 



50 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

una diplomacia tan rara como brillante, descubrió los 
puntos débiles de la organización de los indios ; fo- 
mentó la división que causaban los celos entre las tri- 
bus ; hizo aliados suyos de los que secreta o abierta- 
mente se oponían a la federación de tribus de Mocte- 
zuma — liga algo parecida a las Seis Naciones de nues- 
tra propia historia, — y de este modo redujo en gran 
manera las fuerzas que tenía que combatir. Después 
de derrotar a las tribus de Tlaxcala y Cholula, Cortés 
llegó por fin a la extraña ciudad lacustre de Méjico, 
.con su escasa tropa española engrosada con 6,000 alia- 
dos indios. Moctezuma lo recibió con gran ceremonia ; 
pero sin duda con intención traicionera. Mientras él 
obsequiaba a sus visitantes en una gran casa de ado- 
be — no un ((palacio», como dicen las historias, porque 
no había ningún palacio en Méjico, — uno de 'los sub- 
jefes de su liga atacó la pequeña guarnición de Esca- 
lante en Veracruz, y mató a varios españoles, incluso 
al mismo Escalante. La cabeza del teniente español fué 
enviada a la ciudad de Méjico, porque los indios que 
vivían al sur de lo que es hoy los Estados Unidos, no 
se contentaban con quitar el cuero cabelludo a un ene- 
migo, sino que le cortaban la cabeza. Esto fué un te- 
rrible desastre, no tanto por la pérdida de unos cuan- 
tos hombres, sino porque demostraba a los indios (que 
era lo que querían probar los mensajeros) que los es- 
pañoles no eran dioses inmortales, sino que se les po- 
día matar como a los demás hombres. 

Cuando Cortés se enteró de la triste nueva, vio en 
el acto el peligro que corría, y dio un golpe audaz 
para salvarse. Ya había hecho fortificar de un modo 
seguro el edificio de adobe en que estaban acuartelados 
los españoles, y entonces, yendo de noche con sus ofi- 
ciales a la casa del jefe guerrero, se apoderó de Moc- 
tezuma y amenazó matarle si no entregaba en el acto 
los indios que habían atacado a Veracruz. Moctezuma 
los entregó y Cortés los hizo quemar en público. Esto 
fué un acto cruel ; pero era sin duda necesario para 
causar una viva impresión a los indígenas, so pena de 
ser aniquilados por ellos. No hay apología posible 
para esa barbaridad ; sin embargo, es justo medir a 



DEL SIGLO XVI 5 1 

Cortés por el rasero de aquel tiempo, y entonces rei- 
naba la crueldad en todo el mundo. 

Al llegar aquí, es divertido leer en algunos preten- 
ciosos libros de texto que «Cortés hizo encadenar a 
Moctezuma y le obligó a pagar un rescate de seiscien- 
tos mil marcos de oro puro y una inmensa cantidad 
de piedras preciosas». Esto se halla de acuerdo con 
las fábulas imposibles que llevaron engañosamente a 
tantos exploradores a la desilusión y la muerte, y es 
una buena muestra del brillo de oro con que algunos 
historiadores, igualmente crédulos, rodean a la na- 
ciente América. Moctezuma no compró su rescate ; ja- 
más volvió a gozar de libertad, y no pagó cantidad 
alguna en oro ; en cuanto a piedras preciosas, tal vez 
tuviese unos pocos granates y turquesas verdes de 
escaso valor, y quizá hasta alguna esmeralda, pero 
nada más. 

En este momento crítico de su carrera. Cortés se 
vio amenazado desde otro punto. Llególe la noticia de 
que Panfilo de Narváez, de quien nos ocuparemos 
más adelante, había desembarcado con 800 hombres, 
con el objeto de anestar a Cortés para llevárselo pri- 
sionero por su desobediencia a Velázquez. Pero aquí 
se mostró de nuevo el genio del conquistador de Mé- 
jico, y lo salvó. Marchando contra Narváez con 140 
hombres, lo hizo prisionero ; alistó bajo su bandera 
a los 800 que habían venido a arrestarle, y apresura- 
damente regresó a la ciudad de Méjico. 

Allí encontró que de día en día se ponía la situa- 
ción más amenazadora. Alvarado, a quien había con- 
fiado el mando, provocó al parecer un conflicto ata- 
cando un baile de los indios. Por cruel que esto pa- 
rezca, y como tal se ha censurado, no fué más que una 
necesidad militar, reconocida así por todos los que 
realmente conocen a los aborígenes, aun en nuestros 
días. Los historiadores de gabinete han descrito a 
los españoles como si hubiesen sorprendido villana- 
mente un festival del país ; pero esto es simplemente 
por ignorancia del asunto. Una danza india no es un 
festival ; es, generalmente, y lo era en aquel caso, un 
macabro ensayo de matanza. JJn indio nunca baila por 



diversión, y á menudo sus Bailes tienen más ¿ráve in- 
tento que el de divertir a otros. En una palabra;* Al- 
yarado, viendo que los indios se dedicaban a un baile 
que evidentemente no era otra cosa que el preludio 
supersticioso de una carnicería, quiso arrestar a los 
hechizadores y a otros jefes del cotarro. Si lo hubiese 
logrado, nada habría sucedido, al menos por algún 
tiempo. Pero los indios eran demasiado numerosos 
para su pequeña fuerza, y los belicosos cabecillas pu- 
dieron escaparse. 

Cuando regresó Cortés con sus 800 hombres, tan 
raramente reclutados, se encontró con que la ciudad 
había cambiado de aspecto, y que sus hombres esta- 
ban sitiados en sus cuarteles. Los indios dejaron tran- 
quilamente que Cortés entrase en la trampa, y después 
la cerraron de modo que no había escapatoria. Allí es- 
taban unos cuantos centenares de españoles encerra- 
dos en su prisión, y los cuatro canales, que eran las 
únicas vías para llegar a ella (porque la ciudad de Mé- 
jico era entonces una Venecia americana), estaban 
atestados de muchos millares de enemigos. 

El indio rara vez se excusa por un fracaso ; y los 
Náhuatl habían ya elegido un nuevo capitán de gue- 
rra, llamado Cuitlahuátzin, para reemplazar al inepto 
'Moctezuma. Este continuaba prisionero, y cuando los 
españoles le hicieron salir a la azotea para que hablase 
en favor suyo, la furiosa muchedumbre de indios lo 
mató a pedradas. Entonces, al mando de su nuevo 
caudillo, atacaron a los españoles con tal furia, que 
ni los toscos falconetes, ni los más toscos fusiles de 
chispa, fueron parte a resistirlos, y no tuvieron los es- 
pañoles más remedio que abrirse paso a lo largo de uno 
de los canales, en una última y desesperada lucha por 
la vida. El principio de aquella retirada de seis días, 
fué una de las páginas más dolorosas que la historia de 
América. Aquella fué la NOCHE TRISTE, tan cele- 
brada en los romances y relatos españoles. Los Suce- 
sos de tan terrible noche, robaron para siempre la di- 
cha de'muchos hogares de la madre Patria, y las bur- 
bujas de sangre que cubrieron el lago Tezcuco, lleva- 
ron el luto y el dolor a muchos amantes corazones. En 



DEL SIGLO XVI 53 

aquellas pocas horribles horas, perecieron dos terceras 
partes de los conquistadores, y los enloquecidos indios 
persiguieron a los heridos supervivientes por encima 
de más de 800 cadáveres españoles. 

Después de una terrible retirada de seis días, ocu- 
rrió la importante batalla en los llanos de Otumba, 
donde se vieron los españoles enteramente cercados 5 
pero se abrieron paso tras una desesperada lucha cuer- 
po a cuerpo, que realmente decidió la suerte de Mé- 
jico. Cortés marchó a Tlaxcala, levantó un ejército de 
indios que eran hostiles a la federación, y con su ayuda 
puso sitio a aquella ciudad. Duró el asedio setenta y 
tres días, y fué el más notable que registra la historia 
de toda la América. Ocurrían todos los días luchas 
sangrientas. Los indios se defendieron con denuedo ; 
pero al fin el genio de Cortés triunfó, y el día 13 de 
agosto de 1521, entró victorioso en la segunda de las. 
grandes ciudades del Nuevo Mundo. 

Estas asombrosas proezas de Cortés, aquí tan bre- 
vemente esbozadas, despertaron en España una admi- 
ración sin limites, haciendo que la Corona condonase 
su insubordinación a Velázquez. Las quejas de éste 
fueron desoídas y Carlos V nombró a Cortés gober- 
nador y capitán general de Méjico, además de hacer- 
le marqués del Valle de Oaxaca y otorgarle una con- 
siderable pensión. 

Investido y seguro con esta alta autoridad. Cor- 
tés sofocó un complot contra él, y mandó ejecutar al 
nuevo caudillo y a muchos de los caciques, que no 
eran potentados, sino oficiales religioso-militares, cuyo 
ascendiente sobre las supersticiones de los indios les 
hacían peligrosos. 

Pero Cortés, cuyo genio brillaba más cuanto más 
insuperables parecían las dificultades y peligros que 
se le presentaban, tropezó en lo que ha causado la 
caída de muchos : el éxito. Al contrario de su analfa- 
beto, pero más noble y más grande primo Pizarro, la 
prosperidad le dañó y le hizo perder la cabeza y el co- 
razón. A pesar de los juicios poco estudiados de algu- 
nos historiadores, Cortés no fué un conquistador cruel. 
No tan sólo era un gran genio militar, sino que trata- 



54 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

ba con mucha clemencia a los indios, y era muy queri- 
do de ellos. La llamada carnicería de Cholula, no fué 
una mancha en su carrera, como algunos han pretendi- 
do. La verdad, reivindicada al fin por la historia exac- 
ta, es como sigue : Los indios lo habían atraído traido- 
ramente a una trampa, so pretexto de amistad. Era ya 
demasiado tarde para una retirada, cuando averiguó 
que los indígenas intentaban atacarle. Y al ver el pe- 
ligro que corría, no halló más que una escapatoria, 
esto es, sorprender a los que intentaban sorprenderle ; 
caer sobre ellos antes de que estuviesen listos para caer 
sobre él ; y esto es precisamente lo que hizo. Lo de 
Cholula es simplemente el caso del que fué por lana y 
salió trasquilado. 

No, Cortés no era cruel con los indios ; pero, tan 
pronto como vio asegurado su poder, se hizo un tirano 
cruel para sus propios compatriotas, un traidor a sus 
amigos y hasta a su propio rey, y lo que es peor, un 
desalmado asesino. Hay pruebas evidentes de que 
hizo «desaparecer» a varias personas que cerraban el 
paso a su desmedida ambición ; y la infamia que colmó 
la medida fué el mal trato que dio a su esposa. Tuvo 
Cortés mucho tiempo por amante a la hermosa india 
Malinche ; pero, después que conquistó a Méjico, su 
legítima esposa fué a dicho país para compartir con 
él su fortuna. Mas el amor que le profesaba no era tan 
grande como su ambición, y ella se lo estorbaba. Por 
fin, se la halló una mañana estrangulada en su lecho. 

Obcecado por su ambición, proyectó rebelarse 
abiertamente contra España y declararse emperador 
de Méjico. La Corona husmeó este lindo plan, y envió 
emisarios que se incautaron de sus bienes, hicieron pri- 
sioneros a sus hombres y se dispusieron a desbaratar 
sus planes secretos. Cortés se apresuró audazmente 
a volver a España, donde se presentó a su soberano con 
gran esplendor. Carlos V le dispensó buena acogida, y 
le condecoró con la ilustre orden de Santiago, patrón 
de España. Pero su estrella estaba ya declinando, y 
aun cuando se le permitió volver a Méjico, aparente- 
mente con el mismo poder, desde entonces fué vigilado 
y nada hizo ya que pudiese compararse con sus prime- 



DEL SIGLO XVI 55 

ros y portentosos hechos. Habíase vuelto muy poco 
escrupuloso, en extremo vengativo y sobradamente 
peligroso para dejarle en plena autoridad, y al cabo 
de pocos años se vio obligada la Corona a nombrar un 
virrey para desempeñar el gobierno civil de Méjico, 
dejando a Cortés solamente el mando militar, con el 
permiso de hacer nuevas conquistas. En el año 1536, 
Cortés descubrió la Baja California, y exploró parte 
de su golfo. Al fin, disgustado por su posición inferior, 
donde antes había sido supremo, volvió a España, 
donde el rey le recibió muy fríamente. En 1541 acom- 
pañó a su soberano a Argel como agregado, y se por- 
tó bizarramente en aquellas guerras. Sin embargo, 
al regresar de nuevo a España se vio abandonado. Se 
cuenta que un día en que Carlos V iba a un acto de 
ceremonia. Cortés montó en el estribo de la regia 
carroza, resuelto a que se le oyera. 

(( — ¿ Quién sois ? — preguntó el rey malhumorado. 

» — Soy — replicó el altivo conquistador de Méjico, 
— un hombre que ha dado a V. M. más provincias que 
ciudades le dejaron sus abuelos.» 

Sea o no verdad esta anécdota, ilustra gráficamente 
la arrogancia y los servicios de Cortés. Faltábale el 
modesto equilibrio de la grandeza verdaderamente 
grande, como le faltaba a Colón. La presunción de uno 
y otro, no hubiera sido posible para aquel hombre más 
grande que ambos : el discreto Pizarro. 

Al fin, disgustado. Cortés se retiró de la Corte, y 
el día 2 de diciembre de 1554, el hombre que había 
sido el primero en abrir el interior de América al mun- 
do, falleció cerca de Sevilla. 

Algunos exploradores hubo en la América del Sur 
cuyas proezas fueron tan asombrosas como las de Cor- 
tés en Méjico. La conquista de los dos continentes fué 
casi contemporánea, e igualmente notable por el más 
elevado genio militar, el más impertérrito valor, y por 
haber salvado peligros espantosos y penalidades que 
eran casi sobrehumanas. 

Francisco Pizarro, el analfabeto pero invencible 
conquistador del Perú, tenía 15 años más que su biza» 
rro primo Cortés, y nació en la misma provincia de Es» 



56 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

paña. Empezóse a hablar de él en América en el año 
1510. Desde 1524 a 1532, estuvo haciendo esfuerzos 
sobrehumanos para llegar a la desconocida y aurífera 
tierra del Perú, venciendo obstáculos que ni siquiera 
Colón los había encontrado iguales, y arrostrando pe- 
ligros y penalidades mayores que los que sufrieron 
César y Napoleón. Desde 1532 hasta su muerte, acae- 
cida en 1 541, ocupóse en conquistar y explorar aquel 
enorme país, y fundar una nueva nación entre sus fe- 
roces tribus, luchando no sólo con numerosas hordas 
de indios, sino también con hombres desalmados de 
su séquito, a manos de los cuales pereció traidoramen- 
te. Pizarro halló y dominó el país más rico de Nuevo 
[Mundo, y, no obstante sus incomparables sufrimien- 
tos, vio realizados, más que ninguno de los otros con- 
quistadores, los sueños dorados qiie todos perseguían. 
Probablemente ninguna otra conquista, en la historia 
del mundo, produjo tan rápicte. y deslumbradora rique- 
za, y ciertamente ninguna se compró más cara en pun- 
to a penalidades y heroísmo. Algunos historiadores 
ignorantes de los hechos reales, y obcecados por el pre- 

Í'uicio, han tratado muy injustamente la conquista de 
^izarro ; pero esa historia maravillosa, cuyos detalles 
relataremos más adelante, está depurándose y ponién- 
dose en su lugar, como uno de los hechos más estu- 
pendos y atrevidos de la Historia. Es la de un héroe 
a quien todos los verdaderos americanos, jóvenes o 
viejos, harán justicia de buen grado. Por mucho tiem- 
po se nos ha presentado a Pizarro como un conquista- 
dor sanguinario y cruel, como un hombre egoísta, in- 
moral y peligroso ; pero bajo la clara y verdadera luz 
de la historia de los hechos, destaca ahora como uno de 
los más grandes hombres, hijos de su propio esfuerzo, 
y que, considerando las circunstancias que le rodearon, 
merece el mayor respeto y admiración por la figura 
que de sí mismo supo labrar. La conquista del Perú 
no causó ni con mucho tanto derramamiento de sangre 
como la sujeción final de las tribus indias de Virginia. 
Escasamente hizo tantas víctimas de peruanos como la 
guerra del «rey Philip» (*) y fué mucho menos sangui- 

(•) Véasela nota de la pág. ai. 



DEL SIGLO XVI 57 

naria, porque era más abierta y honrosa que cualquie- 
ra de las conquistas de Inglaterra en la India Oriental. 
En el Perú, los más cruentos sucesos ocurrieron des- 
pués de la conquista, cuando los españoles empezaron 
a pelear unos contra otros, y entonces Pizarro no fué 
el agresor, sino la víctima. Todo se debió a la traición 
de sus propios aliados, de los hombres a quienes había 
procurado fama y fortuna. Sus conquistas se extendie- 
ron en una comarca tan vasta como los Estados de Ca- 
lifornia, Oregón y una gran parte del de Washington, 
o como nuestro litoral desde Nueva Escocia a Port 
Royal y 200 millas tierra adentro, y en una tierra don- 
de había abundantes indios mejor organizados y más 
adelantados del hemisferio Occidental ; y esto lo llevo 
a cabo con menos de 300 hombres harapientos y desgar- 
bados. ¡ A tal grandeza llegó el pobre, ignorante y des- 
valido porquero de Trujillo ! Fué uno de los grandes 
capitanes que han existido, y casi tan noble como 
organizador y como ejecutivo de un nuevo imperio, 
que fué el primero en la costa del Pacífico de la Amé- 
rica del Sur. 

Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, some- 
tió aquel vasto territorio de los crueles araucanos con 
un ((ejército» de doscientos hombres. Estableció la pri- 
mera colonia en Chile en 1540, y en el mes de febrero 
siguiente fundó la actual ciuclad de Santiago de Chile. 
De sus largas y encarnizadas guerras con los arauca- 
nos no hablaremos aquí por falta de espacio. Fué muer- 
to por los indígenas el día 3 de diciembre de 1553, con 
casi todos sus hombres, después de una desesperada 
e indescriptible lucha. 

No tenemos aquí bastante espacio para relatar lo3 
portentosos hechos que ocurrieron en el continente 
del sur o en la parte inferior de la América del Norte : 
la conquista de Nicaragua, por Gil González Dávila, 
en 1523 ; la conquista de Guatemala, por Pedro de Al- 
varado, en 1524 ; la de Yucatán, por Francisco de 
Montijo, que empezó en 1526 ; la de Nueva Granada, 
por Gonzalo Jiménez de Ouesada, en 1536 ; las con- 
quistas y exploración de Bolivia, del Amazonas y del 
Orinoco (hasta cuyas cataratas habían penetrado los 



58 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

españoles en 1530, con casi sobrehumanos esfuerzos) ; 
las incomparables guerras con los araucanos en Chile 
(por espacio de dos siglos), con los tarrahumares en 
Chihuahua, con los tepehuenes en Durango y los 
indómitos yaquis en el noroeste de Méjico las proe- 
zas del capitán Martín de Hurdaile (el Daniel Boone 
'de Sinaloa y Sonora), y de centenares de otros desco- 
nocidos españoles, que hubieran alcanzado renombre 
universal, si hubiesen sabido de ellos los trompeteros 
de la fama. 



DBL SIGLO XVI 59^ 



VI 

LA VUELTA ALREDEDOR DEL MUNDO 

y\ NTES de que Cortés conquistase a Méjico, o que Pi- 
zarro y Valdivia viesen las tierras con las que de- 
bían asociar sus nombres para siempre, otros españo- 
les — menos conquistadores, pero tan grandes explo- 
radores como ellos — cambiaban rápidamente la geo- 
grafía del Nuevo Mundo. También Francia se había 
despertado un poco ; y en el año 1500 su bizarro hijo, 
el capitán Gonneville, se había embarcado. Pero en- 
tre él y el siguiente explorador, que fué un florentino 
pagado por los franceses, hubo un lapso de veinticua- 
tro años ; y en ese tiempo España llevó a cabo cuatra 
importantísimos hechos. 

Fernao Magalhaes, a quien conocemos con el nom- 
bre de Fernando Magallanes, nació en Portugal el aña 
de 1470 ; y al llegar a su viril edad adoptó la vida de 
marino, a la cual le inclinaba su carácter aventurero. 
En el Viejo Mundo no se hablaba más que del Nuevo, 
y Magallanes anhelaba explorar las Américas. Por 
haberle tratado muy desabridamente el rey de Portu- 
gal, se alistó bajo la bandera de España, donde se 
reconoció su talento. Salió de la Península, al mando 
de una expedición española, el 10 de agosto de 15 19, 
y navegando más al sur de lo que fueran otros marinos, 
descubrió el Cabo de Hornos y el estrecho que lleva su- 
nombre. El hado no le permitió llevar más lejos sus 
descubrimientos, ni recoger el galardón de los que rea- 
lizara, pues durante ese viaje (en 1521) fué descuarti- 
zado por los Indígenas de una de las islas Molucas. Su 
heroico lugarteniente, Juan Sebastián de Elcano, tomó- 
entonces el mando y continuó el viaje hasta dar la vuel- 



€0 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

ta ai globo por vez primera en la historia. Cuando re- 
gresó a España, la Corona premió sus brillantes hechos 
y le dio, entre otros honores, un escudo que tenía por 
blasón un globo y el lema utu primtis circumdedisti 
me)) (tú fuiste el primero en dar la vuelta en torno mío). 

Juan Ponce de León, descubridor de la Florida, 
primer Estado de nuestra Unión que vieron los euro- 
peos, fué un explorador tan desgraciado como Maga- 
llanes ; porque vino a la «Tierra de las flores», atraí- 
do por el fantástico mito de una fuente de perenne ju- 
ventud, tan sólo para ser víctima de los indios que la 
habitaban. Ponce de León nació en San Servas (Es- 
paña), en el último tercio del siglo xv. Conquistó la 
isla de Puerto Rico, y embarcándose en 151 2 en bus- 
ca de la Florida, de la que tenía noticia por los indios, 
descubrió la nueva tierra el mismo año, y tomó pose- 
sión de ella en nombre de España. Se le dio el título 
de Adelantado de la Florida, y en el año 152 1 volvió 
con tres buques para conquistar su nuevo país ; pero 
fué mortalmente herido en una lucha con los indios, 
muriendo al regresar a Cuba. Fué uno de los bravos 
españoles que acompañaron a Colón en su segundo 
viaje a América, en 1493. 

Mucho más que Ponce de León hizo Hernando de 
Soto en la Florida. Este valiente conquistador nació en 
Extremadura, hacia el año 1495. Pedro Arias de Avila 
tomó afecto a su joven y perspicaz pariente, le ayudó 
a obtener una educación universitaria, y en el año 
15 19 lo llevó consigo en su expedición a Darién. Soto 
ganó prestigio en el Nuevo Mundo, y llegó a ser con- 
siderado como un oficial prudente y valeroso. En 1528 
mandó una expedición para explorar la costa de Gua- 
temala y Yucatán ; en 1523 llevó un refuerzo de 300 
hombres para ayudar a Pizarro en la conquista del 
Perú. En aquella aurífera tierra, Soto obtuvo grandes 
riquezas, y el pobre soldado que desembarcara en Amé- 
rica sin más que su espada y su escudo, volvió a Espa- 
ña con lo que entonces se consideraba una enorme for- 
tuna. Allí se casó con una hija de su protector Avila, 
y de este modo fué cuñado del descubridor del Pací- 
¿co. Balboa. Soto prestó una parte de su fácilmente 



DEL SIGLO XVI 6l 

adquirida fortuna al emperador Carlos, que con las 
constantes guerras había agotado el erario, y Carlos 
lo envió como gobernador de Cuba y Adelantado de la 
nueva provincia de la Florida. En 1538 se hizo a la 
mar con un ejército de seiscientos hombres muy bien 
equipados, grupo de aventureros atraídos a la bandera 
de su famoso compatriota por el deseo de hacer descu- 
brimientos y hallar oro. La expedición desembarcó en 
la Florida, en la bahía del Espíritu Santo, en mayo de 
1539, y volvió a tomar posesión de aquel ignoto de» 
sierto en nombre de España. 

Pero el brillante éxito que alcanzó Soto en los mon- 
tes del Perú, pareció abandonarle del todo en los pan- 
tanos de la Florida. Es digno de notarse que casi to- 
dos los exploradores que hicieron maravillas en la 
América del Sur, fracasaron cuando llevaban sus ope- 
raciones al continente del norte. Era tan completamen- 
te distinta la geografía física de ambos, que después 
de acostumbrarse a las necesidades del uno, el explo- 
rador parecía incapaz de adaptarse a las condiciones 
opuestas deí otro. 

Soto y sus hombres anduvieron errantes por la parte 
meridional de lo que es hoy Estados Unidos, por es- 
pacio de cuatro mortales años. Es probable que en sus 
viajes pasasen por los actuales Estados de la Florida, 
Georgia, Arkansas, Misisipí, Alabama, Luisiana y 
la parte nordeste de Tejas. En 1541 llegaron al río Mi- 
sisipí, y fueron ellos los primeros europeos que vieron 
el padre de las aguas (en algún punto de su corriente 
excepto en su boca) un siglo y cuarto antes de que lo 
viesen los heroicos franceses Marquette y La Salle. 
Aquel invierno lo pasaron a lo largo del Washita, y 
al principio del verano de 1542, cuando regresaba Mi- 
sisipí abajo, murió el valiente Soto, depositándose su 
cadáver en el lecho del copioso río que él había descu- 
bierto, doscientos años antes de que lo viese ningún 
((norteamericano». Sus hombres, maltrechos y descora- 
zonados, pasaron allí un terrible invierno, y en 1543, 
al mando del teniente Moscoso, construyeron unos tos- 
cos buques, y bajaron en ellos por el río Misisipí hasta 
el golfo en diez y nueve días, realizando la primera 



é2 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

navegación que se llevó a cabo en nuestra parte de 
América. Desde la desembocadura fueron costeando 
hacia Occidente, y al fin llegaron a Panuco (Méjico), 
después de cinco años de penalidades y sufrimientos ta- 
les como jamás los experimentó ningún explorador 
sajón en las Américas. Cerca de un siglo y medio des- 
pués que el desgarbado ejército de hombres famélicos 
de Soto tomara posesión de Luisiana en nombre de Es- 
paña, pasó aquel territorio a poder de los franceses, 
y a Francia lo compró los Estados JJnidos al cabo de 
más de un siglo. 

De modo que cuando Verazzano, el florentino en- 
viado por Francia, llegó a América, en 1524, costeó el 
Atlántico desde un punto de La Carolina del Sur has- 
ta Terranova, y publicó una breve descripción de lo 
que había visto, ya España había dado la vuelta al 
mundo ; había llegado al extremo sur de América, 
conquistando un vasto territorio y descubierto más 
de media docena de nuestros actuales Estados, des- 
pués de la última visita de un francés a América. Por 
lo que toca a Inglaterra, era casi tan desconocida en 
esta parte del mundo como si nunca hubiese existido. 

Después de Ponce de León y antes que Soto, Fran- 
cisco de Garay, conquistador de Tampico, visitó la 
Florida en 15 18. Fué con el objeto de dominar aquel 
país ; pero fracasó y murió poco después en Méjico, 
siendo probable que fuese envenenado por orden de 
Cortés. Dejó aún menos recuerdo de lo que hizo en la 
Florida que Ponce de León, y pertenece al número de 
exploradores españoles que, aun siendo verdaderos 
héroes, llevaron a cabo hechos de poca resonancia ; y 
éstos fueron demasiado numerosos para hacer ni si- 
quiera una lista de ellos. 

En 1527 salió de España la expedición más desas- 
trosa que se envió al Nuevo Mundo ; expedición nota- 
ble únicamente por dos cosas, fué tal vez la más des- 
graciada de que hay historia, y condujo al hombre que 
supo ser el primero en cruzar el Continente americano, 
el cual hizo verdaderamente una de las más asombro- 
sas marchas a pie que se han realizado desde que el 
mundo es mundo. Panfilo de Narváei5, que tan yergon- 



DEL SIGLO XVI 63 

zosamente fracasó cuando fué a arrestar a Cortés, man- 
daba la expedición con autoridad para conquistar la 
Florida, y su tesorero era Alvaro Núñez Cabeza de 
Vaca. En 1528 desembarcó esa compañía en la Flori- 
da, y empezó desde luego una serie de horrores que 
ponen los pelos de punta. Los naufragios, los indíge- 
nas y el hambre causaron tal destrozo en la malhadada 
compañía, que cuando en 1529 los pieles rojas hicie- 
ron esclavos a Cabeza de Vaca y tres de sus compañe- 
ros, eran éstos los únicos supervivientes de la expe- 
dición. 

Vaca y sus compañeros anduvieron al azar desde 
la Florida hasta el Golfo de California, sufriendo in- 
creíbles peligros y tormentos, y llegando allí después 
de andar errantes durante más de 8 años. El heroísmo 
de Cabeza de Vaca recibió su galardón. El rey le hizo 
gobernador del Paraguay en 1540 ; pero resultó tan 
inepto para este cargo como lo fué Colón para el de 
virrey, y no tardó en volver cargado de cadenas a Es- 
paña, donde murió. 

Pero la relación que publicó de cuanto vio en ese 
pasmoso viaje (porque Vaca era un hombre educado y 
dejó dos libros muy interesantes y valiosos), hizo que 
sus compatriotas se determinasen a comenzar con em- 
peño la exploración y colonización de lo que es hoy los 
Estados Unidos, a construir las primeras ciudades, y 
a labrar las primeras granjas en el país, que ha llegado 
a ser la nación más vasta del mundo. 

Los treinta años que siguieron a la conquista <le 
Méjico por Cortés, vieron un cambio asombroso en el 
Nuevo Mundo. En esos años ocurrieron maravillas. 
Brillantes descubrimientos, exploraciones sin igual, 
intrépidas conquistas y colonizaciones heroicas se si- 
guieron unas a otras con vertiginosa rapidez ; y, a ex- 
cepción de las bizarras pero escasas proezas de los por- 
tugueses en la América del Sur, España fué la única 
que llevó a cabo esos hechos. Desde Kansas hasta el 
Cabo de Hornos era todo una vasta posesión española, 
salvo algunas partes del Brasil, donde el héroe portu- 
gués Cabral había sentado la planta en nombre de su 
país. Se construyeron centenares de poblaciones espa- 



64 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

ñolas ; escuelas, universidades, imprentas, libros e 
iglesias españolas empezaban su obra de ilustración 
en los ignotos continentes de América, y los incansa- 
bles secuaces de Santiago marchaban siempre adelante. 
La América, particularmente Méjico, era rápidamente 
colonizada por los españoles. El desarrollo de las co- 
lonias donde había recursos para mantener una pobla- 
ción creciente era muy notable en relación a aquellos 
tiempos. La ciudad de Puebla, por ejemplo, en el Es- 
tado mejicano del mismo nombre, se fundó en 1532 y 
empezó con treinta y tres colonos, y en 1678 tenía 
80,000 habitantes, que son veinte mil más de los que 
tenía la ciudad de Nueva York ciento veintidós año» 
'después. 



DEL SIGLO XVI . '65 



VII 

ESPAÑA EN LOS ESTADOS UNIDOS 

#^ ORTÉs era todavía capitán general cuando llegó Ca- 
^^ beza de Vaca a las colonias españolas, después de 
su correría de ocho años, portador de noticias de países 
extranjeros situados más al norte ; pero Antonio de 
Mendoza era virrey de Méjico y superior a Cortés en 
jerarquía, y entre él y el conquistador traicionero había 
interminables disensiones. Cortés trabajaba para sí 
mismo ; Mendoza, para España. 

A medida que en Méjico se hacían más espesas las 
colonias españolas, la atención de los inquietos explo- 
radores de mundos empezó a dirigirse hacia los mis- 
terios del vasto y desconocido país situado más al 
norte. Las cosas raras que Vaca había visto, y las 
más raras aun de que había oído hablar, no podían me- 
nos de excitar la curiosidad de los intrépidos aventure- 
ros a quienes las contaba. Lo cierto es que antes de un 
año de haber llegado a Méjico el primer viajero trans- 
continental, habían descubierto sus compatriotas dos 
más de nuestros actuales Estados como resultado di- 
recto de sus narraciones. Y ahora llegamos a uno de 
los hombres más calumniados de todos : Fray Marcos 
de Nizza, descubridor de Afizona y Nuevo Méjico. 

Fray Marcos era natural de la provincia de Niza, 
que formaba entonces parte de Saboya, y debió llegar 
a América por el año 1531. Acompañó a Pizarro al 
Perú, y de allí volvió finalmente a Méjico. Fué el pri- 
mero en explorar Tas tierras desconocidas de que Vaca 
había oído a los indios contar cosas tan estupendas, 
aun cuando él no las había visto : «las Siete Ciudades 
de Cibola, llenas de oro», y otras innumerables mara- 
villas. Fray Marcos salió a pie de Culiacán (Sinaloa, 
5 



66 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

borde occidental de Méjico) en la primavera de 1539»; 
con el negro Estebanico, que fué uno de los compa- 
ñeros de Vaca, y unos cuantos indios. Un hermano 
lego, Honorato, que salió con él, pronto cayó enferma 
y no continuó el viaje. Ahora bien ; esa fué una verda- 
dera exploración española, un buen ejemplo de cente- 
nares de ellas : aquel denodado sacerdote, sin armas, 
con una veintena de hombres que no inspiraban con- 
fianza, emprendió una marcha de un año, a través de 
un desierto, donde, aun en estos días de ferrocarriles 
y carreteras, caminos y aguas alumbradas, hay hom- 
bres que mueren todos los años de sed, sin contar los 
millares que perecen a manos de los indios. Pero esas 
pequeneces sólo servían para abrir el apetito de los 
españoles, y Fray Marcos siguió sufriendo el cansan- 
cio del camino hasta que, a principios de junio de 1539, 
llegó por fin a las Siete Ciudades de Cibola. Estas se 
hallaban al extremo occidental de Nuevo Méjico, cer- 
ca del actual y extraño pueblo indio de Zuñi, que es 
todo lo que queda de aquellas famosas ciudades, y está 
hoy casi lo mismo que como lo vio aquel heroico sacer- 
dote hace trescientos cincuenta años. Al pie del pas- 
moso risco de Toyallahnah, la sagrada montaña de 
los truenos de Zuñi, el negro Estebanico fué muerto 
por los indios, y Fray Marcos se libró de igual suerte 
por haberse retirado a tiempo. Obtuvo cuantos infor- 
mes pudo acerca de las extrañas y elevadas poblaciones 
que divisó, y regresó a Méjico con grandes noticias. Se 
le ha acusado de haber dado informes erróneos y exa- 
gerados ; pero si sus críticos no hubiesen sido tan des- 
conocedores de la calidad, de los indios y de sus tra- 
diciones, no hubieran hablado de esta suerte. Las afir- 
maciones de Fray Marcos eran absolutamente verí- 
dicas. 

Cuando el buen padre hizo su relación, bien se 
puede asegurar que todos aguzaron el oído en Nueva 
España, nombre que entonces se daba a Méjico, y en 
cuanto fué posible organizar una expedición armada, 
salió para las Siete Ciudades de Cibola, sirviéndola 
de guía el mismo Fray Marcos. De dicha expedición 
hablaremos en breve. Fray Marcos la acompañó hasta 
llegfar a Zuñi, y entonces regresó a Méjico, baldado 



DEL SIGLO XVI 67 

por el reumatismo, del cual nunca llegó a curarse. 
Murió en el convento de la ciudad de Méjico, en 25 
de marzo de 1558. 

El hombre a quien Fray Marcos condujo a las Sie- 
te Ciudades de Cibola fué el más grande explorador 
que jamás pisó el continente del norte, si bien sus ex- 
ploraciones sólo le produjeron desastres y amarguras. 
Nos referimos a Francisco Vázquez de Coronado, na- 
tural de Salamanca (España). Coronado era joven, 
ambicioso y tenía ya renombre. Era gobernador de la 
provincia mejicana de Nueva Galicia, cuando supo la 
noticia referente a las Siete Ciudades. Mendoza, con- 
tra la fuerte oposición de Cortés, decidió efectuar una 
expedición, que libraría al país de unos cuantos cen- 
tenares de audaces y jóvenes espadachines españoles 
que estaban reñidos con la paz, y al mismo tiempo ai 
fin de conquistar nuevos países para la Corona. En 
consecuencia, puso a Coronado al frente de un grupo 
de unos doscientos cincuenta españoles, para que fue- 
sen a colonizar las tierras descubiertas por Fray Mar- 
cos, con estrictas órdenes de no volver jamás. 

Coronado salió de Culiacán con su pequeño ejér- 
cito en los albores de 1540. Guiados por el incansable 
sacerdote, llegaron a Zuñi en julio, y tomaron el pue- 
blo después de una lucha feroz, con lo cual terminaron 
entonces las hostilidades. Desde allí envió Coronado 
pequeñas expediciones a los extraños pueblos de Mo- 
qui, construidos sobre riscos (en la parte nordeste de 
Arizona), el gran Cañón del Colorado y al pueblo de 
Gemez, situado al norte de Nuevo Méjico. Durante 
aquel invierno trasladó todas sus fuerzas a Tiguex, 
donde se encuentra ahora la linda aldea Nuevo-Mé- 
jicana de Bernalillo en el Río Grande, y allí empeñó 
una seria y poco digna guerra con los indios pueblos 
de Tigua. 

Allí fué donde oyó hablar del áureo mito que le ten- 
tó, haciéndole pasar tan duras penalidades, y que cau- 
só después la muerte a muchos centenares de hombres : 
la fábula de Quivira. Esta, según le aseguraban los in- 
dios de las vastas llanuras, era una ciudad toda de oro 
puro. En la primavera de 1541, Coronado y sus hom- 



681 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

bres salieron en busca de Quivira y marcharon a tra- 
vés de aquellas tremendas sabanas, hasta el centro de 
nuestro actual territorio indio. Allí, viendo que había 
sido engañado. Coronado hizo retroceder su ejército 
a Tiguex, y él, con 30 hombres, siguió adelante y 
atravesó el río Arkansas hasta llegar al extremo nord- 
este de Kansas, esto es, a tres cuartas partes de la dis- 
tancia que media entre el Golfo de California y Nueva 
York, y mucho más si se tiene en cuenta los rodeos 
que dieron. 

Encontró allí la tribu de los quiviras, salvajes nó- 
madas que se dedicaban a la caza del búfalo, pero no 
tenían oro, ni sabían dónde se hallaba. Coronado re- 
gresó por fin a Bernalillo, después de un lapso de tres 
meses de incesantes marchas y horribles sufrimientos. 
Poco después de su vuelta, una caída del caballo puso 
su vida en grave peligro. Pasó la crisis ; pero su salud 
quedó quebrantada, y descorazonado por sus dolencias 
físicas y por las infructíferas contrariedades de la in- 
hospitalaria tierra que se propusiera colonizar aban- 
donó el proyecto de poblar Nuevo Méjico y en el ve- 
rano de 1542 regresó a Méjico con sus hombres. Su 
desobediencia al virrey, por haber abandonado su em- 
presa, le hizo caer en disfavor, y pasó el resto de su 
vida en relativa obscuridad. 

Triste final fué ese para el hombre notable que 
descubriera tantos miles de millas del sediento sud- 
oeste, casi tres siglos antes de que lo viese ninguno de 
nuestros paisanos ; para aquel soldado bien nacido, 
instruido y denodado, y que fué el ídolo de su tropa. 
Como explorador no tiene rival ; pero como coloni- 
zador fracasó por completo. Habíase criado en la ciu- 
dad y no era montaraz ; y aicostumbrado solamente á 
vivir en Jalisco y las regiones de Méjico situadas jun- 
to al Golfo de California, no conocía los terribles de- 
siertos de Arizona y Nuevo Méjico y no pudo acomo- 
darse a aquel medio ambiente. Hasta medio siglo des- 
pués que llegó un español nacido en la frontera de 
aquellas tierras áridas, no pudo colonizarse Nuevo Mé- 
jico con feliz éxito. 

Mientras el descubridor del territorio indio y de 



DEL SIGLO XVI (yg 

Kansas iba en persecución de un mito de oro a través 
de las solitarias llanuras, sus compatriotas habían ha- 
llado y estaban explorando otro de nuestros Estados j' 
nuestro dorado jardín de California. Hernando de 
Alarcón, en 1540, navegó por el río Colorado hasta una 
gran distancia del Golfo, probablemente hasta Great 
Bend, y en 1543 Juan Rodríguez Cabrillo exploró la 
costa californiana del Pacífico, hasta llegar a cien mi- 
llas al norte del sitio donde tres siglos más tarde debía 
fundarse la ciudad de San Francisco. 

Después de los desalentadores descubrimientos de 
Coronado, los españoles, durante muchos años, con- 
sagraron muy poca atención a Nuevo Méjico. ¡ Bas- 
tante había que hacer en la Nueva España para tener 
ocupada por algún tiempo la indómita energía espa- 
ñola en la civilización de su nuevo imperio 1 Fray Pe- 
dro de Gante había fundado en Méjico, en 1524, las 
primeras escuelas del Nuevo Mundo, y desde enton- 
ces todas las iglesias y conventos, en la América espa- 
ñola, tenían adjunta una escuela de indios. En 1524 
no había entre los innumerables millares de indios de 
Méjico uno solo que supiese lo que eran letras ; pero 
veinte años después eran tantos los que habían apren- 
dido a leer y escribir, que el obispo Zumárraga hizo 
imprimir para ellos un libro en su propio idioma. En 
1543 había hasta escuelas industriales para aquellos 
indios. Ese buen obispo Zumárraga fué también el que 
trajo la primera prensa al Nuevo Mundo, en 1536. Se 
montó en la ciudad de Méjico y pronto empezó a tra- 
bajar activamente. El libro más antiguo impreso en 
América que hoy existe, salió de dicha prensa en 1539. 
La mayoría de los primeros libros que allí se impri- 
mieron, tenían por objeto hacer inteligibles los dialec- 
tos indios ; medida de humanitaria educación que no 
ha sabido copiar ninguna otra nación colonizadora en 
el Nuevo Mundo. La primera música que se imprimió 
en América, salió también de la misma prensa en 1548. 

Lo más notable de todo, y que demuestra la actitud 
educadora de los españoles en los nuevos continen- 
tes, fué un resultado enteramente singular. No sola- 
mente su actividad intelectual creó entre ellos mis- 



70 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

mos una constelación de eminentes escritores, sino que, 
al cabo de pocos años, había una escuela de impor- 
tantes autores indios. Sería una pérdida irreparable 
para el conocimiento de la verdadera historia de Amé- 
rica, la de las crónicas de escritores indios tales como 
Tezozomok, Camargo y Pomar, en Méjico ; Juan de 
Santa Cruz, Pachacuti Yamqui Salcamayhua, en el 
Perú, y muchos otros. ¡ Y qué ganancia no hubiera 
tenido ía ciencia si nosotros nos hubiésemos tomado la 
pena de educar a nuestros aborígenes para que se pres- 
tasen tan útil ayuda a Sí mismos y a los conocimientos 
humanos I 

En todas las demás tareas intelectuales que cono- 
cía entonces el mundo, los hijos de España realizaban 
en América notables progresos. En geografía, en his- 
toria natural, en física y química y en otras ciencias, 
fueron en nuestros países los primeros, como lo habían 
sido en sus descubrimientos y exploraciones. Es un 
hecho pasmoso que, en época tan lejana como el año 
¡1579, se hizo en público una autopsia del cadáver de 
un indio en la Universidad de Méjico para indagar 
la naturaleza de una epidemia que entonces causaba 
estragos en Nueva España. Es dudoso que en aquella 
época hubiesen llegado tan lejos en la misma ciudad 
de Londres. Y en libros de aquel período, que existen 
todavía, hallamos proyectos de armas de repetición, y 
hasta una inequívoca indicación del teléfono. ¡ La pri- 
mera prensa no llegó a las colonias inglesas de Amé- 
rica hasta 1638 I ¡ Cerca de cien años a la zaga de Mé- 
jico I En todo el mundo tardaron en aparecer los pe- 
riódicos ; el primero auténtico de que hay noticia nn 
la historia, se publicó en Alemania en 1615. En Ingla- 
terra apareció el primero en 1622, y las colonias norte- 
americanas no tuvieron uno hasta 1704. «El Mercurio 
Volante», folleto que daba noticias, se publicaba en 
la ciudad de Méjico antes del año 1693. 

Cuando las malas nuevas de Coronado se habían 
en gran parte olvidado, empezó otra incursión espa- 
ñola hacia Nuevo Méjico y Arizona. Entre tanto ha- 
bían ocurrido en la Florida importantes acontecimien- 
tos. Los muchos fracasos padecidos en ese desgracia- 



DEL SIGLO XVI 7I 

«do país, no desalentaron a los españoles en su empe- 
ño de colonizarlo. Por último, en 1560, se estableció 
allí de un modo permanente Aviles de Menéndez, es- 
pañol muy cruel, el cual, no obstante, tuvo el honor 
de fundar y dar nombre a la ciudad más antigua de 
los Estados Unidos — San Agustín, — en 1560. Menén- 
dez encontró una pequeña colonia de hugonotes fran- 
ceses que se habían desviado hasta allí el año antes 
al mando de Ribault, a los que él hizo prisioneros y 
los ahorcó, poniéndoles un cartel en que decía que 
habían sido ejecutados «no por ser franceses, sino por 
herejes». Dos años después, la expedición francesa de 
Dominique de Gourges se apoderó de los tres fuertes 
españoles que allí se habían construido, y ahorcó a los 
colonos, «no por ser españoles, sino por asesinos» ; 
lo cual no dejó de ser una venganza muy ingeniosa 
como réplica ; pero muy censurable por el hecho. En 
fi586 Sir Francis Drake, a cuyas aficiones piráticas he- 
mos aludido ya, destruyó la floreciente colonia de San 
Agustín, que se volvió a construir en seguida. En 
11763 España cedió la Florida a la Gran Bretaña, en 
cambio de la Habana, de que Albemarle habíase apo- 
derado un año antes. 

También es interesante el hecho de que los espa- 
ñoles estuvieron en Virgina cerca de 30 años antes de 
jque Sir Walter Raleigh intentase establecer allí una 
colonia, y medio siglo largo antes de la visita de John 
Smith. Ya en 1556, la bahía de Chesapeake era cono- 
cida de los españoles con el nombre de Bahía de Santa 
María, y se había enviado allí, para colonizar el país, 
una expedición que fracasó. 

En 1 58 1 tres misioneros españoles, Fray Agustín 
Rodríguez, Fray Francisco López y Fray Juan de San- 
ta María, salieron de Santa Bárbara (Chihuahua, Mé- 
jico) con una escolta de nueve soldados españoles al 
mando de Francisco Sánchez Chamuscado. Anduvie- 
ron trabajosamente a lo largo del Río Grande hasta 
donde se encuentra ahora Bernalillo, o sea en una 
marcha de unas mil millas. Allí quedaron los misione- 
ros para enseñar la doctrina, mientras los soldados ex- 
ploraban el país hasta Zuñi, y entonces regresaron a 



72 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

Santa Bárbara. Chamuscado murió en el camino. Er> 
cuanto a los valientes misioneros que quedaron atrá» 
en el desierto, no tardaron en ser mártires, Fray San- 
ta María fué muerto por los indios cerca de San Pedro, 
mientras realizaba una penosa caminata, solo y a pie^ 
para volver a Méjico aquel otoño. Fray Rodríguez y 
Fray López fueron asesinados por su traicionero re- 
baño en Puaray, en diciembre de 1581. 

Al año siguiente, Antonio de Espejo, opulento hijo> 
de Córdoba, salió de Santa Bárbara (Chihuahua), con 
catorce hombres, para afrontar los desiertos y los sal- 
vajes de Nuevo Méjico. Anduvo Río Grande arriba 
hasta un poco más allá de donde ahora se halla Albur- 
querque, sin que le hiciesen resistencia los indios de 
la tribu Pueblo. Visitó sus ciudades de Zía, Jenez, la 
empinada Acoma, Zuñi y la lejana Moqui, y se inter- 
nó bastante en la parte norte de Arizona. Volviendo a^ 
Río Grande, visitó el pueblo de Pecos, bajó por el 
río del mismo nombre a Tejas, y de allí cruzó de nue- 
vo a Santa Bárbara. Tenía la intención de volver a 
colonizar Nuevo Méjico ; pero su muerte (ocurrida pro- 
bablemente en 1585) desbarató su plan, y el único re- 
sultado importante de su gigantesca jornada, fué una 
adición a los conocimientos geográficos de su época. 
En 1590, Gaspar Castaño de Sosa, teniente goberna- 
dor de Nuevo León, estaba tan ansioso de explorar' 
Nuevo Méjico, que organizó una expedición sin pe- 
dir permiso al virrey. Subió por el río Pecos y cruzó^ 
hasta el Río Grande ; pero en el pueblo de Santo Do- 
mingo fué arrestado por el capitán Morlette, que ha- 
bía ido desde Méjico con ese solo objeto, y conducida 
a su destino con cadenas. 

Juan de Oñate, colonizador de Nuevo Méjico y 
fundador de la segunda ciudad situada dentro de los 
límites de los Estados Unidos, como también de otra 
ciudad que es la segunda en antigüedad en el mismo- 
país, nació en Zacatecas (Méjico). Su familia, proce- 
dente de Vizcaya, había descubierto en 1548 y poseía 
a la sazón algunas de las minas más ricas del mundo : 
las de Zacatecas. Pero, no obstante haber nacido de 
una familia que nadaba en oro, Oñate deseaba ser ex- 



I>EL SIGLO XVI 73: 

plorador. La Corona rehusó equipar nuevas expedi- 
ciones para el norte, que tantos desengaños ofrecía, y 
por el año 1595 Oñate hizo un contrato con el virrey 
de Nueva España para colonizar Nuevo Méjico por su 
cuenta. Hizo todos los preparativos y equipó una cos- 
tosa expedición. Justamente entonces fué nombrado- 
otro virrey, el cual le tuvo esperando en Méjico con 
todos sus hombres por espacio de dos años, antes de- 
darle el permiso necesario para emprender la marcha. 
Por fin, a principios de 1597, salió con su expedición, 
la cual le costó el equivalente de un millón de dólares 
antes de salir de viaje. Llevó consigo cuatrocientos co- 
lonos, incluso doscientos soldados, con mujeres y ni- 
ños, y reses vacunas y lanares. Después de tomar po- 
sesión de Nuevo Méjico el 30 de mayo de 1598, mar- 
chó Río Grande arriba hasta donde se halla hoy la 
aldehuela Chamita, al norte de Santa Fe y allí fundó,, 
en septiembre de aquel año, San Gabriel de los Espa- 
ñoles, segunda ciudad establecida en los Estados Uni- 
dos. 

Oñate fué notable no tan sólo por su éxito en co» 
Ionizar un país tan adusto como era aquél, sino tanv 
bien como explorador. Reconoció todo el país ; viajó 
hasta Acoma, y sofocó una rebelión de los indios, y 
en el año 1600 efectuó una expedición hasta la misma 
Nebraska. En 1604, con treinta hombres, marchó des- 
de San Gabriel y a través de aquel árido desierto has- 
ta el Golfo de California, regresando a San Gabriel en- 
abril de 1605. Por entonces los ingleses no se habían 
internado en América más que a cuarenta o cincuenta 
millas de la costa de) Atlántico. 

En 1605 Oñate fundó la ciudad de Santa Fe, de 
San Francisco, respecto de cuya antigüedad se han 
escrito muchas fábulas inverosímiles. La ciudad ha lle- 
gado a celebrar el 333® aniversario de su fundación^ 
veinte años antes de cumplir los tres siglos. 

En 1606 Oñate hizo otra expedición a tierras leja- 
nas del nordeste ; pero de ella no se sabe casi nada, 
y en 1608 fué substituido por Pedro de Peralta, se- 
gundo gobernador de Nuevo Méjico. 

Oñate era de mediana edad cuando realizó esto* 



74 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

notables hechos. Nacido en la frontera, avezado a los 
desiertos, dotado de gran tenacidad, sangre fría y co- 
nocimiento de la guerra de frontera, era el hombre a 
propósito para establecer con éxito las primeras im- 
portantes colonias en los Estados Unidos, en los lu- 
:gares más difíciles y peligrosos. 



DEL SIGLO XYI 75 



Mi 

DOS CONTINENTES DOMINADOS 

I^AL era, pues, la situación idel Nuevo Mundo aí 
empezar el siglo xviii. España, después de des- 
cubrir las Américas, en poco más de cien años de in- 
cesante exploración y conquista, había logrado arrai- 
gar y estaba civilizando ambos países. Había cons- 
truido en el Nuevo Mundo centenares de ciudades, cu- 
yos extremos distaban más de cinco mil millas, con 
todas las ventajas de la civilización que entonces se 
conocían, y dos ciudades en lo que es ahora los Es- 
tados Unidos, habiendo penetrado los españoles en 
veinte de dichos Estados. Francia había hecho unas 
pocas cautelosas expediciones, que no produjeron nin- 
gún fruto, y Portugal había fundado unas cuantas po- 
blaciones de poca importancia en la América del Sur. 
Inglaterra había permanecido durante todo el siglo 
en una magistral inacción, y entre el Cabo de Hornos 
y el Polo Norte no había ni una mala casuca inglesa, 
ni un Sólo hijo de Inglaterra. 

El que en tiempos posteriores haya cambiado por 
Completo la situación ; el que España (mayormente 
porque se desangró por una conquista tan enorme que 
ni aun hoy podría nación alguna dar los hombres o 
el dinero necesarios para pvoncr la empresa al nivel del 
progreso mundial) no haya vuelto a recobrar su anti- 
guo poderío y esté ahora inactiva en comparación con 
la joven y gigantesca nación que ha crecido desde en- 
tonces en el imperio que ella inició, no exime a la his- 
toria de América del deber de hacerle justicia por su 



76 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

pasado. Si no hubiese existido España hace 400 años^ 
no existirían hoy los Estados Unidos. Para todo ver- 
dadero americano es el de su país un relato que fas- 
cina, porque todo el que lleva ese nombre, admira eí 
heroísmo y es amante de la justicia, y antes que nada 
le interesa conocer la verdad respecto de su patria. 

Por los años de 1680, el valle del Río Grande, en 
Nuevo Méjico, estaba salpicado de caseríos españoles 
desde Santa Cruz hasta más allá de Socorro, o sea en- 
una extensión de 200 millas, y había también colonia» 
en el valle de Taos hacia el extremo norte del territo- 
rio. Desde 1600 a 1680 se habían hecho numerosas ex-- 
pediciones a través del sudoeste, penetrando hasta el 
mortífero Llano Estacado. El heroísmo con que se 
conservó por tanto tiempo el sudoeste, no fué menos 
maravilloso que la exploración que lo descubrió. La 
vida de los colonos era una lucha diaria con la avara 
Naturaleza — porque Nuevo Méjico nunca fué feraz — 
teniendo, además, que afrontar mortales peligros. Du- 
rante tres siglos fueron incesantemente hostilizados por 
los terribles apaches, y hasta 1680 no les dejaron en 
paz los conatos de insurrección de los indios pueblos,, 
quienes vivían entre ellos y los rodeaban. Las afirma- 
ciones de los historiadores de gabinete, de que los es- 
pañoles esclavizaron a los pueblos o a otros indios de 
Nuevo Méjico ; de que les obligaban a escoger entre el 
cristianismo y la muerte ; que les forzaban a trabajar 
en las minas, y otras cosas por el estilo, son entera- 
mente inexactas. Todo el régimen de España para con 
los indios del Nuevo Mundo fué de humanidad y de 
justicia, de educación y de persuasión moral, y aun 
cuando hubo, como es natural, algunos individuos que 
violaron las estrictas leyes de su país respecto al trato 
de los indios, recibieron por ello el condigno castigo. 

Sin embargo, la mera presencia de extranjeros en 
su tierra, fué bastante para sublevar la naturaleza ce- 
losa de los indios, y en 1680 estalló, sin causa alguna, 
entre los pieles rojas de Pueblo Rebelión, un complot 
para hacer una matanza. Había entonces en el territo- 
rio mil quinientos españoles, que vivían en Santa Fe 



DEL SIGLO XVI ¡77, 

y en granjas o caseríos dispersos, pues hacía tiempo 
que Chamita había sido abandonada. 

Treinta y cuatro ciudades de la tribu Pueblo to- 
maron parte en la rebelión, bajo la dirección de un 
peligroso indio Tehua, llamado Popé. Emisarios se- 
cretos habían ido de pueblo en pueblo, y la matanza 
de españoles se efectuó simultáneamente en todo el 
territorio. En ese lo de agosto de 1680, de triste recor- 
dación, más de cuatrocientos españoles fueron asesi- 
nados, incluso veintiuno de los bondadosos misione- 
ros que, desarmados y solos, se habían esparcido por 
aquel desierto con el objeto de salvar las almas e ilu- 
minar las inteligencias de los naturales. 

Antonio de Otermín, que era entonces gobernador 
y capitán general de Nuevo Méjico, fué atacado en su 
capital de Santa Fe por un ejército de indios muy nu- 
meroso. Los 120 soldados españoles que estaban en- 
cerrados en su pequeña ciudad de adobe, pronto se 
hallaron en la imposibilidad de resistir por más tiem- 
po al enjambre de sitiadores, y después de una sema- 
na de desesperada defensa, hicieron, una salida y se 
abrieron paso hasta ponerse a salvo, llevándose consigo 
sus mujeres y sus hijos. Se retiraron después Río 
Grande abajo, evitando una emboscada que les habían 
preparado los indios en Sandia ; llegaron al pueblo de 
Isleta, doce millas más abajo de la antigua ciudad de 
Alburquerque, sanos y salvos ; pero la aldea estaba 
desierta y los españoles se vieron obligados a conti- 
nuar su huida hacia El Paso (Tejas), que no era en- 
tonces más que una misión española para los indios. 

En 1681 el gobernador Otermín hizo una incursión 
hacia el norte hasta el pueblo de Cochiti, veinticinco 
millas al oeste de Santa Fe, en la margen del Río 
Grande ; pero los indios hostiles le obligaron a reti- 
rarse de nuevo a El Paso. En 1687, Pedro Reneros 
Posada llevó a cabo otra arremetida en Nuevo Méjico 
y tomó el pueblo roqueño de Santa Ana, después de 
un brillante y sangriento asalto. Pero también tuvo 
que retirarse. En 1688, Domingo Gironza Petriz de 
Crúzate, el más bizarro soldado de Nuevo Méjico, rea- 
lizó una expedición en la que tomó por asalto el pue- 



78 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

blo de Zía, hecho todavía más notable que el de Po- 
sada, y a su vez se retiró a El Paso. 

Por último, el conquistador definitivo de Nueva 
Méjico, Diego de Vargas, llegó en 1692. Marchando 
a Santa Fe, y de allí hasta el fin de Moqui, con sólo 
ochenta y nueve hombres, visitó todos los pueblos de 
la provincia, sin encontrar oposición por parte de los^ 
indios, los cuales habían sido completamente acobar- 
dados por Crúzate. Volviendo a El Paso, regresó a 
Nuevo Méjico en 1693, esta vez con unos ciento cin- 
cuenta soldados y unos cuantos colonos. Entonces es- 
taban los indios preparados y le hicieron la más san- 
grienta recepción de que hay memoria en Nuevo Mé- 
jico. Se levantaron primero en Santa Fe, y tuvo que 
asaltar esa ciudad, que logró tomar después de dos 
días de lucha. Euego comenzó el sitio de Mesa Negra 
de San Ildefonso, el cual se prolongó durante nueve 
meses. Los indios habían trasladado su aldea a la cima 
de aquel Gibraltar de Nuevo Méjico, y allí resistieron 
cuatro atrevidos asaltos, hasta que por fin se vieron 
obligados a rendirse. 

Entre tanto Vargas había asaltado la inexpugnable 
ciudadela de San iSiego Viejo y el saliente risco de 
San Diego de Gemez, dos proezas que con el asalto 
del Peñol de Mistrol (Jalisco, Méjico) y el de la in- 
gente roca de Acoma, pueden considerarse como los 
dos asaltos más maravillosos en toda la historia de 
América. La toma de Quebec no puede compararse 
con ellos. 

Estas costosas lecciones tuvieron a los indios quie- 
tos hasta 1696, en que de nuevo se levantaron. Esta re- 
belión no fué tan formidable como la primera ; pero 
ocasionó otro derramamiento de sangre en Nuevo Mé- 
jico, y sólo pudo sofocarse después de una lucha de 
tres meses. Ya los españoles eran dueños de la situa- 
ción ; y la dominación de esa revuelta puso fin a to- 
dos los disturbios de los indios pueblos, los cuales 
subsisten hasta hoy entre nosotros casi en el mismo 
número de entonces, aun cuando con menos ciudader, 
como una raza quieta, pacífica, cristianizada, de la- 
bradores industriosos, que son monumentos vivos del 



DEL SIGLO XVI 79, 

humanitarismo y la enseñanza moral de sus conquis- 
tadores. 

Luego vino el ultimo siglo, una lúgubre centu^ia^ 
de incesante hostilidad por parte de los apaches, na- 
vajos y comaches, y alguna que otra vez por los utes ; 
hostilidad que apenas había cesado hace diez años. 
Las guerras con los indios eran tan constantes ; tan 
innumerables las exploraciones [como esa asombrosa 
tentativa para abrir un camino desde San Antonio de 
Béjar (Tejas) a Monterrey de California] que el heroís- 
mo individual de aquellos hombres se pierde en s\x> 
pasmosa multitud. 

Hace más de dos siglos los españoles explorarort 
Tejas, y no tardaron en establecerse allí. Hubo algunas 
pequeñas expediciones ; pero la primera de alguna; 
magnitud fué la de Alonso de León, gobernador del 
Estado mejicano de Coahuila, que hizo extensas ex- 
ploraciones en Tejas en 1689. Al principio del siglo 
pasado había varios poblados y presidios españoles 
en lo que más de cien años después debía ser el más 
vasto de los Estados Unidos. 

La colonización española de Colorado no fué muy 
extensa, y no tenían ciudades al norte del río Arkan- 
sas ; pero hasta en poblar dicho Estado nos precedie- 
ron de medio siglo, como se adelantaron varios siglos 
en descubrirlo. 

En California los españoles fueron muy activos. 
Durante largo tiempo hicieron varias expediciones sin 
resultado. Entonces fueron los franciscanos, en 1769, 
a la bahía de San Diego ; desembarcaron en la desierta 
playa, donde se yergue hoy un hotel americano que ha 
costado un millón de dólares, y en el acto empeza- 
ron a educar a los indios, a plantar olivares y viñe- 
dos y a construir las imponentes iglesias tan admira- 
blemente descritas por el autor de «Ramona» (*), las 
cuales perdurarán sin duda como monumentos de una 
fe sublime hasta mucho después que la raza que las 
alzó desaparezca de la haz de la tierra. 

California tuvo una larga serie de gobernadores 



(*) HelcB Hu«t Jackson. 



^O LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

españoles antes de adquirir nosotros aquel Estado-jar- 
dín de los Estados, y el último de ellos fué el valiente, 
«1 cortés, el amable anciano Pío Pico, que falleció hace 
poco. Los españoles descubrieron allí oro hace siglos, 
y lo explotaron diez años antes de que un ((norteame- 
ricano» soñase en los preciosos depósitos que habían 
de influir tanto en la civilización, y con otros diez años 
-de antelación, hallaron los ricos ((placeres» de Nuevo 
Méjico. 

En Arizona, el padre Francisco Eusebio Kuehne 
'{a quien otros llaman Quino), jesuíta austríaco de na- 
cimiento, pero bajo auspicios españoles, fué el prime- 
ro en establecer las misiones del río Gila, desde 1689 
hasta 1717, año en que murió. Hizo lo menos cuatro 
terribles jornadas a pie desde Sonora al Gila, y bajó 
por este río hasta su afluencia con el Colorado. Sería 
•sumamente interesante, si lo permitiese el espacio, se- 
guir paso a paso las andanzas y proezas de los misio- 
neros españoles, esos exploradores pacíficos de Amé- 
rica que han dejado tan, profundas huellas en todo el 
sudoeste. Su celo y su heroísmo eran infinitos. No ha- 
bía desierto bastante terrible para ellos ; no había pe- 
ligro asaz espantoso. Solos, inermes, atravesaron las 
tierras más inhospitalarias e hicieron frente a los sal- 
vajes más sanguinarios ; dejando en las vidas de los 
indios un monumento más soberbio que el que han 
dejado los exploradores armados y los ejércitos con^ 
• quistadores. 

Lo que antecede es un sucinto sumario de las pri- 
meras exploraciones de América, las únicas que se 
hficieron durante más de un siglo, y las más asombro- 
sas durante otra centuria. En cuanto a la grande y 
maravillosa obra que al fin han realizado los de nues- 
tra sange, no tan sólo en conquistar parte de un con- 
tinente, sino en formar una poderosa nación, no ne- 
cesita el lector que yo le ayude a comprenderla, puesto 
que ya está debidamente consignada en la historia. 
El transcribir todas las heroicidades de los explora- 
dores, llenaría no ya este libro, sino toda una biblio- 
teca. He creído más conveniente, en vista del extenso 
campo que ofrecen, hacer un breve bosquejo como el 



DEL SIGLO XVI 8 1 

que hecho queda, y luego ilustrarlo agregando, con 
detalles, unos pocos ejemplos elegidos de entre un 
gran número de hechos heroicos. He indicado va cuan- 
tas conquistas y exploraciones y peligros se llevaron 
a cabo, y ahora voy a exponer en breves páginas, una 
muestra de lo que realmente eran las conquistas y ex- 
ploraciones y la fortaleza de los españoles. 



II 



Los primeros caminantes 
en América 



DEL SIGLO XVI 85 



EL PRIMER CAMINANTE EN AMERICA 

I AS proezas de un explorador son de las más im- 
portantes, como son también de las más fasci- 
nadoras que presentan los heroísmos humanos. Las 
cualidades físicas y mentales necesarias para su la- 
bor, son raras y admirables. Ha de reunir muchas con- 
diciones y sobresalir en cada una de ellas ; ha de ser 
el hombre completo que se propuso hacer la Natura- 
leza. No necesita su cuerpo ser tan fuerte como el de 
Sansón, ni su mente como la de Napoleón, ni tener 
un corazón mayor que todos los hombres. Pero nece- 
sita que su cuerpo, su mente y su corazón sean los 
de un hombre fuerte. Apenas hay otra profesión en 
que cada músculo, por decirlo así, de su triple natu- 
raleza, se ponga más constantemente o más equilibra- 
damente en juego. 

Es un hecho curioso que algunos de los más gran- 
des descubrimientos son debidos al azar. Muchos de 
los más importantes que registra la historia de la hu- 
manidad, se deben a hombres que no buscaban la gran 
verdad que descubrieron. La ciencia es el resultado no 
tan sólo del estudio, sino de inapreciables accidentes ; 
y esto mismo puede decirse de la historia. Ofrece un 
estudio interesante de por sí, la influencia que felices 
equivocaciones y fortuitos sucesos tuvieran en la ci- 
vilización. 

En las exploraciones, como en los inventos, algu- 
nos de los éxitos se deben a un mero accidente. Algu- 
nas de las exploraciones más valiosas fueron realiza- 
das por hombres que no tenían más idea de ser expío- 



S6 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

radores que de inventar un ferrocarril hasta la luna, y 
es un hecho curioso que la primera exploración del 
interior de América y las dos jornadas más portento- 
sas que en ella se hicieron, no sólo fueron accidentes, 
sino desdichas y contrariedades que coronaron los es- 
fuerzos de hombres que esperaban hallar algo muy 
distinto. 

Las exploraciones, ya sean intencionadas o invo- 
luntarias, no sólo han producido grandes resultados 
para la civilización, sino que, además, han sido causa 
de los hechos más heroicos de la humanidad. Particu- 
larmente América ha sido quizá el campo donde se 
han llevado a cabo las más grandes y asombrosas jor- 
nadas ; pero los dos hombres que hicieron las más pas- 
mosas que se han realizado en toda la América, nos 
son casi desconocidos. Son héroes cuyos nombres sue- 
nan como si fuesen griego para la gran mayoría de 
los norteamericanos, no obstante ser hombres a los que 
precisamente los norteamericanos debieran considerar 
con profundo interés y admiración. Esos héroes fue- 
ron Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primero que 
viajó en América, y Andrés Docampo, el que recorrió 
en este Continente la mayor distancia. 

En un mundo tan grande, tan viejo y tan lleno de 
hechos memorables como este en que vivimos, es su- 
mamente difícil poder decir de cualquier hombre que 
fué ((el más grande de todos)), en tal o cual cosa, y 
aun tratándose de marchas a pie, ha habido tantas y 
tan notables, que hasta desconocemos algunas de las 
más pasmosas. Como exploradores, ni Vaca ni Do- 
campo rayaron a gran altura, por más que las explo- 
raciones (del último no son de despreciar y las de Vaca 
fueron muy importantes. Pero, como proezas de re- 
sistencia física, las jornadas de estos olvidados héroes 
puede afirmarse con toda seguridad que no tienen 
paralelo en la historia. Fueron las marchas más estu- 
pendas que ha podido hacer hombre alguno. Ambos las 
realizaron en América, y la mayor parte de sus cami- 
natas las hicieron en lo que es hoy los Estados .Unidos. 

Cabeza de Vaca fué realmente el primer europeo 
que penetró en lo que era entonces el ((obscuro conti- 



DEL SIGLO XVI 87- 

nente» de Norteamérica, como fué el primero que 
lo cruzó siglos antes que otro cualquiera. Sus nueve 
años de marchas a pie, sin armas, desnudo, hambrien- 
to, entre fieras y hombres más fieros todavía, sin otra 
escolta que tres camaradas tan malhadados como él, 
ofrecieron al mundo la primera visión del interior de 
los Estados Unidos y dieron pie a algunos de los he- 
(chos más excitantes y trascendentales que se relacionan 
con su temprana historia. Casi un siglo antes de quas 
los Padres Peregrinos estableciesen su noble comuni- 
dad en la costa de Massachusetts ; setenta y cinco año» 
antes de que se instalase el primer poblado inglés en 
el Nuevo Mundo, y más de una generación antes de 
que hubiese un solo colono de la raza caucásica de 
cualquier nación dentro del área que hoy ocupan los 
Estados Unidos, Cabeza de Vaca y sus desharrapados 
acompañantes atravesaron penosamente este país des- 
conocido. 

¡ Mucho tiempo ha pasado desde aquellos días I 
Enrique VIII era a la sazón rey de Inglaterra, y desde- 
entonces han ocupado aquel trono diez y seis monar- 
cas (*). Elisabet, la reina virgen, no había nacido cuan- 
do Cabeza de Vaca emprendió su tremenda jornada,, 
y no empezó a reinar hasta veinte años después que él 
terminara. Ocurrió el hecho cincuenta años antes de 
que naciese el capitán John Smith, fundador de Vir- 
ginia ; una generación antes del nacimiento de Sha- 
kespeare, y dos y media generaciones antes de Milton.. 
Henry Hudson, el famoso explorador que ha dada 
nombre a uno de nuestros principales ríos, no había 
nacido todavía. El mismo Colón hacía menos de vein- 
ticinco años que había muerto, y al conquistador de 
•Méjico sólo le quedaban diez y siete años de vida. 
Hasta sesenta años después no supo el mundo lo que 
era un periódico, y los mejores geógrafos todavía creían 
posible el navegar a través de América para llegar al 
Asia. No había entonces un hombre blanco en Amé- 
rica más al norte de la mitad de Méjico, ni se había in- 
ternado ninguno doscientas millas en este desierto 

(*) Otros dos han empuñado el cetro desde que se escribió este libro.— ^No- 
da el Traductor. J 



8S LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

continental, del cual se sabía casi menos de lo que hoy 
sabemos de la luna. 

El nombre de Cabeza de Vaca nos parece a nos- 
otros muy raro por lo que literalmente significa. Pero 
este curioso apellido era muy honroso en España y 
representaba un noble timbre. Fué ganado en la ba- 
talla de las Navas de Tolosa en el siglo xiii, uno de 
los combates decisivos en todos aquellos siglos de gue- 
rra con los moros. El abuelo de Alvaro fué también 
un hombre notable, puesto que conquistó las islas Ca- 
narias. 

Nació Alvaro en Jerez de la Frontera a fines del 
siglo XV. Muy poco sabemos de los primeros años de 
su vida, excepto que había ganado ya algún renombre 
cuando en 1527, siendo ya un hombre maduro, vino al 
Nuevo Mundo. En dicho año le hallamos embarcán- 
dose en España como tesorero y alguacil mayor de la 
expedición de 600 hombres con que Panfilo de Nar- 
váez trató de conquistar y colonizar Florida, que des- 
cubriera Ponce de León diez años antes. 

Llegaron a Santo Domingo, y de allí salieron para 
Cuba. El Viernes Santo de 1528, diez meses después 
de haber salido de España, llegaron a la Florida, y 
desembarcaron en el punto que hoy se llama bahía de 
Tampa. Tomando solemne posesión de aquel país en 
nombre de España, salieron a explorar y conquistar 
aquel desierto. En Santo Domingo ya los habían diez- 
mado un naufragio y varias deserciones, de modo que, 
de los primitivos 600 hombres, sólo quedaron tres- 
cientos cuarenta y cinco. Apenas habían llegado a la 
Florida, empezaron a caer sobre ellos las más terri- 
bles desgracias, y cada día empeoraba su situación. 
Estaban casi desprovistos de subsistencias ; los indios 
hostiles les rodeaban por todos lados, y los innumera- 
bles ríos, lagos y pantanos hacían su marcha difícil 
y peligrosa. El pequeño ejército iba disminuyendo rá- 
pidamente por la guerra y el hambre, y entre los su- 
pervivientes producíanse motines con frecuencia. Tan 
debilitados se hallaban, que no pudieron siquiera re- 
gresar a sus buques. Luchando por fin para llegar al 
punto más cercano de la costa, muy al oeste de la ba- 



DEL SIGLO XVI 89 

hía do Tampa, decidieron que su única salvación esta- 
ba en construir barcos para ir costeando hasta las co- 
lonias españolas de Méjico. Con mucho trabajo logra- 
ron construir cinco toscos buques, y los infelices se 
lanzaron a navegar hacia poniente, costeando el golfo. 
Fuertes tormentas separaron los barcos, que naufra- 
garon uno tras otro. Muchos de los infortunados aven- 
tureros perecieron ahogados, — Narváez entre ellos — y 
muchos que fueron arrojados sobre una costa inhos- 
pitalaria, perecieron igualmente por los rigores de la 
intemperie y del hambre. Los supervivientes se vie- 
ron obligados a alimentarse con los cadáveres de sus 
compañeros. De los cinco barcos, tres se habían ido a 
pique con todos los tripulantes ; de los ochenta hom- 
bres que se salvaron del naufragio, sólo quince sobre- 
vivieron. Todas sus armas y sus ropas estaban en el 
fondo del golfo. 

Los supervivientes arribaron a la isla del Mal Hado. 
No sabemos de la situación de esa isla sino que esta- 
ba al oeste de la boca del Misisipí. Sus barcos habían 
cruzado la caudalosa corriente donde desemboca en el 
golfo, y ellos fueron los primeros europeos que vieron 
esa parte del Padre de las Aguas. Los indios de la isla, 
que no tenían otros alimentos que raíces, bayas y pes- 
cado, trataron a sus infelices huéspedes tan generosa- 
mente como pudieron, y Cabeza de Vaca habla de ellos 
con mucho agradecimiento. 

En la primavera, los trece compañeros que le que- 
daron, determinaron escaparse. Cabeza de Vaca es- 
taba demasiado enfermo para andar, y lo abandona- 
ron a su suerte. Otros dos enfermos, Oviedo y Alaniz, 
también se quedaron, y no tardó en perecer el último 
de ellos. Se halló, pues. Cabeza de Vaca en una la- 
mentable situación. Hecho un verdadero esqueleto, 
casi imposibilitado de moverse, abandonado por sus 
amigos y a la merced de los salvajes, no es extraño, 
como él nos dice, que se le cayese el alma a los pies. 
Pero era uno de esos hombres que no cejan en su em- 
presa. Un espíritu fuerte sostenía aquel pobre cuerpo 
débil y demacrado ; y cuando el tiempo fué más favo- 
rable, Cabeza de Vaca recuperó lentamente la salud. 



90 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

Cerca de seis años estuvo viviendo una vida ente- 
ramente solitaria, pasando de una tribu de indios a 
otra, unas veces como esclavo y otras como un des- 
preciable paria. Oviedo huyó a la vista de algún pe- 
ligro, y no volvió a saberse de él ; Cabeza de Vaca lo 
afrontó y salió con vida. No cabe la menor duda de 
que sus sufrimientos eran casi insoportables. Hasta 
cuando no era víctima de algún trato brutal, se le mi- 
raba como un estorbo, como un inútil intruso, entre 
pobres indígenas que vivían del modo más miserable y 
precario. El hecho de no haberle quitado la vida, ha- 
bla en favor de los sentimientos humanitarios de éstos. 

Los trece que escaparon, tuvieron peor suerte. Ca- 
yeron en manos de indios crueles, y todos fueron muer- 
tos, excepto tres, a quienes se reservó el duro hado 
de la esclavitud. Estos tres fueron Andrés Dorantes, 
natural de Béjar ; Alonso del Castillo Maldonado, na- 
tural de Salamanca, y el negro Estebanico, que nació 
en Azamor (África). Estos tres y Cabeza de Vaca fue- 
ron todo el remanente de los valerosos cuatrocientos 
cincuenta hombres (entre los que no se cuentan los 
que desertaron en Santo Domingo) que salieron tan 
esperanzados de España en 1527, para conquistar un 
rincón del Nuevo Mundo ; cuatro sombras desnudas, 
atormentadas, temblorosas ; y aun éstos vivían sepa- 
rados, si bien de vez en cuando sabían el uno del otra 
e hicieron varias tentativas para juntarse. Hasta sep- 
tiembre de 1534 (cerca de siete años después), no lo- 
graron reunirse Dorantes, Castillo, Estebanico y Ca- 
beza de Vaca ; y el sitio donde tuvieron esta dicha fué 
por la parte oriental de Tejas, al oeste del río Sabina. 

Pero los seis años de soledad y de inefables sufri- 
mientos de Cabeza de Vaca no fueron vanos ; porque 
sin saberlo halló la llave de la seguridad, y entre to- 
dos aquellos horrores, y sin soñar en su significado, 
tropezó con la extraña e interesante clave que debía 
salvarles a todos. Sin eso, los cuatro hubieran pere- 
cido en el desierto y nunca hubiera tenido el mundo 
conocimiento de su fin. 

Mientras se hallaban en la isla del Mal Hado, se 
les hizo una proposición que parecía el colmo de la ri- 



DEL SIGLO XVI 



91 



diculez. ((En aquella isla — dice Cabeza de Vaca, — que- 
rían hacernos doctores, sin examinarnos ni pedirnos 
nuestros diplomas, porque ellos mismos curan las en- 
fermedades soplando al enfermo. Con ese soplo y con 
sus manos le libran de la enfermedad, y querían que 
nosotros hiciésemos lo mismo para que les fuésemos 
de alguna utilidad. Al oir esto nos reímos, diciéndoles 
que se burlaban, y que nosotros no sabíamos curar, 
por lo cual nos privaron de todo alimento hasta que 
hiciésemos lo que querían. Y viendo nuestra terque- 
dad, me dijo un indio que yo no les comprendía ; pues 
no era necesario que nadie supiese cómo se hace, por- 
que las mismas piedras y otras cosas de la Naturaleza 
tienen propiedad de curar, y que nosotros, por ser hom- 
bres, debíamos ciertamente tener mayor poder. )> 

Esto que dijo el indio viejo, era muy característi- 
co y daba la clave de las notables supersticiones de la 
raza. Pero, por supuesto, los españoles aún no lo en- 
tendían. 

Luego, los indígenas se trasladaron al Continente. 
Vivían siempre en la más abyecta pobreza, y muchos 
de ellos murieron de hambre y por efecto de los rigo- 
res de su miserable existencia. Durante tres meses del 
año ((SÓlo tenían mariscos y agua muy mala» ; y en 
otras épocas únicamente bayas y otras plantas, y se 
pasaban el año yendo de aquí para allá en busca de 
ese escaso y poco substancioso alimento. 

Es de celebrar el que Cabeza fuese completamente 
inútil a los indios. Como guerrero no les servía, por- 
que en su estado de debilitamiento no podía ni si- 
quiera manejar el arco. Como cazador, también era 
inservible, porque, como él mismo dice, (de era impo- 
sible seguir el rastro de los animales». No podía ayu- 
darles a llevar agua o leña ni en otras faenas por el 
estilo, porque era hombre, y sus amos indios no po- 
dían consentir que un hombre hiciese el trabajo de una 
mujer. Así es que, entre aquellos hambrientos nóma- 
das, un hombre que en nada podía ayudarles y a quien 
tenían que alimentar, constituía una carga pesada, y 
fué milagro que no le quitasen la vida. En estas cir- 
cunstancias, Cabeza empezó a caminar de un sitio » 



92 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

-Otro. Sus indiferentes amos no prestaban atención a 
sus movimientos, y gradualmente fué haciendo más 
largos viajes hacia el norte y a lo largo de la costa. 
Con el tiempo cogió una oportunidad de hacer tráfi- 
co, al cual le animaron los indios, contentos al fin de 
que su ((elefante blanco» fuese útil para algo. De las 
tribus del norte les trajo pieles y almagre (tierra roja 
indispensable para embadurnarse la cara los indíge- 
nas), hojuelas de pedernal para hacer cabezas de fle- 
cha, juncos fuertes para astiles de las mismas y borlas 
de pelo de gamo teñidas de rojo. Estos objetos los 
cambiaba fácilmente entre las tribus de la costa por 
conchas y cuentas de madreperla y otros por el esti- 
lo, los cuales, a su vez, tenían demanda entre sus pa- 
rroquianos del norte. 

Por causa de sus constantes guerras, no podían 
ios indios aventurarse a salir de sus propios terrenos ; 
así es que aquel negociante intermediario era para 
ellos una conveniencia, que sostenían. Por lo que a él 
toca, aun cuando la vida que llevaba era de grandes 
-sufrimientos, iba constantemente adquiriendo conoci- 
tnientos, que habían de serle sumamente útiles para su 
acariciado plan de volver al mundo. En esas expedi- 
ciones solitarias de su comercio, recorrió a pie miles 
de millas por un desierto sin caminos, de manera que 
la suma de sus viajes fué mucho mayor que la de cual- 
-quiera de sus compañeros de fatigas. 

En una de esas largas y terribles marchas le ocu- 
rrió a Cabeza de Vaca un incidente sumamente inte- 
resante. Fué el primer europeo que vio el gran bison- 
te norteamericano, el búfalo, cuya raza casi se ha extin- 
guido en los últimos diez años, pero que en otro tiempo 
vagaba por las llanuras en grandes manadas. Los vio 
y comió su carne en la región del río Colorado de Te- 
jas, y nos ha dejado una descripción de esas ((vacas 
^con joroba». Ninguno de sus compañeros llególa ver 
una, porque cuando los cuatro españoles viajaron des- 
pués juntos, pasaron por el sur del país de los búfalos. 

Entre tanto, como he dicho ya, el desventurado y 
•casi desnudo traficante, se vio obligado a ejercer las 
funciones de médico. El no comprendía de cuánto po- 



DEL SIGLO XVI 93. 

día servirle esta involuntaria profesión ; al principia 
se vio forzado a adoptarla, y después la siguió no por 
gusto, sino para librarse de desazones. ((No servía para 
otra cosa más que para médico.» Había aprendido el 
tratamiento peculiar de los magos aborígenes ; pero» 
no sus ideas fundamentales. Los indios todavía consi- 
deran la enfermedad como una ((posesión del espíritu» ; 
y la idea que tienen de la medicina no es tanto el curar 
la enfermedad, como el exorcizar los malos espíritu»- 
que la causan. 

Esto se hace, aun Hoy día, por medio de la pres- 
tidigitación y de un galimatías. El médico indio chu- 
paba la parte enferma y pretendía extraer una piedra 
o una espina que se suponía era la causa de la dolen- 
cia, y así el paciente quedaba ((curado». Cabeza de- 
Vaca empezó a ((practicar medicina» a la manera de 
los indios, y él mismo dice : ((He probado este siste- 
ma y daba buen resultado». 

Cuando los cuatro errabundos se juntaron por fin, 
después de su larga separación — durante la cual ha- 
bían sufrido indecibles horrores — Cabeza tenía, aun- 
que de un modo muy vago, un rayo de esperanza. Su 
primer proyecto fué escaparse de sus amos. Diez me^ 
ses tardaron en llevarlo a cabo, y entre tanto grandes- 
fueron sus apuros, como lo habían sido constantemen- 
te por muchos años. A veces se alimentaban con unaí 
ración diaria de dos puñados de guisantes silvestres y 
un poco de agua. Cabeza refiere que consideró coma 
una merced de la providencia que le permitiesen ras- 
par pieles para los indios, pues guardaba cuidadosa- 
mente las raspaduras, que le servían de alimento mu- 
chos días. No tenían ni ropa ni lugar donde guarecer- 
se, y la constante exposición al calor y al frío y los 
millares de espinas que tenía la vegetación de aquet 
país, les hacían ((soltar la piel como si fuesen culebras». 

Por fin, en el mes de agosto de 1535, los cuatro 
compañeros de sufrimiento se escaparon a una tribií 
llamada de los ava vares. Entonces empezó para ellos 
una nueva carrera. A fin de que sus camaradas no 
fuesen tan inútiles como él había sido, Cabeza de 
Vaca les instruyó en las «artes» de los médicos indios^ 



^4 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

y los cuatro empezaron a poner en práctica su nueva 
profesión. A los ensalmos y encantamientos que de 
ordinario empleaban los indios, aquellos humildes cris- 
tianos añadían fervientes oraciones al verdadero Dios. 
Era una especie de ((curación por medio de la fe» del 
siglo XVI ; y naturalmente entre aquellos enfermos su- 
persticiosos era muy eficaz. Aquellos aficionados pero 
sinceros doctores, con una humildad edificante, atri- 
buían sus numerosas curas enteramente a la interven- 
ción divina ; pero empezaron a darse cuenta de que 
esto podía influir grandemente en hacer cambiar su 
suerte. De errabundos, desnudos, hambrientos, des- 
preciables mendigos y esclavos de salvajes brutales 
que eran, se convirtieron de repente en personajes no- 
tables, pobres y dolientes todavía como eran todos sus 
enfermos ; pero pobres de gran poder. No hay cuento 
de hadas tan novelesco como la carrera que de allí en 
adelante realizaron aquellos hombres pobres y valero- 
sos, caminando dolorosamente a través de un conti- 
nente, como amos y bienhechores de aquella hueste 
de salvajes. 

Yendo con toda suerte cié penalidades de tribu ien 
tribu, lenta y sufridamente cruzaron los exorcistas 
blancos el territorio de Tejas, hasta llegar cerca del 
actual Nuevo Méjico. Los historiadores de gabinete 
vienen repitiendo que entraron en Nuevo Méjico y lle- 
garon hacia el norte, hasta donde hoy se asienta San- 
ta Fe. Pero la moderna investigación científica ha com- 
probado de un modo absoluto que, saliendo de Tejas, 
pasaron por Chihuahua y Sonora y jamás vieron ni 
una pulgada de Nuevo Méjico. 

En cada nueva tribu los españoles se detenían al- 
gún tiempo para curar a los enfermos. En todas par- 
tes eran tratados con la mayor consideración que po- 
dían demostrarles sus míseros huéspedes y hasta con 
religiosa reverencia. Su progreso es una lección obje- 
tiva muy valiosa, pues demuestra cómo se forman al- 
gunos mitos indios : primero es el afortunado exor- 
cista que, a su muerte o al marcharse, se recuerda como 
un héroe ; después se le venera como un semidiós y, 
por último, como una divinidad. 



DEL SIGLO XVI 95 

En los Estados mejicanos hallaron primero agri- 
cultores indios que vivían en chozas de césped y ra- 
mas y cultivaban judías y calabazas. Estos eran los 
jovas, que constituían una rama de los pimas. De las 
decenas de tribus que visitaron en nuestros actuales 
Estados del Sur, ni una sola ha sido identificada. Eran 
miserables criaturas errantes que hace mucho tiempo 
desaparecieron de la tierra. Pero en la Sierra Madre 
de Méjico encontraron indios más inteligentes, cuya 
raza subsiste todavía. Allí vieron que los hombres iban 
desnudos, mientras que las mujeres mostrábanse <(muy 
honestas en el vestir», usando túnicas de algodón que 
ellas mismas tejían, con medias mangas y una falda 
hasta la rodilla, y por encima otra falda de gamuza 
curtida que llegaba hasta el suelo y se amarraba por 
delante con unas correas. Lavaban su ropa con una 
raíz saponífera llamada amolé, que usan igualmente 
los indios y los mejicanos en toda la región del sud- 
oeste. Aquellas gentes dieron a Cabeza de Vaca al- 
gunas turquesas y cinco cabezas de fecha labrada, cada 
una de una sola esmeralda. 

En esta aldea del sudoeste de Sonora permanecie- 
ron los españoles tres días, alimentándose de corazo- 
nes de gamo, por lo cual la llamaron ((Pueblo de los 
corazones». 

A una jornada de allí tropezaron con un indio que 
llevaba en su collar la ííebilla de un tahalí y un clavo 
de herra(dura ; y sintieron palpitar su corazón al ver, 
después de ocho años de andar errantes, estas seña- 
les de la proximidad de los europeos. El indio íes dijo 
que unos hombres de barbas largas como ellos habían 
venido del cielo y hecho la guerra a su gente. 

Los españoles entraban entonces en Sinaloa y se 
hallaron en una tierra fértil regada por varios ríos. 
Los indios tenían un miedo cerval porque dos bárba- 
ros de una clase que era muy rara entre los conquis- 
tadores españoles (y que me complazco en decir que 
fueron castigados por quebrantar las estrictas leyes de 
España), estaban tratando de coger esclavos. Los sol- 
dados se habían marchado ; pero Cabeza de Vaca y 
Estebanico, con once indios, les siguieron rápidamen- 



90 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

te la pista y al día siguiente alcanzaron a cuatro espa- 
ñoles, quienes les condujeron a su pillastre capitán, 
Diego de Alcaraz. Mucho le costó a este oficial dar 
crédito al asombroso relato que le hizo aquel hombre 
desharrapado, roto, hirsuto y estrafalario ; pero des- 
pués templóse su frialdad y extendió un certificado 
de la fecha y condición en que se le había presentado 
Cabeza de Vaca y entonces envió a buscar a Dorantes 
y Castillo. Cinco días después llegaron éstos, acompa- 
ñados de varios centenares de indios. 

Alcaraz y su socio en crímenes, Cebreros, querían 
esclavizar a aquellos aborígenes ; pero Cabeza de Vaca, 
sin parar mientes en el peligro que corría, se opuso, 
indignado, a este infame proyecto, y al fin obligó a 
aquellos villanos a que lo abandonasen. Los indios 
se salvaron ; pero, en medio de la alegría que les pro- 
dujo el volver al mundo, los caminantes españoles se 
separaron con verdadera pena de aquellos buenos y 
sencillos amigos. Después de unos cuantos días de 
pesado viaje, llegaron a Culiacán, sobre el primero 
de mayo de 1536, y allí fueron calurosamente recibidos 
por el malogrado héroe Melchor Díaz. Este condujo 
al ignoto norte una de las primeras expediciones (1539), 
y en 1540, durante una segunda expedición a Califor- 
nia, a través de una parte de Arizona, fué muerto ac- 
cidentalmente. 

Después de un corto descanso los viandantes sa- 
lieron para Compostela, que era entonces la población 
principal de la provincia de Nueva Galicia, pequeña 
jornada de trescientas millas a través de una tierra en 
que pululaban indios hostiles. Por fin llegaron a la 
ciudad de Méjico sanos y salvos, y fueron allí recibi- 
dos con grandes honores. Pero tardaron mucho tiem- 
po en acostumbrarse a los alimentos y a la ropa de la 
gente civilizada. 

El negro se quedó en Méjico. Cabeza de Vaca, Cas- 
tillo'y Dorantes se embarcaron para España el 10 de 
abril de 1537 y llegaron en agosto. El héroe principal 
nunca volvió a la América del Norte ; pero se dice que 
Dorantes estuvo allí al siguiente año. Las noticias que 
dieron de lo que habían visto y de los extraños países 



DEL SIGLO XVI 97 

situados más al norte, de que habían oído hablar, hi- 
cieron que se enviasen las notables expediciones que 
condujeron al descubrimiento de Arizona, Nuevo Mé- 
jico, el Territorio Indio, Kansas y Colorado, y la cons- 
trucción de las primeras ciudades europeas dentro de 
los Estados Unidos. Estebanico tomó parte, con Fray 
Marcos, en el descubrimiento de Nuevo Méjico, y fué 
asesinado por los indios. 

Cabeza de Vaca, como premio por su incompara- 
ble marcha de mucho más de diez mil millas en una 
tierra desconocida, fué nombrado gobernador de Pa- 
raguay en 1540. No tenía condiciones para ese cargo, 
y regresó a España, bajo una acusación ignominiosa. 
Que no fué culpable, sin embargo, sino más bien la 
víctima de las circunstancias, lo indica el hecho de 
que fué rehabilitado y se le asignó una pensión de 
dos mil ducados. Murió en Sevilla a una edad avan- 
zada. 



98 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



II 

EL MAS INTRÉPIDO CAMINANTE 

f^L estudiante más familiarizado con la historia, 
se queda atónito a cada paso ante el relato de 
las jornadas de los exploradores españoles. Aun cuan- 
do no hubiesen hecho otra cosa en el Nuevo Mundo, 
sus largas marchas por sí solas serían suficientes para 
darles fama. En ninguna otra parte se ha sabido ja- 
más de tantos y tan largos viajes por semejantes desier- 
tos. Para comprender esas jornadas de millares de mi- 
llas, que hacían aquellos héroes, ya solos o en peque- 
ñas partidas, tiene uno que conocer el país que atra- 
vesaron y saber algo de los tiempos en que esos he- 
chos se llevaron a cabo. Los cronistas españoles de 
aquel tiempo no insisten al hablar de las dificultades y 
peligros que encontraban : es lástima que, siquiera por 
vanagloria, no se extendieran en el relato de aquellos 
obstáculos. Pero, por lacónicas que sean las narra- 
ciones sobre tales puntos, despréndese de ellas que en- 
contraron grandes obstáculos y tuvieron que vencer- 
los ; y aun hoy día, después que tres centurias y me- 
dia han hecho más habitable aquel desierto que cu- 
bría medio mundo ; que han domeñado a sus natura- 
les ; que lo han llenado de cómodas estaciones ; que 
lo han cruzado con fáciles caminos y le han quitado el 
noventa por ciento de sus terrores, encontraríanse po- 
cos hombres lo bastante atrevidos para emprender las 
tremendas jornadas que aquellos bravos héroes consi- 
deraban como tareas diarias. El único hecho casi com- 
parable con las caminatas de los españoles por el Nue- 
yo Mundo, es la historia de los argonautas de Califor- 



DEL SIGLO XVI 99 

nía, en 1849, Jos cuales atravesaron las extensas llanu- 
ras con el más notable movimiento de población que 
refiere la historia ; pero aun ese incidente fué mezqui- 
no en cuanto a superficie, penalidades, peligros y for- 
taleza, comparado con los viajes de los exploradores 
españoles. Las jornadas de mil millas a través de los 
desiertos o de las más fatales todavía selvas tropicales, 
fueron demasiado numerosas para ni siquiera catalo- 
garlas. Una cosa es seguir una senda, y otra penetrar 
en un páramo sin senda alguna. Una cosa es ir en 
larga caravana de carromatos bien armados, y otra 
muy distinta marchar en pequeñas partidas, a pie o 
en pencos cansados. Una jornada desde un punto co- 
nocido a otro punto conocido también — ambos dentro 
del mundo civilizado, aun cuando entre los dos se ex- 
tiendan tierras desiertas, — es muy distinta de una jor- 
nada que se emprende desde un punto, a través de tie- 
rras ignotas, a otro punto ignorado, siendo la salida, 
el trayecto y el término cosas del azar y la ventura, 
sin guías ni jalones que marquen el camino. Lejos de 
mí la idea de rebajar el heroísmo de nuestros argo- 
nautas. Dejaron en la historia una página de la que 
puede estar orgulloso cualquier pueblo ; pero no lle- 
garon nunca a igualar las proezas de similares héroes 
de otra nactenalidad y de otra época. 

El recorrido de Alvaro Núfíez Cabeza de Vaca, el 
primer caminante de Norteamérica, quedó eclipsado 
por la proeza del infeliz y olvidado soldado Andrés 
Docampo. Cabeza de Vaca anduvo mucho más de 
diez mil millas ; pero Docampo pasó de veinte mil, y 
sufriendo igualmente terribles penalidades. Las ex- 
ploraciones de Cabeza fueron mucho más valiosas para 
el mundo ; no obstante, ninguno de los dos salió con 
intenciones de explorar. Pero Docampo hizo su te- 
rrible marcha a pie, voluntariamente y con un fin he- 
roico, que tuvo a la postre un enorme resultado ; mien- 
tras que la empresa de Cabeza fué simplemente el 
heroísmo de un hombre muy singular para librarse 
de la desgracia. Las andanzas de Docampo duraron 
nueve años ; y aun cuando no dejó libro alguno rela- 
tando sus observaciones, como lo hizo Cabeza, el es- 



100 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

queleto de su historia que nos ha quedado es suma- 
mente sugestivo y característico de aquella época, y 
refiere otros heroísmos, además del de aquel bravo 
soldado. 

Cuando Coronado fué por primera vez a Nuevo 
Méjico, en 1540, llevó cuatro misioneros con su pe- 
queño ejército. Fray Marcos pronto volvió a Méjico 
desde Zuñi por causa de sus dolencias, Fray Juan de 
la Cruz emprendió con empeño su obra de misionero 
entre los indios pueblos ; y cuando Coronado y su 
partida abandonaron el territorio, insistió en quedarse 
con sus atezados catecúmenos de Tiguex (Bernalillo). 
Era ya muy viejo y estaba seguro de que su vida aca- 
baría en cuanto se fuesen sus paisanos, y, en efecto, 
así aconteció. Fué asesinado por los indios sobre el 25 
de noviembre de 1542. 

El hermano lego Fray Luis Descalona, también 
muy anciano, escogió como parroquia el pueblo de 
Tshiquite (Pecos) y se quedó allí después que se fue- 
ron los españoles. Construyóse una pequeña choza; 
fuera de la gran ciudad fortificada de los indios, y 
allí enseñaba a los que querían oírle, y cuidaba un 
pequeño rebaño de carneros, resto de los que llevara 
Coronado y que fueron los primeros que entraron en 
los actuales Estados Unidos. Los indios llegaron a 
quererle sinceramente, excepto los exorcistas, que le 
odiaban por su influencia ; por fin éstos lo asesinaron 
y se comieron los carneros. 

Fray Juan de Padilla, el más joven de los cuatro 
misioneros y el primero que sufrió el martirio en tie- 
rra de Kansas, era natural de Andalucía y hombre de 
gran energía, tanto física como mental. Tampoco hizo 
mal papel como andariego, y nuestros andarines pro- 
fesionales quedarían estupefactos si tuviesen que re- 
correr por el desierto los millares de millas que reco- 
rrió aquel incansable apóstol de los indios en el de- 
sierto sudoeste. Había desempeñado muy importan- 
tes cargos en Méjico, pero abandonó gustoso sus ho- 
nores para convertirse en un pobre misionero^ entre 
los salvajes del ignoto norte. Habiendo acompañado 
la partida de Coronado desde Méjico a las Siete Ciu- 



DEL SIGLO XVI ,101 

dades de Cíbola, á través de los desiertos, Fray Pa- 
dilla se trasladó a Moqui con Pedro de Tobar y su 
partida de veinte hombres. Después, retrocediendo a 
Zufíi, no tardó en salir de nuevo con Hernando de Al- 
varado y veinte hombres, para recorrer otras mil mi- 
llas. Fué en esta expedición, uno de los primeros eu- 
ropeos que pudieron contemplar la elevada ciudad de 
Acoma, el Río Grande dentro de lo que es hoy Nuevo 
■Méjico y el gran pueblo de Pecos. 

En la primavera de 1541, cuando un puñado de 
hombres se había reunido en Bernalillo, y Coronado 
salió en busca del fatal mito áureo de Quivira, Fray 
Padilla le acompañó. En esa marcha de ciento cuatro 
días por las áridas llanuras, antes de llegar a las Qui- 
yiras, al nordeste de Kansas, sufrieron los explorado- 
res muchas torturas por falta de agua y a veces de 
alimento. El traicionero guía que llevaban les engañó, 
y anduvieron errabundos mucho tiempo en un círcu- 
lo, cubriendo una larga distancia, probablemente de 
más de mil quinientas millas. Los expedicionarios iban 
a caballo, pero en aquellos días los humildes padres 
iban a pie. No hallando más que contrariedades, los 
exploradores retrocedieron hacia Bernalillo, aunque 
por un camino más corto, y Fray Padilla fué con ellos. 

Pero ya el héroe había determinado que su campo 
de acción debía estar entre aquellos indios, sioux y 
otros hostiles, errantes y que convivían con los búfa- 
los en las llanuras ; así es que cuando los españoles 
evacuaron Nuevo Méjico, él se quedó. Con él esta- 
ban el soldado Andrés Docampo, dos jóvenes meji- 
canos de Michoacán, Lucas y Sebastián, llamados los 
Donados, y unos cuantos jóvenes indios mejicanos. 
En el otoño de 1542, esa pequeña partida salió de Ber- 
nalillo para emprender una marcha de mil millas. An- 
drés era el único que iba montado ; el misionero y los 
jóvenes indios marchaban penosamente a pie por aquel 
desierto arenoso. Pasaron por la población de Pecos ; 
de allí atravesaron un rincón de lo que es hoy Colo- 
rado y el gran Estado de Kansas en casi toda su lon- 
gitud. Por fin, después de una larga y fatigosa mar- 
cha, llegaron a las aldeas de los indios quiviras, donde 



JOa LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

hallaron albergue provisional. Coronado había plan- 
tado una cruz de gran tamaño en una de esas aldeas, 
y allí estableció su misión Fray Padilla. Con el tiempo 
los indios hostiles fueron deponiendo su recelo y (de 
amaron como a un padre». Por último decidió trasla- 
darse a otra tribu nómada, donde parecía que era más 
necesaria su presencia. Fué un paso muy peligroso ; 
porque no tan sólo podían aquellos desconocidos re- 
cibirle con intención homicida, sino que corría igual 
riesgo al abandonar su presente rebaño. Los indios, 
supersticiosos, no se avenían a perder a tan gran exor- 
cista como creían que era Fray Juan, y menos a que 
sus enemigos se aprovechasen de sus servicios, pues 
todas aquellas tribus errantes se hacían la guerra unas 
a otras. No obstante. Fray Padilla resolvió irse, y se 
fué con su pequeño cortejo. A un día de jornada de 
las aldeas de los quiviras, tropezaron con una parti- 
da de indios en son de guerra. Al verles acercarse, el 
buen padre pensó, ante todo, en salvar a sus compa- 
neros. Andrés tenía aún su caballo, y los muchachos 
eran veloces corredores. 

« — ; Huid, hijos míos I — gritó Fray Juan. — Sal- 
vaos, porque no podéis ayudarme y nada ganaríamos 
con morir todos juntos. | Corred I» 

Al principio rehusaron ; pero el misionero insis- 
tió, y como nada podían contra los indígenas, por fin 
obedecieron y apelaron a la fuga. Esto, a primera vis- 
ta, no parece muy heroico ; pero les disculpa la consi- 
deración de lo que eran aquellos tiempos. No tan sólo 
era gente humilde, acostumbrada a obedecer a los bue- 
nos padres, sino que había otro y más poderoso moti- 
vo para que procediesen como lo hicieron. En aque- 
llos días de fervorosa fe, se consideraba el martirio no 
solamente como un heroísmo, sino como una profecía : 
'creíase que indicaba nuevos triunfos para el cristianis- 
mo, y era un deber llevar la noticia y propalarla por 
el mundo. Si ellos se hubioeen quedado y hubiesen 
perecido con el padre — y a buen seguro que sus fieles 
secuaces no lo temían físicamente, — la lección y la glo- 
ria de su martirio se hubiesen perdido para la huma- 
nidad. 



DEL SIGLO XVI lOJ 

Fray Juan se arrodilló en la vasta llanura y enco- 
mendó su alma a Dios ; y mientras oraba, los indios 
le atravesaron con sus flechas. Cavaron luego una 
fosa y echaron el cadáver del primer mártir de Kan- 
sas, colocando en aquel sitio un gran montón de tie- 
rra. Esto ocurrió en el año 1542. 

Andrés Docampo y los muchachos pudieron esca- 
par entonces ; pero no tardaron en caer prisioneros de 
otros indios, que los tuvieron diez meses como escla- 
vos. Les pegaban y mataban de hambre, obligándoles 
a hacer las labores más pesadas y más viles. Por fin, 
después de trazar muchos planes y de varias tentativas 
infructuosas, lograron escapar de sus bárbaros amos. 
Luego anduvieron a pie y errantes durante ocho años, 
solos y sin armas, de un lado para otro, en aquellas 
llanuras secas e inhospitalarias, sufriendo increíbles 
privaciones y peligros. Por último, después de aque- 
llos millares de millas que lastimaron sus pies, toda- 
vía anduvieron hasta la ciudad mejicana de Tampico, 
situada en el gran golfo. Fueron allí recibidos como 
muertos resucitados. No conocemos los detalles de tan 
horrenda e incomparable jornada ; pero está compro- 
bada en la historia. Durante nueve años aquellos in- 
felices fueron recorriendo los desiertos a pie y dando 
mil vueltas, empezando al nordeste de Kansas, para 
ir a terminar el sur de Méjico. 

Sebastián murió poco después de su llegada al 
Estado mejicano de Culiacán ; las penalidades del via- 
je habían sido demasiado excesivas aun para un cuer- 
po tan joven y fuerte como el suyo. Su hermano Lucas 
se hizo misionero entre los indios de Zacatecas y con- 
tinuó su trabajo entre ellos durante muchos años, mu- 
riendo al fin a una edad muy avanzada. En cuanto al 
valiente soldado Docampo, poco después de haber vuel- 
to al mundo civilizado, desapareció, sin que se supiese 
más de él. Tal vez se llegue a descubrir algunos an- 
tiguos documentos españoles que arrojen alguna luz 
sobre el resto de su vida y la suerte que le cupo. 



104 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



III 

LA GUERRA DE LA ROCA 

i\ LGUNOs de los heroísmos y penalidades más ca- 
racterísticos de los exploradores en nuestro do- 
minio, ocurrieron alrededor de la asombrosa roca Aco- 

ma, la extraña ciudad empinada de los Pueblos Que- 
res. Todas las ciudades de los indios Pueblos estaban 
construidas en sitios fortificados por la Naturaleza, lo 
cual era necesario en aquellos tiempos, puesto que es- 
taban rodeadas por hordas, muy superiores en número, 
de los guerreros más terribles de que nos habla la 
historia ; pero Acoma era la más segura de todas. En 
medio de un largo valle de cuatro millas de ancho, 
bordeado por precipicios casi inaccesibles, se levanta 
una elevada roca que remata en una meseta de setenta 
acres de superficie (*), y cuyos lados, que tienen tres- 
cientos cincuenta y siete pies ingleses de altura, no 
sólo son perpendiculares, sino que en algunos puntos 
se inclinan hacia delante. En su cumbre se alzaba — 
y se alza todavía — la vertiginosa ciudad de Queres. 
Las pocas sendas que conducen a la cima, y en las que 
un paso en falso puede precipitar a la víctima a una 
muerte horrible, despeñándola desde una altura de 
centenares de metros, bordean abruptas y peh'grosas 
hendeduras, desde cuya parte superior un hombre re- 
suelto, sin otras armas que piedras, podría casi tener 
a raya a todo un ejército. 

La primera vez que los europeos supieron de esa 



(*) El acre es una medida agraria que equivale a 40*47 áreas.— M d0l T, 



DEL SIGLO XVI 1105 

curiosa ciudad aérea fué en 1539, cuando a Fray Mar- 
cos, descubridor de Nuevo Méjico, la gente de Cíbola 
le habló de la gran fortaleza roqueña de Hákuque, 
nombre que ellos daban a Acoma, y que sus habitan- 
tes llamaban Ahko. Al año siguiente, Coronado la 
visitó con su pequeño ejército y nos ha dejado un 
exacto relato de sus maravillas. Esos primeros euro- 
peos fueron allí bien recibidos, y los supersticiosos ha- 
bitantes, que nunca habían visto una barba, ni la cara 
de un hombre blanco, tomaron a los extranjeros por 
dioses. Pero hasta medio siglo después, no trataron los 
españoles de establecerse allí. 

Cuando Oñate entró en Nuevo Méjico en 1598, no 
encontró de momento oposición alguna, porque su 
fuerza de cuatrocientos hombres, incluso doscientos 
armados, era bastante para atemorizar a los indios. Es- 
tos eran, naturalmente, hostiles a los invasores de su 
dominio ; pero, viendo que los extranjeros les trata- 
ban bien, y temerosos de hacer guerra abierta a aque- 
llos hombres que llevaban trajes duros y mataban de 
lejos con sus bastones de trueno, los pueblos espera- 
ron ver el resultado de la invasión. Las tribus de los 
Queres, Tigua y Jemez se sometieron formalmente al 
régimen español e hicieron juramento de alianza a la 
Corona por medio de sus representantes reunidos en 
la población de Guipuy (que ahora se llama Santo Do- 
mingo) ; lo mismo hicieron los Taños, Picuries, Te- 
huas y Taos, en una conferencia parecida, que cele- 
braron en la población de San Juan, en septiembre de 
Í1598. Al ver su fácil sumisión, Oñate sintió grandes 
alientos, y decidió visitar personalmente todos los pue- 
blos principales, para hacerlos más seguros subditos 
de su soberano. Había ya fundado la primera ciudad 
de Nuevo Méjico y la segunda en los Estados Unidos, 
San Gabriel de los Españoles, donde hoy está Chami- 
ta. Antes de salir a esa peligrosa jornada, despachó a 
Juan de Zaldívar, su edecán, con cincuenta hombres, 
a explorar las vastas y desconocidas llanuras que que- 
daban hacia oriente, para después seguir él por el mis- 
mo camino. 

Oñate, con una reducida fuerza, salió de la pe- 



I06 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

quena y solitaria colonia española, que estaba a más 
de mil millas de distancia de toda ciudad de hombres 
civilizados, el 6 de octubre de 1598. Primero se dirigió 
a los pueblos de las grandes llanuras de los lagos sa- 
lados, al este de las montañas Manzano, sedienta jor- 
nada de más de doscientas millas. Volviendo después 
al pueblo de Puaray (opuesto al que hoy se llama Ber- 
nalillo) se desvió hacia el oeste. El 27 del mismo mes 
acampó al pie de los altos acantilados de Acoma. Los 
principales de la ciudad bajaron desde lo alto de la 
roca, y solemnemente juraron alianza a la Corona de 
España. Se les advirtió la gran importancia y signifi- 
cación del paso que acababan de dar, y que si vio- 
laban su juramento serían considerados y tratados 
como rebeldes a Su Majestad ; pero ellos se comprome- 
tieron a ser fieles vasallos. Trataron a los españoles 
muy amistosamente, y varias veces invitaron al jefe y 
a sus hombres a visitar la empinada ciudad. En reali- 
dad habían tenido espías en las conferencias celebra- 
das en Santo Domingo y San Juan, y decidieron que 
el hombre más peligroso entre los invasores era el mis- 
mo Oñate. Si podían matarle a él, creían que los de- 
más extranjeros blancos serían fácilmente derrotados. 
Pero Oñate nada sabía de su proyectada traición, 
y al día siguiente él y su puñado de hombres, dejando 
sólo una guardia con los caballos, treparon por una 
de las peligrosas ((escaleras» de piedra, y se hallaron en 
Acoma. Los oficiosos indios los condujeron acá y acu- 
llá, mostrándoles las extrañas casas de varios pisos 
de altura y con varias terrazas, los grandes estanques 
labrados en la roca y el vertiginoso borde del preci- 
picio que por todas partes rodeaba aquella ciudad, se- 
mejante a un nido de águila. Finalmente condujeron 
a los españoles a un sitio en que había una larga es- 
calera de mano, cuyo extremo superior pasaba por 
una trampa situada en el techo de una gran casa, que 
era la estufa o sea la sagrada cámara del concejo. Los 
visitantes subieron al techo por una escalera más pe- 
queña, y los indios trataron de que Oñate bajase por 
la trampa. Pero el gobernador español, observando 
que en el aposento de abajo reinaba la obscuridad y 



DEL SIGLO XVI IO7 

sintiéndose de momento receloso, rehusó bajar ; y 
como estaba rodeado de soldados, los indios no insis- 
tieron. Después de una corta visita a la población, Ios- 
españoles bajaron de la roca a su campamento, y des- 
de allí prosiguieron su larga y peligrosa jornada a 
Moqui y Zuñi. Aquel repentino rasgo de prudencia en 
la mente de Oñate salvó la historia de Nuevo Méjico, 
porque en aquella estufa se hallaban apostados algu- 
nos guerreros armados. Si hubiese entrado en la cá- 
mara, lo hubieran asesinado en el acto ; y su muerte 
hubiera sido la señal para un ataque a los españoles, 
los que hubieran perecido en aquella lucha desigual. 
Volviendo de su viaje de exploración por aque- 
llas desiertas y mortíferas llanuras, Juan de Zaldívar 
salió de San Gabriel el 18 de noviembre, para seguir 
a su jefe. Sólo tenía treinta hombres. Llegando al pie 
de la ciudad empinada el día 4 de diciembre, fué muy 
bien acogido por los acomas, quienes le invitaron a 
subir y visitar la ciudad. Era Juan tan bueno como va- 
liente soldado, y conocía las estratagemas de guerra 
de los indios ; pero por la primera vez en su vida, y 
fué la última, se dejó engañar. Dejando la mitad de 
su fuerza al pie del risco para guardar el campamento 
y los caballos, subió con diez y seis hombres. Había 
en la ciudad tantas maravillas ; era la gente tan cor- 
dial, que los visitantes pronto olvidaron toda sospecha; 
que pudieran abrigar, y gradualmente fueron disper- 
sándose aquí y allá para ver las cosas más notables. 
No esperaban sino esto los habitantes, y cuando el 
jefe de los guerreros lanzó su grito de guerra, hom- 
bres, mujeres y niños cogieron piedras y mazas, arcos 
y cuchillos de pedernal, y cayeron con furia sobre los 
dispersos españoles. Fué una horrenda y desigual lu- 
cha la que contempló el sol de invierno aquella triste 
tarde en la ciudad empinada. Aquí y allá, de espalda 
a la pared de una de aquellas extrañas casas, veíase 
un soldado de faz lívida, desharrapado, cubierto de san- 
gre, blandiendo su pesado mosquete como si fuese una 
maza, o dando tajos desesperados con una espada in- 
eficaz contra la tostada y famélica canalla que le ro- 
deaba, mientras llovían piedras sobre su calada visera y 



ÍOS LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

por todas partes recibían golpes de clavas y pedernales. 
No había ningún cobarde en aquella malhadada cua- 
drilla : vendieron caras sus vidas ; delante de cada cual 
había tendido un montón de cadáveres. Pero uno a 
uno, aquella ola de rugientes bárbaros ahogaba a cada 
tremendo y silencioso luchador, y se desviaba para ir 
a henchir el mortífero aluvión que envolvía a otro. El 
mismo Zaldívar fué una de las primeras víctimas, y 
en aquel desigual combate murieron otros dos oficia- 
les, seis soldados y dos sirvientes. Los cinco que sobre- 
vivieron — Juan Tabaro, que era alguacil mayor y cua- 
tro soldados — pudieron por fin juntarse, y con sobre- 
humano esfuerzo, luchando y sangrando por varias he- 
ridas, se abrieron paso hasta el borde del precipicio. 
Pero sus salvajes enemigos los perseguían, y sintién- 
dose demasiado débiles para seguir matando hasta lle- 
gar a una de las escaleras del risco, en el paroxismo de 
su desesperación, los cinco se arrojaron desde aquella 
tremenda altura. 

No hay memoria de otro salto tan terrible como 
el que dieron Tabaro y sus cuatro compañeros. Aun 
suponiendo que hubiesen tenido la suerte de llegar 
hasta el borde más bajo de aquel risco, la altura no 
pudo ser de menos de / ciento cincuenta fies ingleses 1 
y, sin embargo, sólo uno de los cinco se mató en tan 
inconcebible caída : los cuatro restantes, atendidos por 
sus aterrorizados compañeros del campamento, final- 
mente se repusieron. Esto parecería increíble si no es- 
tuviese completamente comprobado por pruebas his- 
tóricas. Es probable que cayesen sobre uno de los 
montones de blanca arena que el viento había arre- 
molinado en algunos sitios al pie del risco. 

Afortunadamente los indios victoriosos no atacaron 
'Cl pequeño campamento. Los supervivientes tenían aún 
sus caballos, animales desconocidos de los indígenas, 
a quien infundían pavor. Durante algunos días los ca- 
torce soldados y sus cuatro semimuertos compañeros, 
acamparon bajo el saliente costado del risco, donde es- 
taban a salvo de toda clase de proyectiles que pudie- 
sen arrojarles desde arriba, pero esperando a cada 
momento ser atacados por los naturales. Tenían la se- 



DEL SIGLO XVI 10^ 

guridad de que la matanza de sus camaradas no era 
más que el preludio de un levantamiento general de 
los veinticinco o treinta mil indios Pueblos, y sin re- 
parar en el peligro que corrían, decidieron por fin di- 
vidirse en pequeños grupos y separarse ; unos para 
seguir a su jefe en su jornada hasta Moqui y avisarle 
el peligro que le amenazaba ; y otros para cruzar a 
toda prisa centenares de áridas millas hasta llegar a. 
San Gabriel y defender a las mujeres y los niños que 
allí había y a los misioneros que se habían esparcido 
entre los indios. Este plan de abnegación se realíz6 
felizmente. Los pequeños grupos de tres y de cuatro 
llevaron la noticia a sus compatriotas, y a fines del 
año 1598 todos los españoles supervivientes en Nuevo- 
Méjico se pusieron a salvo en la aldea de San. Gabriel, 
Estaba la población construida al modo indio, esto es, 
en forma cuadrada, y en la plaza central se habían co- 
locado los rudos pedreros — especie de obuses que lan- 
zaban balas de piedra, — los cuales defendían las puer- 
tas. Sobre las azoteas de las casas de adobe, de tres 
pisos, las valerosas mujeres vigilaban de día, y Ios- 
hombres, con sus pesados mosquetes, montaban la 
guardia en las noches de invierno, para prevenirse con- 
tra el esperado ataque. Pero los pueblos quedaron so- 
bre las armas. Esperaban ver lo que Oñate haría con 
Acoma, antes de tomar medida alguna contra los ex- 
tranjeros. 

Oñate se encontró en un 'difícil dilema. No se ne- 
cesita saber ni la mitad de lo que sabía aquel español, 
ya encanecido y sosegado, acerca del carácter de los 
indios, para comprender que debía castigar sumaria- 
mente a los rebeldes por la matanza de sus hombres, o 
abandonar para siempre su colonia y Nuevo Méjico. 
Si semejante atropello quedase sin castigo, los osados 
Pueblos no dejarían con vida a ningún español. Por 
otra parte, ¿ cómo podía él llegar a conquistar aquella 
inexpugnable fortaleza de roca ? Tenía menos de dos- 
cientos hombres, y sólo podía destinar parte de éstos 
para la campaña, pues de lo contrario, los otros pue- 
blos, en su ausencia, se levantarían y aniquilarían a 
San Gabriel y sus habitantes. En Acoma había tres- 



HIO LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

-cientos guerreros bien contados, secundados, además, 
por no menos de cien navajos. 

Pero no existía otra alternativa. Cuanto más lo pen- 
saba y consultaba con sus oficiales, más claro veía que 
la única salvación estaba en tomar aquel Gibraltar de 
fueres, y resolvió llevar a cabo el proyecto. Oñate de- 
seaba dirigir en persona tan atrevida empresa ; pero 
había uno que tenía más derecho al desesperado honor 
que el capitán general, y ese era el olvidado héroe 
iVicente de Zaldívar, hermano del asesinado Juan. Era 
sargento maycr de aquel pequeño ejército, y cuando 
se presentó a Oñate y pidió que se le diese el mando 
de la expedición contra Acoma, no hubo medio de re- 
fiusarle. 

El 12 de enero de 1599, Vicente de Zaldívar salió 
<ie San Gabriel a la cabeza de setenta hombres. Sólo 
unos cuantos de ellos iban armados con los toscos mos- 
quetes de la época ; la mayoría no eran arcabuceros, 
sino piqueros, armados únicamente con lanzas y es- 
padas, y llevaban chaquetas acolchadas o mallas bati- 
das. Un pequeño pedrero, amarrado sobre el lomo de 
un caballo, era su única ((artillería». 

Silenciosa y denodadamente la pequeña fuerza em- 
prendió la ardua jornada. Todos conocían la inexpug- 
nable roca, y pocos acariciaban la esperanza de vol- 
ver de aquella misión desesperada ; pero a nadie se le 
ocurrió la idea de retroceder. La tarde del onceno día, 
la fatigada tropa pasó la última meseta y llegó a la 
vista de Acoma. Los indios, avisados por sus centi- 
nelas, estaban prontos a recibirla. Toda la población, 
con los aliados navajos, hallábase en armas en las 
azoteas y en los riscos estratégicos. Indígenas desnu- 
dos, pintados de negro, saltaban de grieta en grieta, 
aullando, desafiando y vomitando insultos contra los 
españoles. Los exorcistas, grotescamente disfrazados, 
estaban en pináculos prominentes, tocando sus tam- 
bores y lanzando maldiciones y exorcismos a los vien- 
tos, y todo el populacho se unía al coro de rugidos y 
amenazas. 

Zaldívar hizo alto con su pequeña partida al pie del 
risco, acercándose cuanto pudo hacerlo sin peligro. 



DEL SIGLO XVI 1 1 1 

El indispensable heraldo salió de las filas, y después 
de un toque de trompeta, procedió a leer a voz en cue- 
llo la formal intimación a rendirse en nombre del rey- 
fie España. Por tres veces vociferó aquella intimación ; 
pero cada vez apagaron su voz los gritos y aullidos 
de los enfurecidos indígenas, y una lluvia de piedras y 
flechas cayó en peligrosa proximidad. Zaldívar desea- 
ba conseguir la rendición de la plaza, pedir que se le 
entregasen los cabecillas de la matanza y llevárselos 
a San Gabriel, para que fueran oficialmente procesa- 
dos y castigados, sin causar daño a los demás habi- 
tantes de Acoma ; pero los indios, viéndose seguros 
en su natural fortaleza, se burlaban del misericordioso 
llamamiento. Era evidente la necesidad de tomar Aco- 
ma por asalto. Los españoles acamparon sobre la are- 
na, y haciendo lúgubres planes para el día siguiente, 
pasaron allí la noche, que hizo más horrenda la ba- 
raúnda de la monstruosa danza de guerra que celebra- 
ban los habitantes de la ciudad. 



¡112 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



IV 

EL ASALTO A LA EMPINADA CIUDAD 

/\ L romper el alba del día veintidós de enero, Zal- 
dívar dio la señal para el ataque, y el cuerpo 
principal de la fuerza española empezó a disparar sus 
pocos arcabuces y a intentar un asalto desesperado 
por el extremo norte de la gran roca, que era por allí 
absolutamente inexpugnable. Los indios, apiñados en 
el borde de los farallones, despedían una lluvia de pro- 
yectiles, y muchos de los españoles fueron heridos. 
Entre tanto, doce hombres escogidos, que durante la 
noche se habían ocultado debajo de la parte saliente 
del risco, el cual les protegía contra el fuego y la ob- 
servación de los indios, trepaban cautelosamente por 
debajo y alrededor del precipicio, arrastrando con cuer- 
das el pedrero. Algunos de aquellos doce hombres eran 
arcabuceros y, además del peso del ridículo cañón, 
llevaban sus pesados arcabuces y su tosca armadura, 
que no les ayudarían ciertamente a escalar alturas, 
cuyo ascenso sería difícil hasta para un atleta libre de 
trabas. Continuando su trabajosa tarea sin ser vistos, 
tirando uno de otro, y después del pedrero peñas arri- 
ba, llegaron por fin a la cumbre de un alto farallón, 
separado del gran risco de Acoma por un angosto pero 
terrible tajo. Al atardecer tenían ya el cañón apun- 
tando hacia la ciudad, y el retumbante disparo,-' cuan- 
do la bala de piedra fué lanzada sobre Acoma, fué la 
señal, para la tropa que estaba al extremo norte de 
la meseta, de que se había tomado la primera posición 
estratégica, a la vez que advirtió a los indios del pe- 
ligro que les amenazaba por otro lado. 



DEL SIGLO XVI ItJ 

Aquella noche, pequeños grupos de españoles tre- 
paron por ios grandes precipicios que cercan ese valle 
en forma de artesa por oriente y poniente ; talaron 
pequeños pinos, arrastrando con inmenso trabajo los 
troncos peñas abajo y a través del valle, para subirlos 
al farallón donde se habían situado los doce hombres 
con el pedrero. Una docena de hombres quedaron guar- 
dando los caballos al extremo norte de la meseta, y 
el resto de la fuerza se juntó a los doce arcabuceros, 
ocultándose en las grietas del farallón. Al otro lado 
de! tajo, los indios estaban tendidos en las hendeduras 
o detrás de las rocas, esperando el ataque. 

La madrugada del veintitrés, un piquete de hom- 
bres escogidos, a una señal, salieron corriendo de sus 
escondites con una toza cargada en hombros, y con 
una acertada maniobra la colocaron al otro extremo 
sobre el lado opuesto, por encima del abismo. Salie- 
ron corriendo los españoles y empezaron a desfilar, 
guardando el equilibrio, por aquel vertiginoso «puen- 
te», recibiendo una descarga de piedras y saetas. Ha- 
bían cruzado ya varios, cuando uno de ellos, en su 
excitación, cogió la cuerda que estaba amarrada a la 
toza y arrastró ésta detrás de él. 

Fué aquél un momento terrible. Eran menos de 
doce los españoles que así quedaron al borde de Ace- 
ma, separados de sus compañeros por un precipicio 
de centenares de pies de profundidad, y rodeados por 
enjambres de indios. Estos, saliendo de su refugio, 
cayeron al instante sobre ellos, rodeándolos. Mientras 
«1 soldado español podía mantener a los indios a dis- 
tancia, hasta sus toscas armas e ineficaz armadura le 
daban cierta ventaja ; pero, a tan corto alcance, aque- 
llos mismos arreos eran un impedimento fatal por su 
tosquedad y su peso. Parecía entonces como si fuese 
a repetirse la anterior matanza de Acoma, y los aisla- 
dos españoles fuesen a ser destrozados ; pero en aquel 
momento crítico, un hecho de increíble valor personal 
les salvó a ellos y a la causa de España en Nuevo Mé- 
jico. Un esbelto, inteligente y joven oficial, un estu- 
diante que era amigo particular y favorito de Oñate, 
«alió del grupo de los consternados españoles que $c 

8 



JI4 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

hallaban al otro lado del tajo, y que no se atrevían a 
disparar contra los enemigos para no herir a sus com- 
pañeros que estaban mezclados con ellos, y, corrien- 
do como un gamo, se fué hacia el precipicio. Al llegar 
al borde, encogió su ágil cuerpo, saltó al aire como 
un pájaro y salvó el abismo. Cogiendo en seguida la 
toza, con un esfuerzo desesperado la empujó hasta que 
sus compañeros pudieron agarrarla desde el otro bor- 
de, y por encima del restablecido puente pasaron los 
soldados españoles, salvando la situación. 

Empezó entonces una de las más tremendas luchas 
cuerpo a cuerpo que registra la historia de América» 
Peleando en proporción de uno contra diez ; mezcla- 
dos entre una turba de salvajes que daban alaridos y 
luchaban con el frenesí de la desesperación ; acuchi- 
llados con armas melladas ; aturdidos por los golpes 
de maza ; acribillados por las erizadas flechas ; agota- 
dos, exhaustos y cubiertos de sangre, Zaldívar y su 
puñado de héroes se abrieron camino, pulgada a pul- 
gada, paso a paso, usando sus mosquetes pesados 
como mazas ; hiriendo con sus chafarotes ; parando 
mortales golpes y arrancando las barbadas flechas de 
sus trémulas carnes. ¡ Iban avanzando, avanzando 
siempre ; lanzando valerosos el grito de guerra de San- 
tiago ; acorralando a su tenaz enemigo con valor toda- 
vía más tenaz ; hasta que al fin los indios, convenci- 
dos de que aquellos no eran enemigos humanos, huye- 
ron a refugiarse en sus casas semejantes a fortalezas, 
pudiendo así alentar los españoles I Otras tres veces 
se leyó la intimación a rendirse ante aquellas extra- 
fías viviendas de cerca de mil pies de largo cada una 
y que parecían tramos de una gigante escalinata la- 
brada en una sola roca. Aun entonces deseaba Zaldí- 
var evitar más derramamiento de sangre y pidió que 
sólo le entregasen, para castigarlos, los asesinos de su 
hermano y de sus compatriotas. Todos los demás que 
se rindiesen y se hiciesen subditos del «Rey, nuestro 
Señor», serían bien tratados. Pero los tercos indios, 
como lobos heridos en su madriguera, se mantuvieron 
parapetados en sus casas y rehusaron toda proposi- 
ción de paz. 



DEL SIGLO XVI {U^ 

El risco fué tomado ; pero quedaba aún la ciudad. 
Cada pueblo de los indios era una verdadera fortale- 
za, y Zaldívar tuvo que atacar a Acoma casa por casa,- 
habitación por habitación. El pequeño pedrero fué co- 
locado enfrente de la primera fila de casas, y pronto 
empezó a hacer disparos con alguna lentitud. Al de- 
rrumbarse las paredes de adobe bajo el constante ca- 
ñoneo de las balas de piedra, sólo formaban grandes 
barricadas de tierra que ni siquiera podría atravesar 
nuestra moderna artillería, y cada casa tenía que to- 
marse separadamente a punta de espada. Algunas de 
las casas derruidas se incendiaban con la lumbre de sus 
fogones, y no tardó en cubrir la ciudad un humo asfi- 
xiante, del cual salían los gritos de las mujeres y de 
los niños y los provocadores alaridos de los guerreros. 
El humanitario Zaldívar hizo cuanto pudo para salvar 
a las mujeres y a los niños, con gran peligro de sí 
mismo ; pero muchos perecieron bajo las paredes de- 
rrumbadas de sus propias casas. 

El terrible asalto duró hasta el mediodía del vein- 
ticuatro de enero. De vez en cuando partidas de gue- 
rreros realizaban salidas, tratando de abrirse paso por 
entre las filas de españoles. Muchos, en su desespera- 
ción, se lanzaron desde lo alto del risco, pereciendo es- 
trellados al pie del mismo. Sólo dos indios de los que 
dieron tan pasmoso salto sobrevivieron, tan milagro- 
samente como los cuatro españoles de la primera ma- 
tanza, y también como ellos lograron salvarse. 

Por fin, al mediodía del tercero, los viejos salie- 
ron pidiendo clemencia, y ésta les fué concedida en el 
acto. En el momento en que se rindieron, se olvidó su 
rebeldía y se perdonó su traición. Ya no hubo necesi- 
dad de más castigo. Los cabecillas que causaron la; 
muerte del hermano de Zaldívar habían muerto, como 
también casi todos sus aliados navajos. Fué aquella la 
lucha más sangrienta que se ha conocido en Nuevo 
Méjico. En aquellos tres días de combate tuvieron los 
indios quinientos muertos y muchos heridos, y de los 
españoles supervivientes, no hubo uno que no queda- 
se para toda la vida con horrendas cicatrices como re- 
cuerdos de Acoma. Quedó la ciudad tan destrozada 



fll6 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

que tuvo que construirse de nuevo, y el infinito tra- 
bajo con que los pacientes indios habían subido a lo 
alto del risco sobre sus espaldas todas las piedras y 
la madera y la arcilla necesarias para construir una 
ciudad de casas de varios pisos, para cerca de mil 
almas, tenía que repetirse. También sus cosechas y 
todas las provisiones que tenían almacenadas, en obs- 
curos aposentos de aquellas casas con terrados, habían 
quedado destruidas y era necesario reponerlas. En 
verdad que «los de arriba» habían enviado un terrible 
castigo a aquel pueblo por su traición a Juan de Zal- 
dívar. 

Cuando sus hombres se hubieron recuperado lo 
bastante de sus heridas, Vicente de Zaldívar, héroe del 
asalto más prodigioso que refiere la historia, regresó 
victoriosamente a San Gabriel de los Españoles, lle- 
vando consigo ochenta muchachas de Acoma, que en- 
vió a las monjas de Méjico para que las educasen. 
I Qué gritería debió de armarse en las murallas de la 
pequeña colonia cuando sus ansiosos atalayas vieron 
por fin su pequeño ejército de guerreros, pálidos y 
cubiertos de andrajos, regresar lentamente a sus ho- 
gares, caminando sobre la nieve y montados en flacos 
jamelgos ! 

Los demás pueblos, que habían estado en acecho 
como los gatos, escondiendo las uñas, pero con todos 
sus miísculos prontos a saltar quedaron paralizados 
de espanto. Esperaban ver a los españoles derrotados, 
ya que no aplastados, en Acoma, y entonces un rápi- 
do levantamiento de todas las tribus hubiera acabado 
con todos los invasores. Pero había sucedido lo impo- 
sible. ; Ahko, la orgullosa ciudad encumbrada de los 
Queres ! ¡ Ahko, la rodeada de riscos, la inexpugnable, 
había caído en poder de los pálidos extranjeros ! Sus 
bravos guerreros habían perecido ; sus fuertes casas 
eran un montón de humeantes ruinas ; su riqueza se 
había perdido ; su pueblo estaba casi borrado de la 
faz de la tierra ! ¿ Cómo luchar contra «hombres tan 
poderosos», contra aquellos extraños brujos a quienes 
debían proteger «los de arriba», pues de otro modo 
no podrían hacer tan sobrehumanas proezas? Relaja- 



DEL SIGLO XVI 1 1 7 

dos SUS encogidos nervios, el gran gato empezó a run- 
runear como si nunca hubiese soñado en coger rato- 
nes. Ya no se pensó más en rebelarse contra los es- 
pañoles, y los indios hasta se esforzaron en aquistarse 
el favor de aquellos terribles extranjeros. Le llevaron 
a Oñate la noticia del asalto de Acoma algunos días 
antes de que Zaldívar y sus héroes regresasen a la pe- 
queña colonia, y fueron asaz villanos para entregarle 
dos indios Queres que, huyendo de aquel espantoso 
combate, se habían refugiado entre ellos. En adelante, 
los pueblos no dieron ya que hacer al gobernador 
Oñate. 

Pero los de Acoma no parecieron tomar la lección 
tan a pecho como los otros. Quedaron demasiado des- 
trozados y quebrantados para pensar en otra guerra 
con sus invencibles enemigos ; no obstante, mostra- 
ron una implacable hostilidad a los españoles por es- 
pacio de treinta años, hasta que fué la ciudad conquis- 
tada de nuevo mediante una heroicidad tan brillante 
como la de Zaldívar, aunque de muy distinta manera. 

En 1629, Fray Juan Ramírez, «el apóstol de Aco- 
ma», salió solo de Santa Fe para fundar una misión 
en la encumbrada ciudad de feroces bárbaros. Se le 
ofreció una escolta de soldados, pero él la rehusó y 
salió a pie, enteramente solo y sin más armas que su 
crucifijo. Recorriendo con dificultad su penoso y arries- 
gado camino, llegó al cabo de muchos días al pie de 
la gran «isla» de roca, y empezó el ascenso. En cuan- 
to los indios vieron a una persona extraña, y de la 
gente que ellos aborrecían, corrieron hasta el borde 
del risco y le lanzaron una lluvia de flechas, algunas 
de las cuales atravesaron sus hábitos. En aquel mo- 
mento, una niña de Acoma, que estaba en el mismo 
borde de la ingente roca, se asustó al ver la saña de 
su gente y, perdiendo el equilibrio, se despeñó al pre- 
cipicio. Pero quiso la Providencia que sólo cayese unas 
cuantas yardas sobre un reborde arenoso cerca de don- 
de estaba Fray Juan, y donde no podían verlos los in- 
dios, quienes supusieron que había caído hasta la sima. 
Fray Juan se acercó a recogerla y la llevó sana y salva 
hasta arriba, y al ver este aparente milagro, los sal- 



ill8 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

yajes quedaron desarmados y lo recibieron como a' 
un mago. El buen hombre vivió solo en Acoma más 
de veinte años, amado por los naturales como un pa- 
dre, y enseñando a sus atezados conversos con tanto 
éxito, que con el tiempo muchos de ellos sabían el ca- 
tecismo y podían leer y escribir en español. Además, 
bajo su dirección y con muchísimo trabajo, construye- 
ron una gran iglesia. Cuando murió, en 1664, los aco- 
mas, que habían sido los indios más feroces, llegaron 
a ser los más dóciles de Nuevo Méjico y los más ade- 
lantados en civilización. Pero pocos años después de 
su muerte, ocurrió el levantamiento de todos los pue- 
blos, y durante las largas y desastrosas guerras que 
se siguieron, fué destruida la iglesia y desaparecie- 
ron, en gran parte, los frutos del trabajo del valiente 
Fray Juan. En aquella rebelión. Fray Lucas Maldo- 
nado, que era entonces misionero en Acoma, fué ase- 
sinado por su rebaño el diez o el once de agosto de 
1680. En noviembre de 1692, Acoma se rindió volun- 
tariamente al reconquistador de Nuevo Méjico, Diego 
de X'^argas. Al cabo de pocos años, sin embargo, se 
rebeló de nuevo, y en agosto de 1696, Vargas marchó 
contra la ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmen- 
te los pueblos fueron viviendo en paz con los huma- 
nitarios conquistadores y llegaron a merecer la bene- 
volencia con que constantemente se les trataba. La 
misión fué restablecida en Acoma por el año 1700, y 
allí se eleva hoy una enorme iglesia, que es una de 
las más interesantes del mundo, dados el infinito tra- 
bajo y la paciencia con que fué construida. La última 
tentativa de levantamiento de los indios Pueblos ocu- 
rrió en 1728 ; pero en ella no tomó parte Acoma. 

La curiosa escalera de piedra por la que Fray Juan 
Ramírez subió la primera vez a su peligrosa parroquia 
bajo una lluvia de flechas, todavía la usan los habitan- 
tes de Acoma, quienes le han dado el nombre del «ca- 
mino del Padre». 



DEL SIGLO XVI 1^9 



V 

EL SOLDADO POETA 

IJero retrocedamos un poco. El joven oficial que 
dio aquel soberbio salto sobre el tajo de Acoma, 
que repuso la toza para hacer puente y salvó de este 
modo la vida a sus camaradas, e indirectamente a to- 
dos los españoles de Nuevo Méjico, fué el capitán Gas- 
par Pérez de Villagrán. Era muy culto, había obte- 
nido el grado de bachiller en una Universidad espa- 
ñola, era joven, ambicioso, valiente y un verdadero 
atleta. Fué un héroe entre los héroes del Nuevo Mun- 
do, y un cronista a quien mucho debe la historia. Los 
seis ejemplares existentes del pequeño y grueso vo- 
lumen en pergamino que contiene su histórico poema 
de treinta y cuatro heroicos cantos, valen cada uno de 
ellos muchas veces su peso en oro. ¡ Lástima grande 
que no haya habido un Villagrán para cada una de 
las campañas de los exploradores de América, que nos 
diese más detalles de aquellos sobrehumanos peligros y 
sufrimientos, pues la mayoría de los cronistas de la 
época tratan de esos episodios tan brevemente como 
describiríamos nosotros un paseo de Nueva York a 
Brooklyn I 

El salto del tajo no fué la única parte que tomó el 
capitán Villagrán en el sangriento combate de Acoma, 
en el invierno de 1598-99. Estuvo a punto de ser víc- 
tima de la primera matanza, en la que Juan de Zaldí- 
var y sus hombres perecieron, y se escapó de aquel lan- 
ce sólo para sufrir penalidades tan terribles como la 
muerte. 



11 20 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

En el otoño ae 159^^, cuatro soldados desertaron def 
pequeño ejército de Oñate en San Gabriel y el gober« 
nador envió a Villagrán con tres o cuatro soldados para 
arrestarlos. No sabemos lo que diría hoy un sheriff si 
le mandasen perseguir a cuatro malhechores en un 
recorrido de mil millas por un desierto como aquél y 
con una fuerza tan pequeña. Pero el capitán Villagrán 
siguió la pista de los desertores, y después de perse- 
guirlos por más de novecientas millas, les alcanzó al 
sur de Chihuahua (Méjico). Los desertores hicieron 
una feroz resistencia. Dos fueron muertos por los sol- 
dados y dos se escaparon. Villagrán dejó allí su pe- 
queña fuerza y desanduvo solo las peligrosas novecien- 
tas millas. Llegado al pueblo de Puaray, en la mar- 
gen occidental del Río Grande, frente a Bernalillo, 
supo que su jefe Oñate acababa de marchar hacia el 
oeste, en su peligroso viaje a Moqui, el cual ya he- 
mos descrito. Villagrán se volvió en el acto hacia el 
oeste saliendo solo para seguir y alcanzar a sus com- 
patriotas. La pista era fácil de seguir, porque los es- 
pañoles tenían los únicos caballos que había en lo que 
es hoy los Estados Unidos ; pero aquel solitario ca- 
minante que la iba rastreando, se vio continuamente 
rodeado de peligros y sufrimientos. Llegó a la vista de 
Acoma justamente después de la matanza de Juan de 
Zaldívar y del tremendo salto de los cinco españoles. 
Los supervivientes ya se habían alejado de aquel sitio- 
fatal, y cuando los habitantes vieron a un español que 
se acercaba solo, bajaron de su cindadela roqueña para 
rodearle y darle muerte. Villagrán no tenía armas de 
fuego, sino únicamente su espada, una daga y un escu- 
do. Aun cuando ignoraba los terribles sucesos que aca- 
baban de ocurrir, le inspiró recelos la manera como los 
salvajes trataban de envolverle, y aun cuando su ca- 
ballo renqueaba por efecto de su larga jornada, lo 
espoleó para ponerlo al galope y luchó, abriéndose 
paso por entre el círculo que iban estrechando los in- 
dios. Continuó su fuga hasta muy entrada la noche, 
describiendo un largo circuito, para no acercarse a la 
ciudad, y al fin descendió, exhausto, de su también 
exhausto caballo, y se tendió a descansar sobre la dura 



DKL SIGLO XVI I2J¡ 

tierra. Cuando despertó caía una gran nevada, y se- 
encontró medio sepultado bajo la fría y blanca nieve. 
Montando de nuevo, avanzó en la obscuridad para ale- 
jarse todo lo posible de Acoma, antes de que lo de- 
nunciase la luz del día. De repente, caballo y jinete 
cayeron en un hondo pozo que los indios habían abier- 
to para que sirviese de trampa, cubriéndolo con rama». 
y tierra. En la caída se mató el pobre caballo, y Vi- 
nagran quedó maltrecho y aturdido. Por fin logró 
salir del pozo, con gran contento de su fiel perro, que 
estaba sentado aullando y tiritando al borde de aquél. 
El soldado poeta habla muy tiernamente de aquel mu- 
do compañero de su larga y peligrosa jornada, y es 
evidente que lo quería con un cariño que sólo un hom- 
bre valiente puede profesar y un fiel perro merecer. 
Emprendiendo de nuevo la marcha a pie, pronto^ 
perdió Villagrán el camino en aquel desierto sin hue- 
llas ni veredas. Durante cuatro días y cuatro noches 
anduvo errante, sin un bocado que comer y sin una 
gota de agua, pues ya se había derretido la nieve. Mu- 
chos hombres han hecho más largos ayunos entre 
iguales sufrimientos ; pero sólo los que han experi- 
mentado sed en tierras áridas, pueden tener una re- 
mota idea de lo que significa vivir noventa y seis ho- 
ras sin agua. Dos días de aquella sed suele ser fatal a 
muchos hombres fuertes, y es poco menos que mila- 
groso que Villagrán pudiese resistirla cuatro días. Por 
fin, casi muriendo de sed, con la lengua seca e hin- 
chada, y dura y áspera como una lima, saliéndole fue- 
ra de los dientes, se vio en la triste necesidad de matar 
a su fiel perro, lo cual hizo con lágrimas de varonil 
remordimiento. Llamando al pobre animal hacia sí, 
lo despachó con su espada y ansiosamente apuró la 
sangre caliente. Esto le dio fuerzas para arrastrarse un 
poco más, y cuando ya iba a dejarse caer sobre la are- 
na para morir, divisó un pequeño hoyo en una gran 
roca, a poca distancia. Arrastrándose débilmente has- 
ta llegar allí, descubrió con júbilo que había quedado 
en la cavidad un poco de agua de nieve. Esparcidos 
alrededor había unos cuantos granos de maíz, que le 



BÍ22 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

parecieron llovidos del cielo, y los devoró famélica- 
mente. 

Había abandonado ya toda esperanza de alcanzar 
á su jefe, y decidió retroceder y andar las terribles dos- 
cientas millas que le separaban de San Gabriel. Pero 
ya no podía su cuerpo obedecer por más tiempo a su 
heroico espíritu, y hubiera perecido miserablemente 
junto al pequeño tanque de la roca, a no ser por una 
extraña casualidad. 

Mientras estaba allí tendido, sin ánimo y sin fuer- 
zas, oyó súbitamente voces que se acercaban. Supuso 
que los indios habían rastreado su pista, y se dio por 
perdido, porque se sentía demasiado débil para luchar. 
Pero al fin llegaron a su oído acentos españoles, y 
aun cuando eran voces ásperas y broncas de soldados, 
con toda seguridad debieron de parecerle los sonidos 
más dulces del mundo. Sucedió que la noche anterior, 
algunos de los caballos del campamento de Oñate se 
habían extraviado, y un pelotón de soldados salió en 
busca de ellos. Siguiendo sus huellas, llegaron cerca 
del sitio donde el capitán Villagrán se hallaba tendido. 
Por fortuna le vieron, pues él no podía ni gritar ni 
correr tras ellos. Con sumo cuidado levantaron al ofi- 
cial herido y lo llevaron al campamento, y allí, con los 
solícitos cuidados de hombres barbudos, recuperó len- 
tamente sus fuerzas y con el tiempo volvió a ser el 
osado atleta de otros tiempos. Acompañó a Oñate en 
su larga marcha por el desierto, y pocos meses des- 
pués estuvo presente en el asalto de Acoma y realizó 
la pasmosa proeza que se cita como una de las heroi- 
cidades más notables en la historia del Nuevo Mundo. 



DIL SIGLO XVI ia3 



VI 

LOS MISIONEROS EXPLORADORES 

TJ RETENDER narrar la historia de la exploración es- 
■^ pañola de las Américas sin dedicar especial aten- 
ción a los misioneros exploradores, sería hacerles poca 
justicia y dejar incompleta la historia. En esto, aun 
más que en otras fases, la conquista fué ejemplar. El 
español no tan sólo descubrió y conquistó, sino que, 
además, convirtió. Su celo religioso no le iba en zaga 
a su valor. Como ha sucedido con todas las naciones 
que han entrado en nuevas tierras, y como sucedió con 
nosotros mismos en la que ocupamos, su primer paso 
tuvo que ser la sujeción de los naturales que se le opo- 
nían. Pero no bien hubo castigado a esos feroces in- 
dios, empezó a tratarlos con grande y noble clemencia, 
que aun hoy no se prodiga y que en aquella cruel épo- 
ca del mundo era casi desconocida. Nunca dejó sin 
hogar a los atezados indígenas de América ni los fué 
arrollando, ni acorralando delante de él, sino que, por 
el contrario, les protegió y aseguró por medio de leyes 
especiales la tranquila posesión de sus tierras para 
siempre. Debido a las generosas y firmes leyes dicta- 
das por España hace tres siglos, nuestros indios más 
interesantes e interesados, los ((Pueblos» gozan hoy 
completa seguridad en sus posesiones, mientras que 
casi todos los demás (que nunca estuvieron enteramente 
bajo el dominio de España), han sido de vez en cuan- 
do arrojados de Jas tierras que nuestro gobierno so- 
lemnemente les había concedido. 

Esa era la ventaja de un régimen de Indias que 
no obedecía a la política, sino a los invariables prin- 



lI24 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

cipios de humanidad. Primero se exigía al indio que 
fuese obediente a su nuevo gobierno. No se le podía 
enseñar la obediencia a todas las cosas de una vez ; 
pero debía al menos abstenerse de matar a sus nuevos 
vecinos. Tan pronto como aprendía esta lección, se le 
protegía en sus derechos sobre su hogar, su familia y 
sus bienes. Entonces, y tan rápidamente como podían 
hacer esa vasta labor el ejército de misioneros que 
dedicaban su vida a esa peligrosa tarea, se le educa- 
ba en los deberes de ciudadanía y de la religión cris- 
tiana. Es casi imposible para nosotros, en estos pací- 
ficos tiempos, comprender lo que significaba conver- 
tir entonces medio mundo de indios. En nuestra parte 
de Norteamérica nunca ha habido tribus tan terribles 
como encontraron los españoles en Méjico y en otras 
tierras más al sur. Nunca pueblo alguno llevó a caba 
en ninguna parte tan estupenda labor como la que 
realizaron en América los misioneros españoles. Para 
empezar a comprender las dificultades de aquella con- 
versión, debemos primero leer una horripilante págU 
na de la historia. 

Muchos indios y pueblos salvajes profesan reli- 
giones tan distintas de la nuestra como son sus orga- 
nizaciones sociales. Pocas tribus hay que sueñen coa 
un Ser Supremo. La mayoría de ellos adora muchos 
dioses ; dioses cuyos atributos son muy parecidos a 
los del mismo adorador ; dioses tan ignorantes y crue- 
les y traidores como él. Es una cosa horrenda estu- 
diar esas religiones, y ver qué cualidades tan tene- 
brosas y repulsivas puede deificar la ignorancia. Los 
despiadados dioses de la India que se supone que se 
deleitan aplastando a miles de sus fieles bajo las rue- 
das del carro Juggernaut, y con el sacrificio de niños 
al Ganges y de jóvenes viudas a la hoguera, son bue- 
na muestra de lo que puede creer una mente desca- 
rriada. Pues bien ; los horrores de la India tenían su 
paralelo en América. Las religiones de nuestros in- 
dios del norte tenían muchos ritos sorprendentes y te- 
rribles ; pero eran inocentes y civilizados si se compa- 
ran con los monstruosos que se observaban en Mé- 
jico y la América del Sur. Para comprender algo de lo 



DEL SIGLO XVI 1 25 

que tuvieron que combatir los misioneros españoles en 
América, aparte del peligro común a todos, echemos 
una. ojeada al estado de cosas en Méjico cuando ellos 
llegaron. 

Los Naturales, o Aztecas, y otras tribus indias pa- 
recidas del antiguo Méjico, observaban el credo paga- 
no general a todos los indios de América, con algunos 
horrores que ellos le añadían. Estaban en un constan- 
te y ciego terror de sus innumerables dioses salvajes, 
pues para ellos todo lo que no podían ver y enten- 
der, y casi todo lo que veían y entendían, era una 
deidad. Lo que no podían concebir era un dios que 
les inspirase amor : debía ser siempre algo que les 
inspirase miedo ; pero un miedo mortal. Todo su ob- 
jeto en la vida era esquivar los crueles golpes de una 
mano invisible ; era aplacar algún dios terrible que no 
podía amar, pero a quien se podía sobornar para que 
no causase daño. No podían imaginar una verdade- 
ra creación, ni que pudiese haber algo sin tener pa- 
dre ni madre : las estrellas y las piedras y los vientos 
y los dioses tenían que nacer lo mismo que los hom- 
bres. Su «cielo», si ellos hubiesen podido entender lo 
que significa esta palabra, estaba atestado de dioses, 
cada uno tan individual y personal como nosotras ; con 
más poder que nosotros, pero con las mismas debili- 
dades y pasiones y pecados. En realidad, habían in- 
ventado y arreglado los dioses según su propia forma 
salvaje, dándoles los poderes que deseaban para sf 
mismos ; pero eran incapaces de atribuirles virtudes 
que no podían comprender. Así también, para juzgar 
lo que podría agradar a sus dioses, se guiaban por lo 
que a ellos les placía. Tomar cruenta venganza de sus 
enemigos ; robar y matar, o recibir tributo para dejar 
de robar y de matar ; vestirse ricamente y comer bien ; 
estas y otras cosas parecidas, que ellos consideraban 
como las más altas ambiciones personales, creían que 
de igual modo agradarían a «los de arriba». Y así con- 
sagraban la mayor parte de su tiempo y de Su afán 
•en sobornar a esos extraños dioses, que les causaban 
•más terror que los indígenas vecinos. 

Su idea de un dios la expresaban gráficamente en 



,126 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

los grandes ídolos de piedra que antes abundaban eít 
Méjico, y algunos de los cuales se conservan todavía 
en los museos. Son, por lo general, de tamaño heroi- 
co, y están labrados con mucho esmero en piedra su- 
mamente dura, pero sus cuerpos y sus caras son inde- 
ciblemente horribles. Un ídolo como el del grotesca 
Huitzilopochtli era una cosa tan espantosa como no 
pudo jamás inventarla el ingenio humano ; y la mis- 
ma repulsiva fealdad se ve en todos los ídolos meji- 
canos. 

Se atendía a estos ídolos con un cuidado sumamen- 
te servil, y se les vestía con los ornamentos más cos- 
tosos que podía procurarse la riqueza de los indios. 
Sobre esas grandes pesadillas de piedra se colgaban 
con profusión largos collares de turquesas, que era Id 
joya más preciada de los aborígenes americanos, y pre- 
ciosos mantos de brillantes plumas de pájaros tropica- 
les y conchas de iridiscentes colores. Millares de hom- 
bres dedicaban su vida a cuidar de esas mudas deida- 
des, y se humillaban y atormentaban de un modo in- 
decible para agradarles. 

Pero ni los regalos ni los cuidados eran bastantes. 
De un dios como esos había que temer también que 
traicionase a los amigos. Había que llevar más lejos 
el soborno. Todo lo que al indio le parecía valioso lo 
ofrecía a su dios para tenerle propicio, y como la vida 
humana era la cosa de más valor a los ojos del indio, 
esa era su ofrenda más importante, y llegó a ser la 
más frecuente. Un indio no consideraba un crimen el 
sacrificar una vida para agradar a uno de sus dioses. 
No tenía idea de recompensa o castigo después de la 
muerte, y llegó a considerar el sacrificio humano coma 
una institución legítima, moral y hasta divina. Con el 
tiempo llegaron a consumarse casi a diario esos sacri- 
ficios en cada uno de los numerosos templos. Era la 
forma más estimada del culto : era tan grande su im- 
portancia, que los oficiales o sacerdotes tenían que pa- 
sar por un aprendizaje más oneroso que cualquier mi- 
nistro de la religión cristiana. Sólo podían llegar a 
oc/jpar ese puesto prometiendo y manteniendo una in- 



DEL SIGLO XVI 1 27 

cesante y terrible práctica de privaciones y mutila- 
ciones de su cuerpo. 

Se ofrecían vidas humanas no tan sólo a uno o 
dos de los ídolos principales de cada comunidad, sino 
que cada población tenía, además, fetiches menores, a 
los que se hacía esta clase de sacrificios en determina- 
das ocasiones. Tan arraigada estaba la costumbre del 
sacrificio, y se consideraba tan corriente, que cuando 
Cortés llegó a Cempohual, los indígenas no concibie- 
ron otro modo de recibirle con bastantes honores, y 
muy cordialmente propusieron ofrendarle sacrificios 
humanos. Excusado es decir que Cortés rehusó con 
energía esa muestra de hospitalidad. 

Esos ritos se verificaban casi siempre en los teo- 
calis, o montículos para sacrificios, de los cuales ha- 
bía uno o más en cada población india. Eran grandes 
montones artificiales de tierra en forma de pirámides 
truncadas y recubiertos de piedra. Tenían de cincuen- 
ta a doscientos pies de altura, y algunas veces varios 
centenares de pies cuadrados en su base. En la parte 
superior de la pirámide había una pequeña torre, que 
era la obscura capilla donde se encerraba el ídolo. La 
grotesca faz de la pétrea deidad miraba una piedra 
cilindrica que tenía una cavidad en forma de tazón en 
la parte superior, y era el altar o piedra del sacrificio. 
Esa piedra era usualmente labrada, algunas veces con 
muchos detalles y esmerada mano de obra. El famoso 
«calendario azteca de piedra» que se halla en el museo 
nacional de Méjico y que en un tiempo dio pie a tan 
extrañas conjeturas, es meramente uno de esos altares 
para sacrificios, de época anterior a Cristóbal Colón. 
Es un ejemplar notabilísimo de piedra labrada por los 
indios. 

El ídolo, las paredes interiores del templo, el piso y 
el altar estaban siempre humedecidos con el fluido más 
precioso de la tierra. En el tazón ardían en rescoldo 
corazones humanos. Magos vestidos de negro, con 
sus rostros también ennegrecidos y con círculos blan- 
cos pintados alrededor de los ojos y de la boca, con 
los cabellos empapados en sangre, con las caras cor- 
tadas por incesantes mortificaciones, iban continua- 



128 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

mente de un lado para otro, vigilando de día y de no- 
che, siempre listos para las víctimas que aquella ho- 
xrenda superstición llevaba al altar. Solían elegirse 
las víctimas de entre los prisioneros de guerra y los 
esclavos que, como tributo, cedían las tribus conquis- 
tadas ; y el contingente era enorme. A veces en un día 
señalado se sacrificaban quinientas víctimas en un 
solo altar. Se les extendía desnudos sobre la piedra de 
sacrificios y se les descuartizaba de una manera de- 
masiado horrible para describirla aquí. Sus corazo- 
nes palpitantes se ofrendaban al ídolo, y después se 
arrojaban al gran tazón de piedra, mientras que los 
cuerpos eran lanzados a puntapiés, escaleras abajo, 
hasta que iban a parar al pie de la pirámide, donde 
«ran arrebatados por una ávida muchedumbre. Los me- 
jicanos no eran ordinariamente tan caníbales, ni gus- 
taban de serlo, pero devoraban aquellos cuerpos como 
parte de su repulsiva religión. 

Repugna entrar en más detalles acerca de esos ri- 
tos : bastante queda dicho para dar una idea de la ba- 
rrera moral que encontraron los misioneros españoles 
cuando fueron a enseñar a tan sanguinarios indígenas 
un evangelio que predica el amor y la universal fra- 
ternidad de los hombres. Semejante credo era tan in- 
comprensible para los indios, como lo sería para nos- 
otros el decirnos que lo negro es blanco : la lucha para 
hacérselo comprender fué una de las más enormes y, 
al parecer, imposibles que ha emprendido maestro al- 
guno. Antes de que los misioneros pudiesen lograr que 
los indios escuchasen siquiera el catecismo, y mucho 
menos entenderlo, tenían que dedicarse a la peligrosa 
tarea de probar lo falso que era su paganismo. El in- 
dio creía absolutamente en el poder de su sangriento 
dios de piedra. Estaba seguro de que si abandonaba su 
ídolo, le castigaría y destruiría, y por consiguiente no 
quería creer nada contrario a su religión. El misione- 
ro no solamente tenía que decirle : «Tu ídolo es im- 
potente ; no puede hacer daño a nadie ; no es más que 
^na piedra, y si lo pateas no puede castigarte», sino 
que además Jiabía de probarlo. Ningún indio era tan 
temerario que quisiese hacer el experimento, y el nue- 



DEL SIGLO XVI 129 

vo maestro tenía que demostrarlo él mismo. Por su- 
puesto que ni siquiera podía hacer esto al principio, 
porque si hubiese empezado su labor catequista mal- 
tratando a uno de aquellos grotescos dioses de pórfido, 
los ((Sacerdotes» de éste lo hubieran asesinado en el 
acto. Pero, cuando los indios vieron al fin que ningún 
poder sobrenatural aplastaba al misionero por hablar 
mal de sus dioses, ya se había dado el primer paso. 
Gradualmente pudo después tocar el ídolo, y vieron 
que también quedaba ileso. Por último derrumbó y 
rompió las crueles imágenes, y los atónitos y aterro- 
rizados devotos empezaron a dudar y a despreciar las 
cobardes deidades a quienes habían servido de escla- 
vos, y a las que un extraño podía insultar y maltratar 
impunemente. Sólo empleando esta ruda lógica, que 
era la que los envilecidos indios podían entender, los 
misioneros españoles lograron probarles que el sacri- 
ficio humano era un error de los hombres y no la vo- 
luntad de (dos de arriba». Fué un maravilloso adelanto 
el extirpar ésta, que era la peor práctica de la religión 
de los indios, la cual había arraigado a través de varios 
siglos de constante observancia. Pero los apóstoles 
españoles estaban a la altura de su misión, y la infi- 
nita fe y el celo y paciencia con que finalmente abo- 
lieron el sacrificio humano en Méjico, llevó gradual- 
mente, paso a paso, a la conversión de los indígenas 
de un continente v medio al Cristianismo. 



IJO LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



VII 

LOS FUNDADORES DE IGLESIAS 
EN NUEVO MÉJICO 

LJara dar siquiera un bosquejo de la obra realizada 
por los misioneros españoles en ambas Américas 
se necesitaría llenar varios volúmenes. Lo más que 
podemos hacer aquí es tomar como muestra una hoja 
<Íe tan fascinador como formidable relato, y para ello 
describiré brevemente lo que se hizo en una región 
que nos es particularmente interesante : la provin- 
cia de Nuevo Méjico. Hubo muchas otras comarcas 
en que fué preciso vencer todavía mayores obstácu- 
los, en que perdieron la vida, sin quejarse, muchos 
más mártires y en que lucharon desesperadamente más 
generaciones ; pero lo mejor será tomar un modesto 
ejemplo, especialmente uno que tanta relación tiene 
con nuestra historia nacional. 

Nuevo Méjico y Arizona, verdaderos países de ma- 
ravillas de los Estados Unidos, fueron descubiertos, 
como es sabido, en 1539, por aquel misionero español 
a quien todos los jóvenes americanos debieran recor- 
dar con veneración : Fray Marcos de Nizza. Hemos 
bosquejado también, las proezas de Fray Ramírez, Fray 
Padilla y otros misioneros en aquella inhospitalaria 
tierra, y se habrá podido formar idea de las penalida- 
des que eran comunes a todos sus cofrades ; porque las 
tremendas jornadas, la abnegación en la soledad, el 
amoroso celo y muy a menudo la muerte cruel de esos 
bombes, no eran excepciones, sino ejemplos corrien- 
tes de lo qv.¿ tenía que esperar un apóstol en, el sudoeste. 



t)EL SIGLO XVI 13 í 

Én todas partes ha habido misioneros cuyos rebá^ 
ños fueron tan desagradecidos y crueles ; pero pocos 
o ninguno que se hallasen en regiones tan apartadas e 
inaccesibles. Nuevo Méjico fué por espacio de tres- 
cientos cincuenta años, y lo es aún hoy día, en su ma-i 
yor parte un, páramo, salpicado de unos pocos peque-* 
ños oasis. A la gente de los Estados del Este, un de- 
sierto les parece que ha de estar sumamente lejos ; pero 
en nuestra región del Sudoeste hay en la actualidad 
cientos de miles de millas cuadradas donde el viajero 
fácilmente muere de sed y donde todos los años hay 
infelices víctimas de ese horrendo martirio. Aun ahora; 
pueden hallarse penalidades y peligros en Nuevo Mé- 
jico ; pero hubo un tiempo en que fué uno de los más 
crueles desiertos imaginables. Apenas han transcurri- 
do diez años desde que se puso fin a las guerras y las 
hostilidades de los indios, que duraron sin cesar por 
más de tres siglos. Cuando el colono o el misionero 
español saha de Nueva España para atravesar un de- 
sierto de mil millas y sin caminos, con rumbo a Nuevo 
Méjico, su vida se hallaba en constante riesgo, y no 
pasaba un día en que no se hallase en peligro en aque- 
lla provincia salvaje. Si conseguía no morir de sed o 
de hambre durante el camino ; si no perecía a manos 
de los despiadados apaches, se instalaba en el vasto 
erial, tan lejos de cualquier otro hogar de gente blanca) 
como Chicago lo está de Boston. Si era misionero, 
se quedaba, por regla general, solo con un rebaño de 
centenares de crueles indios ; si era soldado o labrador, 
tenía de doscientos a mil quinientos amigos en una su- 
perficie tan extensa como Nueva Inglaterra, Nueva 
York, Pensilvania y Ohío juntos, en medio de cien 
mil cobrizos enemigos, cuyos gritos de guerra era pro- 
bable que oyese a cada momento, sin llegar nunca a 
olvidarlos. Vino pobre y pudo hacerse rico en aquel 
árido suelo. Aun al principio del siglo xix, cuando 
alguien empezó a tener grandes rebaños de carneros, 
con frecuencia quedaban sin una res por una incursión 
nocturna de apaches o de navajos. 

Esa era la situación de Nuevo Méjico cuando llega- 
ron los misioneros, y así poco más o menos se mantu- 



132 

vo por más de trescientos años. Si el hombre más ilus- 
trado y optimista del Viejo Mundo hubiese podido ver 
con los ojos de la inteligencia aquella tierra infecunda, 
nunca hubiera podido soñar que no tardaría aquel de- 
sierto en verse poblado de iglesias, pero no de peque- 
ñas capillas de troncos o de adobe, sino de edificios 
de piedra de sillería, cuyas ruinas se ven hoy y son las 
más imponentes de Norteamérica. Pero así fué ; ni 
el desierto ni los indios pudieron frustrar aquel fervoro- 
so celo. 

La primera iglesia alzada en lo que hoy se llama 
Estados Unidos, fundóla en San Agustín (Florida) 
Fray Francisco de Pareja, en 1560 ; pero medio siglo 
antes había ya muchas otras iglesias españolas en Amé- 
rica. Los varios sacerdotes que Coronado llevó consigo 
a Nuevo Méjico, en 1540, hicieron muy buena labor 
catequista ; pero pronto fueron muertos por los indios. 
La primera iglesia de Nuevo Méjico, segunda en los 
Estados Unidos, la fundaron, en septiembre de 1598 
los diez misioneros que acompañaron al colonizador 
Juan de Oñate. Fué una pequeña capilla, edificada en 
San Gabriel de los Españoles (que ahora se llama Cha- 
mita). San Gabriel quedó desierto en 1605, y entonces 
Oñate fundó Santa Fe, aun cuando es probable que to- 
davía se utilizase la capilla de vez en cuando. Con el 
tiempo, sin embargo, se desmoronó. Todavía eran vi- 
sibles en 1680 las ruinas de aquella venerable y antigua 
iglesia ; pero ahora apenas puede distinguirse. Una 
de las primeras cosas que se hicieron después de esta- 
blecer la nueva ciudad de Santa Fe, fué, naturalmente, 
construir una iglesia, y allí, en 1606, se erigió la ter- 
cera de los Estados Unidos. No llenó por mucho tiem- 
po las necesidades de la colonia, y en 1622, Fray Alon- 
so de Benavides, el historiador, puso los cimientos de 
la iglesia parroquial de Santa Fe, que se terminó en 
1627. El templo de San Miguel en la misma antigua 
ciudad, se construyó después de 1636. Sus primitivos 
muros se conservan todavía y forman parte de una igle- 
sia que sir\^e hoy día para el culto. Fué parcialmente 
destruida durante la rebelión de los pueblos en 1680, 
y restaurada en 17 10. La nueva catedral de Santa Fe 



DEL SIGLO XVI 1 33 

está construida sobre los restos de la más antigua pa- 
rroquia. 

En 161 7, tres años antes de que desembarcasen los 
peregrinos en Plymouth Rock, había ya once igle- 
sias dedicadas al culto en Nuevo Méjico. Santa Fe 
era la única población española ; pero había también 
iglesias en los peligrosos pueblos indios de Galispeo 
y Pecos, dos en Jemez (cerca de cien millas al oeste 
de Santa Fe y en un terrible desierto), Taos (casi a igual 
distancia al norte). San Ildefonso, Santa Clara, Sandia, 
San Felipe y Santo Domingo. Era una asombrosa 
proeza para cada misionero solitario, porque no tenían 
apoyo civil ni militar en sus parroquias, el inducir 
tan pronto a su bárbaro rebaño a construir una igle- 
sia de piedra para adorar allí al nuevo Dios blanco. 
Las iglesias hubieron de abandonarse en los dos pue- 
blos de Jemez en 1622, por la incesante hostilidad 
de los navajos, los cuales desde tiempo inmemorial 
habían desolado aquella región ; pero fueron ocupadas 
de nuevo en 1626. Los españoles, por lo que toca a la 
construcción de hogares, se vieron limitados, por las 
imposiciones del desierto, al valle del Río Grande, 
que corre de norte a sur por el centro de Nuevo Mé- 
jico. Pero sus misioneros no reconocieron ese límite. 
Donde las colonias no podían vivir, ellos podían orar 
y enseñar, y muy pronto empezaron a penetrar en los 
desiertos que se extienden a gran distancia a ambos 
lados de aquella estrecha faja de tierra colonizable. 
En Zuñi, muy al oeste del río, y a trescientas millas de 
Santa Fe, los misioneros se habían establecido ya por 
el año 1629. Pronto tuvieron seis iglesias en seis de 
las ((Siete Ciudades de Cíbola» (poblaciones Zuñi), de 
las cuales la situada en Chyánahue todavía está ad- 
mirablemente conservada y en el mismo período se 
habían establecido doscientas millas más adentro del 
desierto, y construido allí tres iglesias entre las pas- 
mosas ciudades situadas en los riscos de Moqui. 

En la parte baja del Río Grande notábase igual ac- 
tividad. En el antiguo pueblo de San Antonio de Sé- 
neca, que casi ha (desaparecido ya, fundó en 1629 una 
iglesia Fray Antonio de Arqueaga y este hombre va- 



132 

vo por más de trescientos anos. Si el hombre más ilus- 
trado y optimista del Viejo Mundo hubiese podido ver 
con los ojos de la inteligencia aquella tierra infecunda^ 
nunca hubiera podido soñar que no tardaría aquel de- 
sierto en verse poblado de iglesias, pero no de peque- 
ñas capillas de troncos o de adobe, sino de edificios 
de piedra de sillería, cuyas ruinas se ven hoy y son las 
más imponentes de Norteamérica. Pero así fué ; ni 
el desierto ni los indios pudieron frustrar aquel fervoro- 
so celo. 

La primera iglesia alzada en lo que hoy se llama 
Estados Unidos, fundóla en San Agustín (Florida) 
Fray Francisco de Pareja, en 1560 ; pero medio siglo 
antes había ya muchas otras iglesias españolas en Amé- 
rica. Los varios sacerdotes que Coronado llevó consigo 
a Nuevo Méjico, en 1540, hicieron muy buena labor 
catequista ; pero pronto fueron muertos por los indios. 
La primera iglesia de Nuevo Méjico, segunda en los 
Estados Unidos, la fundaron en septiembre de 1598 
los diez misioneros que acompañaron al colonizador 
Juan de Oñate. Fué una pequeña capilla, edificada en 
San Gabriel de los Españoles (que ahora se llama Cha- 
mita). San Gabriel quedó desierto en 1605, y entonces 
Oñate fundó Santa Fe, aun cuando es probable que to- 
davía se utilizase la capilla de vez en cuando. Con el 
tiempo, sin embargo, se desmoronó. Todavía eran vi- 
sibles en 1680 las ruinas de aquella venerable y antigua 
iglesia ; pero ahora apenas puede distinguirse. Una 
de las primeras cosas que se hicieron después de esta- 
blecer la nueva ciudad de Santa Fe, fué, naturalmente, 
construir una iglesia, y allí, en 1606, se erigió la ter- 
cera de los Estados Unidos. No llenó por mucho tiem- 
po las necesidades de la colonia, y en 1622, Fray Alon- 
so de Benavides, el historiador, puso los cimientos de 
la iglesia parroquial de Santa Fe, que se terminó en 
1627. El templo de San Miguel en la misma antigua 
ciudad, se construyó después de 1636. Sus primitivos 
muros se conservan todavía y forman parte de una igle- 
sia que sir\^e hoy día para el culto. Fué parcialmente 
destruida durante la rebelión de los pueblos en 1680, 
y restaurada en 17 10. La nueva catedral de Santa Fe 



DEL SIGLO XVI 1 33 

está construida eobre los restos de la más antigua pa- 
rroquia. 

En 16 1 7, tres años antes de que desembarcasen los 
peregrinos en Plymouth Rock, había ya once igle- 
sias dedicadas al culto en Nuevo Méjico. Santa Fe 
era la única población española ; pero había también 
iglesias en los peligrosos pueblos indios de Galispeo 
y Pecos, dos en Jemez (cerca de cien millas al oeste 
de Santa Fe y en un terrible desierto), Taos (casi a igual 
distancia al norte). San Ildefonso, Santa Clara, Sandia, 
San Felipe y Santo Domingo. Era una asombrosa 
proeza para cada misionero solitario, porque no tenían 
apoyo civil ni militar en sus parroquias, el inducir 
tan pronto a su bárbaro rebaño a construir una igle- 
sia de piedra para adorar allí al nuevo Dios blanco. 
Las iglesias hubieron de abandonarse en los dos pue- 
blos de Jemez en 1622, por la incesante hostilidad 
de los navajos, los cuales desde tiempo inmemorial 
habían desolado aquella región ; pero fueron ocupadas 
de nuevo en 1626. Los españoles, por lo que toca a la 
construcción de hogares, se vieron limitados, por las 
imposiciones del desierto, al valle del Río Grande, 
que corre de norte a sur por el centro de Nuevo Mé- 
jico. Pero sus misioneros no reconocieron ese límite. 
Donde las colonias no podían vivir, ellos podían orar 
y enseñar, y muy pronto empezaron a penetrar en los 
desiertos que se extienden a gran distancia a ambos 
lados de aquella estrecha faja de tierra colonizable. 
En Zuñi, muy al oeste del do, y a trescientas millas de 
Santa Fe, los misioneros se habían establecido ya por 
el año 1629. Pronto tuvieron seis iglesias en seis de 
las ((Siete Ciudades de Cibola» (poblaciones Zuñi), de 
las cuales la situada en Chyánahue todavía está ad- 
mirablemente conservada y en el mismo período se 
habían establecido doscientas millas más adentro del 
desierto, y construido allí tres iglesias entre las pas- 
mosas ciudades situadas en los riscos de Moqui. 

En la parte baja del Río Grande notábase igual ac- 
tividad. En el antiguo pueblo de San Antonio de Se- 
necú, que casi ha desaparecido ya, fundó en 1629 una 
iglesia Fray Antonio de Arqueaga y este hombre va- 



136 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

servicio semianual de expediciones armadas a través 
del peligroso desierto que los separaba. La tarifa era 
de doscientos sesenta y seis pesos, desembolso muy 
duro para un hombre cuyo salario era de ciento cin- 
cuenta pesos al año (no pasaron los salarios de esta 
cifra hasta 1665, en que se aumentaron hasta trescien- 
tos treinta pesos, pagaderos cada tres años). No puede 
compararse ese estipendio con el que se da hoy en nues- 
tras iglesias de moda. Con esa mezquina paga, que era 
todo lo que podía darle el sínodo, tenía que sufragar 
los gastos de su persona y de la iglesia. 

Llegado al Nuevo Méjico después de una peligro- 
sa jornada (y tanto la jornada como el territorio ofre- 
cían todavía peligros en la presente generación), el 
misionero se dirigía primero a Santa Fe. Allí su supe- 
rior no tardaba en designarle una parroquia, y vol- 
viendo la espalda a la pequeña colonia de sus compa- 
triotas, el buen fraile recorría a pie cincuenta, cien, 
o trescientas millas, según el caso, hasta llegar a su 
nuevo y desconocido puesto. Algunas veces le acom- 
pañaban una escolta de tres o cuatro soldados españo- 
les ; pero a menudo tenía que hacer aquel peligroso 
recorrido enteramente solo. Sus nuevos feligreses lo 
recibían unas veces con una lluvia de flechas y otras 
con un hosco silencio. El no podía hablarles, y tam- 
poco ellos a él, y lo primero que tenía que hacer era 
aprender de aquellos reacios maestros su extraña len- 
gua ; mucho más difícil de adquirir que el latín, el 
griego, el francés o el alemán. Enteramente solo entre 
ellos, tenía que depender de sí mismo y de los favores 
que de mal grado le hacía su rebaño para las necesida- 
des de la vida. Si decidían matarle, le era imposible 
hacer resistencia. Si rehusaban darle alimento, tenía 
que morirse de hambre. Si enfermaba o se imposibili- 
taba, no tenía más enfermeros ni doctores que aque- 
llos traicioneros indios. No creo que la historia presen^ 
te otro cuadro de tan absoluta soledad, desamparo y 
desconsuelo como era la vida de aquellos mártires des- 
conocidos, y por lo que toca a peligros, no ha habidb 
hombre alguno que los haya arrostrado mayores. 

La manera de atender al mantenimiento de los mi- 



DEL SIGLO XVI ÍI37 

lioneros era muy sencilla. Además del pequeño salario 
que le pagaba el sínodo, el pastor debía recibir algún 
auxilio de su parroquia. Esa era una necesidad así 
moral como material. Es un principio, reconocido en 
todas las iglesias, que el interés que en ellas se toma 
depende en parte de las dádivas personales. Así, pues, 
las leyes españolas exigían de los pueblos la misma 
contribución a la iglesia que da establecida por Moisés. 
Cada familia india tenía que dar el diezmo y las pri- 
micias de los frutos a la iglesia, como los habían, siem- 
pre dado a sus caciques paganos. Esto no era una car- 
ga para los indios y mantenía el misionero con un mo- 
desto pasar. Por supuesto que los indios no daban un 
diezmo; al principio daban lo menos que podían. El 
alimento que llevaban al padre consistía en maíz, ju- 
días y calabazas, con sólo un poquito de carne, que 
rara vez conseguían en la caza, porque pasó mucho 
tiempo antes de que hubiese manadas de vacas o reba- 
ños de carneros que se la proporcionasen. También 
dependía de su insegura congregación para que le ayu- 
dase a cultivar su pequeña huerta ; para que le sumi- 
nistrase leña con, que calentarse en aquellas frías altu- 
ras, y hasta para que le diese agua, pues no había allí 
acueductos ni pozos y era preciso ir a buscar el agua a 
largas distancias y traerla en grandes jarras. Teniendo 
que depender por completo, para su subsistencia, de 
gente tan sospechosa, recelosa y traicionera, el buen 
hombre con frecuencia debía padecer hambre y frío. 
Excusado es decir que no había tiendas, y si no podía 
obtener comestibles de los indios, no tenía más reme- 
dio que morirse de hambre. La leña se hallaba en al- 
gunos casos a veinte millas de distancia, como lo está 
hoy de Isleta. Y no eran pocas sus tareas. No tan sólo 
tenía que convertir aquellos paganos al cristianismo, 
sino además enseñarles a leer y escribir, a cultivar me- 
jor sus tierras y, en general, a trocar su barbarie por 
la civilización. 

Cuan difícil era esa labor, apenas puede apreciarlo 
el estadista moderno ; pero lo que costaba en sangre 
sí lo comprenderá cualquiera. No se reducía todo a que 
de vez en cuando una ingrata congregación matase a 



138 

uno de esos hombres abnegados : eso era casi una cos- 
tumbre ; ni tampoco que pecasen de ese modo una o dos 
poblaciones. Los pueblos de Taos, Picuries, San Ilde^ 
fonso, Nambé, Pojoaque, Tesuque, Pecos, Galisteo» 
San Marcos, Santo Domingo, Cochití, San Felipe, 
Puaray, Jemez, Acoma, Halona, Hauicu, Ahuatui^ 
Mishongenivi y Oraibe — veinte diferentes poblacio- 
nes — , tarde o temprano asesinaron, a sus respectivos 
misioneros. Algunos de ellos reincidieron en el cri- 
men varias veces. Hasta el año 1700, cuarenta de esos 
pacíficos héroes grises habían sido inmolados por los 
indios en Nuevo Méjico ; dos de ellos por los apaches, 
y los demás por sus respectivas congregaciones. De los 
últimos, uno fué envenenado ; los otros sufrieron una 
muerte horrible y cruenta. Todavía en el siglo pasado 
a'lgunos misioneros fueron misteriosamente envene-. 
nados con tósigos secretos, arte diabólico en que los 
indios eran y son aún muy duchos ; y cuando había 
muerto el misionero, los indios incendiaban la iglesia. 
Conviene no perder de vista un hecho muy impor- 
tante. No tan sólo llevaron a cabo esos maestros espa- 
ñoles una obra de catcquesis como no se ha realizado 
en parte alguna, sino que, además, contribuyeron gran- 
demente a aumentar los conocimientos humanos. Ha- 
bía entre ellos algunos de los más notables historiado- 
res que América ha tenido, y eran contados entre los 
hombres más doctos en todos los ramos del saber, es- 
pecialmente en el estudio de las lenguas. No eran me- 
ros cronistas, sino versados en las antigüedades del 
país, en sus artes y en sus costumbres : realmente his- 
toriadores que sólo pueden parangonarse con los gran- 
des clásicos, Herodoto y Estrabón. La larga y nota- 
ble lista de autores misioneros españoles incluye nom- 
bres como Torquemada, Sahagún, Motolinia, Men- 
dieta y muchos otros ; y sus voluminosas obras nos 
sirven de grande e indispensable ayuda para el estu- 
dio de la verdadera historia de América. 



DEL SIGLO XVI I39> 



VIII 
EL SALTO DE ALVARADO 

^Si alguna vez fuese el lector a Méjico, — y espero que 
pueda ir, pues esa antigua ciudad, que era ya vieja 
y populosa cuando nació Colón, está llena de román- 
tico interés — , le mostrarán, en la Rivera de San Cos- 
me, el sitio histórico que se designa todavía con el 
nombre de ((El Salto de Alvarado». Es ahora una calle 
ancha y urbanizada, con su tranvía, sus hermosos edi- 
ficios, animada con el vaivén de gente extraña y conten- 
ta, sin que pueda observarse en aquel sitio nada que 
recuerde los terrores de la noche más cruel que relata 
la historia de América : la llamada ((Noche Triste». 
El salto de Alvarado se cuenta entre las proezas 
más famosas de la historia, y el que lo dio fué una de 
las figuras más notables entre los exploradores del 
Nuevo Mundo. En la primera gran conquista se condu- 
jo gallardamente, y con el relato de las hazañas que rea- 
lizó entonces y después, p(xlría componerse una nove- 
la fascinadora. Alto, guapo, de rubios cabellos y encen- 
dida tez, joven, vehemente y generoso, valiente soldada 
y agradable compañero, era Alvarado el amigo predi- 
lecto así de los españoles como de los indios. Aun 
cuando por allgún motivo no era bien quisto de Her- 
nán Cortés, constituía su brazo derecho, y durante 
la conquista de Méjico estuvo generalmente en los 
puestos de mayor peligro. Habíase educado en un co- 
legio : escribía con letra grande y clara, lo cual no era 
muy común en aquella época, y su firma era muy le- 
gible. No era un gran caudillo como Cortés, pues su 
valor daba a veces al traste con su prudencia ; pero^ 



t40 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES ^^^^ 

como oficial, en el campo de batalla mostrábase tan in» 
trépido y denodado como el que más. 

Era el capitán don Pedro de Alvarado natural de 
Sevilla, y fué al Nuevo Mundo en el vigor de la edad, 
no tardando en señalarse en Cuba por su bizarría. En 
15 18 acompañó a Grijalba en el viaje en que descubrió 
Méjico, y a su regreso a Cuba fué portador de los po- 
cos tesoros que ambos habían recogido. Al año si- 
guiente, cuando Cortés embarcó para ir a conquistar 
aquella nueva y maravillosa tierra, Alvarado le acom- 
pañó como teniente. Tomó una parte importantísima 
en todos los brillantes hechos de aquella romántica 
aventura. En el momento crítico en que fué necesario 
apoderarse del traidor Moctezuma, fueron eficaces la 
actividad y cooperación de Alvarado. Mientras el ca- 
cique estuvo en rehenes, Alvarado tuvo ocasión de tra- 
tarle, y su franqueza le captó las simpatías del guerre- 
ro indio. Quedó al mando de la pequeña guarnición 
de Méjico cuando Cortés marchó en su audaz pero fe- 
liz expedición contra Narváez, y desempeñó muy bien 
aquel delicado cargo. Antes del regreso de Cortés, no- 
táronse los síntomas de un levantamiento de los indios 
con la famosa danza de guerra. Alvarado se hallaba 
solo, y tuvo que hacer frente a la crisis bajo su propia 
responsabilidad. Pero estuvo a la altura de las circuns- 
tancias. Comprendía muy bien el sangriento designio 
de la ominosa danza, como lo conocen cuantos han pe- 
leado con los indios, y cuál era el mejor modo de ata- 
jarlo. En su infortunada tentativa de apoderarse de 
los exorcistas que excitaban al populacho a asesinar a 
los extranjeros, Alvarado quedó mal herido. No obs- 
tante, tomó parte en le desesperada resistencia a los 
asaltos de los indios, en que fueron heridos casi todos 
los españoles. En aquella terrible lucha para defender 
su fortaleza de adobe, así como en las audaces salidas 
para rechazar las sitiadoras hordas salvajes, se desta- 
caba siempre la figura del rubio teniente. Cuando Cor- 
tés, que había ya regresado con sus refuerzos, vio que 
la situación en la capital era insostenible y que su úni- 
ca salvación era intentar la retirada de la ciudad lacus- 
tre a tierra firme, el puesto de honor le tocó a Alvarado. 



DEL SIGLO XVI 'I4E 

Había mil doscientos españoles y dos mil aliados tlax- 
caltecas, y esta fuerza se dividió en tres mandos. Di- 
rigía la vanguardia Juan Velázquez ; la segunda divi- 
sión iba a las órdenes de Cortés y la tercera, que debía 
sostener toda la furia de la persecución, la mandaba. 
Al varado. 

Reinaba la mayor inquietud cuando salieron, ga- 
teando, los españoles de su refugio para escapar por 
el malecón. 

Era una noche lluviosa e intensamente obscura,, 
y con los cascos de los caballos y las ruedas de su pe- 
queño cañón cubiertos de trapos para no hacer ruido, 
los españoles avanzaban lo más cautelosamente posi- 
ble por la angosta lengua de tierra que unía la ciudad 
del lago con el continente. 

Este terraplenado viaducto estaba cortado por tres 
anchos canales, y para cruzarlos llevaban los soldados^ 
un puente portátil. Mas a pesar de su cautela, no tar- 
daron los indios en darse cuenta de su salida. Apenas 
habían abandonado el cuartel y emprendido la marcha 
por el viaducto, cuando los toques del monstruoso tam- 
bor de guerra, el ((tlacan huehuetl», desde la cumbre 
de la pirámide de los sacrificios, rompieron el silencio 
de la noche sonando a sus oídos como el toque de ago- 
nía de sus esperanzas. Todavía infunde terror ese feroz 
rugido del gigantesco timbal colocado sobre un trí- 
pode, que se usa aún y puede oírse a quince millas de 
distancia ; pero para los españoles anunciaba su per- 
dición. Vieron encenderse varias hogueras en el Teo- 
cali, y correr en su persecución numerosos enjambres - 
de indígenas. 

Corriendo tan aprisa como se lo permitían sus he- 
ridas y su impedimenta, llegaron los españoles salvos 
al primer canal. Echaron sobre él su puente y empeza- 
ron a desfilar por éste. Entonces los indios se agrupa- 
ron en sus canoas a cada lado del viaducto, y los ata- 
caron con su característica ferocidad. Los soldados,- 
rodeados por las turbas, luchaban mientras seguían 
avanzando. Pero, al cruzar la artillería el puente, éste 
se vino abajo, precipitando al agua cañón, hombres y 
caballos, que no se levantaron más. Entonces empe- 



>!42 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

i 

2aron los inenarrables horrores de la ((Noche Triste». 
JVo había retiracJa posible para los españoles, quienes 
se veían ataca(ios por todos lados. Los que venían de- 
trás, empujaban a los de delante, que no podían dete- 
'nerse ni siquiera ante el canal de agua negruzca. En 
el borde estaban apiñados hombres y caballos en la 
más densa obscuridad, y todavía venían empujando 
los de detrás, hasta que, por último, el canal quedó 
^testado de cadáveres, y los supervivientes tenían que 
pasar por encima de aquel hacinamiento de sus muer- 
tos. Velázquez, que mandaba la vanguardia, fué heri- 
do, y españoles y tlaxcaltecas caían como mieses se- 
gadas por la hoz. El segundo canal, lo mismo que am- 
bos lados del viaducto, estaba bloqueado por canoas, 
llenas de guerreros salvajes, y allí se produjo otra san- 
grienta pelea, que duró hasta que aquel boquete quedó 
también atascado con los heridos, teniendo los fugiti- 
vos que pasar por un puente de cadáveres para llegar al 
otro borde del viaducto. Alvarado, luchando a reta- 
guardia para contener a los indios que les atacaban por 
€l terraplén, fué el último en cruzar, y antes de que 
pudiera seguir a sus camaradas, la corriente, barrien- 
do súbitamente la macabra obstrucción, dejó otra vez 
despejado el canal. Debajo de Alvarado cayó muerto 
su fiel caballo ; él también estaba mal herido ; sus com- 
pañeros se habían alejado y el despiadado enemigo lo 
rodeaba por todas partes. No podemos menos de recor- 
<dar al héroe romano. . 

((aquel héroe tan valiente 
que defendió audaz el puente, 
y a quien dedica la historia 
una página de gloria». 

La situación de Alvarado era tan desesperada como 
ía de Horacio Cocles, y con el mismo varonil denuedo 
supo colocarse a su altura. Con una rápida ojeada 
comprendió que lanzarse al agua sería una muerte se- 
gura. Entonces, mediante un supremo esfuerzo de su 
vigorosa musculatura, apoyóse en la lanza y saltó. La 



DEL SIGLO XVI 143 

distancia era de diez y ocho pies (*). Hay memoria de 
otros saltos bastante más largos. Nuestro propio Was- 
hington, cuando en su juventud se dedicaba a juegos 
atléticos, saltó una vez más de veinte pies tomando 
carrera. Pero considerando las circunstancias, la obs- 
curidad, sus heridas y el peso de su armadura, el pro- 
digioso salto de Alvarado no ha sido quizá sobrepu- 
jado por otro alguno. 

Pero Alvarado saltó, y el héroe de esa proeza subió 
tambaleándose por la margen opuesta, hasta ir a re- 
unirse con sus compatriotas. 

A partir de aquel momento, los que quedaban si- 
guieron luchando por el viaducto hasta llegar a tierra 
firme. Los indios abandonaron por fin la persecución, 
y los españoles, exhaustos, pudieron respirar y contar 
los que se habían salvado. Muy pocos habían quedado 
con vida. Nada tiene de extraño, según dice la leyenda, 
que su valiente general, acostumbrado como estaba 
a reprimir estoicamente sus sentimientos, se sentase 
bajo el ciprés que se enseña todavía con el nombre de 
«El árbol de la Noche Triste», y derramase lágrimas vi- 
riles al contemplar los lastimosos restos de su valeroso 
ejército. De los mil doscientos españoles que antes te- 
nía, ochocientos sesenta perecieron, y de los supervi- 
vientes no había uno solo que no estuviese herido. Tam- 
bién habían muerto dos mil indios tlaxcaltecas aliados 
suyos. A no ser porque los indígenas trataban menos 
de matar que de aprisionar a los españoles para darles 
una muerte más horrible con la cuchilla de sacrificar, 
ni uno solo se hubiera salvado. Aun así, los super- 
vivientes vieron más tarde a unos sesenta de sus cama- 
radas descuartizados sobre el altar del gran Teocali. 

Perdióse toda la artillería, como también todo el 
tesoro. Ni un grano de pólvora quedó en condición de 
poder utilizarse, y sus armaduras quedaron tan abolla- 
das y rotas, que no parecían las mismas. Si los indios 
les hubiesen perseguido entonces, los hombres, exhaus- 
tos, hubieran sido fáciles víctimas. Pero después de 
aquella terrible pelea, también descansaban los indi- 



ca) Cinco metros y medio,— A^. del T. 



144 t-^S EXPLORADORES ESPAÑOLES 

genas, lo cual permitió que pudiesen escapar los espa- 
ñoles. Dirigiéndose al pueblo amigo de Tlaxcala, dan-^ 
do un rodeo para escapar de sus enemigos ; pero fue- 
ron atacados en todos los pueblos intermedios. La lu- 
cha más desesperada tuvo efecto en las llanuras de 
Otumba. Rodeados y acosados por los naturales, los 
españoles se consideraban ya perdidos. Afortunada- 
mente Cortés reconoció a uno de los exorcistas por su 
rico ropaje, y en una última y desesperada carga, ayu- 
dado por Alvarado y otros pocos oficiales, derribó al 
sujeto de quien los supersticiosos indios hacen depen- 
der el éxito de la guerra. Muerto el mago, sus aterro- 
rizados secuaces cejaron, y de nuevo los españoles se 
vieron libres de las garras de la muerte. 

En el sitio de Méjico, que fué el más sangriento 
asedio que registra la historia de América, Alvarado 
fué quizá la figura más preeminente después de Cortés, 
Este gran general era el cerebro de aquella notable 
campaña, y un cerebro de gran valía. No hay nada en 
la historia que pueda compararse con su empresa de 
hacer construir trece bergantines en Tlaxcala y trans- 
portarlos a hombros de sus soldados a más de cincuen- 
ta millas tierra adentro y por encima de las montañas, 
para botarlos en el lago de Méjico a fin de que ayuda- 
sen a poner el sitio. Lo que más se le parece es el gran 
hecho de Balboa transportando dos bergantines a tra- 
vés del istmo. Las hazañas del gran cartaginés Aní- 
bal en el sitio de Tarento, y las del ((Gran Capitán» es- 
pañol, Gonzalo de Córdoba, en la misma plaza, no son 
comparables en modo alguno con aquéllas. 

En los setenta y tres días que duró el sitio, era 
Cortés la cabeza y Alvarado su brazo derecho. El bi- 
zarro teniente mandaba la fuerza que atacó por el mis- 
mo viaducto por donde se retiraron en la Noche Tris- 
te, En una de las batallas le mataron a Cortés el caballo 
que montaba, y los indios se llevaban arrastrando al 
conquistador, cuando uno de sus pajes se abalanzó 
sobre ellos y le salvó la vida. En el asalto final y en 
la desesperada lucha dentro de la ciudad, Cortés iba 
al frente de una mitad de los soldados españoles, y Al- 



DEL SIGLO XVI ÍI45 

Irarado mandaba la otra mitad, y éste fué el que diri- 
gió la toma por asalto del gran Teocali. 

Después de la conquista de Méjico, en que ganó 
tantos laureles, Alvarado fué enviado por Cortés con 
tina pequeña fuerza a conquistar Guatemala. Marchó 
allá por Oaxaca y Tehuantepec, encontrando la «resis- 
tencia característica de los indios. Había en Guatema- 
la tres tribus principales : los Quiche, los Zutuhil y 
los Caciquel. Los Quiche le hicieron frente en campo 
abierto, y los derrotó. Entonces se rindieron formal- 
mente, hicieron la paz y le invitaron a visitarles como 
amigo en su pueblo de Utatlán. Cuando los españo^ 
les estaban seguros en la ciudad y rodeados por los 
indios, éstos pegaron fuego a las casas y atacaron fe- 
rozmente a sus medio asfixiados huéspedes. Después 
de un empeñado encuentro, Alvarado los derrotó y 
dio muerte a los cabecillas. Las otras dos tribus se sc^- 
metieron, y en cosa de un año Alvarado y su pequeña 
fuerza habían llevado a cabo la conquista de Guate- 
mala. Los servicios de aquél fueron recompensados 
con su nombramiento de gobernador y Adelantado 
de la provincia, y fundó la ciudad de Guatemala, que 
en su tiempo probablemente llegó a ser lo que Méji- 
co era entonces : una ciudad de quince a veinte mil 
habitantes indios y mil españoles. 

El gobernador Alvarado se ausentaba con frecuen- 
<:ia de la capital. Había que efectuar muchas expedi- 
ciones por aquel desierto nuevo mundo. Su más impor- 
tante jornada la realizó en 1534, cuando, construyendo 
sus buques como de costumbre, salió para el Ecuador 
y llevó a cabo una marcha dificultosa por el interior, 
hasta llegar a Quito, donde se encontró en territorio de 
Pizarro. Entonces regresó a Guatemala sin provecho 
alguno. 

Durante una de sus ausencias prodújose el terrible 
terremoto que destruyó la ciudad de Guatemala y causó 
a Alvarado una irreparable pérdida, a la cual nunca 
se resignó. Más arriba de la ciudad se elevaban dos 

fraudes volcanes : el Volcán de Agua y el Volcán de 
uego. El Volcán de Agua estaba extinto y su cráter 
vinundado por un lago. El Volcán de Fuego estaba, y 



146 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

está todavía, en erupción. En aquel memorable tem- 
blor de tierra, el borde de lava del Volcán de Agua 
quedó hendido por la convulsión, y aquel volumen de- 
agua se precipitó como un torrente sobre la malhada- 
da ciudad. Millares de personas perecieron bajo las 
paredes que se derrumbaban y en la imj>etuosa co- 
rriente, y entre los que así se perdieron, hallábase la 
esposa de Alvarado, doña Beatriz de la Cueva. Su 
muerte causó al valiente soldado un gran desaliento,, 
porque la amaba tiernamente. 

En los tiempos borrascosos que atravesó Méjico^ 
después que Cortés hubo terminado su conquista y 
empezó a malearse en la prosperidad y a ponerse en 
evidencia de un modo indigno, el apoyo de Alvarado- 
fué solicitado y obtenido por el grande y buen virrey 
Antonio de Mendoza, uno de los hombres de gobierno 
más notables de todas las épocas. No fué eso una trai- 
ción por parte de Alvarado hacia su antiguo jefe, pues 
Cortés había traicionado no solamente a la Corona, 
sino también a sus amigos. La causa de Mendoza era 
la causa del buen gobierno y de la lealtad. 

Se había hecho necesario domeñar a los indios hos- 
tiles Nayares, quienes habían causado a los españo- 
les muchos trastornos en, la provincia de Jalisco, y en 
esa campaña Alvarado se unió a Mendoza. Los indios 
se retiraron a la cima del ingente y, al parecer, inex- 
pugnable risco de Mixtón, y había que desalojarlos a 
toda costa. El asalto de aquella roca puede comparar- 
se con el de Acoma y es uno de los más desesperados y 
brillantes de que hay recuerdo. El virrey mandaba en 
persona ; pero la verdadera proeza la realizaron Alva- 
rado y un oficial compañero suyo. Al ir a escalar el 
risco, Alvarado fué herido en la cabeza por una roca 
que dejaron rodar los salvajes, y murió a consecuen- 
cia de la herida ; pero no sin ver que sus compañeros 
alcanzaban una brillante victoria. 

El oficial que, después de Alvarado, merece citarse 
como héroe del Mixtón, fué Cristóbal de Ofíate, hom- 
bre distinguido por muchos conceptos. Era un oficial 
de valía, de espíritu activo y diligente, y uno de los 
primeros millonarios de Norteamérica, siendo, ade- 



DEL SIGLO XVI I47 

más, el padre del colonizador de Nuevo Méjico, Juan 
de Oñate. El ii de junio de 1548, algunos anos después 
de la batalla de Mixtón, descubrió Oñate las más ri- 
cas minas de plata del continente, las de Zacatecas, en 
la pelada y desolada meseta donde se halla ahora la 
ciudad mejicana de aquel nombre. Esas grandes venas 
de arseniato rubí y negro y de plata virgen, formaron 
los primeros millonarios de Norteamérica, así como 
la conquista del Perú, hizo los primeros del continente 
del sur. Las minas de Zacatecas no eran tan vastas como 
las que se explotaron, en Potosí, de Bolivia, las cuales 
produjeron, de 1541 a 1664, la inconcebible suma de 
641.250,000 pesos en plata ; pero las minas de Zacate- 
cas también fueron enormemente productivas. Su co- 
rriente de plata fué la primera realización de los en- 
sueños de vasta riqueza en el continente del norte, y 
causó un prodigioso cambio comercial en esa parte 
del Nuevo Mundo. En la localidad, el descubrimiento 
redujo el precio de las subsistencias cerca de un noven- 
ta por ciento. Nunca fué Méjico un país de mucho oro ; 
pero durante más de tres siglos ha sido uno de los prin- 
cipales productores de plata. Lo es aún hoy día, si 
bien su producción no es tan crecida como la de los 
Estados Unidos. 

Cristóbal de Oñate fué, por lo tanto, un hombre 
muy importante en la obra del destino. Su «bonanza» 
hizo de Méjico un nuevo país comercialmente, y supo 
hacer de sus millones mejor uso que el que se hace en 
nuestros días, pues se les empleó en la construcción 
de dos de las primeras ciudades de los Estados Unidos. 



«48 L03 EXPLORADORES ESPAÑOLE3 



IX 

EL VELLOCINO DE ORO 

I ODOS sabemos de aquel extraño vellocino amarillo 
que, guardado por un dragón, estaba colgado en 
el sombreado bosquecillo de Coicos, y de cómo Jasón 
y sus argonautas ganaron el premio, después de mu- 
chos peligros y peripecias. Ahora bien ; en nuestro 
propio Nuevo Mundo hemos tenido un vellocino de oro 
más deslumbrador que aquel que trató de ganar el mi- 
tológico pupilo del viejo Quirón, pero que nadie llegó 
a capturar, no obstante haberlo probado hombres más 
valientes que Jasón. Realmente hubo centenares de 
Jasones que lucharon más bravamente y sufrieron mu- 
cho mayores contrariedades, y que, sin embargo, nun- 
ca llegaron a conseguir el premio. Porque el dragón 
que guardaba el vellocino de oro americano no era un 
quimérico perro faldero como el de Jasón, que se tra- 
gase una pócima, y se echase a dormir ; era un, mons- 
truo mayor que toda la tierra en que vivían los argo- 
nautas y que todos los países en que viajaron ; un 
monstruo que todavía no ha logrado ningún hombre, 
ni toda la humanidad, hacer desaparecer : el mortífero 
monstruo de los trópicos. 

El mito de Jasón es uno de los más hermosos de la 
antigüedad, y hasta es más que bello. Empezamos aho- 
ra a comprender la importante influencia que puede 
tener un cuento de hadas sobre conocimientos más 
serios. Un mito tiene siempre, en cierta parte, algún 
fundamento de verdad, y esa oculta verdad puede ser 
de un valor perdurable. Estudiar la historia sin fijar 
la atención en los mitos que relata, es prescindir de una 



DEL SIGLO XVI I49 

preciosa luz auxiliar que puede iluminar determinados 
hechos. El progreso humano, en casi todas sus fases, 
ha sentido la influencia de este raro pero poderoso 
factor. ¿ Dónde imagina el lector que estaría hoy la 
química, si la piedra filosofal y otros mitos no hubie- 
sen inducido a los viejos alquimistas a escudriñar los 
misterios, donde nunca hallaron lo que buscaban, pero 
encontraron verdades de la mayor valía para la huma- 
nidad? La geografía en particular, ha debido más 
bien a los mitos que a la invención, escolástica el lle- 
gar a ser una ciencia, y el mito dé oro ha sido en todo 
el mundo el profeta y la inspiración dé los descubri- 
mientos y el moldeador de la historia. 

Nos hemos acostumbrado a considerar si. los espa- 
ñoles como los únicos que iban en busca de oro, dando 
a entender que la caza del oro es una especie de pecado 
y que ellos eran excesivamente propensos a cometer- 
lo. Pero no es ese un defecto propio exclusivamente 
de los españoles ; esa afición es común a toda la huma- 
nidad. La única diferencia está en que los españoles 
hallaron oro, lo que es un pecado bastante grande para 
ciertos «historiadores», incapaces de considerar lo que 
hubieran hecho los ingleses si hubiesen hallado oro en 
América desde un principio. 

No creo que nadie niegue que, cuando se descu- 
brió oro en las partes más distantes de su tierra, el 
sajón tuvo piernas para llegar hasta ese metal, y hasta! 
adoptó medidas que no eran del todo decorosas paraí 
apoderarse de él ; pero nadie es tan imbécil que hable 
de «los días del 49» como de algo que nos deshonre. 
Hubo ciertamente algunos lamentables episodios ; 
pero, cuando California conmovió de pronto el conti- 
nente, haciendo llegar hasta ella la fuerza de los Esta- 
dos del Este, abrió uno de los más valientes, más im- 
portantes y más señalados capítulos de nuestra histo- 
ria nacional. Porque el oro no es un pecado : es un ar- 
tículo muy necesario, y muy digno siempre que recor- 
demos que es un medio y no un fin, un instrumento y 
no un motivo de lucro ; punto de sentido común econó- 
mico que solemos olvidar tan fácilmente en el centro 
bursátil de Nueva York como en las minas del Oeste* 



ÍI50 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

A esta universal y perfectamente legítima afición al 
oro, debemos principalmente el que se descubriese la 
América, como en realidad el haber civilizado muchos 
otros países. 

La historia científica moderna ha demostrado ple- 
namente cuan disparatada y errónea es la idea de que 
los españoles tan sólo buscaban oro, y nos enseña de 
qué manera tan varonil satisfacían las necesidades del 
cuerpo y del espíritu. Pero el oro era para ellos, como 
sería hoy mismo para otros hombres, el principal mo- 
tivo. La gran diferencia está únicamente en que el oro 
no les hacía olvidar su religión. Fué un dedo de oro 
el que guió a Colón hacia América ; a Cortés, hacia 
Méjico ; a Pizarro, hacia el Peni ; de igual modo que 
nos guió a nosotros a California, sin lo cual no hubie- 
ra sido hoy uno de nuestros Estados. El oro que se en- 
contró al principio en el Nuevo Mundo era desgracia- 
damente poco : antes de la conquista de Méjico sólo 
ascendió a 500,000 pesos ; Cortés aumentó la cantidad, 
y Pizarro la hizo subir a una cifra fabulosa y deslum- 
bradora. Pero lo más curioso es que el oro que se en- 
contró, no representó, en la exploración y civilización 
del Nuevo Mundo, un papel tan importante como el 
que se buscaba en vano. El maravilloso mito que re- 
presenta el vellocino de oro americano, influyó de un 
modo más eficaz, en la geografía y la historia, que las 
verdaderas e incalculables riquezas del Perú. 

De este mito fascinador tiene la gente escaso co- 
nocimiento, aun cuando una corruptela de su nombre 
anda en boca de todo el mundo. Hablando de una re- 
gión muy rica solemos decir que es otro ((Eldorado» 
o bien aun Eldorado», error indigno de personas cul- 
tas. El verdadero nombre es ((Dorado)), y ((El Dorado» 
es una contracción en español de ((el hombre dorado)), 
mito que ha dado origen a una serie de proezas, al lado 
de las cuales son insignificantes las de Jasón y sus 
companeros semidioses. 

Como todos esos mitos, éste tuvo en realidad su 
fundamento. El ((vellocino de Colcos)) era una imagen 
poética de las minas de oro del Cáucaso ; pero real- 
mente existió un ((hombre dorado». Su historia y los 



DEL SIGLO XVI |I5I 

sucesos a que dio pie es un cuento de hadas que tiene 
la ventaja de ser verdad. Es un tema sumamente com- 
plicado • pero, gracias a que Bandelier ha descorrido 
por fin el velo que lo cubría, se puede ahora relatar esa 
historia de un modo inteligible, como no se ha vulga- 
rizado antes de ahora. 

Hace algunos años se halló en una laguna de Sie- 
cha, en Nueva Granada, un curioso y pequeño grupo 
de estatuas : era un trabajo tosco y antiguo de los in- 
dios, y aun más precioso por su interés etnológico que 
por ei metal de que estaba hecho, que era oro puro. 
Este raro ejemplar, que puede verse ahora en un mu- 
seo de Berlín, es una balsa de oro, sobre la cual están 
agrupadas diez figuritas de hombres del mismo metal. 
Representa una extraña costumbre que en tiempos pre- 
históricos era peculiar de los indios dr la aldea de 
Guatavitá, en ias montañas de Nueva Granada. Esa 
<"ostumbre era como sigue : En cierto día uno de los 
jefes de la aldea untaba su cuerpo desnudo con una 
^oma, y después se espolvoreaba de la cabeza a los 
pies con oro fino molido. Esa era «el hombre dorado». 
Entonces lo llevaban sus compañeros en una balsa hasta 
^1 centro del lago que estaba cerca de la aldea, y sal- 
tando de la balsa «el hombre dorado», se lavaba su pre- 
ciosa y extraña envoltura y la dejaba hundirse hasta 
el fondo del lago. Esa práctica era un sacrificio en pro- 
vecho de la aldea. La tal costumbre ha quedado histó- 
ricamente comprobada ; pero se había abandonado más 
de treinta años antes de que se enterasen de ella los 
•europeos, esto es, los españoles de Venezuela en 1527. 
Esa costumbre no había sido abandonada voluntaria- 
mente por la gente de Guatavitá, sino que los belico- 
•sos indios Muysca de Bogotá pusieron fin a ella, ba- 
jando a dicha aldea y exterminando a casi todos sus 
habitantes. Pero el sacrificio fué un hecho, y a tan 
enorme distancia y en aquellos días precarios, los es- 
pañoles supieron de esa costumbre como si todavía 
se practicase. La historia del ((hombre dorado», que 
por contracción se decía ((cldorado)), era demasiado 
sorprendente para no causar impresión. Llegó a ser 
una palabra familiar, y desde entonces un señuelo para 



15a ^ LOS EXPLORADORES ESPAÑOLSS 

cuantos se acercaban a la costa del norte de la Amé^ 
rica del Sur. Nos extrañará que la tal conseja (que^ 
ya se había convertido en un mito en 1527, desde que 
cesara la costumbre que le dio pie), pudiese subsistir 
durante 250 años sin que se refutase por completo; 
pero no nos sorprenderá tanto si tenemos en cuentaí 
que la América del Sur era entonces un dificultoso y 
vasto desierto y que aun hoy contiene muchos miste- 
rios que no han sido explorados. 

Las primeras tentativas de llegar hasta «el hom» 
bre dorado», se hicieron desde la costa de Venezuela. 
Carlos I de España y V de Alemania, había empeñado 
la costa de aquella posesión española a la opulenta 
familia bávara de los Welsers, concediéndoles el dere- 
cho de colonizar y ((descubrir el interior». En 1529, 
Ambrosio Dalfinger y Bartolomé Seyler desembarca- 
ron en Coro (Venezuela) con 400 hombres. La histo- 
ria del ((hombre dorado» era ya cosa corriente entre los 
españoles, y atraído por ella, Dalfinger se fué tierra 
adentro para encontrarlo. Era atrozmente cruel, y su 
expedición fué nada menos que una absoluta piratería. 
Penetró hasta el río Magdalena, en Nueva Granada, 
esparciendo la muerte y la devastación por donde quie- 
ra que pasaba. Encontró algún oro ; pero su brutali- 
dad hacia los indios fué tan grande y contrastaba de 
tal modo con el trato que estaban acostumbrados a re- 
recibir de los españoles, que los indígenas, exasperados^ 
se rebelaron, y la marcha de aquel hombre no fué otra 
cosa que una continua lucha, que duró más de un año. 
El mal estaba en que los Welsers no tenían más em- 
peño que encontrar tesoros para reintegrarse del di- 
nero que habían desembolsado, y no sentían el verda- 
dero espíritu colonizador y cristianizador de los espa- 
ñoles. Dalfinger no pudo hallar ((el hombre dorado», 
y murió en 1530 de resultas de una herida que recibió 
durante la nefanda expedición. 

Su sucesor en el mando de los intereses de los Wel- 
sers, Nicolás Federmann, no fué mucho mejor como 
hombre, ni tuvo mejor fortuna como explorador. En 
1530 marchó tierra adentro para descubrir el Dorado; 
pero desde Coro se dirigió en derechura hacia el Sur^ 



DEL SIGLO XVI 1 53, 

así que no pasó por Nueva Granada. Después de una 
terrible marcha por las selvas tropicales, tuvo que vol- 
verse con las manos vacías, en el año 1531. 

Desde este punto empieza a derivar, cronológica- 
mente, una de las curiosas ramificaciones y variacio- 
nes de este fecundo mito. Fué al principio un hecho, 
durante treinta años una fábula, y ahora, después 
de tres años, comenzó a ser un errante fuego fatuo, 
que saltaba de un punto a otro y poco a poco se iba en-> 
redando con otros mitos. La primera variación data 
de la tentativa para descubrir el origen del Orinoco, 
ese gran rio que se suponía que sólo podía emanar de 
algún gran lago. En 1530, Antonio Sedeño salió de 
España con una expedición para explorar el Orinoco. 
Llegó al Golfo de Paria y construyó un fuerte, con 
intención de continuar desde allí sus exploraciones. 
Mientras ponía su proyecto en obra, Diego de Ordaz, 
antiguo camarada de Cortés, había obtenido en Espa- 
ña una concesión para colonizar el distrito que se lla- 
maba entonces Marañón, y era un territorio vagamen- 
te definido, que comprendía Venezuela, Guayana y 
el norte del Brasil. Salió de España en 1531, llegó al 
Orinoco y se remontó por el río hasta las cataratas^ 
Entonces tuvo que volverse, después de dos años de 
tratar en vano de vencer todos los obstáculos que se le 
presentaron. Pero en esta expedición oyó decir que el 
Orinoco tenía su origen en un gran lago, y que el ca- 
mino que a ese lago conducía, pasaba por una provin- 
cia llamada Meta que, según se decía, era fabulosamen- 
te rica en oro. Según el historiador Bandelier, que es 
autoridad en la materia, no cabe duda que la riqueza 
que se atribuía a Meta era sólo un eco del cuento del 
Dorado, que había llegado hasta las tribus del bajo 
Orinoco. 

A Ordaz le siguió en 1534 Jerónimo Dortal, el 
cual intentó llegar a Meta, pero fracasó por completo. 
Estas tentativas realizadas dlesde Venezuela, según 
demuestra Bandelier, localizaron por fin el sitio del 
Dorado, limitándolo a la parte noroeste del continen- 
te. Se le había buscado en otros puntos sin encontrarlo, 
y de ahí se dedujo que debía de estar en el único sitio' 



154 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



> 



no explorado : la elevada meseta de Nueva Granada. 

Después de muchas infortunadas tentativas, que no 
es del caso relatar aquí, Gonzalo Ximénez de Quesa- 
da conquistó por fin la meseta de Nueva Granada, en 
1536-38. Este bravo soldado subió por el río Magda- 
lena con una fuerza de seiscientos veinte infantes y 
ochenta y cinco jinetes. De éstos, sólo llegaron vivos 
a la meseta ciento ochenta, al principio del año 1537. 
Se encontró con los mdios Muysca, que vivían en al- 
deas permanentes y poseían oro y esmeraldas. Le re- 
sistieron con su característica tenacidad; pero las tri- 
bus fueron vencidas una tras otra, y Quesada fué el 
■conquistador de Nueva Granada. 

El botín que se repartieron los conquistadores as- 
cendió a 246,976 pesos de oro — que valdrían ahora 
1.250,000 duros, — y 1,815 esmeraldas, algunas de gran 
tamaño y de mucho valor. Hallaron el verdadero sitio 
del ((hombre dorado», y hasta visitaron Guatavitá, cu- 
yos habitantes opusieron una feroz resistencia ; pero 
claro está que no hallaron al ((hombre», porque ya ha- 
bía desaparecido la famosa costumbre. 

Apenas había Quesada completado su gran con- 
quista, cuando le sorprendió la llegada de otras dos 
expediciones españolas, que fueron atraídas al mismo 
sitio por el mito del Dorado. 

Dirigía una de ellas Federmann, el cual había pe- 
netrado en Bogotá desde la costa de Venezuela en 
aquella su segunda expedición, que fué una marcha 
terrible. Al mismo tiempo, y sin saberlo el uno del 
otro, Sebastián de Belalcázar había salido de Quito 
■en busca del ((hombre dorado». El cuento del cacique 
cubierto de oro había llegado hasta el corazón del Ecua- 
dor, y los relatos de los indios indujeron a Belalcázar 
a ir en busca del sitio en que se hallaba. Los tres jefes 
hicieron un convenio en virtud del cual Quesada quedó 
único dueño del país que había conquistado, y Feder- 
mann y Belalcázar regresaron a sus puestos respecti- 
vos. 

Mientras Federmann andaba a la caza del mito, 
un sucesor suyo había ya llegado a Coro. Era el intré- 
pido alemán conocido por ((George de Speyer», pero 



DEL SIGLO XVI [1 55 

^uyo verdadero nombre, descubierto por Bandelier, 
era George Hormuth. Al llegar a Coro, en, 1535, no 
solamente oyó hablar del Dorado, sino también de 
que había carneros domesticados hacia el sudoeste, es- 
to es, en dirección del Perú. Siguiendo estas vagas 
indicaciones, salió con aquel rumbo ; pero tropezó con 
tan enormes dificultades para llegar al paso de la mon- 
taña que le dijeron los indios que conducía a la tierra 
del Dorado, que se desvió hacia las vastas y terribles 
selvas tropicales del alto Orinoco. Allí oyó hablar de 
Meta, y siguiendo aquel mito, penetró hasta un grado 
del Ecuador. Durante veintisiete meses él y sus acom- 
pañantes españoles anduvieron errabundos pK)r 'la en- 
marañada y pantanosa manigua que hay entre el Ori- 
noco y el río Amazonas. Tropezaron con muy nume- 
rosas y belicosas tribus, de las cuales la más notable 
era la de los Uaupes. No hallaron oro ; pero en todas 
partea oyeron contar la fábula de un gran lago rela- 
cionado con el oro. De los ciento noventa hombres 
que salieron en esta expedición, sólo regresaron cien- 
to treinta, y de éstos sólo unos cincuenta tenían fuer- 
zas para llevar armas. Tan indescriptible y penoso 
viaje duró tres años. El resultado de sus horrores, fué 
desviar la atención de los exploradores del verdadero 
isitio del Dorado y encaminarles hacia las selvas del 
río Amazonas, en la empresa quimérica de buscar un 
mito que tenía mucho de geográfico. En otras pala- 
bras, preparó la exploración de la parte norte del 
Brasil. 

Poco después de ((George de Speyer», y sin tener 
la menor relación con él, Francisco Pizarro, conquista- 
dor del Perú, había dado impulso a la exploración del 
Amazonas desde el lado Pacífico del continente. En 
1538, desconfiando de Belalcázar, envió a su hermano 
Gonzalo Pizarro a Quito, para reemplazar a su sos- 
pechoso teniente. Al siguiente año, Gonzalo supo que 
el árbol de la canela abundaba en los bosques de la 
vertiente oriental de los Andes, y que todavía más 
lejos moraban poderosas tribus indias ricas en oro. 
Quiere decir que, mientras el mito original y verda- 
dero del Dorado había llegado a Quito desde el norte, 



156 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

él mito áe Meta, que era un eco de aquél, había lie* 
gado también allí desde el este. Puesto que Belalcá- 
zar había ido al antiguo y verdadero lugar del Dorado, 
y no había encontrado a ese individuo, se suponía que 
su domicilio debía hallarse en algún otro punto, es 
decir, al este, en vez del norte, de Quito. Gonzalo 
emprendió su desastrosa expedición a las selvas orien- 
tales con doscientos veinte hombres. En los dos años 
que duró la tremebunda jornada, perecieron todos los 
caballos, como también sus compañeros indios, y los 
pocos españoles que llegaron vivos al Perú, en 1541, 
tenían la salud completamente quebrantada. Se encon- 
tró el árbol de la canela ; pero no ((el hombre dorado» ► 
Uno de los tenientes de Gk>nzalo, Francisco de Ore- 
llana, habíase adelantado por la parte superior áel 
Amazonas, con cincuenta hombres, en un bote des- 
vencijado. No pudieron los dos grupos volver a jun- 
tarse, y Orellana finalmente se dejó arrastrar por la 
corriente hasta la desembocadura del Amazonas, en 
medio de indecibles sufrimientos. Flotando mar aden- 
tro en el Atlántico, llegaron por último a la isla de 
Cubagua, el 11 de septiembre de 1541. Esta expedi- 
ción fué la primera que trajo al mundo informes fide- 
dignos respecto del tamaño y naturaleza del mayor río 
de la tierra, y también dio a dicho río el nombre que 
hoy lleva. Encontraron tribus indias cuyas mujeres lu- 
chaban al lado de los hombres, y por esta razón le lla- 
maron ((río de las Amazonas». 

En 1543, Hernán Pérez Quesada, hermano del con- 
quistador, penetró en las regiones que había visitado 
{(George de Speyer». Fué alíí desde Bogotá, por haber 
oído tergiversado el mito de Meta ; pero sólo encontró 
miseria, hambre, enfermedades e indígenas hostiles 
en los diez v seis terribles meses que anduvo errante 
por el desierto. 

Entre tanto se habían convencido en España de que 
la concesión de Venezuela a los prestamistas alemanes 
era un fracaso. El régimen de los Welsers sólo dlafío 
causaba. No obstante, se resolvió hacer el último es- 
fuerzo, y Philip Von Hutten, joven y valiente caba- 
llero alemán, salió de Coro, en agosto de 1541, a la 



DEL SIGLO XVI H57 

caza del mito de oro, el cual por aquel tiempo había 
llegado ya hasta el sur de las Amazonas. Durante diez 
y ocho meses anduvo vagando en un círculo, y enton- 
ces, oyendo decir que había una tribu poderosa y rica 
en oro, llamada de los Omaguas, se lanzó hacia el sur, 
cruzando el Ecuador con su fuerza de cuarenta hom- 
bres. Encontró a ios Omaguas ; fué derrotado por ellos 
y herido, y al fin pudo llegar a Venezuela después 
de pasar por muchos sufrimientos durante más de 
tres años en las más impenetrables selvas y los di- 
latados pantanos de los trópicos. A su regreso fué ase- 
sinado, y así terminó la dominación alemana en Ve- 
nezuela. 

El hecho de que los Omaguas pudieran derrotar á 
tina compañía española en batalla a campo abierto, 
dio a aquella tribu una gran reputación. Siendo tan 
fuertes en número y en valentía, era natural suponer 
que también fuesen ricos en metales, aun cuando no 
se había visto de ello muestra alguna. 

Arrojado de su cuna, el mito del ((hombre dorado)), 
se había convertido en un fantasma errante. Habíase 
perdido de vista su primitiva forma, y de un ((hombre 
dbrado» se había transformado, poco a poco, en una 
tribu de oro. Se confundieron y combinaron el Dora- 
tío y Meta, siguiendo el curioso pero característico cur- 
so de los mitos. Primero, un hecho notable ; después 
el relato de un hecho que ha dejado de existir ; luego, 
€Í eco lejano de ese cuento enteramente despojado de 
los hechos fundamentales y, por último, un enredo y 
maraña general de! hecho ; la leyenda y el eco for- 
mando un nuevo mito, difícil de reconocer. 

Este mito vagabundo y variable atrajo poderosa- 
mente la atención, en 1550, en la provincia del Perú. 
En aquel año varios centenares de indios de la región 
central del Amazonas, esto es, del corazón del norte del 
Brasil, se refugiaron en las colonias españolas de la 
parte oriental del Perú. Habían sido arrojados de sus 
habitaciones por la hostilidad de las tribus vecinas, y 
no llegaron al Perú sino después de muchos años de 
penosas y azarosas marchas. 

Dieron noticias exageradas de la riqueza e impor- 



iI58 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

tancia <le los Omaguas, y esos cuentos fueron creídos 
con avidez. Sin embargo, no estaba entonces el Perú 
en condiciones de emprender una nueva conquista, y 
sólo diez años después de la llegada de aquellos indioe^ 
refugiados, se dieron algunos pasos acerca de este 
asunto. El primer virrey del Perú, el bueno y gran 
Antonio de Mendoza, que del virreinato de Méjico ha- 
bía sido ascendido a esta más alta dignidad, vio en 
aquellas noticias la oportunidad de tomar una sabia 
medida. Había librado a Méjico de unos cuantos cen» 
tenares de hombres levantiscos que eran una amenaza 
para el buen gobierno, enviándolos a la caza del áureo 
fantasma de Quivira, aquella notable expedición de 
Coronado que fué tan importante para la historia de 
los Estados Unidos. Entonces halló en su nueva pro- 
vincia un peligro análogo pero mucho peor, y para 
librar al Perú de gente maleante y peligrosa, Mendo- 
za organizó la famosa expedición de Pedro de Ursua. 
Fué el cuerpo más numeroso que se reunió en la Amé- 
rica del Sur para una empresa de esta clase en el si- 
glo XVI ; pero se componía de los peores y más feroces 
elementos que jamás hubo en las colonias españolas. 
Las fuerzas de Ursua se concentraron en las márgenes 
del airo Amazonas, y el día i .° de julio, el primer ber- 
gantín zarpó y tomó río abajo. El cuerpo principal de 
la expedición siguió en otros bergantines el 26 de sep- 
jiembre. 

Era aquella región una inmensa selva tropical, en- 
teramente desierta. Pronto se hizo evidente que sus 
esperanzas de oro nunca llegarían a realizarse, y em- 
pezó el descontento a manifestarse de un modo san- 
griento. En aquella turba de malhechores que virtual- 
mente había desterrado el sabio virrey para purificar 
el Perú, no era de esperar que reinase la armonía. No 
hallándose ya diseminados entre buenos ciudadanos 
que pudiesen reprimir sus desmanes, sino unidos en 
descarada pillería, no tardaron, con su conducta, en 
reproducir la fábula de los gatos de Kilkenny (*). Su 
yiaje fué una orgía imposible de describir. 



(•) Según la fábula, dos gatos cayeron en un pozo ét Kilkeany, y »e «ta- 
caron uno a otro con tanta ferocidad que solo quedaron lo» rabos.— JV. dtl T, 



DEL SIGLO XVI 159^ 

Entre aquellos pillastres había uno de condición 
peculiar ; un sujeto deforme, pero muy ambicioso, el 
cual tenía motivos para no desear volver al Perú. Lla- 
mábase Lope de Aguirre. Viendo que el objeto de la 
expedición no podía menos de fracasar, empezó a for- 
mar un plan diabólico. Si no podían hallar oro de la 
manera que esperaban, ¿ por qué no buscarlo de otro- 
modo ? En una palabra, concibió el plan audaz de ha- 
cer traición a España y a todos y fundar un nuevo im- 
perio. Para llevarlo a cabo comprendió que era nece- 
sario deshacerse de los jefes de la expedición, los cua- 
les podrían tener escrúpulos de ser traidores a su pa- 
tria. Así, mientras los bergantines flotaban, río abajo, 
fueron teatro de una serie de atroces tragedias. Pri- 
mero fué asesinado el comandante Ursua, y en su lu- 
gar pusieron a un joven noble, muy disoluto, llamado 
Fernando de Guzmán. En el acto fué elevado a la dig- 
nidad de príncipe, y ese fué el primer paso de su ma- 
nifiesta traición. 

Luego fué asesinado Guzmán, como también la in- 
fame Inés de Atienza, mujer que tomó parte vergon- 
zosa en aquella trama, y el jorobado Aguirre se hizo 
jefe y «tirano». Patentizóse su traición, y desde aquel 
momento mandó la expedición, no como oficial espa- 
ñol, sino como rebelde y pirata. Mientras hacía rum- 
bo al Atlántico, trazó planes de espantosa magnitud y 
audacia. Proveció navegar hasta el Golfo de Méjico, 
desembarcar en el istmo, apoderarse de Panamá y de 
allí navegar hasta el Perú, en donde daría muerte a 
lodos los que se le opusiesen y establecería un impe- 
rio bajo su dominio, 

Pero un curioso accidente desBarató todos sus pla- 
nes. En vez de llegar a la desembocadura del Amazo- 
nas, la flotilla derivó hacia la izquierda, internándose 
en sus laberínticas revueltas, y fueron a parar al río 
Negro. Las lentas corrientes les impidieron descubrir 
su error, y siguiendo adelante hasta el Casiquiare, y 
desde allí penetraron en el Orinoco. El día i.° de ju- 
lio de 1 561 (un año justo estuvieron navegando por el 
laberinto y todos los días se señalaron con asesinatos 
diestro y siniestro), los malvados llegaron al Océa- 



í60 LOS EXPLORADORES ESPAfíOLES 

no Atlántico, pero por la desembocadura del Orino- 
co, y no, como ellos esperaban, por la del Amazonas. 
Diez y siete días después avistaron la isla de Marga- 
rita, donde hab«a un puesto español. A traición se 
apoderaron de la isla y proclamaron su independencia 
de ílspaña. 

Con este acto se proveyó Aguirre de dinero y de 
algunas municiones; pero le fallaban buques para ha- 
cer un viaje por mar. Trató de apoderarse de un gran 
bajel que conducía a Venezuela al provincial Monte- 
sinos, misionero dominico ; pero su traición se vio 
frustrada, y se dio la alarma al continente. Furioso por 
su fracaso aquel monstruo descuartizó a los oficiales 
reales de Margarita. Se desconcertó así su plan de 
llegar a Panamá ; pero al fin logró apresar un buque 
más pequeño, con el cual pudo desembarcar en la cos- 
ía de Venezuela, en el mes de agosto de 1561. Su co- 
rrería por el continente dejó una estela de crímenes y 
de rapiña. La gente, atacada por sorpresa y no pu- 
diendo oponer una resistencia inmediata a aquel mal- 
vado, huía cuando él se acercaba. Las autoridades en- 
viaron a pedir ayuda hasta Nueva Granada, y toda la 
parte norte de la América del Sur estaba aterrorizada. 

Aguirre continuó sin oposición hasta llegar a Bar- 
quisimeto. Halló aquel pueblo desierto ; pero pronto 
llegó el edecán Die^o de Paredes, con una fuerza leal 
que había reunido precipitadamente. Al mismo tiem- 
po, Quesada, conquistador de Nueva Granada, se apre- 
suraba a marchar contra el traidor con cuantas fuer- 
zas podía allegar. Aguirre se halló sitiado en Barqui- 
simeto, y sus parciales empezaron a desertar. Final- 
mente, viéndose casi solo. Aguirre mató a su hija (que 
había participado en todas aquellas terribles correrías) 
y se rindió. El comandante español no quería ejecutar 
al architraidor ; pero los mismos secuaces de Aguirre 
insistieron en que se le diese muerte, y lo lograron. 

Hiciéronse posteriormente otras muchas tentativas 
para descubrir «el hombre dorado», pero fueron de po- 
ca importancia, excepto la que realizó Sir Walter Ra- 
leigh en 1595. Solamente llegó hasta el Salto Coroni, 
*es decir, que no pudo llevar a cabo una empresa tan 



DEL SIGLO XVI l6l 

grande siquiera como la de Ordaz ; pero volvió a In- 
glaterra con estupendos relatos de un gran lago inte- 
rior y de ricas naciones. Había confundido la leyenda 
del Dorado con noticias de los Incas del Perú, lo cual 
prueba que los españoles no eran los únicos que co- 
mulgaban con ruedas de molino. A la verdad, tanto 
los exploradores ingleses como los de otras naciones, 
fueron igualmente crédulos y sintieron la propia ansia 
de llegar hasta el oro fabuloso. El mito del gran lago, 
el lago de Parime, fué absorbiendo gradualmente el 
mito del «hombre dorado». La tradición histórica se 
fundió y perdió en la fábula geográfica. Únicamente 
en las selvas orientales del Perú reapareció el Dorado 
al principio del siglo xviii ; pero como una ficción ter- 
giversada y sin fundamento. Mas el lago Parime per- 
maneció en los mapas y en las descripciones geográ- 
ficas. Es una curiosa coincidencia que donde se creía 
existían las tribus de oro de Meta, se hayan descubier- 
to recientemente las minas de oro de Guayana, que han 
sido motivo de disputa entre Ingraterra y Venezuela. 
Es cierto que Meta era tan sólo un mito ; pero hasta 
ese mito fué de utilidad. 

La fábula del lago de Parime, el cual por mucho 
tiempo se creyó que era un gran lago que tenía de- 
trás grandes cordilleras de montañas de plata, la des- 
barató por completo Humboldt a principios del si- 
glo XIX. Demostró que no había tal gran lago, ni ta- 
les montañas de plata. Las anchas sabanas del Orino- 
co, cuando se inundaban en la estación de las lluvias, 
se creyó que eran un lago, y el fondo de plata era sen- 
cillamente el reflejo de los rayos solares en los picos 
de roca micácea. 

Con las investigaciones de Humboldt desapareció 
la más curiosa y fantástica leyenda de la Historia. 
Ningún otro mito o tradición de la América del Norte 
o de la del Sur llegó a ejercer tan poderosa influencia 
en el curso de los descubrimientos geográficos ; nin- 
gún otro puso a prueba el esfuerzo humano de un 
modo tan pasmoso, y ninguno ilustró con tanta bri- 
llantez la incomparable tenacidad y la abnegación inhe- 
rentes al carácter español. Para la mayoría de nosotros 



102 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

es una nueva pero una verdadera y comprobada lec- 
ción, que esa nación meridional, más impulsiva e im- 
petuosa que las del norte, era también más paciente 
y más sufrida. 

Murió el mito ; pero no había existido en vano. 
Antes de que fuese desmentido, había dado pie a la 
exploración del Amazonas, del Orinoco, de toda la 
parte del Brasil situada al norte del Amazonas, de 
toda Venezuela, de toda Nueva Granada y del este 
del Ecuador. Una mirada al mapa nos revelará lo que 
esto significa ; y es que «el hombre dorado» hizo que 
conociese el mundo la geografía de la América del Sur 
que se extiende al norte de la línea ecuatorial. 



ni 

Exploradores ejemplares 



DEL SIGLO XVI ^65 



1 

EL PORQUERIZO DE TRUJILLO 

Bl llA por los años de 147 1 a I478 (no estamos se- 
guros de la fecha exacta), nació un infortunado 
chico en la ciudad de Trujillo, provincia de Extrema- 
dura (España). Era hijo ilegítimo del coronel Gonzalo 
Pizarro, el cual se había distinguido en las guerras dé 
Italia y de Navarra. Pero su parentesco no le fué de 
provecho alguno. El niño bastardo nunca tuvo hogar ; 
hasta se dice que fué abandonado como expósito en 
el atrio de una iglesia. Creció y se hizo hombre en, la 
ignorancia y la pobreza más abyecta, sin escuela y 
sin que nadie cuidase de él, y teniendo que procurar- 
se por sí solo la subsistencia. Únicamente podía dedi- 
carse a las más bajas faenas ; pero parece que en ellas 
ponía sus cinco sentidos. ¡ Cómo los muchachos de la 
vecindad se hubieran reído y mofado si alguien les 
hubiese dichoT «Ese rapaz sucio y harapiento que 
guarda puercos en los encinares de Extremadura, será 
un día un grande hombre, en un nuevo mundo que 
nadie ha visto todavía ; será un soldado más famoso 
que nuestro Gran Capitán, y repartirá más oro que 
el Rey, nuestro Señor!» Y no hubiese podido repro- 
chárseles sus burlas. El hombre más sabio de Europa 
en aquella ép>oca tamjxxx) habría dado crédito a tal 
profecía ; porque, a la verdad, era la cosa más impro- 
bable del mundo. 

Pero el mozuelo que sabía guardar fielmente los 
puercos cuando no había cosa mejor que hacer, podía 
dedicarse a cosas más grandes cuando éstas se le ofre- 



1 66 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

cían, y salir igualmente airoso de ellas. Afortunada- 
mente para él, surgió muy a tiempo el Nuevo Mundo. 
A no ser por Colón, hubiera sido hasta su muerte un 
porquerizo, y hubiese perdido la Historia una de sus 
más gallardas figuras, así como otras muchas a quie- 
nes el aventurero genovés abrió las puertas de la in- 
mortalidad. Para miles de hombres tan incomprendi- 
dos por sí mismos como por los demás, no había en- 
tonces en la vida sino una abyecta obscuridad en la 
atestada, ignorante y empobrecida Europa. Cuando 
España halló de repente nuevas tierras allende los ma- 
res, causó el hecho un despertar de la humanidad como 
no se había visto ni volverá a verse nunca. Se halló» 
literalmente hablando, un nuevo mundo, v con ello se 
creó casi una nueva gente No sólo se aprovecharon 
de tan maravillosa novedad los grandes hombres y los 
de preclaro ingenio ; el más pobre e ignorante podía 
entonces elevarse y crecer hasta desarrollar toda la 
estatura del hombre que dentro de él había. Fué, en 
realidad, el gran principio de la libertad del hombre ; 
la primera apertura de la puerta de la igualdad; la 
primera semilla de las naciones libres como la nuestra. 
El Viejo Mundo era el campo de los ricos y los favo- 
recidos ; pero América era ya lo que tiene el orgullo 
de ser hoy : la gran oportunidad para el pobre. Y es 
un hecho muy notable que casi todos los que se hi- 
cieron una gran nombradía en América, fueron no los 
grandes que a ella vinieron, sino los hombres obscu- 
ros que aquí se aquistaron la admiración de un mundo 
que antes ni siquiera conocía su nombre. De todos és- 
tos y de todos los otros, fué Pizarro el más grande ex- 
plorador. El engrandecimiento del mismo Napoleón 
no fué un triunfo tan sorprendente de la fuerza de vo- 
luntad y del genio sobre todos los obstáculos, ni mo- 
ralmente más digno de alabanza. 

No sabemos en qué año Francisco Pizarro, el por- 
querizo de Trujillo, llegó a América ; pero sí que em- 
pezó a ser hombre de importancia en 1510. En dicho 
año se hallaba ya en la isla Española y acompañó a 
Ojeda en su desastrosa expedición a Urabá en el con- 
tinente. Allí se mostró tan valeroso y prudente, que 



DEL SIGLO XVI 1 67 

Ojeda le dejó encargado de la malhadada colonia de 
San Sebastián mientras él regresaba a la Española 
en busca de auxilios. Esta primera responsabilidad que 
recayó sobre Pizarro, estaba preñada de peligros y su- 
frimientos ; p€ro nuestro ex porquerizo se mantuvo a 
la altura de la situación, y comenzó a desarrollarse en 
él aquel raro y paciente heroísmo que más tarde debía 
sostenerle durante los años más terribles que haya vi- 
vido conquistador alguno. Dos meses estuvo esperan- 
do en aquel sitio mortífero, hasta que perecieron tan- 
tos, que los sobrevivientes pudieron al fin salvarse 
apretujándose en el único bote que tenían. 

Entonces Pizarro se unió con Balboa y participó 
de aquella penosa marcha a través del istmo y del bri- 
llante honor del descubrimiento del Pacífico. Cuando 
la intrépida carrera de Balboa tuvo un fin repentino y 
sangriento, Pizarro pasó al mando de Pedro Arias 
Dávila, el cual le envió a varias expediciones de poca 
importancia. En 1515 cruzó de nuevo el istmo, y pro- 
bablemente oyó hablar de un modo vago del Perú. 
Pero no tenía dinero ni influencia para lanzarse por 
sí solo a una aventura. Acompañó al gobernador Dá- 
vila cuando éste se trasladó a Panamá y se acreditó en 
varias pequeñas expediciones. Pero a la edad de cin- 
cuenta años era todavía pobre y desconocido ; no era 
más que un humilde «ranchero» que vivía cerca de 
Panamá. En aquel pestilente y despoblado istmo, po- 
cas oportunidades se le ofrecían para resarcirse de la 
pérdida de su juventud. No había aprendido a leer ni 
a escribir y, la verdad sea dicha, eso nunca llegó a 
aprenderlo ; pero es evidente que había aprendido co- 
sas más importantes, y había desarrollado una virili- 
dad que podía servirle para hacer frente a cualquier 
contingencia. 

En 1522, Pascual de Andagoya hizo un pequeño 
viaje desde Panamá por la costa del Pacífico ; pvero 
no fué más allá de donde había llegado Balboa algu- 
nos años antes. Su fracaso, sin embargo, llamó de 
nuevo la atención hacia los países desconocidos si- 
tuados más al sur, y Pizarro ardía en deseos de ex- 
plorarlos. La mente del hombre que había sido por- 



1 68 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

querizo fué la única que supo comprender la impor- 
tancia de aquellas regiones que esperaban ser descu- 
biertas ; su valor, el único que podía afrontar los obs- 
táculos que para lograrlo existían. Al fin halló dos 
hombres prestos a escuchar sus planes y a ayudarle a 
realizarlos. Estos fueron Diego de Almagro y Her- 
nando de Luque. Almagro era un soldado de fortuna, 
un expósito como Pizarro, pero mejor educado y de 
alguna más edad. Físicamente era un hombre valero- 
so, aunque no tenía el elevado valor moral ni la influen- 
cia moral de Pizarro. Era, por todos conceptos, un 
hombre de más baja estofa ; más bien lo que podía 
esperarse de ambos por su nacimiento, que no ese 
carácter fenomenal del hombre que demostró hallarse 
tan en su centro en las cortes y las conquistas, como 
guardando cerdos en su tierra. No sólo podía Pizarro 
acomodarse fácilmente a cualquier rango de fortuna, 
sino que en él no hacían mella ni el poder ni la pobre- 
za. Era hombre de rectos principios, esclavo de su pa- 
labra, inflexible, heroico, y no obstante prudente y hu- 
manitario, generoso, justo y siempre leal ; cualidades 
todas en que muy por debajo de él estaba Almagro. 

Luque era un sacerdote, vicario en Panamá. Era 
un hombre sabio y bueno, a quien mucho debieron los 
dos soldados. Sólo tenían éstos gran valor y fuertes 
brazos para la expedición, y él tuvo que aprontar los 
medios. Hízolo con dinero que obtuvo del licenciado 
Espinosa, jurisconsulto. Era necesario, como en todas 
las provincias españolas, el consentimiento del gober- 
nador, y aunque Dávila no parecía aprobar la expedi- 
ción, se obtuvo su permiso con la promesa de darle 
una participación en los beneficios, aun cuando no 
tenía que contribuir a los gastos. Se le dio el mando a 
Pizarro, y salieron en noviembre de 1524, con un cen- 
tenar de hombres. Almagro se quedó para seguirles 
tan pronto como pudiera, con la esperanza de reclutar 
más gente en la pequeña colonia. 

Después de costear alguna distancia hacia el sur, 
Pizarro hizo un desembarco. Era aquel un sitio in- 
hospitalario. Los exploradores se hallaron en un in- 
menso pantano tropical, donde era imposible avanzar 



DEL SIGLO XVI 1I69 

a causa de las ciénagas y de la espesa manigua. Los 
miasmas que emanaban de aquel cenagal, eran un 
enemigo cruel e intangible. Nubes de venenosos in- 
sectos se cernían sobre ellos. Pensar que las moscas 
sean un peligro para la vida parecerá extraño a los 
que sólo conocen las zonas templadas pero en algu- 
nas partes de los trópicos hay insectos más terribles 
que los lobos. Desde la marisma, dos españoles, ex- 
haustos, lograron difícilmente abrirse paso hasta unos 
montes, cuyas aguzadas rocas (que probablemente eran 
de lava) les cortaban los pies hasta los huesos. Y nada 
encontraron para consolarles y alentaríes ; todo era un 
desierto sin aliciente alguno. Con trabajo retrocedie- 
ron hasta su tosco bergantín, aplanados bajo un sol 
tropical, y se embarcaron de nuevo. Aprovisionándo- 
se de agua y de madera, continuaron su rumbo hacia el 
sur. Entonces sobrevinieron fuertes tormentas que du- 
raron diez días. Lanzado de una a otra parte por las 
olas, su desvencijado barco estuvo a punto de hacer- 
se pedazos. Escaseó el agua, y en cuanto a alimento, 
tuvieron que contentarse con dos mazorcas de maíz 
diarias cada uno. Tan ponto como el tiempo se lo 
permitió, procuraron desembarcar, pero se hallaron 
de nuevo en una selva tupida e impenetrable. Aquellas 
extrañas, inmensas selvas de los trópicos (selvas tan 
grandes como toda Europa), son la parte más ingrata 
de la Naturaleza : el inmenso mar y las desiertas lla- 
nuras no son tan solitarias ni tan mortíferas como 
ellas. Arboles gigantescos, algunos de ellos de mucho 
más de cien pies de circunferencia, crecen apiñados y 
altísimos, sumidos en eterna lobreguez, enlazados sus 
enormes troncos con espesas enredaderas de tal modo 
que forman, no ya un bosque, sino una impenetrable 
muralla. Para dar un paso hay que abrirse camino con 
el hacha. Grandes y repugnantes serpientes y enor- 
mes saurios viven allí, y en aquel aire caliente y hú- 
medo se esconde un enemigo más mortal que la boa, 
el caimán o la víbora : la pestilencia tropical. 

No eran canijos aquellos hombres ; pero en tan 
terribles desiertos pronto perdieron toda esperanza. 
Empezaron a maldecir a Pizarro por haberles llevado 



170 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 7. , 

a tan miserable muerte, y clamoreaban porque les voU 
vi(^.se a Panamá. Pero eso sólo servía para contrastar 
la diferencia que había entre hombres que eran vale- 
rosos físicamente y un hombre de valor moral como 
Pizarro. No tuvo éste la menor idea de abandonar la 
empresa ; sin embargo, como sus hombres estaban dis- 
puestos a amotinarse, era preciso hacer algo, y tuvo 
una idea brillante ; uno de los primeros chispazos de 
aquel genio que se desarrolló de modo tan notable 
ante el peligro y la necesidad. Alentaba a sus subordi- 
nados mientras trataba de desbaratar su motín. En- 
cargó a Montenegro, uno de sus oficiales, que se fue- 
se en el bergantín, con la mitad del pequeño ejército a 
la Isla de las Perlas en busca de provisiones. Esto fué 
parte a que no se abandonase la expedición. Pizarro y 
sus cincuenta hombres no podían volverse a Panamá, 
porque no tenían buque ; y Montenegro y sus acom- 
p>añantes no podían dejar de volver con algunos auxi- 
lios. Pero fué muy doloroso aquel compás de espera. 
Durante seis semanas, aquellos famélicos españoles 
anduvieron perdidos por la ciénaga, cuya salida no 
podían hallar. No encontraban allí alimento alguno, 
excepto los mariscos que recogían y algunas bayas, 
entre las cuales las había venenosas y que causaban 
muchos dolores a los que las comían. Pizarro partici- 
paba de las penalidades de sus hombres con bonda- 
dosa abnegacón, compartiendo alimentos con el más 
pobre soldado y trabajando como los demás, siempre 
animándoles con el ejemplo y con sus buenas palabras. 
Más de veinte hombres, casi <la mitad de aquel grupo, 
murieron a consecuencia de sus privaciones, y los que 
sobrevivieron perdieron toda esperanza, excepto el es- 
forzado jefe. Cuando estaban ya a punto de desfalle- 
cer, una luz lejana que vieron brillar a través de la 
selva les dio valor, y abriéndose camino hacia ella, 
llegaron por fin a un C£impo abierto donde había una 
aldea india, cuyas provisiones de maíz y de cocos sal- 
varon a los extenuados españoles. Tenían aquellos in- 
dios unos cuantos toscos adornos de oro y dijeron que 
hacia el sur había un país muy rico en este metal. 
Por fin, Montenegro regresó con su buque y algu- 



DEL SIGLO XVI I7I 

ñas provisiones al puerto del Hambre, como le llama- 
ron los españoles. También él había sufrido mucho a 
causa de las tormentas, que le retrasaron en su viaje. 
Unidos los dos grupos, navegaron hacia el sur y pron. 
to llegaron a una costa más abierta, donde encontra- 
ron otra aldea de indios. Los habitantes habían huido ; 
pero los exploradores hallaron alimentos y algunos or- 
namentos de oro. Quedaron horrorizados, sin embargo, 
al descubrir que se hallaban entre caníbales, puesto 
que vieron piernas y brazos humanos que se estaban 
asando en las hogueras. Determinaron hacerse a la 
mar en medio de una tormenta, antes que quedarse 
en un lugar tan repulsivo. Al llegar a un promontorio, 
que bautizaron con el nombre de Punta Quemada, tu- 
vieron que desembarcar de nuevo, porque su pobre 
barco estaba tan quebrantado que había peligro de 
que se fuese a pique. Mientras Pizarro acampaba en 
una ranchería abandonada, envió a Montenegro con 
una pequeña fuerza a hacer exploraciones tierra aden- 
tro. Había penetrado el teniente unas cuantas millas, 
cuando cayó en una emboscada que le tendieron los 
indígenas, y tres de sus hombres fueron muertos. Los 
españoles no tenían ni siquiera mosquetes ; pero con 
espada y ballesta lucharon desesperadamente y por fin 
rechazaron a sus atezados enemigos. Los indios, vien- 
do allí frustrado su propósito, regresaron a marchas 
forzadas a su aldea, y por serles familiares las vere- 
das llegaron antes que Montenegro y le atacaron sú- 
bitamente. Pizarro, con su pequeña fuerza, salió a su 
encuentro, y empezó una lucha feroz, pero desigual. 
Estaban los españoles en gran minoría, y su situación 
era desesperada. En la primera descarga de flechas del 
enemigo. Pizarro recibió siete heridas, hecho que por 
sí solo basta para demostrar la escasa ventaja que la 
armadura de los españoles les daba sobre los indios, 
mientras que era una carga muy pesada bajo el calor 
de los trópicos y entre enemigos tan ágiles. Los espa- 
ñoles tuvieron que cejar, y al retroceder, Pizarro res- 
baló y cayó. Los indios, reconociendo fácilmente que 
era el jefe, dirigieron todos sus esfuerzos contra él, y 
varios de ellos se lanzaron sobre el guerrero caído y 



172 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

ensangrentado, pero Pizarro se levantó y haciendo un 
supremo esfuerzo, tumbó a dos de ellos y mantuvo a 
los otros a distancia, hasta que vinieron sus hombres 
en su ayuda. Entonces acudió Montenegro y atacó 
por detrás a los indios, viéndose pronto los españoles 
dueños del campo. Pero les había costado muy caro, y 
el jefe comprendió claramente que no podía permane- 
cer en aquella tierra salvaje con tan pequeña fuerza. 
Pensó, por lo tanto, en ir a buscar refuerzos. 

Embarcóse de nuevo para volver a Chicamá, y per- 
maneciendo allí con la mayoría de sus hombres, cui- 
dando de que no tuviesen ocasión de desertar, envió 
a Nicolás de Ribera, con el oro que habían recogido 
y un informe detallado de sus hechos, al gobernador 
Dávila, de Panamá. 

Entre tanto, Almagro, después de muchas demo- 
ras, había salido de Panamá en otro buque y con se- 
senta hombres para seguir a Pizarro. Encontró la pis- 
ta por los árboles que Pizarro había marcado en va- 
rios puntos, según lo convenido. Desembarcó en Pun- 
ta Quemada, y allí le recibieron los indios de un modo 
hostil. Llegaba Almagro con la sangre ardiente y car- 
gó contra ellos con denuedo. En esa acción, una ja- 
velina de los indios le produjo tan grave herida en la 
cabeza que, después de unos días de intenso sufri- 
miento, perdió uno de sus ojos. Pero, no obstante esa 
gran desgracia, continuó implertérrito su viaje. La 
gran resistencia física de aquel hombre era su cuali- 
dad más admirable. Podía arrostrar el peligro y el 
dolor bravamente ; j>ero pocos días después demostró 
que carecía de valor moral. En el Río San Juan, la so- 
ledad y la incertidumbre fueron demasiado para Al- 
magro, y se volvió hacia Panamá. Afortunadamente 
supo que su capitán estaba en Chicamá, y allí se jun- 
tó con él. Pizarro no pensaba en abandonar la empre- 
sa, y de tal modo influyó en Almagro, el cual sólo ne- 
cesitaba ser dirigido para estar pronto a cualquier ha- 
zaña, que los dos se juraron solemnemente llegar has- 
ta el fin de su viaje o morir como hombres en la em- 
presa. Pizarro le envió a Panamá en busca de auxilios, 



DEL SIGLO XVI 173 

y éí Ée iquedó alentando á sus hombres en el pestífero 
Chicamá. 

El gobernador Dávilá, hombre nada emprendedor 
y poco dado a la administración, estaba a la sazón de 
muy mal humor para que le pidiesen ayuda. Uno de 
sus subordinados en Nicaragua merecía ser castigado 
según él creía, y su fuerza no era suficiente para el 
caso. Se arrepentía amargamente de haber permitido 
a Pizarro irse con, cien hombres, que ahora le serían 
muy útiles, y rehusó ayudar a la expedición y hasta 
permitir que continuase. Luque, cuyo cargo y carác- 
ter le daban influencia en la pequeña colonia, finalmen- 
te persuadió al pusilánime gobernador a que no estor- 
base la expedición. Hasta en eso mostró Dávila su co- 
dicia. Como precio de su consentimiento oficial, sin el 
cual no podía hacerse el viaje, exigió el pago de mil 
pesos de oro, renunciando todo su derecho a los be- 
neficios de la expedición, que estaba seguro que serían 
casi nulos. Un peso de oro valía entonces mucho más 
de lo que vale ahora. En aquellos días era dicho me- 
tal mucho más escaso que en la actualidad, y, por con- 
siguiente, era mayor su valía. Con un peso oro po- 
día entonces comprarse una cantidad de cosas cinco 
veces mayor que ahora, de modo que lo que se lla- 
maba un duro, y pesaba un duro, tenía realmente el 
valor de cinco duros. Por consiguiente, el dinero que 
exigía Dávila como soborno, equivalía a cinco mil 
duros. 

Afortunadamente, por aquel tiempo Dávila fué 
substituido por otro gobernador de Panamá, don Pe- 
dro de los Ríos, el cual no puso obstáculos al gran, 
proyecto. Con fecha 10 de marzo de 1526, hicieron un 
nuevo contrato Pizarro, Almagro y Luque. El buen 
vicario había hecho un anticipo de cien mil pesos en 
barras de oro para la expedición, y tenía que percibir 
una tercera parte de todos los beneficios. Pero en rea- 
lidad la mayor parte de ese dinero procedía del licen- 
ciado Espinosa, y por medio de un contrato privado 
se estipuló que la participación que corresp>ondía a 
Luque se entregaría al licenciado. Se compraron y 
abastecieron con provisiones dos nuevos buques, ma- 



174 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

yores y mejores que el estropeado bergantín que haSía 
construido Núñez de Balboa. El pequeño ejército se 
engrosó con reclutas hasta reunir i6o hombres, y tam- 
bién se adquirieron unos cuantos caballos, quedando 
equipada y lista la segunda expedición. 



DEL SIGLO XVI 175 



II 

EL HOMBRE IMPERTÉRRITO 

C^ ON una fuerza tan insuficiente, aunque mucho más 
numerosa que antes, Pizarro y Almagro se em- 
barcaron de nuevo para llevar a cabo su peligrosa em- 
presa. El piloto era Bartolomé Ruiz, valiente y leal 
andaluz y buen marino. El tiempo se presentaba me- 
jor, y los aventureros iban muy esperanzados. Des- 
pués de navegar unos cuantos días, llegaron al río San 
Juan, que era el punto más lejano de aquella costa a 
que había llegado europeo alguno : se recordará que 
fué el punto donde Almagro se descorazonó y volvió 
hacia atrás. Allí hallaron más soldados indios y un 
p>oco de oro ; pero también allí la inmensidad y aspe- 
reza del desierto se hizo más evidente. Nos es muy di- 
fícil concebir, en esta época de comodidades, cuan per- 
didos se hallaban aquellos exploradores. No había en- 
tonces en todo el mundo un hombre de raza blanca que 
supiese lo que había más allá del sitio adonde habían 
llegado los aventureros españoles ; y para sentir alien- 
to y valor es necesario saber con certeza que existe al- 
gún objetivo en el punto a que nos encaminamos. Po- 
demos comprender lo que por ellos pasaría, si nos ima- 
ginamos un grupo de muchachos, valerosos pero in- 
doctos, conducidos con los ojos vendados a una dis- 
tancia de mil millas, y abandonados en un desierto sel- 
vático y enteramente desconocido. 

Allí hizo alto Pizarro con parte de sus hombres, y 
envió a Almagro a Panamá con uno de los buques en 
busca de reclutas, y al piloto Ruiz con el otro buque 



176 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



..K 



a explorar la costa más al sur. Ruiz costeó hasta lle- 
gar a la Punta de Pasado, y fué el primer hombre 
blanco que cruzó la línea ecuatorial en el Pacífico, lo 
cual no es menguado honor. Encontró un país de más 
promisión, y vio pasar una balsa grande con velas de 
tela de algodón, en la cual iban varios indios. Tenían 
espejos (probablemente de vidrio volcánico, como era 
común entre los aborígenes del Sur) con marcos de 
plata, y adornos de plata y de oro, además de géneros 
notables en que había entretejidas figuras de animales, 
pájaros y peces. El recorrido duró varias semanas, y 
Ruiz llegó a San Juan muy oportunamente. Pizarro y 
su gente sufrieron horribles penalidades. Habían he- 
cho un gallardo esfuerzo para penetrar tierra adentro ; 
pero no les fué posible salir de la horrenda selva tro- 
pical «cuyos árboles llegaban hasta el cielo». La es- 
pesa manigua no era tan solitaria como la de las otras 
selvas en que habían estado. Había multitud de char- 
loteros loros y brillantes monos, alrededor de los árbo- 
les se enroscaban perezosas boas, y dormitaban los 
caimanes junto a empantanadas lagunas. Muchos de 
los españoles perecieron, víctimas de aquellos horri- 
pilantes y raros reptiles : algunos murieron hechos 
pulpa, estrujados por las potentes roscas de las ser- 
pientes, y otros fueron triturados entre las mandíbulas 
de los escamosos saurios. Muchos más fueron muertos 
por los indios que estaban en acecho : en una sola arre- 
metida, catorce de aquella menguante partida fueron 
asesinados por los naturales que rodeaban su emba- 
rrancada canoa. Agotáronse también sus provisiones, 
y los que quedaron con vida se estaban muriendo dfe 
hambre cuando llegó Ruiz con escasos auxilios, pero 
con noticias alentadoras. Pronto llegó también Alma- 
gro, con provisiones y un refuerzo de ochenta hom- 
bres. 

Toda la expedición se hizo de nuevo a la vela con 
rumbo al Sur. Pero en seguida se desencadenaron per- 
sistentes tormentas. Después de indecibles sufrimien- 
tos, los exploradores volvieron la proa hacia la isla 
del Gallo, donde permanecieron dos semanas para re- 
parar sus desmantelados buques y sus cuerpos, igual- 



DEL SIGLO XVI I177 

mente quebrantados. Después se embarcaron otra vez, 
dirigiéndose a mares ignotos. El paisaje iba presen- 
tando gradualmente mejor aspecto. Los palúdicos bos- 
ques tropicales ya no se extendían hasta la orilla del 
mar. Entre los boscajes de ébanos y caobos, había de 
vez en cuando algunos claros, con campos rústica- 
mente cultivados, y también poblados indios de bas- 
tante extensión. En aquella región había placeres au- 
ríferos y criaderos de esmeraldas, y los indígenas te- 
nían valiosos ornamentos. Los españoles desembarca- 
ron, pero fueron acometidos por un número muy su- 
perior de indios, y sólo pudieron librarse de ellos de 
una manera muy curiosa. En la desigual batalla los 
españoles se vieron acorralados, cuando uno de ellos 
cayó de su caballo, y ese pequeño incidente puso en 
fuga el enjambre de indígenas. Algunos historiadores 
han ridiculizado la idea de que semejante minucia 
pudiese producir aquel efecto ; pero esto es debido a 
ia ignorancia de los hechos. Hay que tener presente 
que aquellos indios nunca habían visto un caballo. To- 
maron al jinete español y su cabalgadura por un ani- 
mal grande, raro y asaz terrible por sí solo : trasunto 
del antiguo mito griego de los Centauros, este incidente 
muestra el modo cómo nació aquel mito. Pero, luego 
la gran bestia desconocida se dividió en dos partes, 
que podían obrar con entera independencia la una de 
la otra, y esto era demasiado para aquellos supersti- 
ciosos indios, todos los cuales huyeron despavoridos. 
Los españoles salieron escapados hacia sus buques y 
dieron gracias al cielo por su extraña liberación. 

Pero esta escapada milagrosa les demostró más cla- 
ramente la insuficiencia de aquel puñado de hombres 
para luchar contra las hordas de indios. Necesitaban 
más refuerzos, y otra vez se embarcaron hacia la isla 
del Gallo, donde esperaría Pizarro mientras Almagro 
iba a Panamá en solicitud de auxilios. Obsérvese cómo 
Pizarro siempre tomaba para sí la carga más pesada 
y más penosa y daba la más fácil a su consocio. Siem- 
pre era Almagro el que se enviaba a las comodidades 
que ofrecía la civilización, mientras que el esforzado 
jefe soportaba la espera, el peligro y el sufrimiento. 



[178 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

El mayor obstáculo que se presentaba entonces consis^ 
tía en los mismos soldados, aun teniendo en cuenta 
los mortales peligros y enormes privaciones que de- 
bían sufrir. Pero los peligros y las privaciones de por 
fuera son más llevaderos que la traición y el descon- 
tento por dentro. A cada paso Pizarro tenía que sos^ 
tener moralmente a sus hombres. Sentíanse constante- 
mente descorazonados (y ciertamente tenían motivo- 
para estarlo) ; y en tal estado de ánimo se hallaban 
dispuestos a cualquier acto de violencia, y de ningún 
modo a seguir adelante. Así es que Pizarro tenía cons- 
tantemente que esforzar su voluntad y su valor no so- 
lamente para él mismo, que sufría tan cruelmente 
como el último, sino para todos. Era como uno de 
esos espíritus vigorosos que vemos algunas veces sos- 
teniendo un cuerpo medio muerto, cuerpo que mu- 
cho antes se hubiera ya disgregado de un espíritu me- 
nos intrépido. 

Los hombres se habían amotinado de nuevo, y a 
pesar del animoso ejemplo y de los esfuerzos de Piza- 
rro, estuvieron a punto de hacer fracasar toda la em- 
presa. Por conducto de Almagro enviaron a la es- 
posa del gobernador un ovillo de algodón como mues- 
tra de los productos del país ; pero en este al parecer 
inocuo regalo, los cobardes habían escondido una car- 
ta en la cual declaraban que Pizarro les conducía a la 
muerte, y amonestaban a otros que no le siguiesen. 
Un verso ramplón, colocado al final, decía que Piza- 
rra era un carnicero que esperaba más carne, y que Al- 
magro había ido a Panamá a recoger ovejas para lle- 
varlas al matadero. 

La carta llegó a manos del gobernador Los Ríos^. 
el cual se indignó mucho al leerla. Envió al cordobés 
Tafur con dos buques a la isla del Gallo a recoger a to- 
dos los españoles que allí estaban, y estorbar así una 
expedición cuya importancia no era su mente capaz 
de comprender. Pizarro y sus hombres sufrían terri- 
blemente, siempre calados por las tormentas y casv 
muertos de hambre. Cuando llegó Tafur, todos menos 
Pizarro lo acogieron como un salvador y querían vol- 
verse con él en el acto. Pero el capitán no cejó. Con; 



DEL SIGLO XVI 'I79 

SU daga trazó una raya sobre la arena y mirando a sus 
hombres de hito en hito les dijo : «Camaradas y ami- 
gos : de aquel lado está la muerte, las privaciones, el 
hambre, la desnudez, las tempestades ; de este lado 
está la comodidad y la molicie. Desde este lado vais a 
Panamá a ser pobres ; del otro lado vais al Perú a ser 
ricos. El que sea valiente castellano, que escoja lo pre- 
ferible.)) 

Al decir esto cruzó la raya, pasándose al sur. Ruiz, 
el bravo piloto andaluz, cruzó también detrás de él ; 
lo mismo hizo Pedro de Candía, el griego, y uno tras 
otro once héroes más, cuyos nombres merecen- ser re- 
cordados por cuantos aman la lealtad y el valor. Eran 
Cristóbal de Peralta, Domingo de Soria Luce, Nico- 
lás de Ribera, Francisco áe Cuéllar, Alonso de ¡Moli- 
na, Pedro Alcón, García de Jerez, Antón de Carrión, 
Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre. 

El ruin Tafur sólo vio en este acto de heroísmo una 
desobediencia al gobernador, y no quiso dejarles uno 
de sus buques. Con dificultad se le pudo inducir a que 
les abandonase algunas provisiones, siquiera para im- 
pedir que se murieran, y con sus cobardes pasajeros se 
volvió a Panamá, dejando a los catorce solos en su 
pequeña isla del desconocido mar Pacífico. 

¿ Tuvo nunca el lector conocimiento de un heroís- 
mo más grande ? ¡ Solos, aprisionados por el gran 
mar, con muy pocos alimentos, sin buques, sin ropa, 
casi sin armas, había allí catorce hombres, empeñados 
todavía en conquistar un país salvaje tan grande como 
toda Europa ! Hasta el parcial historiador Prescott ad- 
mite que en todos los anales de la caballería no se en- 
cuentra nada que la aventaje. 

La isla del Gallo se hizo inhabitable, y Pizarro y 
sus hombres construyeron una frágil balsa y en ella 
navegaron setenta y cinco millas hacia el norte, hasta 
llegar a la isla de Gorgona. Esa era tierra más alta y 
en ella había madera, y los exploradores construyeron 
chozas para resguardarse de las tormentas. Sufrieron 
grandemente por el hambre, pK)r la intemperie y por 
causa de los bichos venenosos, que les martirizaban 
cruelmente. Pizarro reunía a su gente a diario para 



1 8o ¿US EXPLORADORES ESPA.^'OLES 

hacer sus devociones, y todos los días daban gracias a 
Dios por conservarles la vida y le pedían que no los 
desamparase. Pizarro fué siempre un hombre devoto. 
y nunca hacía acto alguno sin invocar la gracia divi- 
na, ni se olvidaba nunca de dar gracias a Dios por 
los éxitos que alcanzaba. Así lo hizo hasta el fin, y 
aun en sus postrimerías trazó con los dedos la cruz, 
que tanto reverenciaba. 

Durante siete inenarrables meses, los catorce hom- 
bres abandonados esperaron y sufrieron en su solita- 
rio arrecife. Tafur llegó salvo a Panamá, y dio cuenta 
de haberse negado aquellos hombres a volver con él. 
El gobernador Los Ríos se irritó más todavía y rehu- 
só prestar auxilio a los obstinados náufragos. Pero Lu- 
que, recordándole que las órdenes que había recibido 
de la Corona eran que ayudase a Pizarro, al fin indujo 
al tacaño gobernador a que permitiese enviarles un 
buque con casi los suficientes marineros para tripular- 
lo y un pequeño acopio de provisiones. Pero con el 
buque se enviaron órdenes terminantes a Pizarro de 
volver y presentarse en el término de seis meses, ocu- 
rriera lo que ocurriese. Los que fueron a rescatarlos 
hallaron a los catorce valientes en la isla de Gorgona ; 
y Pizarro pudo al fin continuar su viaje con unos 
cuantos marineros y un ejército de once. Dos de los 
catorce estaban tan enfermos que tuvieron que quedar 
en la isla al cuidado de indios amigos, y con el cora- 
zón apenado sus camaradas se despidieron de ellos. 

Pizarro hizo rumbo al sur. Pronto traspusieron el 
punto más lejano a que había llegado europeo alguno 
— Punta de Pasado, que era el límite de las explora- 
ciones de Ruiz, — y se hallaron de nuevo en mares des- 
conocidos. Después de navegar veinte días, entraron 
en el Golfo de Guayaquil (Ecuador), y anclaron en la 
bahía de Túmbez. Delante de ellos vieron una gran 
ciudad india con casas permanentes. La bahía azul es- 
taba salpicada de balsas con velas indias, y en las le- 
janías del fondo veían elevarse los gigantescos pi- 
cos de los Andes. Podemos ima<^inarnos la impresión 
que debió causar a los españoles la primera vista de 



DEL SIGLO XVI 11 8 1 

aquellas montañas, que tenían más de veinte mil pies 
ingleses de altura. 

Los indios salieron en sus balsas a contemplar a 
los maravillosos extranjeros, y viéndose tratados con 
la mayor bondad y consideración, pronto perdieron el 
miedo. Los españoles recibieron regalos de pollos, cer- 
dos y baratijas ; les trajeron plátanos, maíz, boniatos, 
pinas, cocos, caza y i>escado. Puede asegurarse que es- 
tos obsequios fueron sumamente apreciados por los 
rudos exploradores, después de tantos meses de pasar 
hambre. Los indios llevaron también a bordo varias 
llamas, que son los cuadrúpedos característicos y más 
valiosos de la América del Sur. El ameno, aunque mal 
informado historiador que ha contribuido más que otro 
hombre alguno en los Estados Unidos a propagar una 
interesante, pero absolutamente falsa idea del Perú, 
dice que la llama es el carnero peruano ; pero es tan 
carnero como la jirafa. La llama es el camello sudame- 
ricano, un verdadero camello, aunque pequeño. Es el 
animal de carga cuyo andar lento y seguro y cuyo pa- 
ciente lomo han permitido al hombre transitar por un 
país tan montañoso que en algunos sitios son inservi- 
bles los caballos. Además de hacer las veces de acé- 
mila, es productor de materia textil : de él se saca el 
pelo que sirve para tejer las prendas de ropa que usa 
el pueblo. Había tres clases más de camellos : la vicu- 
ña, el guanaco y la alpaca, todos pequeños y todos 
apreciados por su pelo, el cual para géneros finos es 
superior a la lana de los mejores carneros. Los perua- 
nos domesticaron la llama en grandes rebaños e hicie- 
ron de ese cuadrúpedo su auxiliar más importante. 
Eran los únicos aborígenes en las dos Américas que 
tenían un animal de carga antes de llegar los europeos, 
excepto los apaches de las llanuras y los esquimales, 
los cuales utilizaban los perros y los trineos. 

En Túmbez, Alonso de Molina fué enviado a tie- 
rra para ver la ciudad. Volvió con tan sorprendentes 
informes de templos dorados y grandes fortalezas, que 
Pizarro no le dio crédito y envió a Pedro de Candía. 
Este griego, natural de la isla de Candía, era hombre 
importante en el pequeño grupo de españoles. En to- 



[l82 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

das partes eran entonces los griegos considerados como 
un pueblo versado en las todavía misteriosas armas, y 
toda Europa respetaba a los que habían inventado el 
<(fuego griego», ese maravilloso agente que ardía por 
debajo del agua y que nadie sabe fabricar hoy día. Los 
griegos eran generalmente conocidos como ((pirotéc- 
nicos)), y eran muy solicitados como maestros de ar- 
tillería. 

Pedro de Candía bajó a tierra con su armadura y 
su arcabuz, causando con ambas cosas el pasmo de los 
habitantes ; y cuando puso una tabla como blanco y 
de un balazo la hizo astillas, quedaron sobrecogidos 
por aquel extraño ruido y por el resultado. Candía dio 
informes tan encomiásticos como los de Molina, y los 
harapientos españoles empezaron a creer que al fin 
iban a realizarse sus dorados ensueños, y con esto 
cobraron nuevo aliento. Pizarro rehusó delicadamente 
aceptar los regalos de oro, plata y perlas que le ofre- 
cieron los aterrorizados indígenas, y de nuevo volvió 
la proa hacia el Sur, navegando hasta cerca del <f de 
latitud. Entonces, considerando que ya había visto 
bastante para justificar su vuelta en, busca de refuer- 
zos, se dirigió a Panamá. Alonso de Molina v un com- 
pañero se quedaron en Túm.bez a petición suya, por 
gustarles mucho aquella tierra. En su lugar llevóse 
Pizarro dos jóvenes indios para que aprendiesen la len- 
gua española. Uno de ellos a quien dieron el nombre 
de Felipillo, jugó más tarde un papel importante pero 
ignominioso. Los navegantes se detuvieron en la isla 
de Gorgona para recoger a sus dos camaradas que que- 
daron enfermos. El uno había muerto, pero el otro se 
unió de buen grado a sus compañeros. Y así, con sus 
áoQQ. hombres, Pizarro volvió a Panamá, después de 
diez y ocho meses de ausencia, habiendo amontonado 
en ese lapso de tiempo todos los sufrimientos y todos 
los horrores de una vida entera. 



DEL SIGLO XVI tlSj 



III 

GANANDO TERRENO 

Bl l gobernador Los Ríos no le impresionó el heroís- 
mo de aquel pequeño grupo, y rehusó prestarle 
auxilio. Su situación parecía desesperada ; pero el jefe 
no se amilanó. Determinó ir él mismo a España y di- 
rigirse personalmente al Rey. Esta me parece a mí 
que fué una de sus más notables empresas. Aquel hom- 
bre, cuya niñez se deslizó entre cerdos, y que en su) 
edad viril guardó rebaños de hombres rudos y mucho 
más peligrosos ; que nada sabía de libros ni de etique- 
tas cortesanas, presentándose confiada, pero modesta^ 
mente en la deslumbradora y rígida corte de España,; 
rmostraba otra faceta de su alto valor. Era lo mismo qué 
si un deshollinador de Londres fuese mañana a pedií 
audiencia y mercedes a la Reina Victoria (*). 

Pero Pizarro supo salir de aquélla, como de todáá 
las otras crisis de su vida, de una manera honrosa. Es-* 
taba todavía sin ropa y sin un maravedí ; pero Luquei 
hizo una colecta para él de mil quinientos ducados,; 
y en la primavera del año 1528 embarcó Pizarro para 
España. Llevó consigo a Pedro de Candía y algunosí 
peruanos, con varias llamas, telas primorosamente te^ 
jidas por los indios y algunas joyas y vasijas de oro 
y plata para corroborar su relato. Llegó a Sevilla du- 
rante el verano, y fué en el acto encerrado en un cala- 
bozo por Enciso, en virtud de una cruel y antigua ley 
que fK)r mucho tiempo prevaleció en todos los paíseí^ 



(•) El autor escribió este libro ante» del fallecimiento ¿c ei« soberana— . 
ÍN. det T.) 



184 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

civilizados, que permitía encarcelar por deudas. La 
historia de sus hechos no tardó en divulgarse, y por 
orden, de la Corona fué puesto en libertad y llamado a 
la Corte. De pie ante el arrogante Carlos V, el anal- 
fabeto soldado contó su historia con tanta modestia, 
de un modo tan varonil y con tal claridad, que el empe- 
rador derramó lágrimas al oir el relato de tan horri- 
bles sufrimientos y se entusiasmó ante tan heroica en- 
tereza, i 

El rey estaba a punto de embarcarse para Italia en 
una misión importante ; pero, ganado ya su corazón, 
dejó a Pizarro muy recomendado al Consejo de las 
Indias para que éste le ayudase en su empresa. Aque- 
lla docta pero grave corporación se movía lentamente, 
como suelen moverse los hombres que sólo han apren- 
dido en libros y con teorías, y la dilación era peligrosa. 
Por fin la reina intervino en, el asunto, y el veintiséis 
de julio de 1529 firmó de su propia y regia mano el pre- 
cioso documento que hizo posible una de las más 
grandes y más brillantes conquistas que registra la 
historia de la humanidad. América debe mucho a las 
animosas reinas de España, lo mismo que a sus reyes. 
Recordamos lo que hizo Isabel para el descubrimiento 
del Nuevo Mundo, y ahora la esposa de Carlos V con- 
tribuyó de una manera igualmente honrosa al más 
inteixsante pasaje de la historia de América. 

La capitulación o contrato en que dos persona- 
lidades tan diferentes y distantes figuran al lado una 
de la otra, — la primera firmando con letra clara : Ya 
Ja Reina, y el otro poniendo debajo : Francisco (X) Pi- 
zarro, fué la base de la fortuna de este último. El hom- 
bre que fuera víctima de la mofa y del abandono de 
espíritus mezquinos, que constantemente frustraran 
su más acariciada esperanza, se había ahora aquista- 
do el interés y el apoyo de sus soberanos, y obtenido 
de ellos la promesa de un magnífico galardón ; y segu- 
ros estamos de que un hombre de su calibre tenía más 
lejos de su pensamiento ese galardón que la posibili- 
dad de realizar su soñado descubrimiento. Había te- 
nido que atraerse auxiliares con el cebo de doradas es- 
peranzas ; y era natural y justo que, al cabo de cin- 



DEL SIGLO XVI fl8S^ 

cuenta años de pobreza y privaciones, pensase tam- 
bién un poco en procurar para sí un tanto de comodi- 
dad y de riqueza. Pero no ha habido ni podrá haber 
hombre alguno que, por mera avaricia, lleve a cabo 
las proezas quíe realizó Pizarro. Semejantes éxitos 
sólo pueden alcanzarlos los grandes espíritus que per- 
siguen los más altos ideales, y ciertamente la prin- 
cipal ambición de Pizarro era conseguir algo más no- 
ble y perdurable que el oro. 

El contrato con la Corona concedió a Francisco Pi- 
zarro el derecho de fundar y establecer un imperio es- 
pañol en el país de Nueva Castilla, que tal fué el nom- 
bre que se dio al Perú. Se le otorgaba permiso «parai 
explorar, conquistar, pacificar y colonizar» las tierras 
desde Santiago hasta un punto distante doscientas le- 
guas al sur, y de esa vasta y desconocida nueva pro- 
vincia sería gobernador y capitán general, que era 
el más elevado cargo militar. Se le daba, además, los 
títulos de Adelantado y Alguacil mayor de por vida, 
con un sueldo anual de 725,000 maravedises. A Alma- 
gro se le nombraba comandante de Túmbez, con una 
renta anual de 300,000 maravedises y el rango de hidal- 
go. El buen Padre Luque fué nombrado obispo de 
Túmbez y protector de los indios con mil ducados 
anuales. A Ruiz se le dio el título de gran piloto de los 
mares del Sur ; Candía fué nombrado comandante de 
artillería, y a los otros que tan bizarramente perma- 
necieron al lado de Pizarro en la isla solitaria, se les 
concedió el título de hidalgos. 

A cambio de estas mercedes se le exigió a Pizarro 
la promesa de observar las generosas leyes españolas 
para el gobierno, protección y educación de los indios, 
y que llevara con él sacerdotes expresamente para con- 
vertir los naturales al cristianismo. Tenía además que 
reunir una fuerza de doscientos cincuenta hombres en 
seis meses, y equiparlos bien, contando con un peque- 
ño auxilio de la Corona ; y dentro de los seis' meses de 
su llegada a Panamá, debía salir con la expedición para 
el Perú. También se le hizo caballero de la orden de 
Santiago, y elevado así de repente a la altiva nobleza 
de España, se le permitió añadir las armas reales a las- 



^86 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

<le los Pizarros, con otros timbres conmemorativos 
■de sus proezas : una ciudad india, con un buque en la 
bahía y el pequeño camello del Perú. Esto era un sor- 
prendente y significativo cúmulo de honores, muy di- 
fíciles de comprender para los que sólo estamos habi- 
tuados a las instituciones republicanas. Borró para 
siempre la mancilla del nacimiento de Pizarro y le dio 
un sitio esclarecido. Fué eso tanto más importante, 
por cuanto demostraba que la Corona reconocía de 
-este modo el rango de Pizarro en la conquista de Amé- 
rica. Cortés nunca ganó y nunca recibió tal distio- 
-ción. 
. Esta división de honores dio pie sí muy serios dis- 
gustos. Almagro jamás j>erdonó a Pizarro su mayor 
•exaltamiento, y le acusó de haber procurado lo mejor 
para sí, egoísta y traicioneramente. Algunos historia- 
adores se han puesto de parte de Almagro ; pero tene- 
mos fundados motivos para creer que Pizarro obró con 
rectitud e integridad. Como él mismo expuso, hizo 
cuantos esfuerzos pudo para inducir a la Corona a 
-conceder los mismos honores a Almagro ; pero la Co- 
rona se negó a ello. Mas, aun sin tener en cuenta la 
palabra de Pizarro, era una medida política muy pru- 
'dente que la Corona rehusase esa petición. En cual- 
quier parte, la coexistencia de dos jefes constituye 
siempre un peligro, y España había ya tenido en tal 
sentido una experiencia demasiado amarga en Amé- 
rica, para dar lugar a una repetición. Dispuesta es- 
taba a conceder todos los honores y dar estímulos a 
dos brazos ; pero debía haber solamente una cabeza, 
y ciertamente cualquiera que se fije en la diferencia 
mental y moral que había entre los dos hombres y en 
lo que fueron sus acciones y los resultados, antes y 
después de la regia concesión, admitirá que la Corona 
de España hizo favor a Almagro en su estimación y 
le dio ciertamente cuanto él valía. En todo el contrato 
se transparentan los esfuerzos de Pizarro en favor de 
su socio, el ingrato y después traidor Almagro, y eso 
lo corrobora plenamente la prolongada paciencia y la 
'demencia de Pizarro para con su vulgar, innoble y 
'Cada vez más empecatado camarada. No era Pizarro 



DEL SIGLO XVI Í187 

<Ie esos hombres a quienes la fortuna les trastorna la 
cabeza. Ni lo aplastaba la adversidad, ni, lo que es 
más raro todavía, le embriagaba el éxito más brillan- 
te, en lo cual se elevaba a mayor altura que Napoleón, 
•que era más grande como genio, pero menos noble co- 
mo hombre. Elevado de una abyecta y prolongada po- 
breza al más alto pináculo de la riqueza y de la fama, 
Pizarro fué siempre el mismo hombre tranquilo, mo- 
desto, prudente, heroico, temeroso de Dios y agrade- 
cido a sus beneficios. El éxito sólo contribuyó a hacer 
más vil la naturaleza de Almagro, y su fin fué igno- 
minioso. 

Después de firmar su contrato con la Corona, Piza- 
rro sintió anhelo de visitar los lugares en que transcu- 
rriera su niñez. Aun cuando ésta fuera infelicísima, 
sentía una varonil satisfacción en volver a contemplar 
aquellos lugares. Y el harapiento rapaz que dejara 
sus cerdos en Trujillo, volvió allí siendo un héroe en- 
noblecido, de cabello cano y de fama imperecedera. 
No creo que fuese allá por un alarde de vanagloria ante 
los que pudieran recordarle. Esto no era propio del ca- 
rácter de Pizarro, el cual nunca dio muestras de vani- 
dad ni dé orgullo. Era liberal, modesto, generoso, 
como el vahente Crook, el más grande y el mejor de 
nuestros conquistadores de los indios, el cual nunca 
estaba más a gusto que cuando andaba entre sus tro- 
pas sin que en su uniforme ni en sus maneras se pudie- 
se ver que era un mayor general del ejército de los 
Estados Unidos y no un pobre scout o cazador. No; 
lo que llevó a Pizarro a Trujillo fué lo que había en él 
de hombre, o tal vez un rasgo del niño que siempre 
queda en estos grandes corazones. Por supuesto, el 
pueblo se regocijó honrando al héroe de ese cuento 
fantástico, que tal parece la historia de sus hechos. 
Pero con seguridad que el bizarro general se alegraba 
de evadirse algunas veces de sus visitas, para ir a reco- 
rrer las lomas donde había guardado cerdos muchos 
años antes, y a contemplar los mismos árboles y ria- 
chuelos, y tal vez a otro harapiento e ignorante mu- 
chacho pastoreando bulliciosos puercos. Bien pudo 
haberse pellizcado para cerciorarse de que realmente 



:i88 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES ^ 

estaba despierto ; de que aquel rapaz que veía allá a 
lo lejos no era él, Francisco Pizarro, vestido de hara- 
pos en medio de sus cerdos, y de que aquel caballero 
canoso, afamado, que tanto había viajado y tantos ho» 
ñores recibido, no era un sueño, como tampoco los 
años que habían transcurrido. Y era él hombre capaz, 
sintiéndose despierto, de ir a sentarse sobre el césped 
junto al desharrapado porquerizo y decirle bondadosa- 
mente : «¿Cómo vamos, amigo?» Y cuando el asom- 
brado y asustado mozuelo balbucease o tratase de huir 
del primer gran personaje que le había dirigido la pa- 
labra, Pizarro le hablaría con tanto cariño y le contaría 
cosas tan maravillosas, que el pobre rapaz le miraría 
con esa adoración al héroe que es uno de los más puros 
y más alentadores impulsos de nuestra naturaleza, pen- 
sando si podría él llegar a ser algún día un personaje 
como aquel arrogante caballero que tranquilamente 
le había dicho : aSí, hijo mío ; yo también guardé 
puercos en este sitio». Cuanto más pienso en ello, por 
lo que sabemos de Pizarro, más seguro estoy de que 
realmente fué a visitar los antiguos pastos y los cerdos 
y los ignorantes porqueros, y de que habló con ellos 
sencilla y afablemente, y que les impresionaría de tal 
modo, que resolvieron hacer algo mejor de lo que ha- 
ciendo estaban. 

Pero el interés que en todas partes se atraía Pizarra 
no trajo reclutas a su bandera tan a prisa como él de- 
seaba. Muchos preferían admirar al héroe, que llegar 
a ser héroes a costa de semejantes padecimientos. En- 
tre los que le siguieron estaban sus hermanos Hernan- 
do, Gonzalo y Juan, que debían figurar de un modo 
preeminente en el Nuevo Mundo, si bien hasta entonces 
nunca se había oído mentar sus nombres, Hernando, 
el mayor de los cuatro, era el único hijo legítimo y 
recibió mucho mejor educación. Pero era también d 
peor, y como no profesaba los principios estrictos de 
Francisco, terminó de un modo lastimoso. Juan era 
una figura simpática, y se distinguió por su carác- 
ter varonil y su valor ; murió prematuramente. Gon- 
zalo era un verdadero caballero andante, intrépido, 
liberal y caballeroso, y llegó a ser tan querido en el 



DEL SIGLO XVI I89 

Nuevo Mundo por los soldados que le seguían, como 
por los indios que conquistaba. Hizo una de las mar- 
chas más increíbles de que hay memoria, y probable- 
mente hubiera adquirido gran fama, si la muerte de 
su hermano y guía Francisco no le hubiese hecho caer 
en manos de malos consejeros como el picaro Carva- 
jal, quienes llevándole por mal camino le empujaron 
hacia su ruina. Pero, si bien los hermanos no eran mal- 
vados, ni cobardes, ni tontos, ninguno podía compa- 
rarse con Francisco. Era éste uno de los raros ejempla- 
res que se han hallado esparcidos y muy distanciados 
por el camino del mundo. Poseía no tan sólo las cua- 
lidades de los héroes y que, por fortuna, son muy 
comunes, sino también la intuición y la certera finali- 
dad del genio. Con menos perspicacia que Napoleón, 
porque era menos instruido, pero tan grande como 
él en su decisión, y más grande que él por sus princi- 
pios, fué uno de íos hombres más insignes de todas 
las edades. 

Pero, volviendo a nuestro relato, pasaron los seis 
meses, y todavía le faltaba completar los doscientos 
•cincuenta voluntarios que necesitaba. El Consejo es- 
taba a punto de revistar el contingente ; pero Pizarro, 
por temor de que, ateniéndose estrictamente a la letra 
<íe la ley, pudiese aquél impedirle la consumación de 
sus grandes planes simplemente por la falta de unos 
cuantos hombres, y desesperado al pensar en una nue- 
va demora, no quiso aguardar el permiso oficial para 
salir, sino que soltó amarras y se hizo a la mar secreta- 
mente en enero de 1530. No fué realmente correcta se- 
mejante determinación ; pero estaba convencido de que 
mucho se arriesgaba por un mero tecnicismo y de que 
él cumplía con el espíritu ya que no con la letra de la 
ley. Es evidente que la Corona lo comprendió también 
así, puesto que ni se le mandó a buscar ni se le im- 
puso un castigo. Después de un viaje pesado llegó 
salvo á Santa María. Allí sus nuevos soldados se asus- 
taron al saber que iban a encontrar grandes serpientes 
y caimanes, y un gran número de los más pusilánimes 
desertó. También Almagro levantó un clamoreo, di- 
ciendo que Pizarro le había robado los honores que le 



IQO LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

correspondían ; pero Luque y Espinosa pacificaron á. 
los revoltosos, ayudados por el espíritu generoso de 
Pizarro. Este convino en nombrar a Almagro Adelan- 
tado y en pedir a la Corona que confirmare el nombra- 
miento. También prometió mirar por él ames que por 
sus propios hermanos. 

Al comenzar enero de 1531, Francisco Pizarro sa- 
lió de Panamá en su tercero y último viaje hacia el sur. 
Tenía en sus tres buques ciento ochenta hombres y 
veintisiete caballos. No era, en verdad, un ejército im- 
ponente para explorar y conquistar un gran país ; pero 
fué todo lo que pudo reunir, y Pizarro estaba empe- 
ñado en hacer la prueba. Llevó a cabo la verdadera 
conquista del Perú con un puñado de rudos héroes ; 
pero de todos modos lo hubiera intentado, y es muy 
posible que hubiese salido airoso de la ardua empresa 
aun cuando no hubiese tenido más que cincuenta sol- 
dados ; porque, después de todo, él fué quien conquis- 
tó el Perú, más que sus ciento ochenta hombres. Al- 
magro quedó otra vez en Panamá tratando de reclutar 
voluntarios. 

Pizarro intentaba navegar en derechura a Túm- 
bez y allí efectuar el desembarco ; pero la< tormentas 
hicieron retroceder los frágiles buques, y se vio obli- 
gado a cambiar de plan. Después de navegar trece 
días, desembarcó en la bahía de San Mateo, y condujo 
a sus hombres por tierra mientras los buques iban cos- 
teando hacia el sur. Fué aquella una marcha sumamen- 
te difícil en tan inhospitalaria costa, y apenas podían 
los hombres avanzar dando tumbos. Pero Pizarro les 
servía de guía y les animaba con palabras y con su 
ejemplo. Como en otras ocasiones y en todas partes, 
tenía esta vez que llevar a su gente. Sin duda tenían 
tan buenas piernas como él, aun cuando debió ser 
Pizarro de constitución muy robusta ; pero hay un 
músculo mental que es más duro y más resistente y 
que ha sostenido a muchos cuerpos vacilantes : el 
músculo del arrojo. Y el arrojo de Pizarro no ha sido 
sobrepujado en el mundo. Casi puede decirse que tenía 
que llevar a su ejército sobre los hombros. 

Aun cuando la región era selvática, tenía rique- 



DEL SIGLO XVI ÜQI 

zá mineral. Según dice Pedro Pizarro, historiador 
del siglo XVI y pariente de Francisco, éste recogió dos- 
cientos mil ((Castellanos)) (*) de oro, que envió a Pana- 
má en sus buques para que hablasen por él. Era la cla- 
se de argumento que los rudos aventureros del istmo- 
podían entender, y él confiaba que su lógica amarilla> 
le atrajese voluntarios. Pero, mientras los buques rea- 
lizaban esa importante misión, el pequeño ejército su- 
fría lo indecible caminando penosamente por la costa. 
Las movedizas arenas, el calor tropical, el peso de sus 
armas y de la armadura, eran casi insoportables. Es- 
talló una extraña y horrible peste, y muchos perecie- 
ron. El país se hizo más y más inhabitable, y de nuevo- 
perdieron toda esperanza aquellos pacientes soldados.. 
En Puerto Viejo se les juntaron treinta hombres al 
mando de Sebastián de Belalcázar, el cual después se 
distinguió yendo a caza de aquella áurea mariposa que 
tantos p>ersiguieron hasta morir y nadie llegó a alcan- 
zar : el mito del Dorado. Avanzando siempre, Piza- 
rro cruzó por fin la isla de Puna, para dar descanso 
a sus desgarbados hombres y prepararlos para la con- 
quista. Los indios de la isla intentaron traicionarlos, 
y cuando sus cabecillas fueron presos y castigados, todo- 
el enjambre de naturales cayó ferozmente sobre el cam- 
pamento de los españoles. Fué una lucha muy des- 
igual ; pero al fin el valor y la disciplina pudieron más 
que la fuerza bruta, y los indios fueron derrotados. 
Muchos españoles quedaron, heridos, entre ellos Her- 
nando Pizarro, el cual recibió una herida de venablo 
de mal cariz en una pierna. Pero los indios no les die- 
ron punto de reposo y les hostilizaban constantemente, 
apoderándose de los que se desviaban y teniendo al 
campamento en continua alarma. Entonces llegó opor- 
tunamente un refuerzo de cien hombres, con unos cuan- 
tos caballos al mando de Hernando de Soto, el he- 
roico pero infortunado jefe que más tarde exploró el 
'Misisipí. 

Con este refuerzo, Pizarro cruzó de nuevo al conti- 
nente sobre unas balsas. Los indios le disputaron el 



(*) Moneda del yjilor de «n peso dur«. 



<I92 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

paso, mataron a tres hombres en una de las balsas y 
-desprendieron otra balsa, aprisionando a los soldados 
que en ella iban. Hernando Pizarro había ya desem- 
barcado, y aun cuando se interponía un peligroso loda- 
zal, espoleó su caballo, que lo atravesó hundiéndose 
hasta los ijares, y seguido de unos cuantos compañe- 
ros, rescató a los prisioneros que estaban en peligro. 

Entrando en Tiimbez, los españoles hallaron aque- 
lla Imda población desguarnecida y desierta. Alonso 
de Medina y su compañero habían desaparecido, y 
nunca se supo la suerte que corrieron. Pizarro dejó 
allí una pequeña fuerza, y en mayo de 1532 marchó 
tierra adentro, enviando a Soto con un pequeño des- 
tacamento a explorar la base de los gigantescos Andes. 
Desde su primer desembarco, Pizarro impuso la más 
estricta disciplina. Sus soldados debían dar a los in- 
dios buen trato, so pena de los más severos castigos. 
No debían ni siquiera entrar en un hogar indio, y si 
se atrevían a desobedecer este mandato eran rígidamen- 
te castigados. Este régimen liberal y bondadoso para 
con los indios lo adoptó Pizarro desde un principio, 
y lo mantuvo con firmeza. 

Después de emplear tres o cuatro semanas en ex- 
ploraciones, Pizarro escogió un sitio en el valle de 
Tangara y fundó allí la ciudad de San Miguel, Cons- 
truyó una iglesia, un almacén, una sala de justicia, 
un fuerte y varias viviendas, y organizó un gobierno. 
El oro que había recogido lo envió a Panamá, y es- 
peró varias semanas a que llegasen voluntarios. Pero 
no llegó ninguno, y era evidente que tenía que aban- 
donar la conquista del Perú, o emprenderla con el 
puñado de hombres que le seguían. No le tomó a Pi- 
zarro mucho tiempo el decidirse por una de las dos 
alternativas. Dejando cincuenta soldados al mando de 
Antonio Navarro para guarnecer San Miguel;- y dic- 
tando rigurosas leyes para la protección de los indios, 
marchó Pizarro el 24 de septiembre de 1532 al interior 
-de aquel vasto y desconocido país. 



DEL SIGLO XVI ^gs 



IV 

EL PERÚ TAL COMO ERA 

/V HORA que hemos seguido a Pizarro hasta el Per'ü ; 
ahora que va a conquistar la tierra maravillosa 
que tan incomparables contrariedades y sufrimientos 
le costó encontrar, debemos detenernos un momento 
para decir cómo era aquel país. Esto es tanto más 
necesario, cuanto que se han propalado por el mundo 
tan falsos y tan disparatados relatos acerca del ((Impe- 
rio del Perú» y del «Reino de los Incas» y otras san- 
deces por el estilo. Para comprender lo que fué la con- 
quista tenemos que saber antes lo que había que con- 
quistar, y para ello es necesario esbozar en pocas pa- 
labras la pintura del Perú, tal como nos la han dado 
con su autoridad algunos historiadores grotescamente 
equivocados, y decir después cómo era realmente el 
Perú, según se ha demostrado gracias a modernas in- 
vestigaciones. 

Nos han contado que el Perú era un gran imperio, 
rico, populoso y civilizado, gobernado por una larga 
serie de reyes, que se llamaban Incas ; que tenía di- 
nastías y nobleza ; trono y corona y corte ; que sus 
reyes conquistaban vastos territorios y civilizaban a 
los vecinos salvajes que conquistaban, por medio de 
sabias leyes y de escuelas y de otros instrumentos de 
economía política ; que tenían caminos militares mu- 
cho mejores que los que construyeron los romanos, 
de mil millas de longitud y con prodigioso pavimento 
y varios puentes ; que aquella portentosa raza creía 
en un Ser Supremo ; que el rey y todos los que tenían 

u 



Í94 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

sangre real en sus venas eran inconmensurablemente 
superiores al común del pueblo, pero que eran bonda- 
dosos, justos, paternales e ilustrados ; que había re- 
gios palacios en todas partes ; que tenían canales de 
cuatrocientas o quinientas millas de largo, y ferias re- 
gionales y representaciones teatrales de tragedias y 
comedias ; que tallaban esmeraldas con herramientas 
de bronce, arte que es hoy desconocido ; que el go- 
bierno verificaba censos y educaba a las masas ; y que, 
^sí como la política de los aborígenes de Méjico era 
la política del odio, la de los reyes Incas era una polí- 
tica de amor y de suavidad. Sobre todo, se nos ha 
hablado mucho del largo linaje de monarcas incas, la 
familia real cuyo último rey, Huayna Capac, murió 
poco antes de la llegada de los españoles. Se le re- 
presentaba repartiendo el trono entre sus hijos Ata- 
hualpa y Huáscar, quienes pronto pelearon y empeza- 
ron la guerra cruel y f raticida con ejércitos y otros pro- 
ce'dimientos de pueblos civilizados. Entonces, se nos 
dice, llegó Pizarro y se aprovechó de esa guerra intes- 
tina ; azuzó a un hermano contra el otro, y así pudo 
al fin conquistar el imperio. 

Todo esto, con otras mil cosas igualmente ridicu- 
las, inexactas e imposibles, es parte de uno de los ro- 
mances históricos más fascinadores pero más erróneos 
que se ha escrito. Nunca hubiera salido de pluma al- 
guna si entonces se hubiese conocido la hermosa y 
exacta ciencia de la etnología. Esa idea del Perú que 
por tanto tiempo ha prevalecido, se basaba en la más 
supina ignorancia de aquel país, y, sobre todo, de los 
indios de todas partes. Porque hay que recordar que 
aquellos sorprendentes seres, cuyo imaginado gobier- 
no deja tamañita a cualquiera nación civilizada y mo- 
derna, no eran más que indios. No quiero decir con 
esto que los indios no sean hombres con todas las emo- 
ciones, sentimientos y derechos de los hombres, de- 
rechos que ojalá hubiésemos protegido nosotros con 
tan honroso cuidado como lo hizo España. Pero los 
indios del Norte y los del Sur de América se parecen 
mucho en su organización social, religiosa y política, 
y son muy distintos de nosotros. Los peruanos cier- 



DEL SIGLO XVI ¡I95 

tamente estaban algo más adelantados que cualesquie- 
ra otros indios de América ; pero de lodos modos eran 
indios. No tenían una idea correcta de un Ser Supre- 
mo, sino que adoraban una deslumbradora multitud de 
dioses y de ídolos. No tenían rey, ni trono, ni dinas- 
tía, ni sangre real, ni nada que fuese regio. Todas estas 
cosas eran aún más imposibles entre los indios de lo 
que serían ahora en nuestra propia república. No ha- 
bía, ni podía haber, siquiera una nación. La vida de 
los indios es esencialmente de tribus. No solamente 
no puede haber un rey entre ellos, ni nada que se pa- 
rezca a un rey, sino que ni conocen lo que es herencia, 
a no ser como algo de que conviene precaverse. El jefe 
(y ni siquiera reconocen un jefe supremo) no puede 
transmitir su autoridad a su hijo ni a otro individuo al- 
guno. El sucesor lo elige el concejo de oficiales encar- 
gados de ello. Donde no hay reyes no puede haber pa- 
lacios, y no los había en el Perú. En cuanto a ferias y 
escuelas y otras cosas por el estilo, son tan inexactas 
como imposibles. No había Corte, ni Corona, ni no- 
bleza, ni censos, ni teatros, ni nada que remotamente 
indicase que había habido algo de todo eso ; y por lo 
que hace a los incas, no eran reyes, ni siquiera gober- 
nantes, sino simplemente una tribu de indios. Eran los 
únicos de esta raza en ambas Américas que sabían fun- 
dir, y esto les permitía hacer toscos ornamentos e imá- 
genes de oro y plata ; así es que su país era el más 
rico del Nuevo Mundo, y realmente hacían alarde de 
un notable aunque barbárico esplendor. Los templos 
de sus ciegos dioses brillaban con ornamentos de oro, 
y los indios se adornaban con profusión de metales 
preciosos, as como nuestros navajos y pueblos en Nue- 
vo Méjico y Arizona aun hoy llevan libras y más li- 
bras de adornos de plata. También hacían herramien- 
tas de bronce, algunas de las cuales eran de muy buen 
temple ; pero eso no era un arte, sino tan sólo un ac- 
cidente. Nunca se hallaban dos de sus utensilios que 
tuviesen la misma aleación ; el artífice indio lo hacía 
al buen tuntún, y por cada herramienta que le salía 
bien por casualidad, tenía que desechar muchas por 
malas. 



196 tos EXPLORADORES ESPAÑOLES 

Eran los incas una de las tribus peruanas, débiles 
al principio y muy asendereados por sus vecinos. Al 
fin, arrojados de sus antiguos lares, dieron con un 
valle que era una fortaleza natural. Allí construyeron 
la ciudad de Cuzco (pues construían ciudades lo mis- 
mo que nuestros indios pueblos, sólo que las suyas 
eran mejores). Entonces, cuando hubieron fortificado 
los dos o tres pasos por donde únicamente podía lle- 
garse a aquella hondonada de los Andes, se conside- 
raron seguros. Sus vecinos ya no podían penetrar allí 
para matarles y robarles. Con el tiempo llegaron a ser 
numerosos y confiados, y como todos los demás indios 
(y algunos blancos), entonces empezaron a salir a matar 
y robar a sus vecinos. En esto se daban muy buena 
maña, porque tenían un lugar seguro adonde retirar- 
se, y, sobre todo, porque sus pequeños camellos podían 
transportarles subsistencias para permanecer algún 
tiempo fuera de su escondrijo. Habían domesticado la 
llama, lo cual no había hecho ninguna de las tribus 
vecinas, excepto los aymaros, y esto dio a los incas 
una enorme ventaja. Podían salir de su seguro valle 
en gran número, con provisiones para un mes o más, 
y sorprender alguna aldea. Si eran batidos, se escon- 
dían por las montañas, viviendo con las municiones 
de su recua y hostilizando y atacando constantemente 
a los aldeanos hasta aburrirles. Vemos, pues, el gran 
servicio que el pequeño camello prestó a los incas. Les 
permitió hacer la guerra de un modo que hasta enton- 
ces no lo hicieran los otros indios de América. Con 
esta ventaja y de este modo esta tribu guerrera había 
llevado a cabo lo que pudiéramos llamar una ((conquis- 
ta» sobre una extensa comarca. Las otras tribus vie- 
ron que les tenía más cuenta cejar al fin y pagar a los 
incas para que las dejasen tranquilas. Estos constru- 
yeron almacenes en cada uno de tales sitios, y pusieron 
un oficial en todos ellos, para la cobranza ael tributo 
impuesto a la tribu conquistada. Esas tribus nunca se 
mezclaron. No podían entrar en Cuzco, y los incas no 
iban a vivir entre ellos. No constituían, pues, una na- 
ción, sino un conglomerado de tribus indias sujetas por 
el miedo a una tribu más fuerte. 



DEL SIGLO XVI I97 

La organización de los incas era, hablando en ge- 
neral, igual a la de cualquier otra tribu india. El ofi- 
cial más preeminente en semejante tribu era, natural- 
mente, el que tenía a su cargo la dirección de los com- 
bates, esto es, el jefe de los guerreros. Era el que man- 
daba en la guerra ; pero en los otros ramos del gobier- 
no distaba de ser el único o el hombre de más alto ran- 
go. Y eso es sencillamente lo que fueron Huayna Ca- 
pac y todos esos fabulosos reyes incas ; capitanes gue- 
rreros con la misma influencia que tienen varios ca- 
pitanes de guerra indios que conozco personalmente 
en Nuevo Méjico. 

Los hijos de Huayna Capac eran también capita- 
nes guerreros indios, y nada más ; con la particula- 
ridad de que eran jefes guerreros de distintas tribus, 
rivales y enemigas. Atahualpa bajó desde Quita con 
sus guerreros indios y tuvo varios combates, haciendo 
finalmente prisionero a Huáscar, a quien encerró en 
el fuerte indio de Jauja. 

Así se hallaban las cosas cuando Pizarro se diri- 
gió al interior. Y para que no se confunda el lector con 
la aserción de que los historiadores españoles expli- 
caban de distintos modos la situación del Perú, con- 
viene hacer otra aclaración. Los cronistas españoles ni 
decían más mentiras ni cometían más equivocacio- 
nes que nuestros propios exploradores que vinieron 
más tarde y escribieron con seriedad acerca del rey 
indio Philip, del rey indio Pow^hatan y de la princesa 
india Pocahontas. La etnología era entonces una cien- 
cia desconocida. Ninguno de aquellos antiguos escri- 
tores comprendía la organización característica de los 
indios. Veían un hombre ignorante, desnudo, supers- 
ticioso, que mandaba a sus ignorantes secuaces y era 
persona de autoridad, y le llamaron ((rey» porque no 
sabían qué otro nombre darle. Lo mismo hicieron los 
españoles. En aquella época no tenía el mundo más 
que una pequeña regla para medir los gobiernos y las 
organizaciones ; y por muy ridiculas que nos parezcan 
sus medidas, no era posible entonces medir mejor. 
No ; las equivocaciones de los cronistas españoles eran 
tan sinceras y tan ignorantes como las en que in- 



tqS los exploradores españoles 

curriera Prescott tres siglos después, y a la verdad, 
no eran tan absurdas. 

El Perú, sin embargo, era un país mu}^ prodigioso 
para haber sido formado por simples indios despro- 
vistos hasta de una organización o un espíritu nacio- 
nal, que es el primer requisito para formar nación. 
Sus «ciudades» eran importantes, y en su construc- 
ción notábase bastante pericia ; las granjas eran mejo- 
res que las de nuestros pueblos, porque eran allí indí- 
genas la patata y otras plantas alimenticias entonces 
desconocidas en nuestra región del sudoeste, y estaban 
regadas por el mismo sistema de irrigación que era 
común a todas las tribus sedentarias. Eran los únicos 
indios que se dedicaban al pastoreo, y sus grandes 
rebaños de llamas eran un importante venero de rique- 
za ; mientras que los géneros de lana de camello que 
ellos mismos tejían, no desdeñaban usarlos las empin- 
gorotadas damas españolas. Y sobre todo, sus toscos 
hornos de fundición les permitían presentar cierta pom- 
pa deslumbradora, que no era de esperar entre indios 
americanos ; la verdad, nos causaría sorpresa entrar 
en las iglesias de cualquier ciudad del mundo y ha- 
llarlas tan esplendentes con placas, imágenes y netos 
de oro, como eran algunos de sus barbáricos templos. 
No podemos afirmar que nunca hiciesen sacrificios hu- 
manos ; pero esos horrendos ritos eran raros y no po- 
dían compararse con los horrores que a diario llevá- 
banse a cabo en Méjico. En los sacrificios ordinarios, 
la llama era la víctima. 

Hacia la fortaleza de esa extraordinnria tribu india, 
se dirigía Pizarro al frente de su escasa tropa. 



DEL SIGLO XVI [1 99 



LA CONQUISTA DEL PERUj 



■Positivamente ningún ejército salió jamás a luchar 
con tan desproporcionadas desventajas. Contra in- 
numerables miles de peruanos, tenía Pizarro ciento se- 
tenta y siete hombres. De éstos, sólo sesenta y siete 
iban montados. En toda la fuerza no había más que 
tres cañones ; y sólo veinte hombres tenían siquiera 
ballestas ; todos los demás iban armados de espadas, 
dagas y lanzas. ¡ Linda hueste, en verdad, para con- 
quistar lo que era un imperio en vastedad, ya que no 
en organización I 

A los cinco días de marcha: desde San Miguel, Pi- 
zarro hizo alto para descansar. Allí notó señales de 
descontento entre su gente, y adoptó un remedio ca- 
racterístico de su genio. Haciendo formar a sus hom- 
bres, les habló en términos amistosos. Díjoles que de- 
seaba que San Miguel estuviese mejor defendido, pues 
era muy pequeña la guarnición que allí había quedado. 
Si algunos de los presentes preferían no seguir ade- 
lante, ni afrontar los peligros desconocidos que halla- 
rían tierra adentro, quedaban en libertad de retroce- 
der para reforzar la guarnición de San Miguel, donde 
tendrían derecho a las mismas mercedes de terreno que 
los otros, además de participar en los beneficios de la 
conquista. 

Fué una medida audaz y, sin embargo, prudente* 
Cuatro infantes y cinco jinetes dijeron que se volve- 
rían a San Miguel ; y, en efecto, se volvieron, mientras 
que ciento sesenta y ocho leales siguieron adelante. 



20D V_ IOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

prometiendo de: nuevo seguir a su intrépido jefe hasta 
el fin. 

Soio, que había estado explorando por espacio de 
ocho días, volvió entonces acompañado de un mensa- 
jero que enviaba el capitán guerrero de los indios, 
Atahualpa. Traía el indio presentes, e invitó a los es- 
pañoles a visitar a Atahualpa, que estaba acampado 
con sus brazos en Cajamarca. Felipillo, el joven indio 
de Tümbez, que fué a España con Pizarro para apren- 
der el español, prestó ahora útil servicio como intér- 
prete, y por su mediación pudieron los españoles con- 
versar con los incas. Pizarro trató al mensajero con su 
acostumbrada afabilidad, y lo despidió con regalos, 
marchando después peñas arriba en dirección de Ca- 
jamarca. Uno de los indios declaró que Atahualpa tra- 
taba simplemente de atraer a los españoles a su forta- 
leza para destruirlos sin tomarse el trabajo de salir 
a su encuentro, lo cual era verdad ; y otro indio decla- 
ró que el jefe inca tenía a su mando una fuerza que no 
bajaba de cincuenta mil hombres. Pero sin arredrarse, 
Pizarro envió un indio adelante para hacer un reco- 
nocimiento, y siguió marchando por los temibles pa- 
sos de la cordillera, alentando a sus hombres con una 
de sus características arengas. Díjoles : 

«Tened todos ánimo y valor para hacer lo que es- 
pero de vosotros y lo que deben hacer todos los buenos 
españoles, y no os alarméis por la multitud que dicen 
tiene el enemigo ni por el número reducido en que es- 
tamos los cristianos. Que aunque fuésemos menos y el 
ejército contrario fuese más numeroso, la ayuda de 
Dios es mayor todavía ; v en la hora de la necesidad 
El ayuda y favorece a íos suyos, para desconcertar 
y humillar (A orgullo de los infieles, y atraerles al co- 
nocimiento de nuestra Santa Fe.» 

Al oir este animoso discurso, los hombres gritaron 
que le seguirían adondequiera que les llevase. Piza- 
rro se puso al frente con cuarenta jinetes y sesenta in- 
fantes, dejando a su hermano Hernando que hiciese 
alto con los hombres restantes hasta nueva orden. No 
era juego de niños el trepar pK>r aquellos terribles pa- 
sos. 1..ÜS jmetes tuvieron que desmontar, y aun así. 



DEL SIGLO XVI 201 

con dificultad podían llevar sus caballos por aquellas 
alturas. Los angostos senderos serpenteaban por debajo 
de salientes riscos y bordeaban sombrías quebradas, 
estrechas hendeduras de millares de pies de profundi- 
dad, en las que el resalto que formaba la roca teníai 
apenas el ancho suficiente para arrastrarse por él. Do- 
minaban el paso dos imponentes fuertes de piedra ; pero 
afortunadamente estaban abandonados. Si los hubie- 
se ocupado el enemigo, estaban perdidos los españo- 
les ; pero Atahualpa quiso dejarles penetrar en su 
trampa, en la confianza de que una vez dentro los aplas- 
taría fácilmente. Cuando llegaron los españoles a lo 
alto del paso, mandaron a buscar a Hernando, el cual 
subió con su gente. Llegó entonces un mensajero de 
Atahualpa con regalo de llamas, y casi al mismo tiem- 
po volvió el espía indio que envió Pizarro y reiteró 
que Atahualpa intentaba traicionarles. El mensajero 
peruano explicó de un modo plausible los movimien- 
tos sospechosos que había relatado el espía. Su expli- 
cación distaba de ser satisfactoria ; pero Pizarro era 
demasiado listo para mostrar su desconfianza. Sólo 
podían salvarse aparentando tranquilidad. 

Los españoles sufrieron mucho frío al doblar aque- 
lla empinada sierra, y hasta la misma bajada por la 
vertiente oriental de la cordillera se les hizo sumamen- 
te dificultosa. Al séptimo día llegaron a la vista de 
Cajamarca situada en su lindo valle ovalado, que era 
una hondonada de gran extensión. A lo lejos y a un 
lado estaba el campamento del jefe guerrero inca y 
de su ejército, que cubría una vasta superficie. El día 
15 de noviembre de 1532, los españoles entraron en la 
ciudad. Hallábase enteramente desierta, lo cual era de 
muy ominoso agüero. Pizarro hizo alto en la gran pla- 
za cuadrada o comunal, y envió a Soto y Hernando 
Pizarro con treinta y cinco jinetes al campo de Ata- 
hualpa para pedirle una entrevista. Hallaron al jefe 
inca rodeado de una pompa que les pasmó ; y no me- 
nos les impresionó el número abrumador de guerre- 
ros que vieron en el campamento. A su solicitud con- 
testó Atahualpa que aquel día estaba guardando ayu- 
no por ser día sagrado (lo cual ya era una circuns- 



202 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

cia sospechosa) ; pero que al día siguiente visitaría sí 
los españoles en la ciudad. ((Ocupad las casas de la 
plaza, les dijo, y no entréis en ninguna otra. Aque- 
llas son para el uso de todos. Cuando yo vaya, daré 
órdenes acerca de lo que hay que hacer.» 

Los peruanos, que nunca habían visto un caba- 
llo, quedaron atónitos al contemplar aquellos extran- 
jeros montados, y aun más se encantaron cuando Soto, 
que era un gran caballista, mostró su habilidad con al- 
gunas proezas, no por vano alarde, sino porque era de 
mucha importancia el causar impresión a aquellos in- 
numerables bárbaros con las peligrosas habilidades de 
los extranjeros. 

Los acontecimientos del día siguiente merecen es- 
pecial mención, puesto que ellos y sus consecuencias 
directas han dado pie a la injusta imputación que se 
ha hecho a Pizarro de ser un hombre cruel. Los ver- 
daderos hechos le justifican plenamente. 

En la mañana del i6 de noviembre, después de una 
noche de gran ansiedad, los españoles se levantaron 
al despuntar el alba. Entonces vieron claramente que 
se habían metido en la trampa, y que habia una pro- 
babilidad contra ciento de que pudiesen salir de allí. 
Su espía indio había sido veraz en sus avisos. Allí es- 
taban, acorralados en la ciudad, ciento setenta y ocho 
hombres, v a poca distancia había innumerables milla- 
res de indios. Pero, y esto era peor todavía, vieron que 
les habían cortado la retirada ; porque durante la noche 
Atahualpa había situado una gran fuerza entre ellos 
y el paso por donde habían entrado. Estaban, pues, 
en una situación enteramente desesperada : no podía 
salvarles más que un milagro. Pero el milagro estaba 
a mano : era Pizarro. 

Por una de las sabias disposiciones de la naturale- 
za, las mentes mejor equiparadas piensan mejor y 
más rápidamente cuando más necesitan pensar a prisa 
y bien. En el momento supremo todos los pensamien- 
tos que se amontonan y confunden en el excitado ce- 
rebro, parece como si se apartasen de repente para 
dejar un claro por donde un gran pensamiento pueda 
saltar, como el corredor que llega a la meta, o bien 



DEL SIGLO XVI 203 

como el rayo que hiende el aire manso, mientras su 
fuego se precipita abriéndose paso. Las personas más 
intelií^entes tienen a veces ese relampagueo mental, y 
cuando se puede confiar en que ha de aparecer o ilu- 
minar al instante las crisis más obscuras, es la intuición 
del genio. Eso es precisamente lo que hizo de Napo- 
león todo un Napoleón, y de Pizarro todo un Pizarro. 

Había necesidad de formular con maravillosa rapi- 
dez un pensamiento que fuese casi sobrehumano. ¿ Có- 
mo podían vencerse aquellas terribles desventajas? 
¡Ah! Pizarro dio con ello. El no sabía, como sabe- 
mos ahora, las razones supersticiosas que hacían que 
los indios reverenciasen tanto a Atahualpa ; pero sí 
sabía que existía esa influencia. Algo de lo que Piza- 
rro era para los españoles, era para los peruanos su 
capitán guerrero ; no tan sólo era su jefe militar, sino 
que literalmente era «en sí toda una hueste». Pues 
bien ; si él podía hacer prisionero a aquel cacique trai- 
dor, esto haría disminuir muchas de las desventajas ; 
en realidad equivaldría de un modo incruento a quitar 
a los enemigos algunos millares de hombres. Además, 
Atahualpa quedaría en rehén para responder de la paz 
de su tribu. Y como único medio de salvación, Piza- 
rro resolvió aprisionar al cacique. 

Empezó en el acto a hacer preparativos para este 
brillante golpe estratégico. La caballería, dividida en 
dos grupos, mandados por Henando de Soto y Her- 
nando Pizarro, se ocultó en dos espaciosos zaguanes 
que daban a la plaza. En un tercer zaguán se colocó la 
infantería, y Pizarro, con veinte hombres, ocupó una 
posición en otro punto ventajoso. Pedro de Candía, 
con la artillería — dos pequeños falconetes, — se había 
situado en lo alto de un fuerte edificio. Pizarro dirigió 
entonces a sus soldados una fervorosa arenga, y des- 
pués de una rogativa a Dios para que les amparase 
y librase de todo mal, la pequeña fuerza esperó al ene- 
migo. 

Casi había transcurrido el día cuando Atahualpa 
entró en la ciudad sentado en una silla de oro que lle- 
vaban en hombros sus servidores. Había prometido 
hacerles una visita amistosa e ir desarmado ; pero era' 



204 LOS EXPLORADORES ESPA5Í0LES 

<ie notar que aquella visita amistosa la hizo acompaña- 
do de un séquito de varios miles de atléticos guerre- 
ros. Ostensiblemente iban desarmados ; pero debajo 
de sus mantos llevaban ocultos arcos, machetes y ma- 
zas. Atahualpa no pudo resistir a la curiosidad, aun 
«uando habíase mostrado indiferente. Aquella nueva 
clase de hombres era demasiado interesante para exter- 
minarlos en el acto. Quería verlos más, y así fué a ellos ; 
pero sumamente confiado, como pudiera estarlo un 
niño cruel con una mosca. Observaría por un rato sus 
aleteos y zumbidos, y cuando se cansase de ellos no 
tenía más que extender el pulgar y aplastar la mosca 
sobre el vidrio de la ventana. Pero no contaba Atahual- 
pa con la huéspeda. Ciento setenta cuerpos españoles 
podían ser fácilmente aplastados ; pero no cuando los 
animaba un espíritu como el de su jefe. 

Aun en aquel instante estaba Pizarro dispuesto a 
adoptar procedimientos pacíficos. El bueno de Fray 
Vicente de Valverde, capellán del pequeño ejército, 
se adelantó a recibir a Atahualpa. Hacían un raro con- 
traste el modesto misionero con su hábito gris y su ma- 
noseada Biblia en Ja mano, frente al astuto indio sen- 
tado en su trono de oro, cubierto de adornos del mis- 
mo metal v con un collar de esmeraldas. El padre Val- 
verde le dirigió la palabra. Le dijo que venían como 
servidores de un poderoso rev y del verdadero Dios. 
Venían como amigos, y todo lo que pedían era que el 
cacique abandonase sus ídolos y adorase a Dios, y acep- 
tase al rey de España como aliado suyo y no como so- 
berano. 

Atahual|>a, después de examinar curiosamente la 
Biblia (pues por de contado no había visto antes libro 
alguno), la dejó caer y contestó al misionero con bre- 
vedad y casi con insolencia. Las exhortaciones del 
padre Valverde sólo contribu veron a irritar al indio, y 
sus palabras y su gesto se volvieron más amenazadores. 
Atahualpa mostró el deseo de ver la espada de uno de 
los españoles, y éste se la enseñó. Entonces quiso él 
desenvainarla ; pero el soldado, con mucha prudencia, 
se lo impidió. El padre Valverde no recomendó enton- 
ces una matanza, como se le ha imputado ; solamente 



DEL SIGLO XVI 205 

informó a Pizarro del fracaso de sus esfuerzos conci- 
liatorios. Había llegado la hora. Atahualpa podía dar 
el golpe en cualquier momento, y si él era el primera 
en darlo, no había esperanza alguna para los españo- 
les. Su única salvación estaba en adelantársele y coger 
por sorpresa a los que sorprenderles querían. Pizarra 
hizo una señal con su trena a Candía, y el ridículo ca- 
ñoncito de la azotea retumbó de uno a otro extremo de 
la plaza. No hirió a nadie, ni fué esa la intención al 
dispararlo, sino únicamente aterrorizar a los indios,, 
que nunca habían oído un cañonazo, y dar la señal a 
los españoles. La exactitud del relato que han hecha 
algunos historiadores de cómo «el humo de la artille- 
ría llenó la plaza de nubes sulfurosas, que cegaron a 
los peruanos y esparcieron una densa lobreguez», pue- 
de juzgarse teniendo presente que toda esa mortífera 
nube debía salir de los cañoncetes que se transporta- 
ban a lomo de caballo por aquellas montañas, y de tres 
viejos fusiles de chispa. Sin embargo, de este ridicula 
modo se han descrita muchos de los incidentes de la 
conquista. 

No menos falsas y disparatadas son las descripcio- 
nes corrientes de la ((matanza» que siguió. Los espa- 
ñoles salieron todos al oir la señal, cayeron sobre los 
indios y finalmente los desalojaron de la plaza. Nos 
resistirnos a creer que murieron dos mil, pues calculan- 
de cuántos indios puede matar un hombre con una es- 
pada o un mosquete o una ballesta en media hora de 
lucha a todo correr, y multiplicando ese factor por 
ciento sesenta y ocho, veremos que no es es de dos mil, 
sino de doscientos, el número más probable de los 
muertos en Cajamarca. 

El principal empeño de los españoles no era preci- 
isamente matar, sino rechazar a los otros indios y ha- 
cer prisionero a Atahualpa. Pizarro había dado se- 
veras órdenes de no causar daño al cacique. No quería 
matarle, sino únicamente retenerlo vivo en rehenes, 
para que respondiera de la conducta pacífica de su tri- 
bu. La guardia de corps del jefe indio hizo una fuerte 
resistencia, y un español, en su excitación, lanzó a 
Atahualpa un arma arrojadiza. De un salto Pizarra 



206 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

se puso delante y recibió la herida en un brazo, salvan- 
do así la vida al cacique. Por fin se apoderaron de Ata- 
hualpa, ileso, y le encerraron en uno de los edificios 
bajo la vigilancia de una fuerte guardia. El confesó, — 
con una de esas bravatas características de los indios, 
cuya costumbre tradicional es demostrar su valor ofen- 
diendo al que los hace prisioneros, — que les había de- 
jado entrar en la ciudad, sintiéndose seguro por su 
más numerosa fuerza, con el fin de hacer esclavos a los 
que mejor le cuadrase y dar muerte a los otros. Pudo 
haber añadido que si el astuto de su padre estuviese 
vivo, esto no hubiera ocurrido. El experto Huayna 
Capac no habría dejado que los españoles entrasen en 
la ciudad, sino que los hubiera enredado y aniquilado 
en los ásperos vericuetos de la montaña. Pero Atahual- 
pa, más presuntuoso y menos prudente, asumió un ries- 
go innecesario, y ahora se hallaba prisionero, con su 
ejército derrotado. Como vulgarmente se dice, fué por 
lana y salió trasquilado. 

EJ distinguido cautivo fué tratado con la mayor 
consideración y cuidado. Sólo era prisionero por cuan- 
to no podía salir ; pero en las espaciosas y alegres ha- 
bitaciones que se le asignaron tenía todas las comodi- 
dades que apetecer podía. Su familia vivía con él ; co- 
mía en su propia vajilla los mejores alimentos que po- 
dían obtenerse, y se le complacía en todos sus deseos, 
excepto el de salir para llamar a los indios a las armas. 
El Padre Valverde y el mismo Pizarro trabajaron con 
empeño para convertir a Atahualpa al cristianismo, ex- 
plicándole la impotencia y la maldad de sus ídolos, y 
el amor y bondad del verdadero Dios en cuanto les era 
posible hacérselo entender a un indio, para quien na- 
turalmente un Dios cristiano era incomprensible. No 
tardó Atahualpa en reconocer la inutilidad de sus dio- 
ses, y declaró francamente que no eran más que unos 
embusteros. Huayna Capac les había consultado, y le 
dijeron que todavía viviría mucho tiempo ; no obstan- 
te, Huayna Capac murió en breve. El mismo Atahual- 
pa había ido a preguntar al oráculo si debía atacar a 
los españoles : el oráculo contestó que sí, y que fácil- 
mente les subyugaría. No es de extrañar que el caci- 



DEL SIGLO XVI 207 

que hubiese perdido la fe en los que hacían semejantes 
predicciones. 

Los españoles recogieron muchas llamas, una con- 
siderable cantidad de oro, y un gran acopio de pre- 
ciosos vestidos de algodón y de pelo de camello. No 
se les hostigó más, pues los indios sin su reconoci- 
do caudillo se hallaban más perdidos de lo que estaría 
un ejército civilizado sm, sus jefes, puesto que el caci- 
que indio está investido de un carácter sacerdotal lo 
mismo que militar, y su cacique estaba prisionero. 

Por fin Atahualpa, ansioso de volver a capitanear 
sus fuerzas a toda costa, hizo una proposición tan es- 
tupenda, que los españoles a duras penas podían dar 
crédito a sus oídos. Si le dejaban en libertad, ofreció- 
les llenar de oro la habitación en que se hallaba pri- 
sionero, hasta la altura a que alcanzase con la mano, 
Lotro aposento menor lo llenaría igualmente de plata, 
a pieza que debía llenarse con vasijas y objetos de 
oro (no había nada macizo como lingotes), dícese que 
tenía veintidós pies de largo por diez y siete de ancho ; 
a la altura que marcó el cacique con la mano en la pa- 
red era de nueve pies sobre el niyel del suelo. 



205 LOS EXPLORADORES ESPAÑO'-KS 



VI 

EL RESCATE DE ORO 

^y o cabe Hudar que Pizarro aceptó esta proposición 
de buena fe. El carácter del hombre, su religión, 
las leyes de España y los indicios justificados que nos 
ofrece su habitual conducta, nos inducen a creer que 
tenía efectivamente la intención de poner en libertad a 
Atahualpa en cuanto se pagase su rescate. Pero cir- 
cunstancias posteriores, que él no pudo evitar y por 
las que no debe culpársele, le obligaron a proceder de 
otra manera. 

Los mensajeros de Atahualpa se diseminaron por 
el Perú a fin de reunir el oro y la plata necesarios para; 
el rescate. Entre tanto Huáscar, el cual se recordará 
que estaba prisionero en manos de la gente de Atahual- 
pa, al enterarse del arreglo propuesto, envió un men- 
saje a los españoles exponiendo su cuita y reclamando 
sus derechos. Pizarro dio órdenes de que fuese condu- 
cido a Cajamarca para que expusiese allí su preten- 
sión. El único modo de averiguar cuál de los dos jefes 
rivales tenía razón, era carearlos y pesar sus respecti- 
vas pretensiones. Pero esto no le convenía a Atahual- 
pa. Antes de que Huáscar pudiese ser llevado a Caja- 
marca, fué asesinado por sus guardianes indios, que 
eran hechura de Atahualpa, y, según opinión general, 
por orden del mismo Atahualpa. 

El oro y la plata para el rescate fué llegando poco 
a poco. Históricamente no cabe dudar cuál era el plan 
de Atahualpa en aquel arreglo. Lo que hacía era sim- 
plemente ganar tiempo ; hacer que los españoles espe- 
rasen y esperasen, hasta que él tuviese reunidas sus 



DEL SIGLO XVI 209 

fuerzas para rescatarle, y entonces acabar con los inva- 
sores. De esto empezaron a darse cuenta los españolea. 
Por tentador que fuese el cebo de oro, sospecharon 
que detrás de él había una trampa. No tardaron en 
confirmarse sus sospechas. Empezaron a enterarse de 
que se reunían secretamente las fuerzas indias. Las 
noticias eran cada vez más ominosas, y ni siquiera 
el oro que llegaba todos los días y que a veces repre- 
sentaba un valor de 50,000 pesos, les cegaba hasta e! 
punto de no ver el creciente peligro que corrían. 

Era preciso conocer la situación mejor de lo que 
podían, estando encerrados en Cajamarca, y al efec- 
to se encargó a Hernando Pizarro que fuese con un 
pequeño destacamento a explorar por Guamachucho, 
y después por Pachacamac, distante trescientas mi- 
llas. Fué aquel un reconocimiento difícil y peligroso, 
pero en extremo interesante. Su marcha por la meseta 
de la cordillera fué sumamente penosa. El relato de 
grandes vías militares, no pasaba de ser un mito, aun 
cuando mucho se había hecho para mejorar las tro- 
chas ; algo muy parecido al modo primitivo de los pue- 
blos de Nuevo Méjico, sólo que en mayor escala. Las 
mejores, sin embargo, sólo tuvieron por objeto arre- 
glar las veredas para las pisadas firmes de las llamas ; 
pero con gran dificultad se podía arrastrar y empujar 
los caballos españoles por los trechos más escabrosos. 
Lo que muy especialmente llamó la atención de los es- 
pañoles, fueron los toscos pero seguros puentes col- 
gantes de vastagos con que los indios salvaban angos- 
tas pero terribles quebradas ; mas aun esos oscilantes 
pasos eran difíciles de cruzar para los caballos. 

Después de algunas semanas de penoso viaje el 
destacamento llegó a Pachacamac sin encontrar opo- 
sición alguna. Su famoso templo había sido despojado 
de sus tesoros ; pero su renombrado dios — un grotesco 
ídolo de madera — allí quedaba. Los españoles derro- 
caron y destruyeron aquel fetiche pagano, y después 
purificaron el templo y erigieron en él un gran cruci- 
fijo, para dedicarlo al verdadero Dios. Explicaron a los 
indígenas, lo mejor que pudieron, lo que era el cris- 
tianismo, y procuraron inducirles a convertirse. 



210 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

Allí supieron que Chalicuchima, uno de los jefes de 
guerra subalternos de Atahualpa, estaba en Jauja con 
una gran fuerza, y Hernando decidió ir a visitarle. 
Los caballos se hallaban en mal estado para tan dura 
jornada, pues se habían desgastado sus herraduras en 
la reciente marcha, y el herrarlos allí era un problema, 
porque no había hierro en el Perú. Pero Hernando sa- 
lió del apuro con un peregrino recurso. Si no había 
hierro, había en cambio plata en abundancia, y al cabo 
de poco tiempo los caballos españoles llevaban herra- 
duras de ese precioso metal y estaban en disposición 
de marchar a Jauja. Era una jornada difícil ; pero valía 
la pena de hacerla. Chalicuchima decidió espontánea- 
mente ir con los españoles a Cajamarca para consul- 
tar con su jefe Atahualpa. En realidad, era justamente 
lo que él deseaba. Una entrevista personal les permi- 
tiría determinar el mejor medio de librarse de aquellos 
misteriosos extranjeros. Por consiguiente, los aventu- 
reros españoles y el astuto subjefe llegaron por fin 
juntos a Cajamarca. 

Mientras tanto Atahualpa lo había pasado muy 
ricamente en manos de sus aprehensores. Aun cuando 
éstos tenían motivos para desconfiar — y en efecto des- 
confiaban — del indio traicionero, no solamente le tra- 
taron humanitariamente, sino con la mayor benevo- 
lencia. Vivía lujosamente con su familia y servidumbre 
y tenía mucho trato con los españoles. Parece que hi- 
cieron cuanto pudieron para ganar su amistad, prin- 
cipio que inspiró siempre la conducta de Pizarro. Los 
historiadores parciales no pueden contradecir un he- 
cho significativo. Los indios llegaron a considerar a 
Pizarro y a sus dos hermanos Gonzalo y Juan como 
amigos, y un indio, que es mucho más suspicaz y ob- 
servador que nosotros, es una de las últimas personas 
a quien se puede engañar sobre este punto. Si los Pi- 
zarros hubiesen sido los hombres crueles y despiada- 
dos que nos han pintado algunos escritores predis- 
puestos y mal informados, los aborígenes hubiesen sido 
los primeros en notarlo y les hubieran odiado. El hecho 
de que los pueblos que conquistaron llegaran a ser 



DEL SIGLO XVI 211 

SUS amigos y admiradores, es el mejor testimonio de 
su humanitarismo y su justicia. 

Atahualpa hasta aprendió a jugar al ajedrez y a 
otros juegos europeos, y aparte de procurarle esos en- 
tretenimientos, se puso empeño en hacerle comprender 
cada día más y mejor los principios del cristianismo. 
A pesar de todo esto, iba continuamente trabajando en 
sus hostiles planes. 

Hacia últimos de mayo, los tres emisarios que se 
envió a Cuzco a buscar una parte del rescate, volvieron 
a Cajamarca con un gran tesoro. Solamente del fa- 
moso templo del Sol, les habían dado los indios sete- 
cientas placas de oro, y eso no era sino una parte del 
tributo de Cuzco. Los mensajeros trajeron de allí dos- 
cientas cargas de oro y veinticinco de plata, llevando 
cada carga cuatro indios en una especie de carretilla 
de mano. Esta enorme contribución hizo aumentar con- 
siderablemente el tesoro destinado al rescate, si bien 
no se consiguió con ella llenar el aposento hasta la se- 
ñal indicada y convenida. Sin embargo, Pizarro no 
era un Shvlock. El precio del rescate no estaba com- 
pleto, pero era bastante, y el héroe hizo que un nota- 
rio redactase un documento eximiendo formalmente a 
Atahualpa de todo pago ulterior, esto es, dándole re- 
cibo y finiquito de la cantidad estipulada. Pero se vio 
obligado a aplazar la liberación del cacique. El asesi- 
nato de Huáscar y otros síntomas por el estilo, indi- 
caban que sería una medida suicida el soltar por en- 
tonces a Atahualpa. Aun cuando disfrazaba sus in- 
tenciones, eran éstas muy sospechosas, y Pizarro le 
dijo que era necesario retenerlo algún tiempo más en 
rehenes. Sabía muy bien que no estaría seguro de- 
jando libre a Atahualpa, antes de tener una fuerza 
mayor para resistir el ataque que sin duda este caci- 
que organizaría en el acto. Conocía el carácter venga- 
tivo de los indios algo mejor que algunos historiadores 
de biblioteca. 

Almagro, entre tanto, había por fin conseguido sa- 
lir de Panamá con ciento cincuenta infantes y cincuen- 
ta caballos, en tres buques, y desembarcando en la 
costa del Perú llegó a San Miguel en diciembre de 



212 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

1532. Allí se enteró con asombro del mágico éxito de 
Pizarro y del botín de oro, y al punto se puso en co- 
municación con él. Al mismo tiempo su secretario en- 
vió a Pizarro una carta traicionera, tratando de crear 
enemistad y vender a Almagro. Pero el secretario no 
conocía al hombre a quien se dirigía, pues Pizarro re- 
chazó la despreciable oferta. Verdaderamente su con- 
ducta para con su poco admirable socio, desde el prin- 
cipio hasta el fin, fué más que justa : fué condescen- 
diente, amistosa y magnánima hasta el extremo. En- 
tonces envió a Almagro la reiteración de su amistad, 
y generosamente le brindó una participación en el 
campo de oro que había sido conquistado con escasa 
ayuda de su parte. Almagro llegó a Cajamarca en el 
mes de febrero de 1533, y fué cordialmente acogido 
por su antiguo compañero de armas. 

Entonces se repartió el cuantioso rescate, tesoro de 
que no se registra igual en la historia. Fué aquel re- 
parto una labor que requería no poca prudencia y 
pericia. El tributo no consistía en moneda ni lingotes, 
sino en placas, vasijas, imágenes y otros objetos que 
variaban grandemente en peso y en ley. Tuvo que 
reducirse y calcularse todo de conformidad con un 
tipo regulador. Separáronse algunos de los objetos 
más notables para enviarlos a España, y se hizo fun- 
dir los otros, en forma de lingotes, por los artífices in- 
dios, quienes emplearon un mes en esa tarea. El pro- 
ducto fué casi fabuloso. Se valuó en 1.326,539 pesos 
de oro, que en aquella época valían comercialmente 
cinco veces lo que pesaban, o sea en junto unos 
6.632,695 pesos. Además de tan importante cantidad 
de oro, había 51,610 marcos de plata, que al mismo 
tipo equivalían a 1.135,420 pesos de nuestra moneda. 

Los españoles se habían reunido en la plaza pd- 
blica de Cajamarca. Pizarro rogó a Dios que le ilu- 
minase para repartir aquel tesoro equitativamente, y 
empezó la distribución. Ante todo se separó una quin- 
ta parte- del peso total con destino al rey de España, 
de acuerdo con lo ofrecido por Pizarro en el «contrato». 
Después de esto, los conquistadores recibieron sus 
partes por el orden de su categoría. Pizarro recibió 



DEL SIGLO XVI 213 

57,222 pesos de oro y 2,350 marcos de plata, además 
de la silla de oro de Atahualpa, que por su peso valía 
25,000 pesos. A su hermano Hernando le tocó 31,089 
pesos de oro y 2,350 marcos de plata. A Soto le co- 
rrespondió 17,749 pesos de oro y 724 marcos de plata. 
Había en la tropa sesenta jinetes y muchos de ellos 
recibieron 8,880 pesos de oro y 362 marcos de plata. De 
los ciento cinco soldados de infantería, varios recibie- 
ron la misma cantidad que los de caballería, y los de- 
más una cuarta parte menos. Separóse cerca de 100,000 
pesos oro para dotar la primera iglesia del Perú, que 
fué la de San Francisco. También se dio participación 
a Almagro y a su gente, así como a los que habían 
quedado de guarnición en San Miguel. Que Pizarro 
logró hacer un reparto equitativo lo demuestra el he- 
cho de no haber habido la menor queja, y no eran sus 
asociados hombres que se quedasen tranquilos si se 
creyesen lesionados o siquiera lo imaginasen. Ni aun 
sus difamadores han podido culpar de falta de inte- 
gridad al valiente conquistador del Perú. 

Para dar una forma más gráfica al resultado de 
tan inesperada y portentosa ganancia, haremos una 
lista poniendo a cada participación el valor equiva- 
lente en dólares americanos :< 

A la Corona de España 1-553,623 dólares 

)) Francisco Pizarro 462,623 » 

» Hernando Pizarro 209,100 » 

» Soto 104,628 )> 

» cada jinete 52,364 » 

» cada infante 26,182 » 

Todo esto sin contar las fortunas que se repartie- 
ron a Almagro y a los suyos y para la iglesia. 

Este es el cálculo más aproximado que puede ha- 
cerse del valor de aquel tesoro. El estudio del muy 
complicado y variable sistema de monedas de aquellos 
tiempos y de sus valores relativos, sería trabajo de 
toda una vida ; pero las cifras que acabamos de dar 
son virtualmente exactas. El cálculo de Prescott, que 
da al iíeso de oro de aquel tiempo un valor equivalen- 



214 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

te a once (dólares de hoy, carece enteramente de fun- 
damento :' valía muy cerca de cinco dólares. El marco 
de plata es mucho más difícil de apreciar, y Prescott 
ni siquiera lo intenta. El marco no era una moneda, 
sino un peso, y su valor comercial era entonces de 
unos veintidós dólares. 



DEL SIGLO XVI 215 



VII 

TRAICIÓN Y MUERTE DE ATAHUALPA 

L?ERO en medio de su gozo al ver realizados sus do- 
rados ensueños — y casi podemos imaginar lo 
grandes que se sentirían al verse ya ricos, después de 
una vida de pobreza y de sufrimientos, — los españoles 
se vieron bruscamente sorprendidos por menos pla- 
centeras realidades. Las maquinaciones de los indios, 
de que ya se había sospechado, ahora no daban lugar 
a dudas. De todas partes llegaban noticias de un le- 
vantamiento. Se anunciaba que doscientos mil gue- 
rreros de Quito y treinta mil de los caníbales caribes 
se habían puesto en camino para caer sobre la pequeña 
fuerza de los españoles. Rumores de esta clase siempre 
suelen ser exagerados ; pero entonces tenían proba- 
blemente 'fundamento. No otra cosa podía esperar 
quien estuviese tan familiarizado con el carácter de 
los indios como lo estaban los españoles. De todos 
modos, nuestro juicio de lo que sobrevino debe guiar- 
se no solamente por lo que era cierto, sino más bien 
por lo que los españoles creían que lo era. Ellos tenían 
motivos para suponer, y no cabe dudar que así lo su- 
ponían, que las maquinaciones de Atahualpa traían 
una fuerza muy superior contra ellos, y que su vida 
estaba en inminente peligro. La inmensa riqueza que 
acababan de adquirir les ponía aún más intranquilos. 
Es una fase curiosa pero común de la naturaleza hu- 
mana, que no nos damos cuenta de la mitad de los 
muchos peligros ocultos que amenazan nuestra vida, 
hasta que hemos adquirido algo que nos hace la vida 



2l6 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

más agradable. A menudo vemos cómo un hombre 
valiente se vuelve de pronto cauteloso, y hasta ridicu- 
lamente medroso, cuando tiene una esposa querida y 
algún hijo que cuidar y proteger ; y dudo que ningún 
muchacho travieso haya llegado a los veinte años sin 
que la posesión de algún pequeño tesoro le haya he- 
cho pensar de momento en las muchas cosas que po- 
drían quitarle el gusto de disfrutarlo. Entonces ve y 
presiente peligros que antes nunca se le había ocu- 
rrido suponer. 

Los españoles tenían ciertamente suficientes mo- 
tivos para temer por su vida, sin pensar en otra 
cosa ; pero la repentina riqueza, que les prometía un 
brillante y bien ganado porvenir, sin duda agudizaba 
más sus aprensiones y les acuciaba a hacer más deses- 
perados esfuerzos para salvarse. 

No existe ni sombra de un indicio de que Pizarro 
pensase jamás en hacer traición a Atahualpa, y hay 
evidentes señales de todo lo contrario. Pero ya sus 
soldados empezaban a exigir lo que parecía necesario 
para su protección. Creían que Atahualpa les había 
traicionado. Había causado la muerte de su hermano 
Huáscar, el cual estaba dispuesto a ser amigo de ellos, 
con el fin de que aquella alianza le colocase por enci- 
ma del poder de su temido rival. Les había ofrecido 
como cebo un áureo rescate, y con sus dilaciones había 
ganado tiempo para organizar fuerzas con que aplas- 
tar a los españoles, y ahora ellos pedían no sólo que 
se le castigase, sino que se le imposibilitase de seguir 
conspirando. Nadie que se hallase en iguales circuns- 
tancias podía rebatir esa lógica ; ni aun ahora me pa- 
rece a mí fuera de razón. No tan sólo creyeron que su 
acusación era justa, sino que probablemente lo era; 
de todos modos ellos obraron justamente, según los 
informes que tenían. Tal era su alarma, que se dobla- 
ron las guardias, los caballos estaban constantemente 
enjaezados y los hombres dormían sobre las armas, 
mientras Pizarro hacía la ronda todas las noches para 
cerciorarse de que todo estaba en disposición de re- 
sistir el ataque que se esperaba de un momento a otro. 
Y sin embargo, en esta crisis el jefe español mos- 



DEL SIGLO XVI 217 

tro una varonil renuencia aun a parecer traicionero. 
Era hombre de palabra, a más de ser humanitario, y 
le repugnaba faltar a su promesa de poner en libertad 
a Atahualpa, aun cuando le eximía la conducta del 
mismo Atahualpa, en completa violación del espíritu 
del contrato. Pero era imposible substraerse a la exi- 
gencia de su gente : debía mirar por sus vidas como 
por la suya propia y, obligado a elegir entre ellos y 
Atahualpa, no era dudosa la elección. Pizarro se re- 
sistía ; pero su tropa insistió, y no tuvo más remedio 
que ceder. Pero, aun entonces, cuando el enemigo po- 
día presentarse de un momento a otro, exigió que 
el prisionero fuese formalmente juzgado y cuidó de 
que se cumpliese este requisito. El tribunal declaró a 
Atahualpa convicto de haber instigado el asesinato de 
su hermano y de conspirar contra los españoles, y le 
condenó a ser ejecutado aquella misma noche. Si se 
demoraba el cumplimiento de la sentencia, podía lle- 
gar la hueste india a tiempo para rescatar a su caci- 
que, y eso aumentaría grandemente la desventaja en 
que se hallaban los españoles. Por lo tanto aquella no- 
che se le dio garrote a Atahualpa en la plaza de Caja- 
marca, y al día siguiente recibió sepultura en la igle- 
sia de San Francisco, tributándole las honras debidas 
a su alto rango. 

De nuevo se vieron sorprendidos los peruanos, esta 
vez por la muerte de Atahualpa. Sin la dirección de 
su jefe guerrero y perdida la esperanza de rescatarlo, 
vacilaron antes de atacar directamente a los españoles. 
Se mantuvieron a una distancia segura incendiando 
aldeas y escondiendo oro y otros artículos que pudie- 
ran ser útiles al enemigo ; así que, después de todo, 
aun cuando se había conjurado el peligro inmediato 
con la ejecución del cacique, la situación presentaba 
todavía muy mal cariz. Pizarro, que no tenía de los 
títulos peruanos una idea más exacta que algunos de 
nuestros historiadores, con la esperanza de crear un 
ambiente de paz, nombró capitán de guerra a Topar- 
ca, otro de los hijos de Huavna Capac ; pero pste nom- 
bramiento no produjo el efecto que perseguía. 

Decidióse entonces emprender larga y ardua ex- 



2l8 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

pedición 'a Cuzco, residencia y principal ciudad de la 
tribu inca, de la cual habían oído referir áureos por- 
tentos. A principios de septiembre de 1533, Pizarro 
y su ejército, engrosado ya con el refuerzo de Alma- 
gro hasta unos cuatrocientos hombres, salieron de Ca- 
jamarca. Fué aquella una jornada preñada de dificul- 
tades y peligros. Los angostos y empinados senderos 
conducían por vertiginosos vericuetos y por puentes 
colgantes tan difíciles de atravesar como lo fuera una 
hamaca, y subían por elevadas peñas, donde sólo las 
ágiles llamas podían hallar huecos en que sentar las 
patas. En Jauja les hizo resistencia gran golpe de in- 
dios, atrincherados en la margen opuesta de un torren- 
te recién henchido por las lluvias. Pero los españoles 
atravesaron la corriente y se lanzaron con tal furia so- 
bre los naturales, que éstos no tardaron en ceder. 

En aquel lindo valle tuvo Pizarro la idea de fun- 
dar una colonia : hizo allí una breve parada y envió 
a Soto con un destacamento de sesenta hombres a prac- 
ticar un reconocimiento. En el acto empezó Soto a no- 
tar señales ominosas. Halló aldeas incendiadas y puen- 
tes destruidos, de modo que se hizo sumamente difícil 
cruzar aquellas terribles quebradas. Además, donde 
había sido posible, se amontonaron en el camino tron- 
cos de árboles y rocas, impidiendo de ese modo el paso 
'de la caballería. Cerca de Bilcas tuvo una dura refrie- 
ga con los indios, y aun cuando salieron victoriosos los 
españoles, perdieron varios hombres. Soto, sin em- 
bargo, siguió resueltamente adelante. Mientras la can- 
sada tropa iba trabajosamente subiendo por el empi- 
nado y sinuoso desfiladero de Vilcaconga, oyóse el au- 
llido de guerra de los indios, y una hueste de gue- 
rreros salió de los escondrijos por detrás de árboles y 
peñascos, y arremetió furiosamente contra los espa- 
ñoles. La senda era empinada y angosta ; a duras pe- 
nas los caballos pedían tenerse en pie, y bajo el em- 
puje de aquel alud de indios, jinetes y caballos fueron 
rodando cuesta abajo. Los aborígenes les rodearon 
como un enjambre de abejas, tratando de desarzonar a 
los soldados y hasta agarrándose desesperadamente a 
las patas de los caballos, y repartiendo fuertes porra- 



DEL SIGLO XVI 21^ 

20S con la mayor agilidad. .Un poco más arriba de la 
escabrosa senda había una meseta, y Soto vio clara- 
mente que, a menos de ganar aquella posición, estaban 
perdidos. Con un esfuerzo supremo de músculos y de 
voluntad, logró reunir en aquella altura a su pequeño 
grupo que luchaba con tan tremenda desventaja, y 
después de un breve descanso dio una carga contra 
los indios ; pero no pudo quebrantar aquella horren- 
da, obscura masa. Sobrevino la noche, y los españo- 
les, exhaustos y cubiertos de sangre — pues pocos hom- 
bres y caballos habían salido sin heridas de aquel es- 
pantoso encuentro, — descansaron como pudieron, sii> 
abandonar las armas. Los indios tenían la seguridad 
de acabar con ellos al día siguiente, y los mismos es- 
pañoles abrigaban pocas esperanzas de salvarse. Pero 
ya muy avanzada la noche oyeron toques de cornetas 
españolas en eí paso de abajo, y poco después abra- 
zaban a sus inesperados compatriotas y daban gracias 
a Dios por haberles salvado. Y era que Pizarro, cono- 
cedor dé los primeros peligros que encontraron en su 
jornada, había despachado apresuradamente a Alma- 
gro con un refuerzo considerable de caballería para 
auxiliar a Soto, refuerzo que, haciendo marchas for- 
zadas, llegó muy oportunamente. Los peruanos, vien- 
do a la mañana siguiente que el enemigo estaba re- 
forzado, no renovaron el combate y se retiraron a las 
montañas. Los españoles se trasladaron a un sitio más 
seguro, y allí acamparon para aguardar a Pizarro. 

Este no tardó en llegar, después de haber dejado 
en Jauja el tesoro, bajo la vigilancia de cuarenta hom- 
bres. Pero mucho le preocupó el aspecto de la situa- 
ción. Aquellos organizados y audaces ataques del ene- 
migo, y la súbita muerte de Toparca, de un modo sos- 
pechoso, le indujeron a creer que Chalicuchima, se- 
gundo capitán de guerra, les traicionaba ; y proba- 
blemente esto era cierto. Cuando Pizarro se hubo re- 
unido con Almagro, hizo procesar a Chalicuchima ; y 
habiéndosele hallado convicto del delito de traición, 
fué ejecutado sin demora. No podemos menos de ho- 
rrorizarnos ante el procedimiento empleado para su eje- 
cución, que fué la hoguera ; pero no debemos por eso 



320 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

precipitarnos en juzgar como cruel al individuo res- 
ponsable de tal pena. Todos aquellos actos deben me- 
dirse por comparación y por el espíritu que reinaba en 
aquella época. Entonces no consideraba el mundo como 
una crueldad el suplicio de la hoguera, y más de un 
siglo después, cuando estaba la gente mucho más ilus- 
trada, los cristianos de la Gran Bretaña, de Francia 
y de la Nueva Inglaterra no pusieron reparo en que 
se castigase algunos delitos con ese suplicio, y segu- 
ramente no diremos que nuestros puritanos antepasa- 
dos fuesen hombres malvados o crueles. Ahorcaron 
brujas y azotaron herejes, no por crueldad, sino por la 
ciega superstición de su tiempo. Ahora nos parece una 
cosa horrenda ; pero entonces no lo parecía, y no de- 
bemos esperar que Pizarro fuese mejor y más sabio 
que los hombres que tenían ventajas que él nunca ha- 
bía tenido. Yo ciertamente preferiría que no hubiese 
permitido que Chalicuchima pereciese en la hoguera ; 
pero también quisiera que las repugnantes páginas de 
Salem y de la esclavitud pudiesen borrarse de nuestra 
historia. Ni en un caso ni en el otro, sin embargo, til- 
daría yo a Pizarro de monstruo, ni a los puritanos de 
hombres crueles. 

Hallándose en semejante trance, presentóse a Pi- 
zarro el inca Manco, ricamente ataviado, y le propuso 
una alianza. Pretendía ser el legítimo jefe de guerra, 
y deseaba que los españoles como tal le reconociesen. 
Su proposición fué aceptada de buen grado. 

Siguiendo adelante, los españoles cayeron en una 
emboscada en un desfiladero ; pero rechazaron a sus 
agresores, y por fin entraron en Cuzco el 15 de no- 
viembre de 1533. Como «ciudad» india era la mayor 
del nuevo hemisferio, aunque no mucho mayor que el 
<(pueblo)) en Méjico y sus soberbios edificios y ajuares 
llenaron de asombro a los españoles. Se encontró gran 
cantidad de oro en cuevas y otros escondrijos. En un 
sitio había varios grandes jarrones de oro, figuras de 
oro y plata que representaban llamas y personas, y 
ropajes recamados con abalorios de oro y plata. En- 
tre otros tesoros, refiere Pedro Pizarro, testigo presen- 
cial y cronista de aquellos hechos, que se hallaron diez 



DEL SIGLO XVI 221 

toscas «tablas» de plata de veinte pies de largo, un pie 
de ancho y dos pulgadas de grueso. La totalidad del 
botín recogido se valuó en 580,000 pesos de oro y 
215,000 marcos de plata, o sea un equivalente de 
7.600,000 pesos de nuestra moneda. 

Pizarro entonces coronó a Manco como goberna- 
dor del Perú, y esto fué muy del agrado de los indí- 
genas. El buen Padre Valverde fué nombrado obispo 
de Cuzco; se estableció una catedral, y los devotos 
misioneros españoles se dedicaron activamente a edu- 
car y convertir a los herejes, tarea que prosiguieron 
con su acostumbrada eficacia. 

Quizquiz, uno de los capitanes de guerra subalter- 
no de Atahualpa y caudillo de alguna valentía, se man- 
tuvo en abierta rebelión. Almagro, con unos cuantos 
jinetes, y Manco con sus secuaces indígenas, salieron 
en su persecución y derrotaron a los rebeldes ; pera 
Quizquiz no se rindió y fué muerto por su misma 
gente. 

En marzo de 1534, Pedro de Alvarado, el valerosa 
teniente de Cortés, a quien se había recompensado por 
sus servicios en Méjico nombrándole gobernador de 
Guatemala, desembarcó y se dirigió a Quito, averi- 
guando después que pertenecía al territorio de Pi- 
zarro. H izóse un convenio entre los dos : se le dio a 
Alvarado una compensación por su infructuosa jor- 
nada, y se volvió de nuevo a Guatemala. 

Dedicóse con ahinco Pizarro al desenvolvimienta 
del país que había conquistado y a poner los cimientos 
de una nación. El día 6 de enero de 1535 fundó la 
Ciudad de los Reyes, en el hermoso valle de Rimac. 
Ese nombre se cambió poco después por el de Lima, y 
Lima, capital del Perú, ha seguido siendo desde en- 
tonces. El insigne conquistador empezaba a mostrar 
otra faceta de su carácter : su genio como organizador 
y administrador. Emprendió con mucha energía la ta- 
rea de urbanizar Lima, y en la dirección de todos los 
asuntos de su incipiente gobierno mostró tener mucha 
previsión y prudencia. 

En el ínterin, su hermano Hernando había sida 
comisionado para ir a llevar el tesoro a la Corona de 



222 LOS EXPLORADORES ESPAhíOLES 

España, adonde Jlegó en enero de 1534. Además de la 
quinta parte que a la Corona correspondía, llevó me- 
dio millón de pesos de oro, pertenecientes a los aven- 
tureros que habían preferido gozar su dinero en casa. 
Hernando causó en España muy favorable impresión. 
La Corona confirmó todas las mercedes que había con- 
cedido a Pizarro y extendió su territorio setenta le- 
guas más al sur ; mientras que a Almagro se le auto- 
rizó para conquistar Chile (que se llamaba entonces 
Nueva Toledo), empezando al extremo sur del domi- 
nio de Pizarro y hasta doscientas leguas más allá. 
Hernando fué armado caballero y se le encomendó 
una expedición : una de las más numerosas y mejor 
equipadas que habían salido de España. Tuvieron un 
tiempo horrible en la travesía hasta el Perú, y muchos 
perecieron durante el viaje. 



DEL SIGLO XVI 223 



VIII 

DE COMO SE FUNDÓ UNA NACIÓN 
SITIO DE CUZCO 

I^ERO, antes de que Hernando llegase al Perú, uno 
de su séquito llevó allá a Almagro la noticia de 
su adelantamiento, y esta prosperidad le hizo perder 
la cabeza a aquel grosero y poco escrupuloso soldado. 
Olvidándose de todos los favores de Pizarro y de que 
a éste debíale cuanto era, el falso amigo en el acto se 
impuso como amo y señor de Cuzco. 

Fué esta una vergonzosa ingratitud y bellaquería, 
y estuvo a punto de producir una guerra civil entre los 
españoles. Pero la lenidad de Pizarro orilló al fin la 
dificultad, y el día 12 de junio de 1535 los dos caudi- 
llos renovaron su amistoso convenio. Marchó poco des- 
pués Almagro para emprender la conquista de Chile, 
en la cual fracasó, y Pizarro dedicó de nuevo su aten- 
ción al desenvolvimiento de su conquistada provincia. 

En los pocos años de su carrera administrativa ob- 
tuvo Pizarro notables resultados. Fundó varias ciuda- 
des en la costa, y a una de ellas le dio el nombre de 
Trujillo, en memoria de su pueblo natal. Sobre todo 
deleitóse en urbanizar y hermosear su predilecta ciu- 
dad de Lima, y en fomentar el comercio y otros facto- 
res necesarios para el desenvolvimiento de la nueva 
nación. Un contraste muy notable pone en evidencia 
lo acertadas que eran sus disposiciones. Cuando los 
españoles llegaron por primera vez a Cajamarca, un 
par de espuelas costaba 250 pesos oro. Unos cuantos 
años antes de la muerte de Pizarro, la primera vaca 



224 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

que se llevó al Perú se vendió en 10,000 pesos ; y áos 
años después podía comprarse allí la mejor vaca en 
menos de 200. La primera barrica de vino se vendió 
en 1,600 pesos; pero tres años después se consumía 
vino del país en vez del importado, y podía obtener- 
se en Lima a un precio módico. Lo mismo puede de- 
cirse de todo lo demás. Se había vendido una espada 
en 250 pesos ; una capa, en 500 ; un par de zapatos, 
en 200 ; un caballo, en 10,000 ; pero bastaron dos o 
tres años de la sorprendente aptitud administrativa de 
Pizarro para poner los artículos de primera necesidad 
al alcance de todo el mundo. No tan sólo fomentó el 
comercio, sino también la industria del país, y desarro- 
lló la agricultura, la minería y las artes mecánicas. En 
suma, estaba poniendo en práctica con gran éxito el 
principio general de los españoles de que la principal 
riqueza de un país no consiste en su oro, o en sus 
bosques, o en sus tierras, sino en su pueblo. El empe- 
ño de los exploradores españoles en todas partes, fué 
educar, cristianizar y civilizar a los indígenas, a fin 
de hacerlos dignos ciudadanos de la nueva nación, en 
vez de eliminarlos de la faz de la tierra para poner 
en su lugar a los recién llegados, como por regla ge- 
neral ha sucedido con otras conquistas realizadas por 
algunas naciones europeas. De vez en cuando hubo 
individuos que cometieron errores y hasta crímenes, 
pero un gran fondo de sabiduría y humanidad carac- 
teriza todo el generoso régimen de España, régimen 
que impone admiración a todos los hombres varoniles. 
Mientras Pizarro estaba enfrascado en su tarea, 
Manco se -desenmascaró. No es del todo improbable 
que desde un principio hubiese meditado la traición y 
que se aliase con los españoles simplemente para te- 
nerlos en su poder. De todos modos, entonces se es- 
cabulló, sin provocación alguna, para ir a levantar 
gente con que atacar a los españoles, creyendo que po- 
dría someterlos mientras se hallaban dispersos traba- 
jando en sus diversas colonias. Los indios leales avi- 
saron a Juan Pizarro, el cual capturó y aprisionó a 
'Manco. A la sazón llegó de España Hernando Piza- 
rro, y Francisco le dio el mando de Cuzco. El pérfido 



DEL SIGLO XVI 225 

Manco engañó a Hernando para que le pusiese en li- 
bert¿id, y en el acto comenzó a reunir sus fuerzas. Con- 
tra él se envió a Juan con sesenta jinetes, quienes por 
íin hallaron en Yucay varios miles de indios manda- 
dos por Manco. En un terrible combate que duró tíos 
días, lograron los españoles mantenerse firmes, si bien 
con muchas pérdidas, y entonces se alarmaron con la 
noticia que les trajo un mensajero de que los indios 
habían sitiado a Cuzco. A marchas forzadas llegaron 
aquella noche a la ciudad, que hallaron rodeada por 
numerosa hueste. Los indios les dejaron entrar, sin 
<Íuda en su deseo de tenerlos a todos en la ratonera, 
y en seguida atacaron a la malhadada urbe. 

Hernando y Juan estaban, pues, encerrados en 
Cuzco. Tenían menos de doscientos hombres, mien- 
tras que afuera, en las lomas de cerca y de lejos, lu- 
cían las fogatas del enemigo, tan innumerables que 
carecían <(un cielo estrellado)). Por la mañana tempra- 
no, en febrero de 1536, comenzó el ataque. Los indios 
arrojaron dentro de la ciudad bolas de fuego y flechas 
ardiendo, con las cuales lograron pegar fuego a las 
bardas de los techos. Los españoles no podían apagar 
aquel fuego, que duró varios días. Del único modo 
que pudieron salvarse de perecer quemados o asfixia- 
dos, fué apiñándose todos en la plaza piiblica. Hicie- 
ron varias salidas ; pero los indios habían clavado es- 
tacas y puesto otros obstáculos, que entorpecían la 
marcha de los caballos. 

No obstante, los españoles desembarazaron el ca- 
mino bajo un terrible fuego y dieron una valiente car- 
ga, que fué rechazada con igual valentía. 

Eran expertos los indios no tan sólo en el manejo 
'del arco, sino también de la reata ; así es que con el 
lazo lograron cazar a muchos españoles, a quienes die- 
ron muerte. La carga hizo retroceder un trecho a los 
indígenas, pero costándoles esto muy caro a los es- 
pañoles, quienes tuvieron que internarse de nuevo en 
!a ciudad. Mas no se les dio punto de reposo ; los in- 
dios les acosaron con repetidos ataques, y la situación 
tomó muy mal cariz. Francisco Pizarro estaba sitiado 
en Lima ; Jauja también se hallaba bloqueada, y los 

i5 



226 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

españoles, en las pequeñas colonias, habían sido some- 
tidos y asesinados. Sus ensangrentadas cabezas fueron 
arrojadas al interior de Cuzco y rodaron a los pies de 
sus horrorizados compatriotas. Tan desesperado les pa- 
recía el trance en que se hallaban, que muchos pro- 
ponían que saliesen todos en masa para abrirse paso a 
través de los indios y ganar la costa ; pero Hernando 
y Juan no quisieron escucharles. 

Sobre el cerro que domina la ciudad de Cuzco es- 
taba la notable fortaleza inca de Sacsahuaman, que to- 
davía existe. Es una obra ciclópea. Por el lado que 
mira a la ciudad el casi inexpugnable cerro se hizo in- 
expugnable del todo construyendo en él una inmensa 
muralla de mil doscientos pies de largo y de mucho 
espesor. Al otro lado del cerro el suave declive esta- 
ba protegido por dos murallas, levantadas una más 
arriba que la otra, de mil doscientos pies de largo 
cada una. Las piedras de esas murallas estaban tra- 
badas con notable pericia y algunas de ellas medían 
treinta y ocho pies de largo, diez y ocho de ancho y 
seis de grueso. Y lo más sorprendente era que se ha- 
bían sacado de una cantera que se hallaba a doce mi- 
llas de distancia, y las habían transportado los indios 
al sitio en que estaban colocadas. Finalmente, la cima 
del cerro estaba defendida por dos grandes torres de 
piedra. 

Esta imponente fortaleza de los aborígenes se ha- 
llaba en poder de los indios y les permitía hostigar 
a los españoles sitiados de un modo más eficaz. Era 
necesario desalojarlos de aquella posición. Como me- 
dida preliminar para ver realizada esa última espe- 
ranza, salieron tres destacamentos al mando de Gon- 
zalo Pizarro, Gabriel de Rojas y Hernando Ponce 
de León, para echar de allí a los indios. La lucha fué 
desesperada. Los indios trataron de aplastar a sus ene- 
migos con la furiosa acometida de su mayor número, 
pero al fin los españoles obligaron a la tenaz hueste 
a ceder el terreno, y se retiraron a la ciudad. 

Para el asalto de la fortaleza de Sacsahuaman se 
eligió a Juan Pizarro, y no podía confiarse tan aven- 
turada empresa a más valiente caballero. Saliendo de 



DEL SIGLO XVI 22.7^ 

Cuzco a la puesta del sol con su pequeña fuerza, Juan 
dio un rodeo como si fuese a forrajear ; pero en cuan- 
to obscureció, dio la vuelta y se dirigió apresurada- 
mente a Sacsahuaman. La gran fortaleza estaba su- 
mida en la obscuridad y en el silencio. Se había ce- 
rrado su poterna con grandes piedras, trabadas como 
las macizas murallas, y el separarlas sin hacer ruido 
fué tarea muy difícil para los españoles. Cuando al 
fin pudieron pasar y se hallaron entre las dos gigan- 
tescas murallas, cayó sobre ellos una horda de indios. 
Juan dejó la mitad de su fuerza peleando con ellos 
y con la otra mitad abrió la poterna de la segunda mu- 
ralla que había sido cerrada de igual manera. Cuando 
l©s españoles lograron apoderarse de la segunda mu- 
ralla, los indios se refugiaron en las torres, y se hizo 
necesario asaltar estas últimas y peligrosísimas de- 
fensas. Los españoles acometieron con aquel carac- 
terístico valor que no se rendía ante ningún obstáculo 
de la naturaleza o de los hombres ; pero en la primera 
arremetida sufrieron una pérdida irreparable. El de- 
nodado Juan Pizarro había sido herido en la quijada, 
y su yelmo le molestaba tanto la herida, que se lo 
quitó y dirigió el asalto con la cabeza descubierta ; 
en la lluvia de proyectiles que arrojaban los indios, 
una roca le dio con fuerza en la cabeza y lo derribó 
al suelo. Pero aun tendido agonizante en un charco 
de sangre, daba aliento a sus hombres y les acuciaba 
a seguir adelante, mostrando hasta el fin su intre- 
pidez española. Fué cuidadosamente conducido a 
Cuzco, donde se le prodigó toda clase de cuidados ; 
pero la fractura de su cráneo no tenía remedio, y des- 
pués de unos pocos días de agonía se apagó para siem- 
pre aquella fluctuante vida. 

Los indios continuaron dueños de su fortaleza ; y, 
dejando a su hermano Gonzalo encargado de la de- 
fensa de la sitiada Cuzco, Hernando Pizarro salió con 
una nueva fuerza a dar un nuevo ataque a las torres 
de Sacsahuaman. Fué aquél un asalto furibundo ; pero 
al fin afortunado. Pronto se apoderaron de una torre ; 
pero en la otra, que era la más fuerte, el resultado fué 
por algún tiempo dudoso. Entre sus defensores llama- 



228 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

ba la atención un corpulento e impertérrito indio, que 
arrojaba a los españoles por encima de las escalas a 
medida que trepaban por ellas para tomar la torre. 
Su valor llenó de admiración a los soldados"; -Siendo 
íéllos mismos unos héroes, sabían ver y respetar el 
heroísmo hasta en sus enerrwgos. Hernando dio órde- 
nes estrictas de que no se lastimase a aquel indio ; 
kabía que sujetarlo, pero no herirle. Colocáronse va- 
rias escalas en diferentes lados de la torre, y los es- 
pañoles acometieron simultáneamente, mientras Her- 
nando a voces intimaba al indio a que se rindiese, 
prometiéndole que no se le haría daño. Pero aquel 
Hércules de color bazo, viéndolo todo perdido, se cu- 
brió la cara y la cabeza con el manto, y se arrojó des- 
ele lo alto de la torre, quedando muerto en el acto. 

Sacsahuaman cayó en poder de los españoles, aun- 
que con grandes pérdidas, y con ello disminuyó ma- 
terialmente el poder ofensivo de los indíg-enas. Her- 
nando dejó en la fortaleza una pequeña guarnición y 
regresó a la ciudad asediada, para sufrir allí con sus 
compañeros las duras peripecias del sitio. Este duró 
cinco m.eses, que fueron cinco meses de terribles su- 
frimientos y peligros. Manco y su hueste rodeaban 
la ciudad, cuyos habitantes perecían de hambre ; caían 
con mortal furia sobre los grupos que, impulsados por 
el hambre, salían en busca de alimento, y hostilizaban 
sin cesar a los supervivientes. Todos los colonos es- 
pañoles que vivían fuera de la ciudad fueron asesina- 
dos y la situación iba de mal en peor. 

Francisco Pizarro, sitiado en Lima, había recha- 
zado a los indios gracias a las favorables condiciones 
del país ; pero los naturales andaban constantemente 
por los alrededores. Causábanle mucha ansiedad sus 
compatriotas de Cuzco, y envió cuatro expediciones 
sucesivas, que en junto sumaban cuatrocientos hom- 
bres, para prestarles auxilio. Pero éstos fueron suce- 
sivamente sorprendidos en emboscadas en los pasos 
de las montañas, y casi todos perecieron. Dícese que 
en aquella guerra desigual murieron setecientos espa- 
ñoles. Algunos de los sitiados pedían que se les per- 
mitiese ir hasta la costa, embarcarse y huir de aque- 



DEL SIGLO XVI 22,9 

lia mortífera tierra ; pero Pizarro no consentía que se 
le hablase de abandonar a sus valientes compatriotas 
de Cuzco, y decidió apoyarlos y salvarlos, o sufrir la 
misma suerte. Para quitar a los egoístas toda tenta- 
ción de fugarse, despachó todos los buques con car- 
tas a los gobernadores de Panamá, Guatemala, Méjico 
y Nicaragua, explicando la desesperada situación en 
que se hallaban y pidiendo auxilio. 

Por fin, en agosto, Manco levantó el siíio de Cuz- 
co. Su numerosa hueste consumía los recursos del 
país, y a menos que los habitantes volviesen a sus 
plantaciones no tardaría en dejarse sentir el hambre. 
En consecuencia, envió muchos de los indios a tra- 
bajar en sus campos ; dejó una considerable fuerza 
para vigilar y hostilizar a los españoles y se retiró a 
uno de sus fuertes con una buena guarnición. Enton- 
ces tuvieron los españoles mejor fortuna en sus sa- 
lidas para forrajear, y pudieron librarse del hambre ; 
pero los indios que estaban en acecho los atacaban 
constantemente, copando hombres y pequeños grupos 
sin darles respiro. La hostilidad era tan continua y 
desastrosa que, para ponerle coto, concibió Hernando 
el atrevido plan de apoderarse de Manco, en su pro- 
pia fortaleza. Saliendo con ochenta de sus mejores 
jinetes y alguna infantería, realizó una marcha larga 
y tortuosa con la mayor cautela y sin dar la alarma. 
Atacando la fortaleza al romper el día, pensó tomar- 
la por sorpresa ; pero detrás de aquellas tremendas 
murallas los indios lo estaban acechando, y levantán- 
dose súbitamente lanzaron sobre los españoles una 
espesa lluvia de proyectiles. Con el valor de la deses- 
peración aquel puñado de soldados se lanzó por tres 
veces al asalto ; pero tres veces también el excesivo 
número de salvajes les obligó a retroceder. Entonces 
los indios abrieron las compuertas de las presas más 
altas e inundaron el campo ; y los españoles, diezma- 
dos y ensangrentados se batieron en retirada, perse- 
guidos de cerca por los regocijados enemigos. En aque- 
lla hora terrible, Pizarro fué traicionado por el hom- 
bre que, más que ningún otro, debió serle leal : por el 
vulgar traidor Almagro. 



tgO LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 



IX 

OBRA DE TRAIDORES 

/\ LMAGRO había penetrado en Chile, sufriendo gran- 
des penalidades al cruzar las montañas. De nue- 
vo dio muestra de cobardía, pues, descorazonado des- 
de el principio, retrocedió, regresando al Perú. Parece 
como si hubiese decidido que le sería más cómodo ro- 
bar a su camarada y bienhechor que llevar a cabo por 
sí mismo una conquista, especialmente sabiendo la si- 
tuación en que a la sazón se hallaba Pizarro. Este, en- 
terado de su regreso, salió a recibirle. Manco atacó a 
los españoles en el camino ; pero fué rechazado des- 
pués de una encarnizada lucha. 

A pesar de los sensatos argumentos de Pizarro, Al- 
ínagro no quiso abandonar su plan. Insistió en que se 
le cediese Cuzco, la ciudad principal, bajo pretexto de 
que estaba al sur del territorio concedido a Pizarro ; 
en realidad se hallaba situada dentro de los límites 
que a Pizarro concedió la Corona ; pero esto no era 
óbice para un hombre como él. Por fin se convino en 
una tregua hasta que una comisión pudiese medir y 
demarcar la frontera sur de las tierras de Pizarro. En 
el ínterin se comprometió Almagro, con un solemne ju- 
ramento, a tener los cepos quedos. Pero no era hom- 
bre capaz de mantener su juramento ni su palabra de 
honor ; así fué que, en la obscura y tempestuosa no- 
che del 8 de abril de 1537, se apoderó de Cuzco, naató 
a los centinelas e hizo prisioneros a Hernando y Gon- 
zalo Pizarro. Iba entonces Alonso de Alvarado en 
auxilio de Cuzco con bastante fuerza ; pero, traicio- 



DEL SIGLO XVI 231 

nado por uno de sus oficiales, fué hecho prisionero, 
con todos sus hombres, por Almagro. 

En tan crítica situación, Pizarro reanimóse con la 
llegada de su antiguo valedor, el licenciado Espinosa, 
con doscientos cincuenta hombres y un cargamento de 
armas y provisiones que le enviaba su primo Hernán 
Cortés. Salió con dirección a Cuzco ; pero al saber la 
pasmosa noticia de la descarada traición de Almagro, 
regresó a Lima y fortificó su pequeña ciudad. Tenía 
verdaderos deseos de evitar un derramamiento de san- 
gre, y en vez de marchar con un ejército a castigar el 
traidor, envió una embajada, en la que iba Espinosa, 
para tratar de traer a Almagro a la razón y la decen- 
cia. Pero aquel vulgar soldado era refractario a todos 
los argumentos. No tan sólo rehusó entregar a Cuzco, 
sino que con mucha frescura anunció su determinación 
de apoderarse también de Lima. Espinosa murió re- 
pentina y oportunamente en el campamento de Alma- 
gro, y Hernando y Gonzalo Pizarro hubieran sido eje- 
cutados, a no ser por los esfuerzos de Diego de Alva- 
rado (hermano del héroe de la «Noche Triste») el cual 
evitó que Almagro añadiese esta crueldad a sus ver- 
gonzosos actos. Hacia la costa marchó después Alma- 
gro para fundar un puerto, dejando a Gonzalo bajo 
una fuerte guardia en Cuzco y llevándose a Hernando 
como prisionero. Mientras construía la ciudad, a la 
que dio su nombre, Gonzalo Pizarro y Alonso de Al- 
varado se escaparon y llegaron sanos y salvos a Lima. 

Todavía Francisco Pizarro trató de evitar el llegar 
a las manos con el hombre que, aun cuando ahora ha- 
bía sido traidor, fué en otro tiempo su camarada. Al 
fin se concertó una entrevista, y los dos jefes se per- 
sonaron en Mala. Almagro agasajó hipócritamente al 
hombre a quien había traicionado ; pero Pizarro era 
hombre de otra fibra. No deseaba tener enemistad con 
su antiguo amigo ; pero tampoco podía profesar amis- 
tad a semejante persona. Recibió con digna frialdad 
la falsa acogida de Almagro. Acordóse someter la 
cuestión al fallo arbitral de Fray Francisco de Boba- 
dilla, y que ambos contendientes respetasen su deci- 
sión. El arbitro falló por fin que se enviase un buque 



232 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

a Santiago, y desde allí midiese con dirección al sur 
para determinar el límite exacto de la concesión de 
Pizarro por aquel lado. Eníre tanto, Almagro debía 
entregar Cuzco y poner en libertad a Hernando Pi- 
zarro. El usurpador rehusó acatar tan equitativo fallo, 
violando nuevamente todo principio de honor. Her- 
nando Pizarro estaba en inminente peligro de morir 
asesinado, y Francisco, queriendo salvar a su herma- 
no a toda costa, compró su libertad a cambio de la ce- 
sión de Cuzco. 

Al fin, agotada ya la paciencia de Pizarro por los 
repetidos actos de traición de Almagro, le dio avisa 
de que había terminado la tregua, y emprendió la mar- 
cha sobre Cuzco. Almagro hizo cuantos esfuerzos pudo 
para defender su robada presa ; pero a cada paso le 
venció la táctica militar de Pizarro. Además, estaba 
minado por una vergonzosa enfermedad, castigo de su 
licenciosa vida y tuvo que confiar la campaña a su te- 
niente Orgófíez. El día 26 de abril de 1538, los espa- 
ñoles leales al mando de Hernando y Gonzalo Pizarro, 
Alonso de Alvarado y Pedro de Valdivia, tuvieron un 
contacto con las fuerzas de Almagro en Las Salinas. 
Hernando hizo decir misa, excitó a sus hombres ex- 
poniéndoles la conducta de Almagro y dirigió una 
carga contra los rebeldes. Siguióse una terrible lucha ; 
pero finalmente Orgóñez fué muerto, y sus secuaces 
no tardaron en ser derrotados. Los españoles victorio- 
sos se apoderaron de Cuzco e hicieron prisionero al 
architraidor. Fué juzgado y convicto de traición, pues 
traicionando a Pizarro había sido también traidor a 
España, y se le sentenció a muerte. El hombre que en 
alguna circunstancia mostró tener algún valor físico, 
fué un cobarde en el postrer momento. Con la mayor 
pusilanimidad pidió que le perdonasen la vida ; pero 
la pena era justa, y Hernando Pizarro rehusó revocar 
la sentencia. Francisco Pizarro había salido para Cuz- 
co ; pero antes de llegar, ya Almagro había sido eje- 
cutado, quedando vengada una de las más viles trai- 
ciones que registra la historia. A Pizarro le impresio- 
nó profundamente la noticia de su ejecución ; pero no 
pudo menos de comprender que se había hecho justi- 



DEL SIGLO XVI 233 

cia. Movido de sus naturales impulsos, Pizarro se hizo 
llevar a su casa a Diego de Almagro, hijo ilegítimo del 
traidor, y le atendió como si fuese su propio hijo. 

Hernando Pizarro volvió a España. Allí se le acu- 
só de haber cometido crueldades, y el Gobierno de 
España, más pronto que ningún otro a castigar deli- 
tos de esta clase, le condenó a presidio. Durante vein- 
te años el encanecido prisionero vivió entre rejas en 
Medina del Campo ; y cuando salió de allí, su período 
de actividad se había agotado, aun cuando llegó a 
vivir cien años. 

La situación en el Perú, si bien mejoró con la muer- 
te de Almagro y la sofocación de su malvada rebelión, 
distaba mucho de ofrecer seguridad. Manco estaba re- 
velando lo que desde entonces se ha considerado como 
táctica característica de los indios. Había visto que el 
sistema primitivo de acometer al enemigo en masa para 
aplastarle bajo el peso del mayor número, se estre- 
llaba contra la disciplina. Por lo tanto adoptó la tác- 
tica del hostigamiento y la emboscada ; la práctica de 
matar por detrás, que nuestros apaches aprendieron 
del mismo modo. Andaba siempre atisbando a los es- 
pañoles, como un lobo a un rebaño, esperando ocasión 
de lanzarse sobre ellos cuando estuviesen descuidados, 
o cuando unos pocos se hallasen separados del cuerpo 
principal. Es ese un medio eficaz de hacer la guerra 
y el más difícil de combatir. Muchos de los españoles 
fueron víctimas de él : de una simple redada cogió y 
mató a treinta de ellos. Era inútil perseguirle : las 
montañas le ofrecían un retiro inexpugnable. Como 
único medio de librarse de su persecución, Pizarro 
adoptó un nuevo procedimiento. En los distritos más 
peligrosos estableció puestos militares ; alrededor de 
estos sitios seguros crecieron rápidamente algunas ciu- 
dades, y así la gente pudo vivir tranquila. Llegaban 
emigrantes al país, y el Perú iba formando con ellos 
y con los indígenas educados una nación civilizada. 
Pizarro importó toda clase de semillas de Europa, 7 
la agricultura fué allí una nueva y adelantada indus- 
tria. 

Además de este desarrollo de aquella nueva y pe- 



^34 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

^qtiefía nación, Pizarro iba ensanchando los límites ci€ 
las exploraciones y conquistas. A ellas envió el valien- 
te Pedro de Valdivia, aquel hombre notable que con- 
quistó Chile e hizo allí historia, que se hallaría llena 
de espeluznante interés si tuviésemos aquí espacio 
para narrarla. También envió a su hermano Gonzalo 
como gobernador de Quito, en 1540. Esta expedición 
fué uno de los hechos más asombrosos y característi- 
cos de la exploración de los españoles en América, y 
quisiera disponer de espacio suficiente para relatar 
aquí toda su historia. Durante dos años el caballeroso 
jefe y su puñado de hombres sufrieron penalidades 
sobrehumanas. Algunos murieron helados en las nie- 
ves de los Andes ; otros, de calor en las desiertas lla- 
nuras, y los demás se internaron en las pantanosas 
selvas de la parte superior del río Amazonas. Un te- 
rremoto engulló una ciudad india de centenares de ca- 
sas ante sus propios ojos. Paso a paso tuvieron que 
abrirse camino con sus machetes por las exuberantes 
selvas tropicales. Construyeron un pequeño bergantín 
ton indecible trabajo, prestando Gonzalo su ayuda lo 
mismo que los demás, y bajaron por el Ñapo hasta 
el Amazonas. Francisco de Orellana y cincuenta hom- 
bres no pudieron reunirse con sus compañeros, y ba- 
jaron flotando por el Amazonas hasta el mar, volvien- 
do a España los supervivientes. Gonzalo tuvo por úl- 
timo que volver trabajosamente a Quito, jornada que 
llevó a cabo en medio de incomparables horrores. De 
los trescientos valientes que tan alegremente habían 
salido en 1540 (sin contar los cincuenta de Orellana), 
entraron tambaleándose en Quito, en junio de 1542, 
solamente ochenta esqueletos desharrapados. Esto dará 
una ligera idea de lo que habían sufrido aquellos in- 
felices. 

Entre tanto una calamidad irreparable cayó sobre 
aquella joven nación, y de un golpe villano le arrebató 
una de sus más heroicas figuras. Los viles secuaces 
que participaron en la traición de Almagro, habían 
sido perdonados y se les trató bien ; pero no cambió 
su carácter y continuaban conspirando contra el hom- 
bre sabio y generoso que les había dado cuanto te- 



DEL SIGLO XVI 235 

nían. Hasta Diego de Almagro, a quien Pizarro aten- 
diera tiernamente como a un hijo, se unió a los conspi- 
radores. El cabecilla se llamaba Juan de Herrada. El 
domingo 26 de junio de 1541, aquella partida de asesi- 
nos se abrió paso súbitamente y penetró en la casa de 
Pizarro. Las personas desarmadas que en ella se ha- 
llaban huyeron en busca de auxilio, y los fieles servi- 
dores que opusieron resistencia fueron asesinados. Pi- 
zarro, su hermanastro Martínez de Alcántara y un pro- 
bado oficial que se llamaba Francisco de Chaves, tu- 
vieron que afrontar solos el combate. Como fueron co- 
gidos por sorpresa, Pizarro y Alcántara trataron de 
vestirse apresuradamente la armadura, mientras orde- 
naban a Chaves que cerrase la puerta. Pero, sin darse 
cuenta, el soldado la entreabrió para parlamentar con 
los villanos, y éstos le atravesaron con la espada y a 
puntapiés arrojaron su cadáver por la escalera. Alcán- 
tara se lanzó a la puerta y luchó heroicamente, sin arre- 
drarse por las numerosas heridas que recibía. Pizarro, 
echando a un lado la armadura, que no tuvo tiempo de 
vestirse, se lió una manta al brazo izquierdo para escu- 
idarse, y cogiendo con la otra la buena espada que ha- 
bía blandido en tantas luchas desesperadas, saltó como 
un león sobre aquella manada de lobos. Era ya viejo, 
y tantos años de sufrimientos y penalidades le habían 
quebrantado. Pero su gran corazón no había enveje- 
cido, y peleó con un valor sobrehumano y con sobre- 
humana fuerza. Su rápida espada atravesó a los dos 
que iban delante, y por un momento vacilaron los trai- 
dores. Pero Alcántara había caído, y turnándose para 
cansar al anciano héroe, los cobardes le acosaron sin 
cesar. Durante algunos minutos prosiguió aquella lu- 
cha desigual en el angosto pasillo, cuyo suelo hacía 
resbaladizo la sangre derramada : un anciano lleno de 
canas y de brillantes ojos, contra una veintena de ban- 
didos. Al fin Herrada cogió en sus brazos a su cama- 
rada Narváez y, protegido por aquel escudo viviente, 
arremetió contra Pizarro. Este atravesó a Narváez con 
varias estocadas ; pero en el mismo instante uno de 
aquellos asesinos le hirió en la garganta. El conquis- 
tador del Perú vaciló y cayó, y los conspiradores hun- 



230 LOS EXPLORADORES ESPAÑOLES 

dieron en su cuerpo sus espadas. Pero aun entonces 
aquella voluntad de hierro hizo que el cuerpo obede- 
ciese el último sentimiento de un gran corazón, e invo- 
cando a su Redentor, Pizarro mojó un dedo en su pro- 
pia sangre, trazó en el suelo una cruz, doblegóse y be- 
sando el sagrado símbolo, expiró. 

Así vivió y así murió el hombre que empezó la vida 
como porquerizo en Trujillo y la acabó como conquis- 
tador del Perú. Fué el más grande de los explorado^ - 
res ; un hombre que de modestos principios se elevó 
más alto que nadie ; un hombre en quien se ha cebada 
la maledicencia y la calumnia de los historiadores apa- 
sionados ; pero, un hombre a quien la historia, sin 
embargo, colocará en una de sus más altas hornaci- 
nas ; un héroe a quien se gozarán algún día en venerar 
cuantos admiren el heroísmo. 

Tal fué la conquista del Perú. De la historia román- 
tica que allí siguió, nada puedo decir aquí ; no puedo, 
pues, hablar de la lamentable caída del valiente Gon- 
zalo Pizarro ; del notable Pedro de la Gasea ; del as- 
censo del gran Mendoza al virreinato, ni de cien otros 
capítulos de una historia que fascina. Sólo he querido 
dar al lector una idea de lo que era realmente una con- 
quista española en punto a superlativo heroísmo y su- 
frimientos. Fué la de Pizarro la conquista más grande ; 
pero no son muchas otras inferiores en heroísmo y pe- 
nalidades, sino únicamente en genio ; y la historia 
del Perú es muy parecida a la historia de las dos ter- 
ceras partes del Nuevo Mundo. 



ÍNDICE 



PÁGINAS 

Dedicatoria ... ... ... ...- 5 

Kota biográfica acerca del autor 7 

Prefacio 13 

I. — La Nación exploradora 15 

n. — Geografía embrollada 22 

ni. — Colón el descubridor 30 

IV. — Haciendo geografía 36 

V.— Capítulo de la conquista 47 

VI. — La vuelta alrededor del Mundo 59 

VIL — España en los Estados Unidos 65 

Vín.— Dos continentes dominados 75 

n. Los PRIMEROS CAMINANTES EN AMÉRICA 

I. — El primer caminante en América 85 

n. — El más intrépido caminante 98 

DI. — ^La Guerra de la Roca 104 

rV. — El asalto a la empinada ciudad 112 

V.— El Soldado poeta 119 

VI. — ^Los Misioneros exploradores 123 

Vn. — Los fundadores de iglesias en Nuevo Méjico 130 

Vm.— El salto de Alvarado 139 

ES.— El VeUocino de Oro 148 

in. Exploradores ejemplares 

I. — El porquerizo Trujillo 165 

n. — El hombre impertérrito 175 

ni. — Ganando terreno 183 

IV. — El Perú tal como era 193 

V.— La Conquista del Perú 199 

VI.— El rescate de oro 308 

vn. — Traición y muerte de Atahualpa 215 

Vin. — De como se fundó una nación — Sitio de Cuzco 223 

IX.— Obra de traidores 230 



OBRAS QUE SE HALLAN DE VENTA EN LA 
CASA EDITORIAL Y LIBRERÍA ARALUCE 



LAS ULTIMAS VESTALES, por la Mar- 
quesa María Plattis. Un tomo en 4.* con 

artísticos grabados, en rústica Ptas. S 

Encuadernado en tela Ftoa. 4*50' 

LA GUERRA INFERNAL, por Fierre Gi- 
ffftrd Dos voluminosos tomoe con 460 
fotograbados y 34 planas a todo color. 
Encuadernados en tapas alegóricas ... Ptas. 10 

LOS TERRESTRES EN VENUS, O VIAJE 
HACIA LOS MUNDOS PLANETA- 
RIOS, por Silvain Deglantine, prefacio 
de Camilo Flammarión. Un tomo en 
rústica, con cubierta en colores Ptaa. 2 

LO QUE SERÁN LOS HOMBRES DEL AÑO 
3000, por Gustavo Guitton. Un tomo en 
rústica, con gra Dados y cubierta en co- 
lores Ptas. 2 

APONTE, O LA INSURRECCIÓN NEGRE- 
RA, por Francisco Calcagno. Dos tomos 
en un volumen, rústica Ptas. 1 

FÁBULAS DE MAX NORDAU. Un tomo 

encuadernado en cartoné Ptas. 4 

LA SIRENA NEGRA, por la Condesa de Par- 
do Bazán. Un tomo en rústica Ptas. 3'50' 

EL SUBMARINO JULIO VERNE, por 

Gustavo Guitton. Un tomo en rústica ... Ptas. S 

LA LEYENDA NEGRA - VINDICACION DE ESPAÑA 'por 

Julián Juderías. Un tomo en tela Ptas."3'50 



LOS PARDAILLAN 

por Michel Zévaco 

Interesantes aventuras de capa y espada 

Novelas de gran éxito. Publicados 18 tomos a dos"'pe- 
setas cada uno. 



1.1 



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